Prohibido besar al comandante Capítulo 18
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Capítulo 18

La conversación con mi madre y el abuelo me acompañó durante todo el camino de regreso a Toledo. No conseguí apartarla ni siquiera cuando puse música y subí el volumen con la esperanza de ocupar la cabeza con cualquier otra cosa.

Cada vez que parecía concentrarme en la carretera, regresaba alguna frase: David bebía, David quería marcharse, David discutía con Soria, David había prometido que reaccionaría.

Eran afirmaciones que chocaban con la imagen de mi hermano que conservé durante diez años y, por mucho que intentara rechazarlas, ya no podía fingir que no las había escuchado.

También había un nombre. Sergio Altamirano.

No lo busqué mientras conducía, aunque tuve la tentación cada vez que paré en un semáforo.

Esperé hasta llegar al piso, aparqué y subí todavía con el uniforme puesto.

Cuando abrí la puerta, encontré a Soraya cenando en el salón, con un plato sobre la mesa y el portátil encendido frente a ella.

Levantó la vista nada más verme y su expresión cambió.

—Pensaba que te quedarías a dormir en Madrid —comentó mientras cerraba el ordenador—. ¿Qué ha pasado?

Dejé las llaves junto a la entrada y me quité la chaqueta antes de acercarme. Durante todo el viaje pensé que lo primero que haría sería buscar a Sergio, pero al ver a Soraya comprendí que ya no podía continuar ocultándole lo que ocurría.

Llevaba demasiado tiempo esquivando sus preguntas, inventando respuestas a medias y esperando que no relacionara mi comportamiento con Soria. Después de aquella tarde, mantenerla al margen empezaba a parecerme absurdo.

—Necesito contarte una cosa.

Soraya apartó el plato y me señaló el sofá. No hizo ninguna broma ni preguntó si se trataba del abuelo. Debió de notar que aquello era diferente porque esperó hasta que me senté y permaneció callada.

Me costó encontrar el principio. Podía empezar por Soria, por David o por la decisión que tomé años atrás, pero todo estaba demasiado relacionado. Al final elegí lo único que Soraya conocía bien.

—Tú sabes lo que pasó con mi hermano. O lo que yo creía que pasó.

Frunció ligeramente el ceño y se acomodó frente a mí.

—Sé que murió en Irak en un accidente.

—David estaba quemado, sometido a muchísima presión. Llevaba un tiempo diciendo que aquello acabaría mal. Y yo culpé a su mando, porque así lo hacía él.

Soraya asintió.

Tomé aire antes de continuar.

—Su comandante era Héctor Soria.

No reaccionó inmediatamente. Me miró durante unos segundos y después apoyó la espalda en el sofá, repasando probablemente cada comportamiento extraño que tuvo que soportarme desde que llegamos.

—Joder, Paola.

—Sí.

Se pasó una mano por el pelo y volvió a mirarme.

—Por eso estás tan rara.

Asentí. Ya no tenía sentido seguir protegiendo ninguna parte de aquella historia, así que le expliqué lo demás sin intentar suavizarlo.

Le conté que conocía el nombre de Soria desde los quince años, que durante mucho tiempo lo asocié con la muerte de David y que mi decisión de ser militar no nació únicamente de aquello, porque mi vocación era real y jamás habría soportado tantos años de formación por una simple obsesión.

Sin embargo, también era cierto que elegí caminos que podían acercarme al entorno en el que él se movía y que, cuando supe que terminaría destinada en Toledo y bajo su mando, sentí que por fin tenía delante la oportunidad que llevaba años imaginando.

Soraya escuchó sin interrumpirme. Agradecí que no intentara llenar cada pausa con preguntas porque necesitaba hablar a mi ritmo.

—Quería demostrar que David tenía razón —admití—.

No sabía qué iba a encontrar ni cómo iba a hacerlo.

Tampoco pensaba entrar en ningún sitio al que no tuviera acceso ni jugarme la carrera haciendo una barbaridad.

Pero quería acercarme lo suficiente para descubrir qué ocurrió de verdad.

Y si encontraba algo que demostrara que Soria había sido responsable, pensaba utilizarlo.

La expresión de Soraya se endureció ligeramente.

—¿Y por eso nunca me lo contaste?

—Porque sabía lo que ibas a decirme. Que estaba loca, que podía meterme en un problema y que no podía empezar mi primer destino pensando en investigar a mi comandante.

—Probablemente te habría dicho las tres cosas —reconoció, aunque no había reproche en su voz—. Pero habría preferido saberlo.

Bajé la mirada. En eso no podía discutir con ella.

—Lo sé.

Soraya permaneció un momento callada antes de acercarse un poco más. No necesitó preguntarme qué cambió desde entonces; debió de entender que, si finalmente estaba confesándolo, había ocurrido algo importante.

Le conté la conversación de aquella tarde.

Empecé por la visita de Soria a mi casa después de la muerte de David y por el descubrimiento de que mis padres y el abuelo lo conocían.

Después llegaron las partes que todavía me costaba pronunciar: la bebida, las guardias, el sueño, las discusiones, las oportunidades que Soria le dio y la posibilidad de que David quisiera abandonar el ejército.

Mientras hablaba observé cómo desaparecía de la cara de Soraya cualquier resto de sorpresa por mi secreto y era sustituido por algo mucho más serio.

—Mi madre dice que Soria le cubrió las espaldas varias veces —expliqué—.

Que sabía que David estaba mal y trató de reconducirlo en vez de apartarlo.

Según ella, ese es precisamente el motivo por el que se siente culpable.

No por haberlo presionado hasta matarlo, sino porque debería haber intervenido antes.

—Qué fuerte.

—No me lo creo —añadí enseguida—. O, por lo menos, no me creo que sea tan sencillo.

Soraya se tomó su tiempo antes de responder. En lugar de discutir conmigo, recogió mi chaqueta, que dejé arrugada a un lado, y la colocó sobre el respaldo de una silla.

—No sé qué ocurrió y no voy a fingir que lo sé. Pero hay una cosa que sí tengo clara: necesitas comprobarlo. No para demostrar que Soria es culpable ni para demostrar que tu madre y tu abuelo tienen razón. Comprobarlo.

Aquello era exactamente lo que pensaba hacer.

—Hay un compañero de David. Sergio Altamirano. Mi madre dice que fue él quien les contó muchas de esas cosas meses después. Afirma que no lo mandó Soria. Los buscó por su cuenta.

—Entonces empieza por ahí.

Me levanté y fui a buscar el portátil.

—Eso haré.

No utilicé ningún recurso relacionado con el ejército. Ni se me ocurrió. Si Sergio llevaba una vida normal fuera de las Fuerzas Armadas (en casa me comentaron que no quiso seguir en ellas), bastaba con hacer lo que haría cualquier persona intentando localizar a alguien después de diez años.

La primera búsqueda devolvió demasiados resultados.

Había varios Sergio Altamirano y ninguno ofrecía de inmediato una relación evidente con David.

Añadí el apellido de mi hermano, después Irak y finalmente referencias temporales aproximadas.

Soraya se sentó a mi lado y durante casi una hora fuimos descartando perfiles, menciones antiguas y personas cuya edad no encajaba.

Encontramos la primera pista útil en una publicación antigua vinculada a una carrera popular.

Un Sergio Altamirano de Ávila aparecía fotografiado entre varios participantes y la edad podía cuadrar.

El perfil asociado apenas tenía información pública, pero en una fotografía de años atrás llevaba una camiseta con el emblema de una asociación relacionada con antiguos militares.

—Puede ser él —murmuró Soraya.

No quise emocionarme demasiado pronto.

Seguimos buscando. El mismo nombre aparecía relacionado con una pequeña empresa de instalaciones y mantenimiento en Ávila.

Encontramos después un perfil profesional en el que constaba experiencia previa en el Ejército de Tierra, sin detalles sobre destinos ni fechas exactas.

Aquello redujo bastante las posibilidades de que estuviéramos siguiendo al hombre equivocado.

—Treinta y bastantes, exmilitar y se llama Sergio Altamirano —resumió Soraya—. Yo diría que tenemos candidato.

Localicé finalmente una fotografía antigua publicada por otra persona. Sergio aparecía con varios hombres mucho más jóvenes, todos vestidos de civil. La descripción mencionaba una reunión de antiguos compañeros y uno de los comentarios hablaba de “aquellos años fuera”.

No aparecía David. Aun así, decidí escribirle.

El mensaje me llevó más tiempo que toda la búsqueda. Redacté una versión demasiado larga, la borré y preparé otra que parecía un interrogatorio. También la eliminé. Soraya terminó quitándome el portátil de las manos.

—No necesitas contarle tu vida. Dile quién eres y por qué quieres hablar con él.

Recuperé el ordenador y escribí algo mucho más sencillo.

Me presenté como Paola Robledo, hermana de David Robledo, y le expliqué que mi madre mencionó su nombre porque fue compañero de mi hermano durante el despliegue en Irak.

Quería hablar con él sobre aquella época y agradecería que se pusiera en contacto conmigo si efectivamente era la persona que buscaba.

Lo envié antes de arrepentirme.

La respuesta no llegó aquella noche. Tampoco a la mañana siguiente.

Miré el teléfono demasiadas veces. Soraya terminó amenazando con esconderlo si seguía comprobándolo cada cinco minutos. Intenté estudiar un rato, salí a comprar y llamé a mi madre para preguntarle por el abuelo sin mencionar a Sergio. No quería que supiera todavía que lo estaba buscando.

El mensaje llegó por la tarde, poco antes de las siete.

“Hola, Paola. Sí, soy yo. Me acuerdo perfectamente de tu hermano.”

Leí aquella frase varias veces.

Sergio añadió que recordaba también a mi familia y que le sorprendía recibir noticias mías después de tanto tiempo. No preguntó por qué quería hablar con él. Me facilitó un número de teléfono y dijo que podía llamarlo cuando quisiera.

No lo hice inmediatamente.

Me quedé mirando la pantalla hasta que Soraya me preguntó qué ocurría. Le enseñé el mensaje y vi cómo su expresión se volvía seria.

—¿Vas a llamarlo?

—Sí.

Necesité casi media hora para hacerlo.