Capítulo 12 #2
—Todavía sí. Aunque creo que llevan separados unos meses.
No sabía absolutamente nada de su vida personal y, hasta aquel momento, tampoco me interesó conocerla. La noticia, sin embargo, me llevó a observarlo de nuevo.
Intenté imaginarlo regresando a una casa, compartiendo una vida cotidiana con una mujer, discutiendo por asuntos que no tuvieran nada que ver con ejercicios, procedimientos u órdenes. No conseguí hacerlo.
—Normal —comenté—. Lo raro es que alguna mujer lo haya aguantado tanto tiempo.
Darío soltó una carcajada.
—Qué mala eres.
—¿Por qué?
—Porque no es para tanto. De verdad, vaya tirria le tienes.
Cogí mi copa antes de contestarle.
—No le tengo tirria.
—Claro que no. Solo acabas de celebrar su divorcio sin conocer a la mujer.
—No lo he celebrado. He dicho que no me sorprende.
—Pues a mí sí. —Darío apoyó un antebrazo en la barra mientras esperaba que nos atendieran de nuevo—. Nunca los traté como pareja, pero por lo que sé llevaban bastantes años juntos.
Aquello me sorprendió aún más.
—¿Tiene hijos?
—Que yo sepa, no.
Soraya regresó en ese momento y Darío le contó que acabábamos de descubrir a Soria.
Mi amiga miró discretamente hacia el otro extremo de la barra y reconoció que resultaba extraño encontrárselo allí.
Después se interesó mucho más por saber dónde estaba su copa y la conversación terminó desviándose hacia otra cosa.
Poco después volvimos a bailar.
Quizás transcurrieron veinte minutos antes de que regresáramos a la barra. Tenía sed y me aparté un poco de Soraya mientras esperaba que el camarero pudiera atenderme. Busqué a Soria casi sin proponérmelo.
Seguía allí. Solo que esta vez ya no miraba su vaso. Me miraba a mí.
No supe cuándo reparó en nuestra presencia. La distancia impedía distinguir cada detalle de su expresión, pero no había ninguna duda acerca de dónde tenía puestos los ojos.
Sostuve su mirada.
Por primera vez desde que lo conocía no existían uniformes entre nosotros.
Tampoco una mesa de despacho, un informe, una formación ni un grado militar que necesitáramos recordar en cada frase.
Seguía siendo mi comandante y yo continuaba siendo una teniente bajo sus órdenes, pero verlo vestido de civil alteraba inevitablemente la imagen que construí de él desde mi llegada.
Sus ojos descendieron durante un instante.
Fue un movimiento breve, aunque suficiente para que supiera que acababa de recorrer mi figura antes de regresar a mi rostro.
Aquello me desconcertó. No porque un hombre me mirara.
Estaba acostumbrada a reconocer cuándo sucedía.
Me desconcertó que fuera él y, todavía más, que una parte de mí se volviera súbitamente consciente de la blusa que llevaba, del pelo suelto sobre los hombros y de la distancia exacta que nos separaba.
No aparté los ojos.
Soria cogió su vaso y bebió un poco sin dejar de mirarme. Después inclinó apenas la cabeza a modo de saludo.
Respondí del mismo modo. Darío apareció a mi lado en ese momento y me llevó con él.
Soraya nos reclamó desde donde estaba bailando. Aproveché la oportunidad para marcharme con ella y sincronizar nuestros movimientos.
La música consiguió devolverme enseguida a la noche. Bailamos otras dos canciones y terminé riéndome cuando Darío se empeñó en demostrar que podía hacer el mismo giro que yo sin derramar su bebida. Durante casi una hora volvimos a ser únicamente nosotros tres.
Aun así, alguna vez miré hacia la barra. Soria no se acercó.
Tampoco hizo el menor intento de llamar nuestra atención. Permaneció solo, bebiendo despacio, y en otra ocasión nuestras miradas volvieron a encontrarse durante unos segundos antes de que Soraya me arrastrara hacia ella para impedir que Darío destrozara una canción que los dos intentaban cantar.
Cerca de las tres decidimos marcharnos. Soraya anunció que sus pies acababan de presentar una reclamación formal y Darío protestó porque, según él, todavía era temprano. Ninguna cedió.
Recogí mi chaqueta y el bolso. Mientras avanzábamos hacia la salida miré una última vez hacia la barra.
Soria ya no estaba allí.
El aire de la calle me despejó y me hizo agradecer haber traído la chaqueta.
Darío ofreció la suya a Soraya cuando ella se quejó del frío, pero mi amiga se negó porque, según explicó, no estaba dispuesta a escuchar durante los próximos seis meses la historia de cómo Molina evitó que muriera de hipotermia en una noche de septiembre.
Volvimos a casa caminando, dejando el coche de Darío en el centro, pues todos habíamos bebido.
La cena fue magnífica, bailé hasta acabar dolorida y me divertí de una forma que ya casi había olvidado. Darío y Soraya continuaban delante de mí discutiendo sobre quién elegiría el próximo restaurante, y escucharlos planear otra salida cuando todavía no terminaba aquella me hizo sonreír.
Sin embargo, la imagen que regresó mientras caminaba no pertenecía a ninguno de los dos.
Era la de Héctor Soria al otro extremo de la barra, sin uniforme y sin acercarse, mirándome durante unos segundos de una manera que nunca empleó dentro del acuartelamiento.
Y lo que más me desconcertaba no era haber descubierto que mi comandante también podía mirarme como un hombre miraba a una mujer, sino recordar que, cuando lo hizo, fui perfectamente consciente de ello y decidí sostenerle la mirada.