Capítulo 18 #2
Sergio respondió al tercer tono. Su voz era más grave de lo que imaginé y, cuando dije mi nombre, se produjo una pausa que me hizo pensar que quizás se arrepintió de contestar.
—Paola Robledo —repitió—. La hermana pequeña.
No supe por qué aquellas palabras me emocionaron. Quizás porque significaban que David habló de mí.
—Sí.
Sergio me preguntó cómo estaba mi familia y, durante unos minutos, mantuvimos una conversación extrañamente normal.
Me contó que vivía en Ávila desde hacía años y confirmó que abandonó el ejército después de regresar de aquella misión.
Cuando intenté llevar la conversación hacia David, noté un cambio inmediato.
—Preferiría que esto no lo habláramos por teléfono —me dijo.
Miré a Soraya, que permanecía al otro lado del salón fingiendo no escuchar.
—Puedo ir a Ávila.
Sergio guardó silencio unos segundos.
—¿Estás segura de que quieres removerlo?
—Sí.
—Tu madre sabe muchas cosas.
—Quiero escucharlas de alguien que estuvo allí.
No respondió enseguida.
—Entonces ven.
Acordamos el sábado siguiente. Sergio me dio una dirección en una zona residencial a las afueras de Ávila y me pidió que lo avisara cuando saliera de Toledo. No puso condiciones ni intentó averiguar qué sabía.
Después de colgar, permanecí con el teléfono entre las manos.
Soraya abandonó cualquier intento de aparentar que no estaba pendiente de la conversación.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—No te he preguntado.
La miré y por primera vez desde que empecé a contarle todo aquella noche sonreí de verdad.
—No puedes entrar conmigo.
—Eso lo decides tú. Pero no vas a conducir hasta Ávila, escuchar durante horas cosas sobre tu hermano que pueden dejarte hecha polvo y volver sola a Toledo.
No discutí. En realidad, agradecía que se ofreciera.
La semana transcurrió mucho más despacio de lo normal. En el trabajo intenté comportarme con absoluta normalidad y creo que lo conseguí.
Soria no hizo ninguna referencia al acto del sábado ni a mi familia. Yo tampoco mencioné la conversación con mi madre. Coincidimos varias veces por cuestiones rutinarias y mantuve con él la misma corrección de siempre, aunque ahora me resultaba imposible observarlo sin recordar todo lo que sabía.
Soraya fue la única que conoció la historia completa.
Una noche, mientras cenábamos, terminó preguntándome algo que yo misma evitaba desde hacía semanas.
—Hay una parte que todavía no me has contado.
Levanté la vista.
—¿Cuál?
—Qué te pasa ahora con Soria.
No respondí enseguida. Antes habría utilizado cualquier excusa. Aquella vez acababa de confiarle el secreto más importante que guardé durante años y mentirle sobre aquello resultaba ridículo.
—No lo sé.
Soraya no insistió. Esperó mientras yo intentaba encontrar palabras para algo que ni siquiera quería reconocer.
—Llegué odiándolo —continué—. No era una forma de hablar. Lo veía y pensaba en David. Y ahora estoy un poco confusa, pero no creo en su versión.
Me detuve un momento. Ya no podía decir que eso fuera lo único que sentía.
Le hablé de la noche del pub y de aquella mirada que sostuvimos demasiado tiempo. También le expliqué lo extraño que resultó viajar a Madrid con él, descubrir que podíamos mantener una conversación normal, reírnos y pasar horas juntos sin que yo sintiera constantemente la necesidad de asesinarlo.
—Sigue.
—No voy a hacer nada —aclaré—. Simplemente es que me desconcierta que mi odio no vaya a más. Porque no creo en su inocencia, y por eso debería.
Soraya apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—También está Darío.
—También está Darío —repitió, y esta vez sí apareció una sonrisa—. Pero ese problema te lo dejo para otro día.
Le lancé una servilleta y conseguimos cambiar de tema.
El sábado salimos temprano hacia Ávila. Soraya insistió en conducir porque, según ella, yo llevaba toda la semana con la cabeza en otro sitio. No discutí demasiado. El viaje nos llevó un par de horas y, cuanto más nos acercábamos, menos hablaba.
No sabía qué esperaba encontrar en Sergio. Durante años imaginé que algún día aparecería una prueba definitiva capaz de señalar a Soria. Ahora iba a encontrarme con un hombre que trataría de destruir definitivamente aquella certeza.
Sergio nos había enviado ubicación, así que Soraya redujo la velocidad al entrar en la calle.
—Todavía puedes darte la vuelta.
—No he venido hasta aquí para eso.
—Lo sé. Solo quería recordarte que puedes.
Miré las casas mientras comprobaba el número.
—Es aquella.
Aparcamos unos metros más adelante. Permanecí sentada unos segundos después de que Soraya apagara el motor. No tenía miedo exactamente. Era otra cosa: la certeza de que, una vez escuchara a Sergio, quizás ya no podría refugiarme en la versión de David que conservé desde los quince años.
Soraya no intentó apresurarme. Cogió su bolso, esperó a que yo saliera y caminó conmigo por la acera.
La casa de Sergio era una vivienda de dos plantas, sencilla, con un pequeño jardín delantero y un coche aparcado junto a la entrada. Cuando llegamos a la verja comprobé por última vez el número.
Era allí. Subimos los pocos escalones hasta la puerta y me detuve delante del timbre. Soraya permaneció a mi lado, lo bastante cerca para acompañarme sin invadir un momento que sabía que me pertenecía. Al final, permití que se quedase a mi lado. Se lo merecía.
Pulsé. Escuchamos pasos en el interior y, pocos segundos después, la puerta comenzó a abrirse.