Prohibido besar al comandante Capítulo 13
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Capítulo 13

El lunes comenzó con una llamada de mi madre a las diez y veintitrés de la mañana.

Vi su nombre en la pantalla mientras revisaba con Soraya una documentación que debíamos entregar antes del mediodía.

Gloria sabía perfectamente cuál era mi horario y rara vez me llamaba durante el servicio; si necesitaba contarme algo, solía enviarme un mensaje y esperaba a que pudiera responder.

Por eso dejé el bolígrafo en cuanto el teléfono empezó a vibrar.

—Es mi madre —le expliqué a Soraya mientras me levantaba—. Ahora vuelvo.

Salí al pasillo y busqué un lugar donde pudiera hablar sin molestar a nadie. Contesté esperando escuchar alguna consulta doméstica que justificara aquella excepción, pero la voz de Gloria consiguió que olvidara de inmediato lo que estaba haciendo.

—Paola, estamos en urgencias.

Necesité un instante para ordenar la información.

—¿Qué ha pasado?

—Tu abuelo se ha caído esta mañana. Estábamos desayunando y, cuando se levantó para llevar la taza a la cocina, se mareó. Ha perdido el equilibrio y se ha dado un golpe bastante fuerte.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Está consciente?

—Sí, sí. Está consciente y protestando porque dice que estamos exagerando. La ambulancia ha venido enseguida y ahora le están haciendo pruebas. No quiero asustarte, cariño, pero sabía que te enfadarías si no te avisaba.

Soltó el aire con cansancio. Intenté hacerle preguntas concretas: dónde se golpeó, si llegó a perder el conocimiento, qué les dijeron los médicos, cuánto tiempo llevaban allí.

Mi madre pudo responder muy poco porque todavía estaban esperando resultados y el abuelo, por lo que entendí, había dedicado buena parte del trayecto al hospital a discutir con los sanitarios sobre la necesidad de trasladarlo.

—Te llamo en cuanto sepamos algo —me prometió—. No hace falta que vengas. Estás trabajando.

Acepté porque era lo sensato. Él estaba acompañado, consciente y en manos de médicos. Salir corriendo hacia Madrid sin saber siquiera si lo ingresarían no solucionaba nada, aunque mi cuerpo parecía discrepar de aquel razonamiento y me costó regresar a la mesa con normalidad.

Soraya me observó en cuanto me senté.

—¿Qué ocurre?

Le resumí lo sucedido mientras volvía a abrir la carpeta. Ella preguntó por el abuelo y me recomendó que esperara a saber qué decían las pruebas antes de preocuparme más de la cuenta. Era exactamente lo que acababa de repetirme a mí misma, pero escucharlo en su voz ayudó algo.

Durante la hora siguiente conseguí trabajar a intervalos.

Revisaba una página, corregía un dato y, pocos minutos después, comprobaba el teléfono.

A las once y media seguía sin noticias. A las doce recibí un mensaje de mi madre asegurando que el abuelo estaba bien, aunque todavía no les daban resultados.

El alivio duró poco.

A las doce y veinte llegó otro mensaje.

“Le van a hacer un TAC. Se ha vuelto a marear. Si puedes venir esta tarde, creo que me quedaría más tranquila.”

Lo leí dos veces.

Soraya levantó la cabeza al notar que dejaba de escribir.

—¿Qué te ha dicho?

Le enseñé el mensaje.

—Vete.

—No puedo levantarme y marcharme.

—Ya sé que no puedes levantarte y marcharte. Pide permiso.

Miré la documentación que teníamos delante.

Quedaba trabajo por hacer, aunque nada que justificara permanecer allí mientras mi madre estaba sola en un hospital con su padre.

Aun así, pedir marcharme en mitad de la jornada apenas unas semanas después de incorporarme no era precisamente la manera en que imaginé demostrar mi disponibilidad.

—Yo termino esto —añadió Soraya, anticipándose a mi objeción—. Además, prácticamente está hecho.

—No te voy a dejar todo.

—No me dejas todo. Me dejas cuatro correcciones y una entrega. Si mañana me ocurre a mí, harás lo mismo.

Sabía que tenía razón.

Pregunté dónde estaba Soria y me indicaron que se encontraba en su despacho.

El trayecto hasta allí fue mucho más largo en mi cabeza que en la realidad.

Llevaba ensayando una explicación desde que salí de la sala, procurando que sonara razonable y profesional, sin transmitir una urgencia que ni siquiera sabía si existía.

Llamé a la puerta y esperé.

—Adelante.

Soria estaba de pie junto a una mesa lateral revisando varios documentos con un capitán. Me detuve al entrar, arrepentida por no haber preguntado antes si estaba reunido.

—Mi comandante, disculpe. Puedo volver más tarde.

El capitán miró a Soria, que cerró la carpeta que tenía delante.

—Estamos terminando. ¿Qué necesita, teniente?

Aquello me obligó a explicarlo delante del otro oficial. Preferí hacerlo sin rodeos.

—Mi abuelo ha sufrido una caída esta mañana y lo han trasladado a urgencias.

En principio está consciente y estable, pero continúan haciéndole pruebas.

Mi madre está sola con él y me ha pedido que vaya a Madrid porque ha empeorado un poco en el último rato.

Quería solicitar autorización para ausentarme esta tarde.

Soria dejó la carpeta sobre la mesa.

El capitán recogió sus papeles y comentó que podían continuar más tarde. Soria asintió y esperó hasta que salió antes de volver a dirigirse a mí.

—¿Qué tiene pendiente hoy?

Le expliqué la entrega en la que trabajaba con Soraya y otra tarea que podía terminar al día siguiente sin perjudicar a nadie. También añadí que, si necesitaban que completara la primera antes de irme, podía hacerlo en poco tiempo.

Soria consultó el reloj.

—No. Díaz puede encargarse de la entrega y lo demás espera hasta mañana.

—Puedo dejarlo terminado antes de salir.

—Robledo, váyase con su familia.

La sencillez de la orden acabó con cualquier argumento. Asentí y le di las gracias, aunque antes de girarme quise asegurarme de que no dejaba ningún problema detrás.

—Estaré localizable. Si surge algo relacionado con la documentación, puedo conectarme cuando llegue a Madrid.

Soria recogió la carpeta que acababa de dejar sobre la mesa y la abrió de nuevo.

—Si surge algo que no pueda esperar, la llamaremos. Pero no creo que ocurra.

Me despedí y alcancé la puerta. Ya tenía la mano sobre el picaporte cuando lo escuché a mi espalda.

—Además, se lo debía.

No habló alto. De hecho, por un momento dudé de haber entendido bien.

Me volví.

Soria continuaba junto a la mesa, aunque ya no estaba mirando los documentos.

—¿Cómo dice, mi comandante?

Hubo una pausa breve antes de que respondiera.

—He dicho que se marche. Su madre la necesita allí.

—Sí, pero después ha dicho…

—Robledo.

No elevó la voz ni pareció molesto; sencillamente interrumpió la pregunta antes de que pudiera terminarla.

—Váyase a Madrid.

Salí del despacho con más preguntas que cuando entré.

Soraya interpretó mi expresión de una manera completamente distinta y se levantó enseguida.

—¿No te deja?

—Sí. Me ha dicho que me vaya ahora.

—Entonces ¿qué pasa?

Abrí la boca para contarle la frase y cambié de idea. Explicarle por qué aquellas tres palabras podían inquietarme exigía revelar mucho más de lo que estaba preparada para contar.

—Nada. Estoy preocupada por mi abuelo.

Ella no insistió. Me ayudó a recoger mis cosas y prometió encargarse de la entrega. Antes de marcharme me obligó a escribirle cuando supiera algo y me dio un abrazo rápido que agradecí más de lo que conseguí demostrar.

El trayecto hasta Madrid me proporcionó demasiado tiempo para pensar.

“Se lo debía.”

Intenté encontrar una explicación sencilla.

Quizás Soria se refería a la semana anterior, a las horas adicionales que dedicamos a las pruebas, al trabajo del viernes o a cualquier otra circunstancia reciente.

El problema era que ninguna encajaba. No me debía tiempo libre; yo había cumplido con mi obligación y él con la suya.

La otra posibilidad apareció antes de llegar a la autovía y ya no conseguí apartarla. David. ¿Se lo debía a él?

Recordé el momento exacto en que Soria pronunció aquellas palabras y su negativa posterior a repetirlas. Si se trataba de una expresión sin importancia, habría podido explicarla en diez segundos. Sin embargo, evitó hacerlo.

Apreté las manos sobre el volante y me obligué a concentrarme en la carretera. Mi abuelo estaba en un hospital y yo convertía una frase ambigua en otro interrogatorio sobre un hombre muerto hacía diez años. No era el momento.

Mi madre me esperaba en urgencias cuando llegué.

La encontré sentada con el bolso entre los pies y una botella de agua sin abrir en las manos.

Al verme se levantó con tanta rapidez que comprendí cuánto necesitaba que estuviera allí.

Antes de salir de Toledo, le comenté que había adelantado mi marcha.

—¿Qué te han dicho?

—El TAC está bien —me explicó mientras me abrazaba—.

No hay nada en la cabeza. Le han hecho también análisis y un electro.

Parece que ha sido una bajada de tensión, pero quieren observarlo un rato más porque sigue algo mareado.

Antes que se le ha puesto muy malita cara y me he asustado, cariño. No debí alarmarte sin saber.

—No pasa nada. ¿Puedo verlo?

—Sí. Y prepárate, porque está enfadadísimo.

Aquello sí sonaba a Manuel.

Lo encontramos incorporado en la camilla, con una pequeña herida cerca de la sien y una expresión de profunda indignación ante el trato que, según él, recibía una persona perfectamente sana.

—¿Tú también? —protestó nada más verme—. Esto ya parece una reunión familiar.

Me acerqué y le besé la mejilla con cuidado.

—Mamá me ha dicho que estabas intentando ligar con las enfermeras.

—Eso sería un motivo digno para venir. No esta tontería.

Ella me explicó delante de él que el médico quería descartar que el mareo tuviera alguna causa distinta de la tensión. El abuelo aprovechó para recordarnos que llevaba décadas levantándose demasiado rápido y que nunca necesitó un comité de expertos para solucionarlo.

—Tienes un golpe en la cabeza —le señalé.

—Porque el suelo estaba en medio.

Me reí a pesar del susto y me senté junto a él. Durante un rato hablamos de cualquier cosa menos de médicos. Quiso saber cómo me iba en Toledo, si comía bien y si Soraya seguía viviendo conmigo sin haber solicitado todavía un traslado por incompatibilidad de caracteres.

—Soraya es peor que yo.

—Eso no se lo cree nadie que te conozca.

Mi madre le pidió que dejara de provocarme y él respondió que el hospital ya era suficientemente aburrido sin obligarlo además a comportarse.

Poco a poco fui relajándome. El color de su cara era bueno, hablaba con normalidad y su principal preocupación consistía en averiguar a qué hora lo dejarían irse.

Cuando finalmente apareció el médico, confirmó que las pruebas no mostraban nada alarmante.

Ajustarían una medicación que podía estar favoreciendo las bajadas de tensión y tendría que consultar con su médico habitual, pero podría volver a casa aquella misma tarde.

El abuelo recibió el alta con el entusiasmo de un preso indultado.

En casa consiguió sentarse en su sillón únicamente después de que su hija amenazara con llamar al médico para preguntarle si convenía ingresarlo otra noche. Yo fui a la cocina y preparé algo sencillo para los tres mientras ellos continuaban negociando las condiciones de su convalecencia.

La tarde fue transcurriendo y cenamos temprano.

El abuelo recuperó el apetito suficiente para repetir y aquello terminó de tranquilizarme.

Después insistió en acompañarme hasta la puerta cuando le expliqué que regresaría a Toledo; prefería dormir en mi piso y presentarme al día siguiente con normalidad, puesto que él estaba bien.

—No tenías que venir corriendo —me reprochó mientras me daba un abrazo.

—No he venido corriendo. He conducido respetando escrupulosamente todas las normas.

—Eso me preocupa todavía más. ¿Quién eres y qué has hecho con mi nieta?

Le di un beso y fui a despedirme de mi madre.

—No tienes que darme las gracias.

—Ya lo sé. Pero me he quedado mucho más tranquila cuando te he visto aparecer. Es la verdad. Tu abuela falleció de una manera imprevista y, desde entonces, temo el día en que algo pueda pasarle a él.

Aquellas palabras me devolvieron de inmediato al despacho de Soria.

“Su madre la necesita allí.”

Quizás simplemente comprendió algo que yo no fui capaz de reconocer mientras intentaba cumplir con mis obligaciones: que mi presencia no cambiaría el resultado de ninguna prueba médica, pero sí podía ayudar a Gloria. El problema seguía siendo lo otro. Se lo debía.

Llegué al piso cerca de las diez. Soraya estaba en el salón y dejó lo que estaba haciendo cuando entré.

Le conté que el abuelo ya estaba en casa, que las pruebas salieron bien y que probablemente todo se debía a una bajada de tensión.

Después de obligarme a prometer que el sábado iríamos juntas a verlo, volvió a sus cosas y me dejó ir a cambiarme.

Solo cuando cerré la puerta de mi dormitorio recuperé el teléfono y comprobé los mensajes acumulados durante el día.

Entre ellos había uno de Darío preguntando por mi abuelo y otro posterior en el que aseguraba que Soraya ya le confirmó que estaba bien.

Sonreí y le contesté antes de dejar el móvil cargando.

Me senté en la cama para quitarme los zapatos y pensé otra vez en Soria.

Podía preguntárselo al día siguiente. Entrar en su despacho e insinuarle que explicara exactamente qué quiso decir.

Sin embargo, sabía cuál sería el resultado: bastaría con que negara cualquier significado especial para dejarme en el mismo punto, solo que después tendría que justificar por qué me interesaba tanto una frase aparentemente insignificante.

Preferí esperar.

Aquel “se lo debía” podía no significar absolutamente nada relacionado con David, y precisamente por eso necesitaba resistirme a convertir cada palabra de Soria en una confesión escondida.

Pero si significaba lo que sospechaba, tarde o temprano aparecería otra grieta.

Entonces estaría preparada para reconocerla.

Por el momento me quedé con una certeza mucho más sencilla: aquella mañana pedí permiso para acudir junto a mi familia y Soria me dejó marchar sin condiciones, incluso antes de que yo terminara de buscar soluciones para seguir trabajando desde Madrid.

Lo demás permanecía abierto, y quizás eso era precisamente lo que más me inquietaba: no saber si acababa de recibir un gesto normal de mi comandante o el primer pago de una deuda que él llevaba diez años recordando.