Capítulo 16
Un par de semanas después, se celebró un acto el sábado que llevaba anunciado desde antes de nuestra incorporación, aunque hasta aquella semana no presté demasiada atención a la posibilidad de invitar a alguien.
La unidad abriría parte de sus instalaciones a familiares, habría una formación, una breve exhibición y varias actividades posteriores. Cuando se lo comenté al abuelo, reaccionó con tanto entusiasmo que la invitación quedó aceptada antes de que pudiera terminar de explicarle el programa.
Mi madre tampoco lo dudó, pues no perdía ocasión de verme vestida de militar.
Mi padre también estaba invitado, pero el viernes por la noche me llamó para decirme que no podría asistir.
Un cólico nefrítico lo llevó a urgencias y seguía con dolor a pesar de la medicación.
Al principio no pude evitar preguntarme si Elena tendría algo que ver con su ausencia.
Todavía no conocía a su nueva pareja y pensé que quizás no le apetecía que Gerardo acudiera a un acto familiar donde estaría mi madre.
Gloria desmontó aquella teoría en cuanto se la mencioné.
—Tu padre tiene un cólico de verdad, Paola —me aseguró mientras caminábamos hacia el interior del acuartelamiento el sábado por la mañana—.
He hablado con él y está hecho polvo. No empieces a responsabilizar a Elena de cosas antes de conocerla, porque la pobre ni siquiera ha tenido oportunidad de caerte mal.
Su tono no fue recriminatorio, pero consiguió que me sintiera algo mezquina.
Mi madre y mi padre llevaban años separados y, después de la explicación de Gerardo sobre su ausencia en el cumpleaños de Gloria, debería haber entendido que ambos eran capaces de tratarse con afecto y de sobrellevar nuevas relaciones sin problemas.
—Vale, retiro la acusación.
—Me alegro. Además, tu padre quería venir. Me preguntó tres veces si podía incorporarse más tarde si se encontraba mejor. Pero parece ser que el dolor le está dando lata.
El abuelo, que caminaba delante de nosotras con una energía bastante incompatible con su reciente visita al hospital, se volvió al escucharnos.
—A ese lo que hay que hacer es quitarle la piedra y traerlo.
—Sí, abuelo. Voy a llamar al hospital y les digo que se den prisa porque tenemos una formación.
—Eso es organización.
Mi madre me miró con resignación y seguimos caminando.
Llevaba apenas diez minutos allí y el abuelo ya quería saber para qué servía cada edificio, qué podía visitar y por qué algunas zonas estaban restringidas si aquel día se suponía que las instalaciones estaban abiertas a las familias.
Tuve que explicarle que “abiertas” no significaba que pudiera recorrer el acuartelamiento a su antojo. Aceptó la información sin ninguna intención visible de respetarla.
Darío nos encontró antes de que llegáramos a la zona preparada para los invitados. Venía con Claudia, que seguía instalada en Toledo gracias a su teletrabajo, por lo que decidió prolongar la estancia unas semanas.
Darío decía estar encantado de tenerla en casa, aunque se quejaba de que su salón se transformó en una oficina y ya necesitaba permiso para entrar cuando ella estaba reunida.
Claudia nos saludó con mucho mejor aspecto que la noche en que la conocimos. Seguía atravesando un momento complicado, pero recuperó parte de su carácter y, por lo que contó mientras avanzábamos, empezaba a organizar con calma lo que tendría que resolver cuando regresara.
Darío esperó a que terminara las presentaciones y estrechó la mano del abuelo.
—Así que tú eres Molina —comentó el abuelo, examinándolo con interés.
Darío se llevó una mano al pecho y miró primero a mi madre y después a mí, preocupado por la fama que pudiera precederlo.
—El tono no me ha gustado nada. Espero que Paola haya contado también mis virtudes.
—Para eso tendría que conocer alguna —le respondí.
Claudia soltó una carcajada y el abuelo pareció considerar que aquella respuesta confirmaba algo. Darío, lejos de darse por vencido, aprovechó que acababa de presentarle a Gloria para desplegar todo su descaro.
—Encantado de conocerla. Yo soy el futuro yerno, aunque su hija todavía no está colaborando demasiado.
Mi madre abrió los ojos y después se echó a reír. Intenté protestar, pero el abuelo se adelantó y preguntó a Darío qué méritos presentaba para semejante puesto.
Aquello bastó para que ambos iniciaran una negociación disparatada en la que Darío defendió su trabajo estable, su supuesta capacidad para cocinar y las excelentes referencias que, según él, podía proporcionar su madre.
Claudia se encargó de desacreditar buena parte del currículum desde mi otro lado.
Mi madre se reía y me pidió que lo dejara tranquilo, lo que Darío interpretó inmediatamente como una alianza entre ambos.
El abuelo no se mostró tan fácil de conquistar. Le informó que vivir de alquiler restaba puntos a su candidatura y Darío prometió trabajar para mejorar el expediente.
Aquella conversación consiguió algo que agradecí: mi madre se relajó.
Temí que volver a un entorno militar despertara demasiados recuerdos de David. Nunca intentó apartarme de mi vocación, pero sabía que determinados actos todavía le resultaban difíciles.
Verla reír con Darío y Claudia mientras el abuelo continuaba interrogando a mi amigo me permitió dejar de observarla cada pocos segundos.
Soraya apareció con su familia poco después y el grupo aumentó. Apenas tuvimos tiempo para continuar hablando porque nos llamaron para ocupar nuestros puestos.
Desde la formación distinguía al abuelo entre los invitados. No disimulaba el orgullo y seguía cuanto ocurría con una atención casi solemne. Mi madre permanecía junto a él; en algún momento levantó la mano para saludarme discretamente y tuve que contener una sonrisa.
La ceremonia no fue demasiado larga. Hubo una intervención del jefe de la unidad, los actos protocolarios previstos y una breve exhibición.
Cuando pudimos reunirnos de nuevo con las familias, el abuelo me recibió asegurando que el resultado había sido aceptable, aunque todavía necesitaba reunir más información antes de emitir su informe definitivo.
Mi madre no bromeó enseguida. Me abrazó y permaneció unos segundos junto a mí antes de apartarse.
—Tu hermano estaría insoportable de orgulloso.
La referencia a David apareció con naturalidad, sin convertir el momento en algo triste. Miré al abuelo y él asintió.
—Presumiría más que nosotros —añadí.
—Eso seguro —respondió, recuperando la sonrisa—. Y nos explicaría todo aunque nadie se lo preguntara.
Continuamos la visita con un ánimo mucho más ligero. El abuelo quería verlo todo y Darío se ofreció a acompañarnos durante una parte del recorrido.
—Gloria, necesito saber si cuento al menos con su voto —le comentó cuando nos detuvimos cerca de una de las zonas habilitadas.
Mi madre lo miró divertida y le explicó que no pensaba intervenir en la vida sentimental de su hija. Él consideró aquello una posición neutral bastante favorable y anunció que aceptaba el resultado provisional.
—No abuses —le advertí, aunque ya sabía que era inútil.
El abuelo intervino para señalar que todavía faltaba su voto y que, de momento, Darío no superaba el periodo de prueba. Aquello provocó otra defensa de su candidatura que escuché a medias porque, al levantar la vista, localicé a Soria a cierta distancia.
Conversaba con un oficial y varios invitados.
No había nada extraordinario en verlo allí; llevaba toda la mañana participando en el acto y era lógico que atendiera a las familias y al resto de asistentes.
Sin embargo, recordé la conversación del viaje desde Madrid y aquella frase que todavía seguía sin una explicación completa.
“Hay cosas que uno debería haber hecho mejor hace muchos años.”
No tuve tiempo para detenerme en ella.
Soria terminó la conversación y comenzó a avanzar en nuestra dirección. Al principio pensé que pasaría de largo. Miró hacia el grupo, me reconoció y después su atención se desplazó hacia las personas que estaban conmigo.
Entonces vio a mi madre. Interrumpió el paso durante un instante.
Fue un gesto mínimo, pero lo percibí porque en ese mismo momento Gloria también dejó de atender a Claudia. Mi madre perdió la sonrisa y sus dedos se cerraron alrededor de la correa del bolso.
Miré al abuelo. No parecía sorprendido.
Darío seguía comentándole algo sobre su candidatura a yerno, pero dejé de escucharlo. Toda mi atención estaba concentrada en Soria, que ya se acercaba.
—Señora Robledo —saludó a mi madre.
Gloria tardó apenas un instante en responder.
—Comandante Soria.
Aquellas dos palabras bastaron para cambiar por completo la mañana.
No esperó a que yo los presentara. No preguntó quién era. Soria sabía perfectamente que aquella mujer era mi madre y Gloria lo reconoció en cuanto lo vio.
Antes de que pudiera preguntar, él se dirigió al abuelo y le estrechó la mano. Le preguntó cómo se encontraba después de la caída, y el abuelo respondió que estaba perfectamente, aunque su hija y su nieta parecían empeñadas en convertirlo en un anciano indefenso.
—¿Vosotros os conocéis? —pregunté finalmente.
Mi madre volvió la cabeza hacia mí. La expresión alegre de unos minutos antes desapareció y durante unos segundos pareció buscar la manera más sencilla de responder.
—Nos vimos hace muchos años, cariño.
No necesité demasiadas pistas.
—¿Por David?
Gloria asintió.
A mi alrededor seguía habiendo gente, pero dejé de prestar atención a todos. Incluso Darío comprendió que algo cambió y abandonó las bromas sin necesidad de que nadie se lo pidiera.
—Después de que muriera tu hermano —me explicó mi madre—. Héctor vino a casa.
La utilización de su nombre me desconcertó todavía más. Miré a Soria.
No intervino.
—¿Vino a casa?
—Sí.
—¿Y nunca me lo contaste?
Mi madre se acercó un poco y me tocó el brazo.
—Tenías quince años y acababas de perder a tu hermano. Aquellos días ocurrieron muchas cosas que tú no viste porque intentamos protegerte de todo lo que pudimos. No significa que exista ningún secreto.
El abuelo confirmó sus palabras con un gesto.
—Tu madre tiene razón. No era algo que necesitáramos contarte entonces.
Descubrir que también él estuvo presente consiguió multiplicar mis preguntas.
—¿Papá estaba?
—Sí —me respondió Gloria—. Estábamos los tres.
Soria continuaba allí y aquella conversación empezaba a resultarme demasiado personal para mantenerla delante de él, aunque fuera precisamente el hombre que la provocó.
Soria se despidió de ellos con corrección.
Antes de marcharse volvió a decirle al abuelo que se alegraba de verlo recuperado y mi madre recibió su despedida sin hostilidad.
No hubo reproches ni frialdad ni la reacción que durante años habría esperado de ella frente al hombre al que yo responsabilizaba de haber llevado a David demasiado lejos.
Aquello fue lo que más me perturbó.
Vi alejarse a Soria y permanecí unos segundos pendiente de mi madre.
—¿Estás bien?
—Claro que sí.
—No parecía que esperases verlo.
—No lo esperaba. Hace muchísimo tiempo que no coincidimos.
Darío apareció a nuestro lado poco después, aunque tuvo el buen criterio de no preguntarme qué ocurría. En lugar de eso, recuperó al abuelo para continuar la visita y consiguió que volviera a hablar de su supuesta candidatura matrimonial.
—Entonces, ¿sigo teniendo posibilidades? —le preguntó mientras empezaban a alejarse.
El abuelo lo miró con gravedad fingida y le explicó que, después de estudiar su expediente, necesitaría unos veinte años para tomar una decisión.
Darío aceptó aquello como una victoria.
—Eso significa que no estoy descartado.
—Significa que eres muy pesado.
—También me lo dice su nieta. Ya tenemos algo en común.
Normalmente habría entrado en la broma. Aquella vez apenas sonreí.
Claudia se marchó tras ellos y mi madre permaneció conmigo. La observé durante unos segundos intentando reconocer en su rostro alguna pista sobre lo ocurrido diez años atrás.
—¿Por qué fue Soria a casa?
Mi madre respiró hondo.
—Porque tu hermano murió bajo su mando y quiso hablar con nosotros. Trajo algunas cosas de David y nos explicó lo que podía explicar en aquel momento. Pero no quiero contártelo aquí a trozos, porque acabarás haciéndote una idea antes de que termine. Ya lo hablaremos.
No insistí.
El resto de la jornada continuó alrededor de mí con la misma normalidad de antes, aunque mi atención estaba en otro sitio.
Darío consiguió hacer reír nuevamente a mi madre cuando se despidió de ella asegurándole que la próxima vez esperaba haber ascendido de “candidato” a “futuro yerno oficial”.
El abuelo respondió que antes tendría que superar una entrevista mucho más seria y Claudia prometió presentarse como testigo para impedir cualquier fraude.
Escuché las bromas desde cierta distancia emocional. Sonreí alguna vez, pero no participé apenas.
Cuando acompañé a mi familia hacia la salida, mi madre recordó que debíamos llamar a mi padre para contarle cómo fue el acto. Volví a pensar en su cólico y en mis sospechas de la mañana.
—Tenías razón con papá —admití—. He sido injusta pensando en Elena.
—Solo estás acostumbrándote a que exista otra persona en su vida —me explicó sin reprocharme nada—. Ya la conocerás y podrás formarte tu propia opinión. Pero no conviertas cada ausencia de tu padre en una decisión de ella.
Asentí. Mi madre podía estar separada de Gerardo y seguir queriendo que le fuera bien. Aquello, de repente, me pareció importante.
El abuelo se adelantó unos metros hacia el coche y Gloria aprovechó para recordarme que me esperaban aquella tarde.
—Ven a casa cuando termines. Prepararemos algo de cenar y hablaremos con tranquilidad.
—¿También estará el abuelo?
—Claro. Él recuerda algunas cosas mejor que yo.
Los vi marcharse y regresé hacia el interior.
Soria estaba al otro lado de la explanada hablando con varias personas. No volvió a acercarse y yo tampoco tenía ningún motivo para hacerlo.
Días antes me habló de cosas que debería haber hecho mejor muchos años atrás. Ahora acababa de descubrir que, después de la muerte de David, fue a mi casa, conoció a mis padres y al abuelo y mantuvo con ellos una conversación de la que jamás supe nada.
Por primera vez, sin embargo, no necesitaba perseguir a Soria para obtener una respuesta. Aquella tarde me esperaba mi familia.