Capítulo 12
Darío aparcó a unas calles del restaurante y los tres hicimos el resto del trayecto andando. A esas horas el centro todavía estaba muy animado y la temperatura era agradable, así que avanzamos sin prisa mientras él intentaba averiguar qué nos había parecido su elección.
—No pienso pronunciarme hasta que coma —le explicó Soraya mientras caminaba a mi lado—. La ubicación está bien y la carta promete, pero todavía puedes fracasar.
—No he pasado una auditoría tan exigente en toda mi vida —protestó Darío, que iba al otro lado—. Robledo, dime por lo menos que tú confías en mí.
—Para elegir un restaurante, quizás.
Se llevó una mano al pecho, satisfecho.
—Me vale. Es el primer avance real que consigo contigo en dos semanas.
—No te emociones. También confío en que sabes conducir y eso no significa que quiera casarme contigo.
Soraya soltó una carcajada y Darío necesitó unos segundos para encontrar una respuesta suficientemente dramática.
Cuando alcanzamos el restaurante seguía asegurando que acababa de destrozar todas sus expectativas de futuro, aunque se le olvidó la tragedia en cuanto entramos.
El local resultó ser incluso más agradable de lo que parecía en las fotografías.
Ocupaba la planta baja de un edificio antiguo rehabilitado, con parte de la estructura original integrada en una decoración mucho más actual.
El comedor estaba bastante lleno y se mezclaban conversaciones, movimiento de camareros y música a un volumen discreto, suficiente para crear ambiente sin obligarnos a levantar la voz.
Nos acompañaron hasta nuestra mesa y Darío esperó a que nos sentáramos antes de abrir los brazos con gesto triunfal.
—Ahora podéis opinar.
Miré alrededor deliberadamente antes de quitarme la chaqueta y colocarla en el respaldo.
—No está mal.
—Sabía que ibas a hacerme esto.
—¿El qué?
—Llevo toda la semana organizando la cena, te traigo a un sitio estupendo y recibo un “no está mal” —se lamentó mientras ocupaba su silla—. Algún día aprenderé a no esforzarme por ti.
Soraya ya tenía la carta abierta y apenas le prestó atención.
—Espera a que probemos la comida. Todavía puedes recuperar el sobresaliente.
Darío nos contempló a las dos durante un momento y terminó negando con la cabeza, resignado.
—Voy a necesitar una copa antes incluso de pedir.
La cena adquirió enseguida un tono que no se parecía en nada a nuestras conversaciones en el acuartelamiento.
Sin uniformes, rangos alrededor ni obligaciones esperando al otro lado de la puerta, descubrimos cosas bastante más interesantes de nosotros mismos que nuestros respectivos cometidos.
Darío nos contó algunas historias de su familia en Sevilla y consiguió que Soraya casi se atragantara relatando la ocasión en que su madre viajó a visitarlo y decidió reorganizarle el piso porque consideraba imposible que un ser humano viviera con semejante distribución de la cocina.
La mujer no se limitó a limpiar. Cambió platos, vasos y alimentos de armario, llenó el congelador y, antes de regresar a casa, le dejó notas adhesivas indicando qué debía comer cada día. Darío aseguró que durante semanas abría un mueble buscando una taza y encontraba latas de conserva.
—Tu madre intentaba que sobrevivieras —le expliqué mientras él defendía su antigua organización doméstica—. A lo mejor deberías agradecérselo.
—Sé cuidar de mí perfectamente. Cocino, limpio y hasta pongo lavadoras separando colores.
Soraya dejó los cubiertos y lo examinó con fingida admiración.
—Lo de separar colores te coloca automáticamente entre el diez por ciento de los hombres más preparados para la vida en pareja.
Darío aprovechó aquello para preguntarme si acababa de mejorar sus posibilidades conmigo. Le aclaré que seguía muy lejos de la línea de salida y, en lugar de insistir, empezó a enumerar habilidades domésticas cada vez menos creíbles hasta que terminó atribuyéndose conocimientos de repostería.
Cuando llegaron los platos, la comida le dio por fin el triunfo que llevaba toda la noche reclamando. Todo estaba buenísimo y Soraya, que se tomó su papel de jueza con una seriedad desproporcionada, terminó concediéndole el sobresaliente prometido.
—Quiero que conste que esta cena establece un precedente —comentó Darío mientras llenaba nuestras copas—. La próxima la elige Robledo.
—¿Por qué yo?
—Porque necesito saber a qué sitio lleva a cenar una mujer cuando quiere conquistar a alguien.
Me limité a beber un poco de vino mientras Soraya se reía.
—Vas a morir intentándolo, Molina.
—Pero con dignidad.
—Esa la perdiste el primer día —le recordé.
Darío aceptó la sentencia con una inclinación de cabeza y la conversación continuó por otros derroteros.
Hablamos de nuestros primeros meses de formación, de destinos que alguna vez nos gustaría conocer, de compañeros que parecían incapaces de meterse en una habitación sin provocar una anécdota y de las pequeñas catástrofes domésticas de Soraya y mías desde que empezamos a compartir piso.
Cuando terminamos el postre llevábamos más de dos horas allí.
—Una copa —propuso Darío al salir.
—Eso dijiste cuando reservaste: “cenamos y tomamos una copa” —le recordé mientras me ponía la chaqueta—. Conociéndote, sospecho que “una” no es una cifra, sino un concepto.
—Dependerá de vuestra resistencia.
Soraya enlazó su brazo con el mío y anunció que al día siguiente no tenía intención de levantarse temprano por ninguna causa que no incluyera un incendio. Aquello bastó para decidirlo.
El primer bar estaba a pocos minutos. Conseguimos una mesa alta y pedimos una ronda que convirtió la sobremesa en una prolongación mucho más ruidosa de la cena.
Darío descubrió que Soraya imitaba extraordinariamente bien a uno de nuestros antiguos instructores y cometió el error de pedirle una demostración.
Mi amiga reprodujo su manera de caminar, sus pausas y una de sus broncas más famosas con tanta precisión que terminé doblada sobre la mesa de la risa.
—¡No era así! —protesté, aunque apenas conseguía hablar—. Lo de “si necesitan ustedes una invitación por escrito” lo decía después.
—Es verdad.
Soraya repitió toda la escena desde el principio y esta vez intervine para interpretar al pobre alumno que recibió aquella reprimenda. Darío se tapaba la cara, incapaz de recuperarse, y terminó reconociendo que empezaba a comprender por qué éramos amigas.
Después me tocó a mí sufrir. Soraya contó una de mis peores meteduras de pata durante nuestros primeros tiempos juntas y adornó los detalles hasta convertir una equivocación bastante corriente en una operación militar de dimensiones internacionales.
Intenté defenderme, pero Darío ya estaba disfrutando demasiado.
Hacía muchísimo que no me divertía de aquella manera.
Cuando la música empezó a animarse, Soraya fue la primera en levantarse. Yo me resistí durante medio minuto, más por costumbre que por falta de ganas, hasta que terminó tirando de mí.
Darío se unió inmediatamente y descubrimos que tenía una opinión mucho mejor de sus capacidades para bailar que la que justificaban sus movimientos.
—Por favor, deja de hacer eso —le pedí entre risas cuando intentó un giro que casi terminó con su hombro contra otra persona.
—Estás impresionada.
—Estoy preocupada por la seguridad del local.
Darío me cogió de una mano y me hizo girar antes de que pudiera impedírselo. Cuando volví a quedar frente a él, acercó la boca a mi oído para hacerse escuchar por encima de la música.
—Por fin te estás divirtiendo conmigo.
—Con Soraya. Tú has venido incluido en el paquete.
Aceptó el golpe con una sonrisa y siguió bailando sin intentar acercarse más de la cuenta.
Esa era probablemente la razón por la que empezaba a resultarme tan fácil estar con él.
Flirteaba constantemente, aprovechaba cualquier ocasión para hacerme saber que le gustaba y, sin embargo, nunca me obligaba a defender un límite dos veces.
Pasada la una, el bar empezó a llenarse demasiado.
Darío propuso trasladarnos a un pub que conocía y ninguna puso objeciones.
Caminamos unos diez minutos, riéndonos todavía por alguna tontería que Soraya se empeñaba en recordar, hasta llegar a un local más amplio donde la música se escuchaba desde antes de entrar.
Dentro encontramos una barra larga, bastante gente y una zona destinada a bailar. Soraya aprobó el sitio en cuanto vio las botellas detrás de la barra y Darío aseguró que jamás había conocido a una mujer tan fácil de complacer.
La segunda parte de la noche fue todavía mejor.
Bailamos hasta que me dolieron los pies.
Soraya y yo recuperamos canciones que llevábamos años escuchando juntas, Darío intentó aprender un paso que ella se empeñó en enseñarle y acabamos los tres riéndonos cuando estuvo a punto de chocar con una pareja.
En algún momento dejé de controlar la hora.
También olvidé que llevaba dos semanas viviendo en Toledo, porque estar con ellos empezaba a tener la familiaridad de algo mucho más antiguo.
Después de varias canciones regresamos a la barra para descansar. Darío fue a pedir mientras Soraya decidió ir al baño y me dejó guardando nuestros bolsos. Aproveché para beber agua y recuperar el aliento.
Fue entonces cuando lo vi. Soria estaba sentado en el extremo contrario de la barra.
Tardé unos segundos en reconocerlo porque nunca lo vi vestido de aquella manera. Llevaba pantalón y camisa negra. Tenía un vaso delante y el teléfono junto a una mano, aunque no parecía estar esperando a nadie. Estaba solo.
Darío regresó con las bebidas y siguió la dirección de mis ojos antes de entregarme la mía.
—Anda. El comandante.
—¿Suele venir aquí?
—Alguna vez lo he visto.
Volví a mirar hacia Soria. Bebía sin prisa y observaba de vez en cuando el movimiento del local, ajeno a nosotros.
—Está solo.
—Últimamente no es raro.
La respuesta despertó mi curiosidad.
—¿Por qué?
Darío se inclinó hacia mí para no tener que elevar tanto la voz.
—Se está divorciando.
Lo miré con auténtica sorpresa.
—¿Soria está casado?