Prohibido besar al comandante Capítulo 22
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Capítulo 22

La lluvia empezó poco antes de que terminara la jornada y, para cuando salí del edificio, caía con una intensidad que convertía el aparcamiento en una sucesión de charcos bajo las farolas.

Corrí hasta el coche protegiéndome la cabeza con la carpeta, aunque sirvió de poco; llegué con el pelo mojado, los pantalones salpicados y un humor bastante acorde con el tiempo.

Metí la llave, giré y el motor respondió con un ruido breve antes de apagarse.

—No me jodas.

Lo intenté otra vez. El mismo sonido.

Esperé unos segundos y repetí la operación con una paciencia que desapareció cuando el coche volvió a negarse a arrancar. Apoyé las manos en el volante y cerré los ojos.

Precisamente aquella tarde Soraya tenía un compromiso fuera de Toledo y Darío se marchó después de comer para pasar dos días en Córdoba. Podía llamar a un taxi, dejar el coche allí y solucionar el problema al día siguiente, pero primero tendría que salir otra vez bajo aquella lluvia.

Estaba buscando el teléfono cuando unos nudillos golpearon el cristal.

Levanté la cabeza y encontré a Soria al otro lado. Por supuesto.

Bajé un poco la ventanilla y entró inmediatamente una ráfaga de agua.

—¿Qué ocurre? —me preguntó.

—Nada, mi comandante. El coche ha decidido que ya ha trabajado suficiente por hoy.

Miró hacia el cuadro de mandos.

—Intente arrancarlo.

Obedecí. El coche repitió su protesta y Soria hizo un gesto para que abriera el capó. Salí con él y en menos de medio minuto volvimos a estar empapados. No consiguió solucionar nada allí, aunque tampoco parecía especialmente sorprendido.

—¿Tiene asistencia?

—Sí. Llamaré ahora.

—Se llevarán el coche, pero puedo llevarla a casa.

—No hace falta. Puedo coger un taxi.

Soria miró la lluvia y después me miró a mí.

—Mi coche está a veinte metros, Robledo.

La situación me produjo una resistencia automática. Llevaba semanas evitando estar a solas con él y el universo acababa de averiarme el coche para encerrarme precisamente en el suyo.

—De verdad, no hace falta.

—No le estoy dando una orden. Le estoy ofreciendo llevarla a casa.

Eso terminó con mis excusas.

Llamé a la asistencia, expliqué dónde estaba el vehículo y acordamos que se ocuparían de recogerlo.

La grúa llegó en un periquete. Yo seguí a Soria hasta su coche y entré en el asiento del acompañante con el pelo pegado a la cara y la ropa húmeda.

Él tampoco estaba mucho mejor; dejó la chaqueta mojada detrás y encendió la calefacción.

—Una imagen impecable de dos oficiales del ejército —comenté.

Me miró mientras se abrochaba el cinturón.

—Hable por usted. Yo conservo bastante dignidad.

Me reí antes de poder evitarlo.

Durante los primeros minutos hablamos del coche.

Después de la lluvia, del tráfico y de cualquier cosa que nos permitiera ignorar que llevábamos demasiado tiempo sin mantener una conversación que no fuera estrictamente profesional.

Sin embargo, a medida que avanzábamos, aquella rigidez empezó a desaparecer.

Era demasiado parecido al viaje desde Madrid y precisamente por eso me inquietaba.

Cuando estábamos a pocos minutos de mi casa, Soria redujo la velocidad ante un semáforo.

—¿Le apetece tomar algo?

Lo miré. Él mantuvo la atención en la carretera.

—Hay un sitio cerca. Una copa y la llevo a casa después.

Sabía que debía decir que no.

Era mi comandante. Yo era su subordinada. Llevaba varias noches durmiendo con Darío sin saber siquiera qué nombre poner a lo que estaba ocurriendo entre nosotros. Además, Soria estaba en pleno proceso de separación y yo conocía secretos sobre su matrimonio que él posiblemente ignoraba.

—Vale.

La respuesta salió antes de que terminara de enumerar los motivos para negarme.

El local estaba bastante vacío por culpa de la lluvia. Nos sentamos en una zona interior y pedimos una copa cada uno. Sin uniforme y lejos del acuartelamiento, la distancia entre comandante y teniente parecía reducirse, aunque nunca desaparecía por completo.

Al principio hablamos de asuntos inocuos. Soria me contó una anécdota sobre sus primeros años destinado y yo terminé confesándole algún que otro defectillo mío. Poco a poco apareció aquella versión suya que descubrí en Madrid: irónica, mucho menos rígida y capaz de reírse de sí mismo.

Me gustaba. Cuando terminamos la primera copa no pedimos otra. Soria pagó antes de que pudiera discutir y regresamos al coche bajo una lluvia algo más suave.

—Ahora sí la llevo a casa —me aseguró.

—Eso espero. Empiezo a sospechar que todo esto era un secuestro muy elaborado.

—He saboteado su coche personalmente.

—Lo sabía.

La conversación se apagó al llegar a mi calle.

Soraya todavía no estaba. Lo sabía porque me escribió poco antes para decirme que volvería tarde. Soria detuvo el coche frente al edificio y me desabroché el cinturón.

—Gracias por traerme.

—De nada.

Debería haber abierto la puerta. No lo hice. Soria tampoco parecía tener prisa por verme marchar.

La lluvia golpeaba la luna delantera y el limpiaparabrisas continuaba funcionando con una regularidad irritante.

Me volví hacia él y descubrí que me observaba de una manera que ya conocía.

Era la mirada del pub, solo que aquella vez no había una sala llena de gente ni veinte metros de distancia entre nosotros.

—¿Por qué lleva semanas evitándome? —me preguntó.

La pregunta me desarmó.

—No lo hago.

—Robledo.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—He descubierto algunas cosas sobre mi hermano.

Soria no preguntó cuáles.

—Y resulta que estaba equivocada sobre muchas otras —continué—. Eso me hace sentir bastante estúpida cuando estoy delante de usted.

Su expresión cambió.

—No era estúpida. Tenía quince años.

—Ya no los tengo.

—Pero lleva diez años viviendo con lo que entendió entonces.

Aquello me dolió precisamente porque no contenía ningún reproche.

—Lo odié.

Soria respiró despacio.

—Lo imaginaba.

Levanté la cabeza.

—¿Lo imaginaba?

—No exactamente por qué. Pero tampoco era difícil darse cuenta.

Me llevé una mano a la cara, avergonzada.

—Dios.

—Paola.

Era la primera vez que pronunciaba mi nombre de aquella manera. No Robledo. No teniente. Paola. Lo miré y algo cambió entre nosotros.

Soria debió de percibirlo también porque no se movió. Permaneció con una mano sobre el volante y me dio todo el espacio para apartarme, abrir la puerta o convertir aquel instante en nada.

Fui yo quien se acercó. Lo besé.

Durante un segundo no respondió. Después su mano llegó a mi nuca y el beso cambió por completo. Toda la atracción que llevábamos semanas fingiendo que no existía apareció de golpe, sin elegancia ni paciencia. Me aferré a su camisa y sentí que me atraía hacia él antes de detenerse bruscamente.

—Espera —me dijo, lejos ya de las formalidades.

Tenía la respiración alterada.

—No.

—Soy tu comandante.

—Ahora mismo no me importa.

—A mí tiene que importarme.

Aquello debería haber bastado. No bastó.

—No me estás ordenando nada —le recordé—. He sido yo quien te ha besado.

La transición al tuteo pareció afectarlo tanto como el beso.

Soria cerró los ojos un instante y después me miró.

—Si seguimos, mañana esto seguirá siendo una pésima idea.

—Probablemente.

—Y seguiré siendo tu superior.

—Lo sé.

—Entonces dime que pare.

No lo hice. Volví a besarlo. Esta vez Soria dejó de resistirse.

No sé en qué momento decidimos que no podíamos continuar dentro de un coche aparcado frente a mi edificio. Solo recuerdo que, minutos después, volvíamos a circular y que mi cabeza había dejado de funcionar con cualquier lógica reconocible.

Su casa estaba a menos de quince minutos. Durante el trayecto apenas hablamos.

Cuando entramos, Soria dejó las llaves en un mueble del recibidor y yo todavía tuve una última oportunidad de preguntarme qué demonios estaba haciendo.

No la aproveché. Me giré hacia él y nos besamos otra vez.

La contención del coche desapareció. Me rodeó la cintura y me acercó con una intensidad que me hizo retroceder hasta encontrar la pared del recibidor.

Sus labios recorrieron los míos, mi mandíbula y después mi cuello; yo le desabroché los primeros botones de la camisa con dedos poco precisos, impaciente por tocar la piel que llevaba demasiado tiempo fingiendo que no quería tocar.

—Esto es una locura —murmuré.

—Sí.

—Solo quería dejarlo claro.

Soria soltó una risa contra mi cuello y volví a besarlo antes de que pudiera responder.

Nos desplazamos hacia el interior de la casa entre besos, manos impacientes y alguna torpeza que habría resultado divertida en cualquier otro momento.

La diferencia de altura se volvió mucho más evidente cuando me atrapó entre sus brazos y tuve que alzarme para alcanzarlo.

Sus manos recorrieron mi espalda y mi cintura; las mías se deslizaron por su pecho mientras la camisa terminaba abierta.

Había imaginado demasiadas veces qué sentiría si aquel hombre me tocara, aunque nunca quise admitirlo. La realidad resultó mucho más difícil de controlar.

Soria volvió a detenerse cuando llegamos al dormitorio.

Me miró con una seriedad que contrastaba con la respiración agitada y la camisa abierta.

—Última oportunidad.

Le agarré la camisa y tiré de él hacia mí.

—Cállate.

Me besó con una sonrisa que desapareció enseguida.

La ropa fue quedando atrás y con ella pareció desaparecer también todo lo demás. Durante aquellas horas no existieron Irak, David ni Lucía. Tampoco Darío, aunque sabía que al día siguiente tendría que enfrentarme a lo que aquello significaba.

Solo existía una atracción que llevábamos demasiado tiempo conteniendo y que, una vez liberada, no tuvo nada de prudente.

Soria me trató con una mezcla desconcertante de deseo y cuidado. Cada vez que la intensidad aumentaba, encontraba la manera de comprobar que seguía queriendo estar allí; yo respondía acercándolo otra vez, besándolo y negándome a permitir que mi cabeza recuperara el control.

Quería dejar de pensar y, con él, lo conseguí de una forma completamente distinta a la que encontraba con Darío.

No fue una evasión tranquila. Fue arrasadora.

Terminamos en la cama y nos buscamos sin reservas, descubriendo cuerpos que llevábamos semanas evitando mirar demasiado.

Hubo besos que se volvieron desesperados, caricias que me hicieron perder cualquier intención de mantener la compostura y momentos en los que tuve que esconder la cara contra su hombro para contener un sonido que finalmente no conseguí contener.

Soria tampoco conservó demasiado de la disciplina que lo definía fuera de aquella habitación.

Después perdí la noción del tiempo.

Recuerdo la lluvia contra los cristales, su boca recorriendo mi cuello, mis manos sobre su espalda y la sensación vertiginosa de estar haciendo exactamente lo que durante semanas supe que jamás debía hacer.

Cuando finalmente nos quedamos tendidos, exhaustos, tardé bastante en recuperar una respiración normal.

Soria estaba boca arriba junto a mí. Yo miraba el techo. Ninguno parecía saber qué decir. Entonces comprendí dónde estaba. En la cama de mi comandante. Después de pasar varias noches en la de Darío.

Cerré los ojos.

—Madre mía.

Soria giró la cabeza hacia mí.

—¿Eso es bueno o malo?

Me cubrí la cara con las manos.

—Todavía no lo sé.

Su risa, baja y cansada, me hizo apartar una mano para mirarlo. Seguía siendo Héctor Soria. El hombre al que odié durante diez años, el comandante al que perseguí buscando respuestas y el marido de una mujer que se acostó con mi hermano sin que él lo sospechara.

Y acababa de acostarme con él. La dimensión del desastre era extraordinaria.

Sin embargo, cuando Soria se inclinó y me besó otra vez, despacio esta vez, mi cuerpo respondió antes de que mi conciencia pudiera organizar una protesta coherente. Le rodeé el cuello con los brazos y comprendí, con una mezcla de deseo y alarma, que aquella noche todavía estaba lejos de terminar.