Capítulo 14
Dos días después de la caída del abuelo, el capitán me comunicó que el jueves tendría que acompañar a Soria a Madrid.
La unidad participaba en una jornada de coordinación con personal de otras unidades y algunos responsables civiles, y mi presencia se justificaba por el trabajo que desarrollamos durante las últimas semanas.
No tenía que hacer ninguna exposición importante; asistiría a varias reuniones, tomaría nota de determinados acuerdos y podría intervenir si surgía alguna cuestión relacionada con mi área.
La noticia me sorprendió porque llevaba muy poco tiempo en el destino, pero no pregunté por qué me eligieron. Preparé lo necesario, revisé la documentación que me entregaron y el jueves llegué al punto de encuentro unos minutos antes de la hora indicada.
Soria apareció poco después acompañado por el capitán con el que se reuniría durante buena parte de la mañana.
Vestíamos de uniforme, aunque la jornada tenía un carácter menos rígido que los actos oficiales a los que asistí desde mi llegada.
Nos saludamos y emprendimos el viaje en un vehículo de la unidad, conducido por un cabo que nos dejó a la entrada del recinto poco antes de las nueve.
La mañana transcurrió con bastante rapidez. Asistí a dos reuniones, tomé más notas de las que probablemente necesitaría y descubrí que buena parte de aquellas jornadas consistía en hablar durante media hora de algo que podía resumirse en cinco minutos.
Afortunadamente, nadie esperaba que demostrara conocimientos extraordinarios ni que convirtiera cada intervención en una defensa de mi competencia profesional.
Soria se movía con soltura entre personas a las que parecía conocer desde hacía años.
Lo reclamaban continuamente; unas veces para cuestiones relacionadas con la jornada y otras para conversaciones que empezaban con un saludo y terminaban recordando algún destino compartido.
Yo procuré mantenerme ocupada y aproveché los descansos para ordenar mis notas.
A media mañana, mientras esperaba junto a una de las salas, una mujer se acercó a nosotros. Rondaría los cuarenta años y vestía un traje en tono mostaza que destacaba entre tanto uniforme. Saludó primero al capitán y después se dirigió directamente a Soria.
—Héctor, pensaba que al final no venías.
Le estrechó la mano, aunque la familiaridad de su tono indicaba que se conocían bien.
—Cambió la planificación —le explicó él—. Hemos podido organizarlo.
La mujer le preguntó por alguien a quien llamó únicamente por el nombre y Soria respondió que llevaba meses sin verlo. La conversación derivó hacia conocidos comunes mientras yo fingía revisar unas anotaciones que ya tenía perfectamente ordenadas.
No había ningún motivo para prestarles atención.
Precisamente por eso me molestó descubrir que lo estaba haciendo.
Desde la cena del viernes sabía que Soria se estaba divorciando. Darío lo comentó sin darle especial importancia y yo tampoco debería habérsela concedido. Sin embargo, al escuchar a aquella mujer llamarlo Héctor con tanta naturalidad, me pregunté quién era.
La respuesta llegó enseguida.
—Por cierto, teniente Robledo —Soria se volvió hacia mí—, le presento a Laura Valdés. Trabaja en el Ministerio y participa en la coordinación de la jornada.
Nos saludamos y ella me preguntó por mi reciente incorporación a la unidad.
Hablamos unos minutos antes de que tuviera que marcharse a otra reunión, y cualquier especulación que pudiera formarse desapareció al escucharla despedirse de Soria con un comentario sobre su marido y una cena pendiente entre antiguos amigos.
Me reproché haber sentido curiosidad.
No me interesaba con quién hablaba, a quién conocía ni mucho menos qué hacía desde que se separó de su mujer.
La siguiente reunión me proporcionó una distracción mucho más útil.
Intervine únicamente en dos ocasiones y ambas fueron breves. Al terminar, uno de los responsables se acercó para preguntarme algo relacionado con una propuesta que se mencionó durante la sesión.
Le expliqué lo que sabía sin entrar en detalles innecesarios y, cuando nos despedimos, comprobé que Soria esperaba a pocos metros.
—Ha hecho bien en no comprometer una respuesta —me comentó mientras caminábamos hacia la salida—. Todavía no está decidido.
—No tenía información suficiente para hacerlo.
—Precisamente.
Aquella aprobación no necesitaba convertirse en nada más. Seguimos hasta la zona donde servirían el almuerzo y nos reunimos con el capitán y otros asistentes.
Durante la comida descubrí una faceta bastante inesperada de Soria: tenía sentido del humor.
No era especialmente hablador ni intentaba convertirse en el centro de la mesa, pero conocía a dos de los oficiales desde hacía tiempo y las conversaciones fueron perdiendo formalidad a medida que avanzaba el almuerzo.
Uno de ellos recordó un curso que compartieron años atrás y relató una historia sobre una noche en la que varios participantes acabaron empujando un coche porque nadie consiguió arrancarlo.
—No fue así —lo corrigió Soria después de dejar los cubiertos—. El coche arrancaba perfectamente.
—Cuando llegaste tú.
—Porque alguien tenía que quitar el freno de mano.
La mesa estalló en carcajadas y el oficial afectado protestó ante aquella versión.
—Llevábamos veinte minutos empujándolo.
—Ese fue exactamente el problema.
Me reí antes de poder contenerme. Soria me miró desde el otro lado de la mesa y durante unos segundos apareció en su expresión la misma sonrisa breve que ya le vi después de la prueba del jueves anterior.
—No se ría, Robledo. Algún día le tocará trabajar con alguno de estos señores.
—Intentaré comprobar el freno de mano antes, mi comandante.
Uno de los oficiales levantó la copa de agua para felicitarme por la respuesta y la conversación continuó. No hubo nada extraordinario, pero salí del comedor con la sensación curiosa de haber pasado dos horas con personas que, dentro del acuartelamiento, habría percibido de otra manera.
La jornada terminó alrededor de las cinco.
El capitán tenía previsto quedarse en Madrid porque enlazaría aquella actividad con otra reunión a la mañana siguiente.
El cabo que nos llevó regresó antes con otro personal de la unidad debido a un cambio de organización, así que Soria y yo volvimos a Toledo en otro vehículo puesto a disposición para el desplazamiento.
Me correspondió conducir.
Aquello eliminó cualquier posibilidad de conversación durante los primeros minutos porque me concentré en salir de Madrid y Soria aprovechó para revisar unos documentos. Solo cuando dejamos atrás el tráfico más denso cerró la carpeta.
—¿Le ha resultado útil la jornada?
—Sí. Aunque creo que he escrito unas quince páginas para sacar cuatro conclusiones.
Escuché una risa a mi derecha.
—Está aprendiendo.
—La próxima vez traeré menos papel.
—Eso sería confiar demasiado en la capacidad de síntesis de una reunión.
Obviamente, y a pesar de estar en Madrid, no pude ver a mi familia.
Después hablamos de algunas cuestiones de la mañana y de un par de ideas que tendría que trasladar al resto del equipo. La conversación fue sencilla y, para mi sorpresa, agradable. No necesitaba estar calculando cada respuesta ni demostrar nada.
Llevábamos aproximadamente media hora de viaje cuando Soria cambió de asunto.
—¿Cómo sigue su abuelo?
La pregunta me cogió desprevenida.
—Bien. Gracias. Al final no fue nada grave, como le comenté. Ya está en casa.
—Me alegro.
—Él no para de quejarse porque se siente vigilado, según me cuenta mi madre.
—Eso significa que se encuentra mejor.
—Significa que ha amenazado con marcharse de casa.
Soria sonrió.
—Entonces sí se encuentra mejor.
Pensé en el abuelo protestando desde su sillón y se me escapó una risa. Mi madre me contó aquella misma mañana que ya intentó salir solo a comprar el pan y que tuvieron una discusión porque ella quería acompañarlo.
—Es muy independiente —le expliqué—. Vive con mi madre, pero cualquiera diría que es al revés. Está convencido de que es él quien tiene que cuidarla.
—¿Viven juntos desde hace mucho?
—Desde que mis padres se separaron. El abuelo no quería que mi madre se quedara sola y terminó instalándose con ella. En teoría iba a ser temporal.
—¿Y cuánto dura ya esa temporalidad?
—Años.
Seguí conduciendo unos kilómetros antes de recordar que aquella conversación me ofrecía una oportunidad que no sabía si volvería a presentarse.
Desde el lunes decidí no preguntar por su comentario, pero tenerlo sentado a mi lado durante más de una hora convertía aquella determinación en algo bastante difícil de mantener.
Esperé hasta incorporarnos a un tramo más despejado.
—Mi comandante, el lunes dijo una cosa que no entendí.
Noté que giraba la cabeza hacia mí.
—Digo muchas cosas que la gente no entiende.
—Esta la entendí perfectamente. Lo que no entendí fue por qué la dijo.
No respondió enseguida.
—¿A qué se refiere?
—Cuando me autorizó a marcharme. Dijo que me lo debía.
La carpeta permanecía cerrada sobre sus piernas. No pude mirarlo más que unos segundos porque tenía que atender a la carretera, pero bastaron para comprobar que sabía exactamente de qué hablaba.
—No tiene importancia.
—Para usted quizás no.
—Robledo…
—No le estoy pidiendo explicaciones sobre mi permiso —le aclaré, procurando mantener el tono sereno—. Solo quiero saber qué me debía.
Soria desvió la vista hacia la carretera.
—Nada que tenga que preocuparle.
Aquella respuesta consiguió exactamente lo contrario.
—Entonces sí se refería a algo.
—Está convirtiendo un comentario en una cuestión mucho más importante de lo que era. Déjelo, por favor.
Paramos poco después en un área de servicio para tomar café. Aproveché para responder una llamada perdida de mi madre, quien insistía en que su padre quería comportarse como un chaval.
—Dile al abuelo que el sábado voy y hablaremos seriamente —le pedí.
—Eso lo va a asustar muchísimo.
—Debería.
Guardé el teléfono y encontré a Soria esperando cerca del coche con dos cafés. Me ofreció uno.
—No sabía cómo lo toma.
—Con leche. Gracias.
—He fallado.
Miré el vaso.
—¿Solo?
—Solo.
—Sobreviviré.
—No tiene obligación de bebérselo.
Abrí la tapa y añadí un poco de leche de los pequeños envases que cogí dentro.
—Problema resuelto.
—Me tranquiliza saber que no tendremos que abrir una investigación.
Lo miré, sorprendida por la broma, y acabé riéndome. Soria hizo lo mismo mientras abría el coche.
El resto del viaje fue distinto. Hablamos de Madrid, de Toledo y de los años que llevaba destinado en distintos lugares.
Me contó una anécdota de su primer destino que no tenía nada que ver con David ni con Irak, y yo terminé explicándole cómo Soraya y yo escogimos el piso prácticamente a toda prisa porque llevábamos varios días visitando viviendas que parecían competir por ver cuál tenía la cocina más pequeña.
Cuando llegamos a Toledo ya anochecía. Recogimos nuestras cosas y nos despedimos antes de dirigirnos cada uno hacia su coche. Caminé unos pasos y escuché que me llamaba.
—Robledo.
Me volví.
Soria sostenía la carpeta bajo el brazo y las llaves del coche en una mano.
—Me alegro de que su abuelo esté bien.
—Gracias, mi comandante.
Eso fue todo.
Continué hacia mi coche y, esta vez, no intenté extraer un significado oculto de cada palabra. Durante el día obtuve algo más útil que una respuesta precipitada: la certeza de que Soria sí se refería a un asunto del pasado cuando dijo que me debía algo, aunque todavía no supiera cuál.
También comprendí otra cosa que me resultaba mucho más difícil ordenar.
Podía pasar horas con él sin discutir, incluso reírme y descubrir detalles de una persona que apenas conocía fuera de su rango.
Aquello no modificaba las preguntas que seguían pendientes ni borraba lo que ocurrió diez años atrás; sencillamente añadía una realidad nueva a todo lo anterior.
Y preferí dejarla ahí, sin obligarme a decidir inmediatamente qué significaba.