Capítulo 19 #2
Sergio recordó el último día en el que mi hermano, después de beber, decidió que se lo contaría todo.
Estaba convencido de que Lucía debía pagar por haberlo tratado de aquella manera y quería que Soria supiera con quién estaba casado.
Pero Soria, harto de su comportamiento, no lo recibió.
Si hubiera conocido el motivo de la conversación, todo habría cambiado.
Se frotó la cara y durante unos segundos pareció regresar a aquella época.
—Después murió y ya no supe qué hacer con la promesa de no contárselo a nadie.
Vi a Héctor destrozado y muchas veces pensé en decírselo.
Pero ¿para qué? Acababa de perder a un hombre al que llevaba meses intentando sacar adelante.
Se culpaba por no haberlo escuchado. No imaginaba lo que había detrás de la muerte de un subordinado cuya muerte lloró.
La garganta se me secó.
—¿Lo escuchaste llorar?
Sergio me miró sorprendido por la pregunta y después asintió.
—Sí. Y no una lagrimita escondida para quedar bien.
Lo escuché llorar cuando supimos que David había muerto.
Después volvió a encerrarse en sí mismo porque era el mando a nuestro cargo y tenía que hacer lo que correspondía, pero aquello lo dejó muy tocado.
Durante mucho tiempo pensé que era una crueldad que se sintiera culpable sin saber siquiera todo lo que estaba pasando.
Recordé a Soria diciendo que había cosas que debería haber hecho mejor muchos años atrás. Por primera vez entendí que ni siquiera su propia versión de aquellos meses podía estar completa.
—Se está separando —comenté—. De su mujer.
Sergio abrió mucho los ojos y después soltó el aire por la nariz, sin verdadera sorpresa.
—Mucho han tardado.
—¿Por qué dices eso?
Su expresión se endureció.
—Porque Lucía era mala persona, Paola. No te digo que lo fuera porque engañara a su marido; la gente se equivoca y las relaciones se rompen.
Te lo digo por cómo trató a David. Sabía perfectamente que él estaba enganchadísimo y lo mantuvo pendiente durante meses.
Lo buscaba cuando le apetecía, desaparecía cuando no y volvía a llamar cuando necesitaba sentirse importante.
Cuando nos fuimos a Irak continuó con el mismo juego hasta que decidió que ya no le servía. Entonces lo soltó de golpe.
Me costaba respirar con normalidad. Soraya, que permaneció casi toda la conversación en segundo plano, se acercó y me puso una mano sobre el antebrazo. No necesitaba preguntarme cómo estaba.
Sergio nos observó y pareció arrepentirse de habernos recibido sin preparar siquiera algo que suavizara aquella conversación.
—Voy a hacer café. O una tila, porque a ti creo que te conviene más una tila.
La ocurrencia consiguió arrancarle una sonrisa a Soraya.
—A estas alturas necesitará algo más fuerte.
—No pienso beber nada fuerte —protesté.
—Precisamente hoy no parece el mejor día para reivindicar el alcohol —repuso ella.
La miré y, pese a todo, terminé soltando una risa breve. Necesitaba aquella interrupción.
Sergio se levantó y fue a la cocina. Esta vez Soraya me acompañó cuando propuse ayudarlo.
Él preparó café para ambos y rebuscó hasta encontrar una caja de tila que, según nos explicó, compraba su mujer.
Mientras calentaba el agua, la conversación se desplazó durante unos minutos hacia asuntos más normales.
Nos contó que tenía dos hijas, que trabajaba en una empresa de instalaciones y que apenas conservaba relación con el ejército.
Regresamos al salón con las tazas. La mía olía a hierbas y me pareció injusto que Soraya pudiera esconderse detrás de un café mientras yo sostenía una infusión de persona al borde del colapso.
—Todavía no me has contado lo más importante —le advertí a Sergio después del primer sorbo—. Qué pasó aquella noche.
La ligereza desapareció de nuevo.
Sergio dejó su taza sobre la mesa y demoró la respuesta mientras ordenaba los recuerdos.
—Esa noche habló con Lucía.
Mis dedos se cerraron alrededor de la taza.
—¿Estás seguro?
—Estaba conmigo poco antes. Discutieron por teléfono. No escuché toda la conversación, pero sí lo suficiente para saber con quién hablaba. Cuando colgó estaba fuera de sí.
Me explicó que intentó detenerlo, pero David no quería escuchar. Había bebido y estaba furioso. Primero la maldijo y finalmente empezó a hablar de coger el vehículo y largarse de allí durante un rato. Sergio creyó que era otra amenaza impulsiva de las muchas que escuchó durante aquellos meses.
—¿Y lo dejaste?
La culpa atravesó su expresión.
—Sí. Y llevo diez años preguntándome qué habría pasado si no lo hubiera hecho. Iba fuera de sí, no había manera de hacerlo entrar en razón.
No fui capaz de reprochárselo.
Sergio me contó que durante mucho tiempo aceptó la explicación más sencilla: David bebió, cogió un vehículo sin autorización y perdió el control.
Sin embargo, hubo algo que nunca consiguió quitarse de la cabeza.
Mi hermano conocía perfectamente su estado, sabía que no debía conducir y, aquella noche, después de la discusión con Lucía, parecía haber llegado a un punto distinto de los anteriores.
—No puedo demostrarlo —me advirtió—. Y quiero que esto quede muy claro.
Nadie me dijo que David quisiera matarse.
No dejó una nota, no me anunció que fuera a hacerlo y jamás afirmaría que fue así.
Pero yo estaba con él aquella noche y llevo diez años pensando que quizás no cogió aquel coche simplemente porque estaba borracho.
Sentí la mano de Soraya apretar la mía.
—¿Crees que lo hizo adrede?
Sergio tardó en responder.
—A veces sí. Otras veces pienso que solo estaba tan borracho y tan destrozado que le daba igual lo que ocurriera.
No sé cuál de las dos cosas es peor. Lo único que sé es que Héctor no provocó aquello, Paola.
Podría haber apartado a David antes, podría haberlo escuchado aquella tarde y quizás tendría que haber informado de todo mucho antes.
De eso puede culparse cuanto quiera. Pero el hombre contra el que tu hermano estaba luchando no era Héctor Soria. Era él mismo.
Bajé la mirada hacia la tila y comprendí que las respuestas que perseguí durante diez años acababan de abrir una historia mucho más dolorosa que la que construí a los quince.