Prohibido besar al comandante Capítulo 20
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Capítulo 20

El miércoles salí del acuartelamiento con la sensación de llevar días viviendo dentro de una cabeza que no me daba tregua.

Desde que regresé de Ávila, cada recuerdo de mi hermano parecía haber adquirido una segunda versión: las llamadas desde Irak, sus quejas sobre Soria, aquella frase que repetí durante diez años hasta convertirla en una certeza.

Ahora sabía que detrás existían Lucía, las discusiones, el alcohol y una obsesión que nadie de mi familia conoció.

Lo peor no era descubrir que David tenía secretos, sino empezar a sospechar que construí una parte importante de mi vida alrededor de una verdad que nunca existió exactamente como yo la imaginaba.

Soraya tenía cena con unos antiguos compañeros de Zaragoza y me propuso acompañarla, pero rechacé la invitación.

No me apetecía hablar con nadie, aunque tampoco quería volver al piso para pasar otra noche buscando en Internet cualquier rastro de Lucía.

Ya lo hice dos veces y terminé cerrando el portátil enfadada conmigo misma.

Encontré a Darío en el aparcamiento cuando me dirigía hacia el coche. Estaba guardando una bolsa deportiva en el maletero y, al verme, levantó una mano.

—Robledo, tengo una emergencia.

—Pues llama al 112.

—Es peor. Mi hermana se marcha mañana y ha decidido que esta noche tengo que demostrarle que puedo sobrevivir sin ella.

Me acerqué lo suficiente para descubrir dos bolsas de supermercado junto a la deportiva.

—¿Y eso requiere mi presencia?

—Requiere una testigo imparcial. Claudia sostiene que soy incapaz de cocinar una cena decente sin consultar siete veces a mi madre. Yo considero que está difamando a un oficial del ejército.

Sonreí pese a no tener demasiadas ganas.

—¿Dónde está Claudia?

—Ha quedado con una vecina mía de la que se ha hecho amiga. Última noche de libertad toledana antes de volver a Córdoba. —Cerró el maletero y me examinó con más atención—. Tú tienes una cara espantosa, por cierto.

—Gracias.

—No físicamente. Físicamente estás para comerte.

—Qué alivio.

Darío sonrió, satisfecho por haber conseguido que reaccionara, y me propuso cenar en su casa.

Mi primera intención fue negarme. Estaba cansada, tenía que madrugar y probablemente habría sido más sensato volver al piso.

Sin embargo, la alternativa consistía en pasar la noche pensando en David, Soria y una mujer a la que todavía no conocía.

Acepté.

Llegué a su casa cuarenta minutos después, ya cambiada y con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y el pelo suelto. Darío abrió con un delantal atado sobre una camiseta negra y una expresión tan solemne que me hizo detenerme en la entrada.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Has mirado el delantal.

—Porque pone “Chef irresistible”.

Bajó la vista hacia las letras y señaló la cocina.

—Regalo de Claudia. Pretende humillarme.

—Lo estás llevando voluntariamente.

—La dignidad no sirve para evitar manchas de tomate.

Entré riéndome y aquello ya supuso un pequeño descanso. La casa olía a cebolla, especias y algo que no conseguí identificar. Darío preparaba una receta que le envió su madre por audio y tenía el teléfono apoyado contra un recipiente, aunque juró que solo consultó las instrucciones una vez.

Me ofrecí a ayudarlo y terminamos cocinando juntos.

Durante casi media hora consiguió mantenerme ocupada con historias sobre Claudia, su madre y un compañero que una vez confundió sal con azúcar mientras preparaba café para media sección.

No intentó preguntarme qué me ocurría. Quizás por eso acabé contándoselo.

Estábamos terminando de cenar cuando mencioné Ávila.

Darío dejó el tenedor en el plato.

—¿Fuiste este fin de semana?

Asentí. Sabía que Soraya y yo hicimos un viaje, pero no le explicamos el motivo. No podía contarle todo. La relación de David con la mujer de Soria no me pertenecía únicamente a mí y Sergio guardó aquel secreto durante diez años. Sin embargo, necesitaba decir algo.

—Fui a hablar con una persona que conoció muy bien a mi hermano durante su última misión.

Darío perdió la sonrisa y me prestó toda su atención.

Le expliqué que descubrí aspectos de David que desconocía, decisiones y problemas que modificaban mucho la versión que conservé sobre sus últimos meses.

No mencioné a Lucía, pero sí el alcohol, el deterioro y la posibilidad de que el accidente no tuviera detrás la responsabilidad que durante años atribuí a otras personas.

—Y ahora no sé qué hacer con todo eso —admití—. Llevo días pensando que, si me equivoqué durante diez años, debería sentir alivio. Pero no lo siento.

Darío recogió nuestros platos y se levantó.

—Normal.

—¿Eso es todo tu análisis?

—Sí. Son cincuenta euros.

Lo seguí hasta la cocina y apoyé los platos junto al fregadero.

—Eres idiota.

—Y tú llevas tres minutos esperando que te explique cómo deberías sentirte. No tengo ni idea. Era tu hermano.

Aquella respuesta, precisamente porque no intentaba solucionar nada, me ayudó más de lo que esperaba.

Darío abrió el lavavajillas y empezó a colocar los platos.

Me pidió un vaso que estaba a mi lado y, cuando se lo entregué, nuestros dedos se rozaron.

Fue un contacto insignificante, pero me recordó de inmediato el beso que le di en la mejilla días atrás y la forma en que Claudia insinuó que su hermano hablaba de mí.

Aparté la mano. Darío también lo notó.

—Tranquila —bromeó mientras guardaba el vaso—. El programa intensivo de seducción empieza después del postre.

—¿Hay postre?

—No.

—Entonces tu estrategia tiene un problema.

—Puedo improvisar.

Sonreí y me dispuse a recoger el resto, pero me sujetó suavemente por la muñeca.

—Déjalo.

Levanté la mirada.

La broma desapareció de su expresión sin convertir el momento en algo solemne. Seguía siendo Darío, el mismo hombre que conseguía hacerme reír incluso cuando no quería, pero la cercanía cambió de significado. Tenía la mano alrededor de mi muñeca sin apretar y el pulgar descansaba sobre mi piel.

—No tienes que estar bien esta noche —me comentó—. Puedes simplemente estar aquí.

Algo cedió dentro de mí.

No quería pensar en mi hermano. Tampoco en Lucía, en Irak ni en Soria. Sobre todo, no quería pensar en Soria, porque su presencia se había mezclado con demasiadas cosas durante las últimas semanas y estaba cansada de analizar cada reacción que me provocaba.

Quería unas horas que no significaran nada más que ellas mismas. Fui yo quien acortó la distancia.

Besé a Darío antes de concederme tiempo para reconsiderarlo. La sorpresa le duró apenas un instante; después me rodeó la cintura y respondió con una seguridad que terminó de borrar cualquier posibilidad de fingir que aquello era otro juego entre nosotros.

El primer beso fue rápido. El segundo no.

Darío me atrajo hacia él y mi cuerpo encajó contra el suyo.

Le pasé una mano por la nuca, hundí los dedos entre su pelo y sentí cómo su respiración cambiaba.

Habíamos bromeado tantas veces con aquella posibilidad que resultaba extraño descubrir que, cuando finalmente ocurría, ninguno tenía ganas de bromear.

Se separó apenas unos centímetros.

—Paola.

—No empieces.

—Solo necesito saber una cosa.

Sabía cuál.

—Sí, quiero.

Su mirada recorrió mi cara antes de volver a besarme.

Esta vez no hubo cautela. Me agarré a sus hombros mientras sus manos descendían por mi espalda y me acercaban todavía más; el beso se hizo profundo, impaciente, y toda la tensión que llevaba acumulando durante días encontró de pronto un lugar mucho más sencillo donde desaparecer.

Retrocedimos torpemente hasta chocar con una silla.

Darío soltó una carcajada contra mis labios.

—Esto estaba mucho mejor organizado en mi cabeza.

—Seguro que en tu cabeza también había postre.

—Y música.

—Menuda decepción.

Volvió a besarme y ya no pude seguir hablando.

Llegamos al salón sin dejar de tocarnos.

Me sentó sobre el brazo del sofá durante unos segundos y sus labios descendieron hasta mi cuello, despacio al principio, mientras yo recorría con las manos su espalda.

El contraste entre la barba corta y mi piel me arrancó un estremecimiento que no pude ocultar.

—Eso me ha gustado —murmuró.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Le tiré suavemente del pelo para obligarlo a volver a mi boca. La risa desapareció otra vez y sentí sus manos deslizarse por mi cintura bajo el borde de la camiseta. El contacto directo de sus dedos sobre mi piel me hizo olvidar la respuesta que estaba a punto de darle.

Aquello era exactamente lo que necesitaba. No explicaciones. No recuerdos. No preguntas. Darío.

Su boca, sus manos, el peso de su cuerpo acercándose al mío y la posibilidad de dejar de pensar durante unas horas.

Me levanté y tiré de él hacia el pasillo.

—¿Dónde está tu habitación?

Me observó con una mezcla de sorpresa y deseo que me hizo sonreír.

—Robledo, pensaba que jamás me lo preguntarías.

—Como hagas una broma más, me voy.

—Por aquí.

No hizo ninguna.

En el dormitorio, la puerta apenas terminó de cerrarse cuando volvimos a besarnos.

Darío me sostuvo por la cintura y me acercó hasta que no quedó espacio entre nosotros.

La camiseta terminó en el suelo y después la suya; mis manos recorrieron su pecho y sus hombros mientras él me besaba el cuello, y por primera vez en muchos días mi cabeza dejó de buscar respuestas.

Hubo deseo, urgencia y también momentos inesperadamente tiernos entre las prisas; Darío frenaba cada vez que necesitaba asegurarse de que seguía con él, y yo volvía a buscarlo antes de que pudiera preguntarlo.

Nos conocíamos lo suficiente para reírnos cuando algo no salía con la perfección imaginada y nos deseábamos lo bastante para que aquellas interrupciones duraran muy poco.

Cuando finalmente nos acostamos, lo hice porque quería.

Sin promesas, sin decidir qué éramos y sin utilizarlo para resolver ninguna de las preguntas que me esperaban fuera de aquella casa.

Durante un rato solo permití que el deseo ocupara el espacio que durante toda la semana perteneció al miedo, a la culpa y a los recuerdos.

Mucho después, permanecí tumbada junto a Darío con una sábana sobre el cuerpo y una pierna enredada entre las suyas. Él trazaba distraídamente pequeños recorridos sobre mi espalda y, para mi sorpresa, no intentaba convertir lo ocurrido en una conversación trascendental.

—Tengo que reconocer una cosa —comentó finalmente.

Abrí un ojo.

—Ya estamos.

—Mi programa intensivo de seducción funcionaba mejor de lo previsto.

Le di un golpe con la almohada. Darío consiguió atraparla antes del segundo y empezó a reírse.

—Eres imbécil.

—Pero ahora estás insultándome sin pensar en Irak. Considero que es un avance terapéutico.

Quise responderle, pero me descubrí sonriendo.

Tenía razón en algo importante. Durante aquellas horas conseguí salir de mi propia cabeza. No desapareció nada de lo que sabía y tampoco pretendía que desapareciera. A la mañana siguiente seguirían existiendo Sergio, Lucía, mi hermano y todas las preguntas nuevas que surgieron en Ávila.

Pero esa noche no necesitaba resolverlas.

Me acerqué otra vez a Darío, apoyé la cabeza contra su hombro y dejé que siguiera hablando de cualquier tontería que se le ocurriera.

No sabía qué iba a significar aquello entre nosotros cuando amaneciera y, por una vez, renuncié a exigir una respuesta inmediata.

Tenía suficientes verdades esperando fuera de aquella habitación; durante unas horas, estar allí con él me bastaba.