Capítulo 21
Los días siguientes descubrí que sentirme culpable delante de Soria era bastante más difícil de gestionar que odiarlo.
Con el odio sabía qué hacer. Lo practiqué durante años, primero desde la distancia y después desde que llegué a Toledo.
Podía interpretar una orden como una demostración de su carácter, una reprimenda como la confirmación de todo lo que David me contó y hasta un gesto amable como una estrategia para limpiar su conciencia. Siempre encontraba una explicación que encajaba con el hombre que construí a los quince años.
La culpa no ofrecía tantas facilidades.
El lunes coincidí con él antes de las ocho, cuando atravesaba el pasillo con una carpeta bajo el brazo.
Lo vi con suficiente antelación para que mi primera reacción resultara todavía más vergonzosa: entré en una sala que no necesitaba visitar y fingí buscar algo en un archivador.
Dos minutos después, cuando comprobé que ya pasó, salí sintiéndome exactamente como lo que era en aquel momento: una cría escondiéndose de su comandante.
Soraya me esperaba unos metros más adelante y me bastó verle la cara para saber que había presenciado la maniobra.
—Ni una palabra.
—No he abierto la boca.
—Pero tienes intención de hacerlo.
—Estoy decidiendo si preguntarte qué documento importantísimo buscabas en el cuarto del material de oficina.
Seguí andando y ella tuvo la prudencia de limitarse a sonreír.
No era miedo a que Soria me preguntara por Ávila porque ignoraba que fui allí. Tampoco esperaba que mencionara a mi familia. Lo que no soportaba era tenerlo delante y recordar a Sergio contándome que lo escuchó llorar cuando murió mi hermano.
Me avergonzaba haber llegado a Toledo convencida de que tarde o temprano encontraría algo capaz de demostrar que aquel hombre fue responsable de destruir a mi familia, cuando quizás pasó diez años cargando con una culpa que ni siquiera le correspondía por completo.
Y todavía existía Lucía. Eso era peor.
Cada vez que miraba a Soria pensaba que David se acostó con su mujer y que él jamás lo sospechó.
Me sentía depositaria de una intimidad que no quería conocer.
Sabía algo sobre su matrimonio que él ignoraba y, aunque no fui yo quien cometió aquella traición, me resultaba difícil sostenerle la mirada sin experimentar una especie de vergüenza prestada.
El problema fue que Soria empezó a darse cuenta de que lo evitaba.
El martes me pidió una documentación que podía haberle entregado personalmente y aproveché que estaba reunido para dejarla con el capitán.
El miércoles cambié de dirección al verlo entrar en la cafetería.
El jueves, cuando al terminar una reunión me indicó que esperara un momento, ya no pude escapar sin resultar directamente insubordinada.
Los demás salieron y me quedé frente a la mesa con la libreta entre las manos. Soria cerró una carpeta, revisó una anotación y levantó la vista.
—¿Tiene algún problema conmigo, teniente?
La pregunta me pilló tan desprevenida que negué demasiado deprisa.
—No, mi comandante.
—Bien.
Esperé, pero no añadió nada inmediatamente. Señaló después uno de los puntos tratados en la reunión y me pidió que comprobara un dato antes del viernes. Era una cuestión de trabajo completamente normal. Respondí que lo haría y me dispuse a marcharme, aunque su voz volvió a detenerme.
—Robledo.
Me giré.
—Si existe algún problema que afecte a su trabajo, espero que me lo comunique. Si no existe, deje de comportarse como si hubiera uno.
Me ardieron las orejas.
—A sus órdenes.
Salí del despacho deseando atravesar una pared.
Soraya estaba en el pasillo hablando con otro teniente y esperó hasta que nos quedamos solas para acercarse. Le conté lo ocurrido mientras caminábamos hacia el aparcamiento y consiguió contenerse aproximadamente veinte segundos.
—Te ha pillado.
—Gracias por el análisis.
—Es que eres malísima huyendo. Para haber organizado media carrera militar con la intención de acercarte a ese hombre, ahora haces unos esfuerzos impresionantes por no cruzarte con él.
La contradicción era tan evidente que terminé riéndome, aunque la sensación de vergüenza no desapareció. Antes quería obligar a Soria a hablar. Ahora que empezaba a comprender lo que podía contarme, no sabía si tenía derecho a exigirle nada.
Con Darío ocurría exactamente lo contrario. Darío no me permitía pensar demasiado.
Después de aquella primera noche en su casa no hubo conversación sobre “qué somos”, ni preguntas sobre sentimientos, ni una negociación absurda acerca de lo que debía ocurrir después.
A la mañana siguiente preparó café, quemó dos tostadas y anunció que aquello demostraba que yo perjudicaba gravemente sus habilidades domésticas.
Después me llevó hasta mi coche y me besó antes de despedirse con tanta naturalidad que durante unos minutos conseguí creer que mi vida también podía ser sencilla.
Dos noches después volví a su casa.
Esta vez ni siquiera necesitamos inventar una cena.
Me escribió al salir del trabajo para preguntarme si quería ver una película y añadió que su propuesta era “estrictamente cultural y con posibilidades moderadas de perder el argumento”.
Contesté que su capacidad para seducir seguía siendo lamentable.
A las nueve estaba llamando a su puerta.
Elegimos una película que ninguno terminó viendo. No ocurrió porque nos abalanzáramos el uno sobre el otro desde el principio; precisamente me gustó que no fuera así.
Cenamos pizza en el salón, discutimos sobre qué película poner y pasamos casi una hora viéndola de verdad. Darío protestaba cada vez que un personaje hacía algo que consideraba estúpido y yo amenacé con marcharme si seguía anticipando los giros.
Acabé tumbada con las piernas sobre las suyas. Él empezó acariciándome distraídamente un tobillo y, en algún momento, su mano subió hasta mi rodilla. Cuando me incliné para besarlo, la película dejó de importarnos.
Dormí allí.
Y también otras noches.
Sin decidirlo, empezamos a construir una rutina diminuta que no existía antes.
Algunas tardes volvíamos cada uno a su casa; otras cenábamos juntos.
Una noche Darío apareció en nuestro piso con comida porque Soraya y yo salimos tardísimo y ella lo recibió anunciando que se negaba a convertirse en “la tercera persona de una relación que nadie tenía la valentía de definir”.
Darío aseguró que podía convertirse en nuestra hija y pedirnos una paga semanal. Soraya estuvo a punto de echarlo.
Yo me reí hasta que me dolió el estómago. Era fácil estar con él. Esa facilidad empezó a convertirse en refugio.
Cuando un martes tuve que pasar casi una hora en una reunión con Soria y regresé a casa incapaz de quitarme de la cabeza todo lo que sabía, escribí a Darío antes incluso de cambiarme. No le conté el motivo. Solo pregunté qué hacía.
“Esperando desesperadamente tu mensaje desde que nací”, respondió.
Luego añadió que iba al cine y me preguntó si quería acompañarlo.
Fuimos a una sesión de las diez y compramos un cubo de palomitas demasiado grande.
Darío intentó convencer a la chica de la taquilla de que nos aplicara descuento por ser una pareja “con graves dificultades económicas derivadas del precio de las palomitas”.
Le di un codazo antes de que continuara y él aprovechó la palabra.
Pareja. No lo corregí.
Dentro de la sala me pasó el brazo por los hombros a mitad de la película. Apoyé la cabeza contra él y estuve cómoda.
No pensé en si aquello significaba algo, aunque sabía perfectamente que empezaba a significarlo.
Darío me gustaba. Me atraía, me hacía reír y había descubierto en él una ternura que no esperaba cuando lo conocí.
Con Claudia vi al hermano protector; conmigo empezaba a conocer a un hombre que sabía cuándo bromear y, más importante todavía, cuándo dejar de hacerlo.
Esa noche también terminé en su casa.
La relación avanzó sin declaraciones, construida a base de cepillos de dientes improvisados, camisetas prestadas y mensajes que ya no necesitaban excusas.
Darío empezó a guardar el café que me gustaba y yo descubrí dónde tenía las toallas sin necesidad de preguntar. Una mañana me encontré buscando mis pendientes debajo de su cama mientras él planchaba el uniforme y se burlaba de que una teniente pudiera perder tantas cosas en pocos metros cuadrados.
—No los he perdido. Sé que están aquí.
—Eso es exactamente lo que dicen las personas que han perdido algo.
—Cállate y ayúdame.
Darío dejó la plancha y apareció a mi lado. Encontró uno de los pendientes casi inmediatamente y exigió una recompensa desproporcionada por sus servicios. Llegamos tarde al desayuno por culpa de aquella negociación.
En el acuartelamiento volvíamos a ser compañeros. Darío respetaba aquello sin que tuviera que pedírselo. Seguían existiendo las bromas, porque eliminar sus bromas habría requerido probablemente una intervención médica, pero no hacía nada que pudiera incomodarme delante de los demás.
Soraya sabía lo que ocurría; Claudia también empezó a sospecharlo por teléfono porque, según Darío, tenía “capacidades policiales incompatibles con la convivencia familiar”. No necesitábamos que lo supiera nadie más.
Soria, mientras tanto, se convirtió en la persona a la que podía detectar desde veinte metros.
Dejé de esconderme en habitaciones porque después de su advertencia comprendí que acabaría haciendo el ridículo, pero aprendí a mantener nuestras conversaciones estrictamente profesionales.
Si me preguntaba algo, respondía. Si necesitaba entregarle documentación, entraba en su despacho. Si coincidíamos, saludaba. Lo que desapareció fueron aquellos momentos en los que empezábamos hablando de trabajo y terminábamos permitiéndonos alguna observación personal.
Él también dejó de intentarlo. Aquello debería haberme tranquilizado. No lo hizo.
Una tarde coincidimos solos en el aparcamiento. Soria estaba junto a su coche, guardando algo en el maletero, y me habría resultado imposible cambiar de dirección sin que la maniobra fuera grotesca. Seguí andando.
—Buenas tardes, mi comandante.
—Robledo.
Continué hacia mi coche, pero escuché que cerraba el maletero.
—¿Cómo está su familia?
La pregunta consiguió detenerme.
—Bien. Todo bien por casa.
Soria asintió y pareció alegrarse de verdad.
—Me alegro.
Podría haber terminado allí. Sin embargo, me encontré observándolo y recordé que aquel hombre visitó a mis padres después de Irak, llevó pertenencias de mi hermano a casa, intentó explicar una muerte que también lo destrozó y después siguió adelante sin saber que David mantuvo una relación con su mujer.
Me sentí miserable.
—Mi comandante...
Soria esperó.
Estuve a punto de disculparme.
No sabía exactamente por qué. Por odiarlo, por juzgarlo, por llegar a Toledo con una condena dictada antes de escucharlo. Por saber ahora algo sobre Lucía que él nunca supo. Ninguna de aquellas disculpas podía pronunciarse en un aparcamiento.
—Nada. Que tenga buena tarde.
Algo parecido a decepción atravesó su expresión, aunque desapareció demasiado rápido para estar segura.
—Igualmente, teniente.
Me metí en el coche y permanecí un rato con las manos sobre el volante antes de arrancar.
Esa noche fui a casa de Darío.
Ni siquiera se lo anuncié. Toqué su puerta y apareció con una cuchara de madera en la mano y una mancha de harina en la camiseta.
—Antes de que juzgues, estoy haciendo croquetas.
—No pienso comerlas.
—Mi madre supervisa el proceso por videollamada. Tienes más probabilidades de sobrevivir aquí que cruzando una calle.
Entré y lo besé.
Darío tardó un segundo en responder porque todavía sostenía la cuchara. Después me rodeó la cintura con el brazo libre y consiguió mancharme la camiseta.
—Eres un guarro.
—Has sido tú la que se ha lanzado sobre el cocinero.
—No me he lanzado sobre nadie.
—Robledo, llevo semanas esperando poder utilizar esta frase: los hechos contradicen tu versión.
Volví a besarlo para que se callara.
Durante las horas siguientes cocinamos, cenamos y discutimos porque sus croquetas eran sorprendentemente buenas y se volvió insoportable después de que lo admitiera.
Me contó que Claudia estaba buscando piso nuevo en Córdoba y que la veía bien.
Cuando nos acostamos, me refugié otra vez en su cuerpo y en aquella vida sencilla que empezaba a existir entre nosotros.
Darío no sabía que algunas noches lo buscaba porque necesitaba alejarme de otro hombre; tampoco era exactamente eso.
Lo que encontraba en Darío era un lugar donde mi cabeza descansaba, una cotidianidad que no exigía resolver el pasado antes de permitirme disfrutar del presente.
El problema era que cada mañana tenía que regresar al mismo lugar del que intentaba escapar.
Y allí estaba Soria.
Ese viernes me crucé con él a primera hora. Venía hablando con otro comandante y apenas intercambiamos el saludo reglamentario. No se detuvo, no me preguntó nada y tampoco buscó prolongar el encuentro. Continuó por el pasillo mientras yo seguía en dirección contraria.
Entonces comprendí algo que me molestó durante el resto del día. Había conseguido que dejara de acercarse.
Era exactamente lo que llevaba semanas intentando y, sin embargo, descubrir que funcionaba no me produjo el alivio que esperaba.
Mientras avanzaba hacia mi despacho, pensé que podía pasar todas las noches que quisiera riéndome con Darío, ir al cine, cenar en su casa y llenar mis horas libres hasta no dejar un hueco para los recuerdos.
Todo aquello era real y me gustaba, pero no cambiaba la conversación que seguía pendiente.
Porque ya no podía mirar a Soria y ver al hombre al que odié durante diez años. Empezaba a ver al hombre al que nunca concedí la oportunidad de explicarse, y admitirlo me hacía sentir más pequeña que cualquier reproche que él pudiera dirigirme.