Prohibido besar al comandante Capítulo 19
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Capítulo 19

Sergio abrió la puerta y durante unos segundos no supe qué hacer con la imagen que tenía delante.

Llevaba vaqueros y una camiseta oscura, y conservaba el pelo muy corto, con estilo militar.

—Eres igual que él de los ojos para arriba —me comentó después de saludarme. Su atención pasó entonces a Soraya y esperó a que la presentara—. Entrad. No tiene sentido que nos quedemos en la puerta.

La casa tenía poco que ver con la imagen que me formé de Sergio mientras conducíamos.

Era una vivienda familiar, cómoda y bastante luminosa, con juguetes recogidos dentro de dos cestas junto a una estantería y varios dibujos infantiles sujetos con imanes en una pizarra metálica.

Una fotografía mostraba a Sergio con una mujer y dos niñas delante de un lago.

Nos explicó que su mujer se llevó a las pequeñas a pasar el día con sus padres porque prefirió que pudiéramos hablar tranquilos.

Me sorprendió porque, por alguna extraña razón, no me lo imaginé con familia.

Nos condujo al salón y esperó a que nos acomodáramos. Soraya eligió uno de los sillones y yo me senté en el sofá. Sergio permaneció unos instantes de pie, frotándose las manos antes de ocupar el otro extremo, y tuve la impresión de que aquella conversación tampoco iba a resultarle fácil.

—Cuando recibí tu mensaje pensé que tarde o temprano ocurriría —me confesó—. No sabía si serías tú, tu padre o cualquier otra persona de la familia, pero imaginé que algún día alguien volvería a preguntar.

—Mis padres ya te preguntaron.

—Sí. Y les conté lo que sabía.

Asentí. No necesitaba que repitiera la historia de las guardias, la bebida, los problemas de disciplina o las oportunidades que Soria dio a mi hermano.

Había viajado hasta Ávila precisamente porque quería comprobar si Sergio mantenía aquella versión después de diez años, pero escuchársela de nuevo no cambiaría nada.

—Mi madre me contó lo que les dijiste entonces. El abuelo también estaba delante cuando hablamos y confirmó muchas cosas.

Sergio pareció comprender enseguida hacia dónde quería llevar la conversación.

Me explicó que no tenía intención de retractarse de una sola palabra.

Lo que contó a mi familia después de la muerte de David era cierto y, aunque con el paso del tiempo algunos detalles se le confundían, recordaba perfectamente el estado en el que se encontraba mi hermano durante los últimos meses.

Aquella seguridad terminó de irritarme.

—¿Y no te parece demasiada casualidad que vuestra versión deje a Soria prácticamente limpio?

Soraya me dirigió una mirada rápida, pero no intervino. Sergio tampoco reaccionó mal. Entrelazó las manos y me pidió que concretara.

—Mi hermano está muerto y resulta que él era quien bebía, quien incumplía, quien discutía, quien daba problemas y quien no hacía caso a nadie. Mientras tanto, Soria le daba oportunidades, lo protegía y trataba de ayudarlo. Es una versión perfecta para el hombre que estaba al mando cuando murió.

La expresión de Sergio cambió.

—¿Me estás preguntando si Héctor me dijo lo que tenía que contar?

—Estoy preguntando hasta dónde llegó para protegerse. Si te pidió que respaldaras su versión, si te ofreció algo... No sé. Dinero, ayuda para salir del ejército, cualquier cosa.

Se incorporó un poco y la indignación apareció con tanta claridad que por primera vez dudé de haber ido demasiado lejos.

—No vuelvas a preguntarme si cobré por hablar de David.

No elevó la voz. Tampoco lo necesitó.

Me sostuvo la mirada mientras explicaba que jamás se habría vendido por dinero, mucho menos cuando la muerte de uno de sus mejores amigos estaba de por medio. Abandonó el ejército precisamente porque aquello lo destrozó.

Durante meses fue incapaz de desprenderse de la sensación de que todos pudieron hacer algo diferente, incluido él, y terminó comprendiendo que no quería continuar allí.

—Yo quería a tu hermano —me aclaró—. Era mi amigo. Me dolió lo suficiente perderlo para cambiar mi vida después. Si hubiera creído que Héctor tuvo la culpa, habría sido el primero en decirlo. No habría esperado a que nadie investigara nada.

Bajé la vista durante unos segundos. No estaba preparada para disculparme, pero tampoco podía mantener aquella acusación después de escucharlo.

Sergio respiró hondo y se frotó las palmas sobre los vaqueros antes de continuar.

—Además, Héctor no sabía todo.

Levanté la cabeza.

Algo en su forma de pronunciarlo hizo que Soraya también se incorporara ligeramente.

—¿Qué significa eso?

Sergio tardó en responder. Se levantó con la excusa de ofrecernos algo de beber y desapareció hacia la cocina. Escuché abrir un armario, después el grifo, y aquella interrupción empezó a impacientarme. Cuando regresó llevaba tres vasos de agua en una bandeja que dejó sobre la mesa.

—Hay una parte que nunca les conté a tus padres.

—¿Por qué?

—Porque se lo prometí a David.

La respuesta consiguió que toda mi rabia anterior cambiara de dirección.

—Mi hermano lleva diez años muerto. Yo llevo esos mismos diez años intentando entender qué ocurrió. No puedes decirme ahora que existe otra parte y esperar que me vaya de aquí sin conocerla.

Sergio se pasó una mano por la nuca. Miró a Soraya, quizás preguntándose cuánto sabía, y fui yo quien le aclaró que conocía toda la historia. No pensaba esconder nada más a mi amiga y, si necesitaba hablar, podía hacerlo delante de ella.

—No tiene que ver directamente con el accidente —nos explicó—. Pero sí con lo que le estaba pasando a David antes de morir. Y con Héctor.

Pronunció el nombre de Soria y sentí que la atención se me concentraba por completo en él.

Sergio volvió a sentarse. Durante unos segundos pareció debatirse entre la promesa que hizo una década atrás y la mujer que tenía delante. Finalmente se inclinó hacia la mesa, cogió su vaso y bebió un poco antes de empezar.

—Tu hermano estaba enamorado de una mujer.

Aquello no era lo que esperaba.

—¿Y?

—No era una mujer cualquiera. Era Lucía, la mujer de Héctor.

Tardé varios segundos en reaccionar. Miré a Soraya y encontré en su cara la misma incredulidad que debía de reflejar la mía.

—¿La mujer de Soria?

—Sí.

Negué despacio.

—No.

—Paola, si vas a responderme eso cada vez que te cuente algo que no sabías, vamos a tardar bastante.

No había burla en su comentario. Parecía cansancio.

Sergio nos explicó que todo comenzó en Toledo, antes del despliegue.

David conoció a Lucía en un entorno social relacionado con varios compañeros.

Era mayor que él, atractiva y, según Sergio, muy consciente del efecto que producía.

Al principio creyó que solo coqueteaban, hasta que David terminó confesándole que llevaban un tiempo viéndose a escondidas.

—¿Soria lo sabía?

—No.

—¿Estás seguro?

—Hasta donde yo sé, Héctor no se enteró nunca. Y a mí tu hermano me hizo jurar que no diría una palabra. Y no le traicioné.

La idea resultaba tan difícil de encajar que tuve que obligarme a permanecer sentada. Soria y David ya no ocupaban lugares separados dentro de una historia de mando y subordinado. De repente aparecía entre ambos una mujer que llevaba años fuera de todas las versiones que conocía.

Sergio continuó. Lucía y David mantuvieron aquella relación durante un tiempo antes de que ellos partieran hacia Irak.

David estaba convencido de que significaba mucho más de lo que ella admitía. Hablaba de dejar que pasara el despliegue y después decidir qué hacer, incluso llegó a imaginar que Lucía terminaría separándose de su marido.

—Ella no pensaba hacer nada de eso —aclaró Sergio—. Cuando nos fuimos, empezó a distanciarse. Al principio seguían hablando mucho, después cada vez menos. Hasta que le dejó claro que aquello se terminaba, que no iba a abandonar a Héctor y que para ella había sido un capricho.

—¿Y David se volvió loco por eso?

Sergio me corrigió con cuidado. No ocurrió de un día para otro ni podía reducirse todo a una ruptura.

Mi hermano ya tenía una tendencia preocupante a engancharse emocionalmente a determinadas mujeres, según me contó.

Tiempo antes pasó algo parecido con una capitana mayor que él; nunca llegó tan lejos, pero Sergio recordó una época en la que David vivía pendiente de aquella mujer, interpretaba cualquier gesto como una promesa y se hundió cuando ella puso distancia.

Con Lucía fue mucho peor.

David estaba lejos, atrapado en un despliegue que empezó a aborrecer y convencido de que la mujer por la que arriesgó tanto acababa de utilizarlo.

Las llamadas entre ambos se convirtieron en discusiones.

Un día quería regresar inmediatamente a España para buscarla y al siguiente decía que jamás volvería a Toledo.

Empezó a beber con más frecuencia y a dormir peor.

Su humor cambió y cualquiera que intentara corregirlo terminaba convertido en enemigo.

—Y ahí estaba Héctor —comprendí.

Sergio asintió.

—Exactamente. Era su comandante, era inflexible y no permitía que David hiciera lo que le diera la gana.

Cada vez que tu hermano llegaba tarde, fallaba o se presentaba con una actitud que no correspondía, Héctor estaba encima.

Otro mando lo habría arrestado mucho antes o habría dejado que se hundiera solo con sus faltas.

Él intentaba recuperarlo, pero lo hacía a su manera: disciplina, broncas, responsabilidades y otra oportunidad. David no soportaba verlo.

—Porque estaba acostándose con su mujer.

—Y porque cada vez que miraba a Héctor recordaba que Lucía había elegido seguir con él.

Aquello daba un significado completamente diferente a las llamadas que recibí con quince años. David hablaba de un comandante insoportable, de un hombre que no sabía cuándo parar, pero jamás me dijo que mantenía una relación con su mujer.

—¿Soria nunca sospechó nada?

—Jamás. Pero David estuvo a punto de contárselo.