Capítulo 17
Llegué a casa de mi madre poco después de las siete. Durante el trayecto desde Toledo tuve tiempo suficiente para ordenar las preguntas que quería hacer y también para descartar la mitad.
No me interesaba saber qué ropa llevaba Soria cuando apareció allí diez años atrás, cuánto tiempo permaneció sentado en el salón o quién abrió la puerta. Quería saber por qué fue, qué les contó y, sobre todo, por qué mi familia decidió que yo no debía conocer aquella visita.
El abuelo estaba en el salón cuando entré, con la televisión encendida y un periódico abierto sobre las piernas. Mi madre hablaba por teléfono con mi padre, quien ya parecía estar algo mejor.
—No pongas esa cara —me advirtió el abuelo después de besarme—. Tu madre termina en diez minutos.
—No tengo ninguna cara.
—Tienes la misma que ponías cuando te decíamos que no podías salir.
Dejé el bolso y me senté en el sofá. No estaba de humor para bromear, aunque tampoco quería descargar con él una impaciencia que arrastraba desde el acuartelamiento.
Mi madre apareció un poco después. Se disculpó por haberme hecho esperar y propuso preparar café. La acompañé a la cocina, pero enseguida comprendió que no pensaba permitir que la conversación se retrasara mucho más.
Regresamos al salón con tres tazas. Ella ocupó el sillón frente a mí y el abuelo apagó la televisión. La transformación del ambiente me confirmó que ambos sabían perfectamente qué conversación íbamos a mantener.
—Quiero que me contéis la verdad —empecé—. Toda la que sepáis.
Mi madre sostuvo la taza entre las manos durante unos segundos antes de responder.
—Eso vamos a hacer. Pero quiero que entiendas una cosa antes. Lo que te contemos no procede únicamente de Héctor. Algunas cosas nos las explicó él cuando volvió; otras las supimos bastante después, y hubo detalles que nos contó un compañero de tu hermano.
Aquella precisión me molestó incluso antes de saber por qué.
—¿Qué compañero?
—Sergio Altamirano. Estuvo destinado con David en Irak y era bastante amigo suyo.
Retuve el nombre. Lo recordaba de aquel tiempo.
Mi madre comenzó por la visita de Soria.
Ocurrió semanas después de la muerte de mi hermano, cuando regresó a España.
No llegó acompañado ni convertido en representante oficial de nadie.
Quiso ver a mis padres y llevó algunas pertenencias de David que, por distintas circunstancias, todavía no les entregaron.
Yo no estaba en casa aquella tarde.
—Héctor vino muy afectado —continuó Gloria—. Muchísimo. Tu padre apenas quería escucharlo al principio. Estaba enfadado con todo el mundo: con el ejército, con los responsables del despliegue, con él mismo... Yo tampoco estaba precisamente en condiciones de mantener una conversación razonable.
—¿Y qué os contó?
Mi madre dejó la taza sobre la mesa.
—Que tu hermano llevaba un tiempo mal.
Esperé algo más.
—Eso ya lo sé. Estaba agotado. Por su culpa.
—No me refiero solo al cansancio, Paola.
La manera en que me miró me puso en guardia.
—David empezó a beber allí.
Tardé varios segundos en comprender que hablaba en serio.
—¿Qué?
—No sabemos exactamente cuándo comenzó. Tampoco quiero que imagines que estaba borracho todos los días, porque nadie nos dijo eso. Pero bebía más de lo que debía y llegó un momento en que empezó a afectar a su comportamiento.
Negué antes de que terminara.
—David no hacía eso.
—Tu hermano hizo muchas cosas durante aquellos meses que nosotros desconocíamos.
—¿Y eso os lo contó Soria?
—Parte. Precisamente te he explicado que no todo.
El abuelo intervino entonces. Recordaba varias llamadas de David durante los últimos meses.
Algunas fueron normales, pero en otras estaba irritable, hablaba poco y reaccionaba mal ante cualquier pregunta.
Ellos pensaron que era consecuencia del despliegue.
Mi madre añadió que también empezó a dormir mal.
Arrastraba sueño, llegaba agotado y, según supieron después, en alguna ocasión se quedó dormido durante una guardia.
—Eso es mentira.
Ella no se enfadó.
—Ojalá.
—Mamá, David llevaba años en el ejército. Sabía perfectamente lo que hacía.
—Y precisamente por eso aquello preocupaba a quienes estaban con él.
Me levanté y caminé hasta el otro extremo del salón. Necesitaba moverme porque escucharla describir a mi hermano de aquella manera resultaba casi ofensivo.
El David que recordaba adoraba su profesión. Desde pequeña lo vi prepararse, marcharse, regresar hablando de compañeros y destinos. Fue él quien despertó en mí buena parte de la fascinación por aquella vida.
—Se quejaba de Soria —recordé—. Eso sí lo escuché yo. No me lo ha contado nadie diez años después. Me llamaba y me decía que aquel hombre lo llevaba al límite. Discutían. Cuatro días antes de morir me dijo que algún día iba a pasar algo.
Mi madre dejó que terminara.
—Precisamente. Discutía con su comandante.
—Porque Soria era insoportable.
—Puede ser. No estaba allí y no voy a decirte que Héctor fuera un hombre fácil.
Él mismo reconoció que entonces era muchísimo más duro que ahora.
Pero tú ya no tienes quince años, Paola.
Eres militar. ¿Qué significa que un subordinado discuta continuamente con su comandante, llegue tarde, arrastre sueño y empiece a incumplir sus obligaciones?
La pregunta me irritó porque conocía la respuesta profesional y no coincidía con la que llevaba años dándome como hermana.
—No sabes cómo eran esas discusiones.
—Tú tampoco.
El abuelo se inclinó para dejar su taza en la mesa y tomó la palabra con una seriedad poco habitual en él.
—Tu hermano llamó una noche a tu padre y tuvieron una discusión tremenda. Tú estabas durmiendo y no te enteraste. Gerardo le preguntó si había bebido porque hablaba raro. David se puso hecho una furia. Al día siguiente llamó para disculparse y dijo que estaba agotado. Nosotros lo creímos.
Miré al abuelo.
—Nunca me contaste eso.
—Porque eras una niña que acababa de perder a su hermano. ¿Qué querías que hiciéramos? ¿Sentarte delante y darte una lista con todas las cosas que David hizo mal antes de morir?
No supe qué responder.
Mi madre retomó la explicación. David dejó de querer estar allí.
No se trataba únicamente de Irak; empezó a cuestionarse su continuidad en el ejército.
Hablaba de regresar a España, abandonar la carrera militar y empezar otra vida.
La bebida no originó todos sus problemas, pero terminó convirtiéndose en una forma de escapar de ellos.
Soria detectó el deterioro.
Y decidió intentar enderezarlo.
—Ahí tienes la explicación —repliqué—. Lo presionaba todavía más cuando sabía que estaba mal.
—No exactamente. Héctor hizo lo que sabía hacer entonces: exigirle que cumpliera. Le llamó la atención, discutió con él, le dio oportunidades y, por lo que después supimos, le cubrió las espaldas más de una vez para que determinados errores no acabaran perjudicándolo definitivamente.
Solté una risa sin humor.
—Qué conveniente.
Gloria frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que esa versión deja a Soria estupendamente. David estaba descontrolado y él era el comandante sacrificado que intentaba salvarlo.
—No. Esa no fue la versión que nos dio Héctor.
Aquello consiguió que volviera a mirarla.
Mi madre explicó que Soria asumió desde el principio que cometió un error grave.
Sabía que David estaba deteriorándose y confió demasiadas veces en sus promesas.
Pensó que podía recuperarlo mediante disciplina, responsabilidad y nuevas oportunidades.
No quiso apartarlo definitivamente del servicio porque mi hermano le aseguró repetidas veces que reaccionaría.
—¿Y no lo hizo? —pregunté.
Gloria negó despacio.
—Durante periodos sí. Luego volvía a caer.
El abuelo añadió que, según Sergio Altamirano, Soria llegó a solucionar problemas que podrían haber tenido consecuencias serias para David.
No para ocultar delitos ni nada semejante, sino porque seguía convencido de que podía recuperarlo.
David funcionaba bien unos días, cumplía, parecía volver a ser el de antes y después recaía.
Aquello empezaba a dibujar a un desconocido con la cara de mi hermano.
—No me lo creo.
Mi madre se levantó y se acercó hasta mí. No intentó tocarme; se quedó a poca distancia y habló con una firmeza que eliminó cualquier posibilidad de confundir sus palabras con una defensa sentimental de Soria.
—El cansancio no se lo provocaba Héctor, Paola.
Tu hermano no dormía bien, bebía y llevaba meses queriendo marcharse de allí.
Soria era la voz que le gritaba que saliera del agujero en el que se estaba metiendo.
Seguramente lo hizo mal muchas veces. Fue duro cuando quizás David necesitaba otra clase de ayuda.
Pero no fue él quien lo metió en ese agujero.
Sentí rabia.
—¿Y ahora resulta que David tenía toda la culpa?
—No estoy hablando de culpa. Estoy hablando de lo que ocurrió.
—Según Soria.
—Según más personas.
El nombre apareció inmediatamente en mi cabeza. Sergio Altamirano.
Mi madre regresó a su asiento y entonces me contó la parte que consiguió acabar con cualquier deseo de interrumpirla.
La tarde anterior a la muerte de David hubo otro problema.
No conocían todos los detalles, pero Sergio les contó meses después que mi hermano estaba especialmente alterado.
Quería hablar con Soria. Llevaba días diciendo que no podía continuar.
Le debía pasta a algunos compañeros y temía represalias. Y, por lo visto, decidió huir.
Soria no lo atendió. No porque estuviera ocupado en una misión extraordinaria ni porque no supiera que David necesitaba hablar. Simplemente estaba harto.
—Llevaba semanas detrás de él —me explicó ella—.
David prometía una cosa y después hacía otra.
Aquella tarde volvió a buscarlo y Héctor decidió que ya hablarían en otro momento.
Estaba cansado de resolverle problemas y creyó que podía esperar.
Incluso se planteaba que, lo mejor era que, definitivamente, se marchara.
—¿Eso te lo contó él?
—Sí. Y también nos dijo que esa decisión lo perseguía.
Recordé el despacho. Después el viaje desde Madrid.
“Se lo debía.” “Hay cosas que uno debería haber hecho mejor hace muchos años.”
La conexión apareció sin necesidad de buscarla.
—Se siente culpable —murmuré.
—Sí.
Me volví hacia mi madre.
—Entonces tenía razón.
—No por lo que tú piensas.
Ella habló despacio. Soria no se culpaba de haber exprimido a David hasta provocar su muerte. Se culpaba de no haberlo apartado antes, de confiar en que podría reconducirlo y, sobre todo, de no escucharlo aquella tarde.
David volvió a beber.
Y aquella noche cogió el vehículo.
—No.
Mi madre cerró los ojos unos segundos.
—Sí, cariño.
—El informe hablaba de un accidente.
—Y fue un accidente.
—Nadie dijo que estuviera borracho.
—No sabemos cuánto había bebido. No sabemos exactamente a qué hora bebió ni qué cantidad. No voy a inventarme lo que desconozco. Lo que sabemos es que había bebido y que prometió que no volvería a hacerlo.
El abuelo confirmó que esa parte la conocieron también por Sergio.
—Tu hermano no debería haber cogido aquel coche —añadió—. Eso es lo único que sabemos con seguridad sobre esa noche.
La rabia encontró un sitio donde agarrarse.
—Soria necesitaba salvar su carrera. David estaba muerto y no podía defenderse. Era facilísimo convertirlo en el problema.
Mi madre endureció la expresión.
—Héctor no nos dio el nombre de Sergio.
Aquello me frenó.
—¿Qué?
—Sergio nos encontró a nosotros. Meses después. No vino enviado por Héctor ni habló con nosotros porque él se lo pidiera. Nos buscó porque llevaba tiempo queriendo contarnos lo que estaba pasando con David antes de morir.
No quise aceptarlo.
—Podían haberse puesto de acuerdo.
—Paola…
—No lo sabes.
—Tú tampoco sabes que lo hicieran.
El abuelo intervino antes de que la conversación degenerara.
—Escúchame. Nosotros quisimos creer exactamente lo mismo que tú.
Tu padre estuvo meses buscando a alguien a quien responsabilizar.
Yo también. Tu madre apenas podía pronunciar el nombre de tu hermano sin llorar.
Ninguno teníamos interés en proteger a ese comandante.
Si hubiéramos pensado que aquel hombre mató a David por llevarlo al límite, te aseguro que hoy no le habría estrechado la mano.
Aquello me dolió más que cualquier cosa que mi madre pudiera decir. Me senté otra vez.
Ella me observó durante unos segundos y entonces su expresión cambió. Ya no parecía concentrada únicamente en David. Me estudiaba a mí.
—Hay algo que no entiendo.
No respondí.
—¿Cómo has terminado precisamente bajo su mando?
Sentí que el cuerpo se me ponía en alerta.
—Me destinaron a Toledo.
—Eso ya lo sé.
Mi madre se tomó unos segundos antes de continuar.
—Esta mañana, cuando te he visto mirarlo, he empezado a pensar en algunas cosas. Sabías quién era antes de llegar, ¿verdad?
—Conocía su nombre.
—Paola.
—Claro que conocía su nombre. David hablaba de él.
—No te estoy preguntando eso. Te estoy preguntando si acabar cerca de Héctor estaba planeado de alguna manera.
Mentí.
—No.
El abuelo me miró con demasiada atención.
—¿Seguro?
—He hecho mi carrera porque quería ser militar. No por Soria.
Aquello era verdad. No toda la verdad, pero sí una parte esencial de ella.
Mi madre no pareció completamente convencida.
—Espero que sea así. Porque si has construido todos estos años alrededor de la idea de encontrar a un hombre al que culpas de la muerte de tu hermano, necesitas saber que partes de una historia incompleta.
—Según vosotros.
—Según los hechos que conocemos.
Me levanté para recoger el bolso. No quería continuar porque empezaba a sentir que cada nueva explicación alejaba un poco más al David que recordaba.
El abuelo pronunció mi nombre antes de que pudiera marcharme.
Me volví hacia él.
—Tu hermano era maravilloso —me recordó—. Y también podía equivocarse. Las dos cosas caben en la misma persona. Nosotros tardamos mucho en aceptarlo.
Mi madre se acercó entonces y me abrazó. Al principio mantuve los brazos junto al cuerpo, todavía demasiado enfadada para corresponderle, pero terminé rodeándola.
—No quiero que pienses que te hemos mentido —me susurró—. Queríamos que recordaras a tu hermano, no sus peores meses.
Me separé.
—Yo sé quién era David.
—Nosotros también.
No discutí más.
Me despedí del abuelo y salí de la casa con la cabeza llena de información que me negaba a ordenar. No pensaba decidir aquella noche si mi madre tenía razón, si Soria mintió, si Sergio respaldó una versión preparada o si David fue realmente capaz de hacer todo lo que acababan de contarme.
Había una sola cosa que sí podía hacer. Mientras esperaba en el coche antes de arrancar, recordé dos palabras. “Sergio Altamirano.”