Prohibido besar al comandante Capítulo 15
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Capítulo 15

Darío faltó el viernes.

Me di cuenta antes de que nadie comentara nada porque, desde nuestra llegada, desarrolló la costumbre de aparecer en algún momento de la mañana, aunque solo fuera para saludar o averiguar si Soraya y yo pensábamos hacer algo durante el fin de semana.

A las diez todavía no lo vi y, cuando pregunté por él sin darle demasiada importancia, me explicaron que pidió permiso por un asunto familiar.

No volví a pensar en ello hasta el mediodía, cuando Soraya recibió un mensaje mientras comíamos. Leyó la pantalla y dejó el tenedor sobre el plato.

—Es Darío.

—¿Qué le pasa?

—Su hermana está en Toledo.

Esperé algo más, pero mi amiga seguía leyendo.

—Eso, en principio, no parece una emergencia.

—Ha venido desde Córdoba esta mañana. Ha roto con su novio y, por lo visto, la cosa ha terminado bastante mal.

Cogí el teléfono cuando Soraya me lo tendió.

Darío escribió sin entrar en demasiados detalles.

Su hermana llevaba seis años con su pareja, convivían desde hacía casi cuatro y aquella madrugada descubrió algo que provocó una discusión definitiva.

Cogió una maleta, condujo hasta Toledo y apareció en casa de su hermano poco después de las siete.

—¿Está bien? —pregunté mientras le devolvía el móvil.

—Dice que sí, pero también que lleva llorando desde que llegó. Él ha pedido el día para quedarse con ella.

Aquello explicaba su ausencia y, sobre todo, la brevedad de los mensajes. Le escribí por mi cuenta para preguntarle si necesitaba algo. La respuesta llegó varios minutos después.

“Un manual para entender por qué alguien que lleva seis años con una persona decide acostarse con una compañera de trabajo.”

Fruncí el ceño.

“Ese manual no existe.”

“Entonces cerveza.”

“Eso sí podemos conseguirlo.”

Añadió un emoticono y no continuamos. Supuse que prefería ocuparse de su hermana y volví al trabajo.

A media tarde, sin embargo, Soraya propuso que pasáramos por su casa. No quería presentarnos sin avisar, así que le escribió primero. Darío respondió que éramos bienvenidas siempre que no esperáramos encontrarlo en condiciones de ejercer de anfitrión.

Salimos del acuartelamiento y paramos a comprar algo para cenar. Soraya insistió en que no podíamos aparecer únicamente con bebida, y terminamos cargadas con comida suficiente para alimentar a todo el cuartel.

Cuando llegamos al edificio de Darío, me pregunté por qué nunca le preguntamos dónde vivía. Estaba a unos quince minutos de nuestro piso, en una zona residencial de construcciones relativamente recientes, con pequeños comercios en los bajos y bastante movimiento a aquella hora.

Nos abrió vestido con unos vaqueros y una camiseta oscura. Llevaba el pelo todavía húmedo y parecía más cansado de lo habitual.

—Habéis venido de verdad.

—No, somos una alucinación provocada por el estrés —le explicó Soraya mientras le entregaba una de las bolsas—. ¿Nos dejas pasar o cenamos en el rellano?

Darío se apartó y recibió la segunda bolsa que yo llevaba.

—Pasad. Pero no juzguéis mi casa. No esperaba una inspección.

Su piso desmontó varias ideas que me formé durante las últimas semanas.

No había ropa tirada, montañas de platos ni señales de la catástrofe doméstica que su madre describió según él.

El salón era amplio, con un sofá gris, una estantería llena de libros y fotografías y una mesa de comedor ocupada por una maleta abierta.

Cerca del balcón había un escritorio pequeño con un ordenador y varios papeles ordenados en una bandeja.

—Estoy impresionada —admití mientras me quitaba la chaqueta—. Tienes muebles y todo.

—Sabía que no debía invitarte.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó Soraya.

Darío señaló el pasillo.

—Duchándose. Ha dormido un par de horas y parece algo más humana. Esta mañana estaba destrozada.

Su forma de decirlo eliminó buena parte de las bromas que llevábamos preparadas. Dejamos las bolsas en la cocina y nos ofrecimos a ayudar. Darío ya tenía varias cosas preparadas y, para nuestra sorpresa, no eran envases abiertos ni comida precocinada.

—¿Esto lo has hecho tú? —le pregunté al descubrir una fuente que esperaba sobre la encimera.

Me miró con ofensa.

—No vuelvo a contaros nada sobre mi madre. Os ha creado una imagen de mí absolutamente falsa.

—La historia la contaste tú.

—Confiaba en vuestra discreción.

Soraya abrió una bolsa y empezó a sacar lo que compramos.

—Pues has elegido mal a tus amigas.

La palabra pasó inadvertida para ella, pero yo miré a Darío. Sonrió mientras buscaba sitio para lo que llevábamos y no hizo ningún comentario. Me sorprendió comprobar que tampoco me resultaba extraño escucharlo. Se había convertido en un buen amigo.

Su hermana apareció poco después.

De inmediato observé el parecido. Era algo más joven que él, y tenía sus mismos ojos y compartían muchas facciones. Llevaba ropa cómoda, el pelo recogido y el rostro acusaba las horas difíciles que pasó.

Darío dejó lo que estaba haciendo y se acercó a ella.

—Estas son Paola y Soraya.

Nos presentó y después se dirigió a nosotras.

—Mi hermana, Claudia.

La saludamos sin convertir su situación en el centro de atención. Claudia pareció agradecerlo. Nos dio las gracias por haber ido y enseguida protestó porque su hermano nos hizo llevar comida cuando ya había suficiente.

—No les he pedido nada —se defendió Darío mientras regresaba a la cocina—. Son incapaces de presentarse en una casa sin organizar una operación de abastecimiento.

—Eso es Soraya —aclaré—. Yo solo obedezco.

—Mentira —repuso mi amiga—. Ella eligió el postre.

Claudia sonrió por primera vez.

La cena empezó de una manera bastante más tranquila que cualquiera de las que compartimos desde que conocimos a Darío.

Al principio evitamos preguntas personales y hablamos del viaje, de Toledo y de lo poco que Claudia conocía la ciudad.

Ella trabajaba en Córdoba y nunca visitó a su hermano desde que lo destinaron allí, aunque llevaba meses prometiéndolo.

Fue la propia Claudia quien terminó mencionando lo ocurrido.

—Siento haberos estropeado el viernes —nos comentó mientras partía un trozo de pan.

—No nos has estropeado nada —le aseguró Soraya—. Además, tu hermano necesitaba comprobar que todavía tenemos vida social sin salir de copas.

Darío levantó la vista del plato.

—No estaba preocupado por mi vida social.

—Llevas todo el día pendiente de mí —le reprochó Claudia con una mezcla de cariño y cansancio—. Creo que solo has dejado de vigilarme cuando he ido al baño.

—Porque esta mañana no podías ni hablar.

—Estaba enfadada.

—Estabas hecha un mar de lágrimas, chiquitina.

Claudia cerró los ojos, avergonzada, y nosotros terminamos sonriéndole. Incluso ella se sumó unos segundos después.

Poco a poco empezó a contar lo ocurrido. No necesitó demasiados detalles. Regresó a casa antes de lo previsto y encontró a su pareja con otra mujer. La discusión que siguió terminó seis años de relación en menos de una hora.

—Lo peor no es ni siquiera que me haya engañado —nos confesó—. Es descubrir que llevaba meses haciéndolo y que yo no vi absolutamente nada.

Darío dejó los cubiertos y la miró desde el otro lado de la mesa.

—Eso no dice nada de ti.

—Dice que soy idiota.

—Dice que confiabas en tu pareja.

La firmeza de su respuesta consiguió que Claudia levantara la cabeza.

—No conviertas en un defecto tuyo lo que ha hecho él —continuó—. Si alguien tiene que sentirse avergonzado, no eres tú.

No intervine. Tampoco Soraya. Aquel momento pertenecía a los dos hermanos y me permitió descubrir a un Darío bastante distinto del hombre que encontraba cualquier excusa para bromear.

Claudia respiró hondo y cambió de asunto poco después. No quería pasar la noche hablando de su ex y nosotros respetamos la decisión. A partir de entonces la conversación fue ganando ligereza.

Descubrimos que Darío exageró notablemente sus habilidades culinarias, aunque no mintió del todo. Lo que preparó estuvo bien, pero Claudia reveló que la mitad de las recetas se las enviaba su madre por mensajes de voz.

—Eso sigue siendo cocinar —protestó él.

—Mamá te manda hasta la potencia a la que tienes que poner la vitrocerámica —le recordó su hermana.

—Información técnica.

—Te explica cómo cortar una cebolla.

Soraya casi dejó caer el vaso de la risa.

—¿No decías que eras completamente autosuficiente?

Darío nos señaló con el tenedor.

—No acepto ataques coordinados dentro de mi propia casa.

Claudia empezó a disfrutar de la situación y continuó proporcionando información.

Supimos que su hermano odiaba planchar camisas, que una vez metió un jersey de lana en la secadora y consiguió reducirlo hasta un tamaño infantil y que seguía llamando a su madre para preguntarle cuánto tiempo podía conservar determinadas cosas en el frigorífico.

—Esto es oro —le aseguré a Claudia.

—Tengo más.

—Traición —murmuró Darío.

—Llevas todo el día tratándome como si tuviera doce años. Te lo has ganado.

Cuando terminamos de cenar, Claudia parecía otra persona. Seguía triste y era evidente que todavía tenía por delante días difíciles, pero dejó de mirar constantemente el teléfono y participaba en las bromas.

Soraya se ofreció a recoger la mesa con ella. Darío y yo llevamos el resto de las cosas a la cocina, donde empezamos a colocar platos en el lavavajillas.

—Gracias por venir —me comentó mientras abría un armario para guardar lo que sobró—. En serio.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí. Esta mañana no sabía qué hacer con ella. Claudia suele ser la persona sensata de la familia. Verla llegar así me ha dejado bastante perdido.

Cogí dos vasos que quedaban en la encimera y los coloqué junto al fregadero.

—Has hecho lo que necesitaba. La has sacado de allí y has estado con ella.

—Quería conducir yo hasta Córdoba, pero ya venía de camino cuando me llamó.

La preocupación que todavía conservaba en el rostro me hizo comprender que aquel día tampoco fue fácil para él. Darío acostumbraba a ocupar cualquier espacio con bromas y comentarios, pero allí, lejos del acuartelamiento y sin necesidad de entretener a nadie, se mostraba mucho más sencillo.

—¿Estáis muy unidos?

—Muchísimo. Nos llevamos dos años. Nos hemos peleado toda la vida, pero si alguien le hace daño…

Interrumpió la frase y negó con la cabeza.

—Bueno. Ya has visto.

—He visto que eres un hermano pesado.

—Eso también.

Sonrió y cerró el lavavajillas.

—¿David era así contigo?

La pregunta me sorprendió, aunque no me molestó. Darío sabía que tuve un hermano y que murió.

—Peor —le respondí—. Me sacaba diez años, así que estaba convencido de que tenía derecho a darme órdenes sobre todo.

—Entonces te entrenó bien para el ejército.

Me reí.

—Puede ser. Cuando empecé a salir con amigas, quería saber adónde iba, con quién, a qué hora volvía... Mi madre era mucho menos estricta.

—Me cae bien.

—Porque no tuviste que soportarlo.

Recordar aquello no me produjo la punzada habitual.

La imagen de David que apareció fue la de mi hermano esperando despierto cuando yo regresaba más tarde de la hora acordada, preparado para echarme una bronca que no le correspondía.

Una vez incluso amenazó con acompañarme a una fiesta para comprobar quiénes iban.

—¿Cuántos años tenías cuando murió? —me preguntó Darío con cautela.

—Quince.

Su expresión cambió.

—Eras una cría.

—Yo pensaba que era mayor.

—A los quince todos pensamos eso.

Asentí. No necesitaba contarle nada más y él tampoco preguntó. Agradecí que supiera detenerse.

Terminamos de recoger y regresamos al salón. Soraya y Claudia estaban viendo fotografías antiguas que encontraron en la estantería, de modo que pasamos la siguiente media hora descubriendo versiones de Darío que él habría preferido mantener ocultas.

Había una foto de adolescente con el pelo considerablemente más largo, otra disfrazado durante unas fiestas y varias familiares en la playa.

Claudia resultó implacable.

Cuando decidimos marcharnos era casi medianoche.

Ella nos abrazó al despedirse y nos dio las gracias por conseguir que pasara varias horas sin pensar demasiado en lo ocurrido.

Soraya le ofreció nuestro número por si quería hacer algo durante los días que permaneciera en Toledo, y yo secundé la invitación.

Darío nos acompañó hasta el portal.

—No hacía falta que bajaras —le recordé mientras Soraya avanzaba unos metros para responder una llamada de su madre.

—Después de la información que mi hermana os ha proporcionado esta noche, necesito asegurarme de que abandonáis la zona.

Sonreí.

—Creo que todavía no nos lo ha contado todo.

—No vuelves a entrar en mi casa.

—Eso tendrás que negociarlo con Claudia. Me ha caído bien.

Se metió las manos en los bolsillos y miró hacia el edificio antes de volver a mí.

—A mí también me ha venido bien que estuvierais aquí. No solo a ella.

—Mañana lo verá de otra manera. Hoy ha sido el golpe.

—Lo sé.

Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Fue un gesto espontáneo, nacido del cariño que me produjo verlo preocupado durante toda la noche, pero Darío tardó un segundo en reaccionar.

—Gracias por la cena —le expliqué.

La sonrisa regresó despacio.

—Robledo, con lo poco que me das, esto me alcanza para sobrevivir un mes.

Le di un golpe suave en el brazo.

—Ya lo has estropeado.

—Tenía que hacerlo. Estabas empezando a pensar que soy una persona seria.

Soraya terminó la llamada y regresó hacia nosotros. Me despedí de Darío otra vez y echamos a andar hacia el coche.

Aquella noche me llevé una impresión distinta de él.

Seguía siendo el hombre que coqueteaba conmigo desde el primer día, que hablaba demasiado y encontraba una broma incluso cuando nadie se la pedía, pero ahora conocía también al hermano que dejó todo para recibir a Claudia, al que estuvo pendiente de que comiera, descansara y dejara de culparse por una traición ajena.

Me gustaba Darío. Mucho más de lo que esperaba cuando apareció en nuestras vidas semanas atrás.

Y mientras volvía a casa con Soraya comprendí que tampoco necesitaba decidir qué clase de sentimiento era aquel.

Por el momento bastaba con saber que nuestra amistad empezaba a ocupar un lugar propio, construido a partir de noches divertidas, confidencias inesperadas y momentos en los que ninguno necesitaba demostrar nada al otro.