Prohibido besar al comandante Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Porque ninguna de las dos parece comprender la importancia de la puntualidad.

—Somos militares —le recordé—. Creo que conocemos el concepto.

—Fuera del trabajo sois sospechosas.

La discusión derivó hacia nuestra supuesta incapacidad para estar listas a tiempo y terminó con Soraya asegurándole que, si aparecía demasiado pronto, podía quedarse esperando en el coche.

Darío aceptó el riesgo y se negó a revelar el restaurante, aunque mi amiga consiguió arrancarle suficientes pistas para asegurarse de que comeríamos bien.

Después del almuerzo regresé a terminar el informe. La incidencia de la mañana me mantuvo ocupada más de lo previsto, pero salí satisfecha. No solo conseguimos resolverla; pude aportar algo en un problema que inicialmente no me correspondía y hacerlo sin necesidad de demostrar nada a nadie.

Empezaba a conocer mejor la unidad, a entender su funcionamiento cotidiano y a sentirme útil fuera de las tareas concretas que me asignaban.

Soraya y yo llegamos al apartamento pasadas las seis. Durante el camino hablamos bastante más de la cena de lo que estaba dispuesta a reconocer delante de Darío. Ella intentaba adivinar dónde nos llevaría y yo me burlaba de su obsesión gastronómica, aunque también sentía curiosidad.

En cuanto entramos, Soraya desapareció en su dormitorio y yo aproveché para ducharme. Salí bastante más despejada y, cuando fui a buscarla, descubrí que había extendido sobre la cama varias prendas y sostenía dos pantalones delante del espejo.

—El negro —opiné desde la puerta después de examinar ambas opciones.

Soraya se giró hacia mí, volvió a mirarse y terminó escogiendo precisamente el otro.

—¿Para qué me preguntas?

—Necesitaba descartar uno.

—Eres insoportable.

Se rio mientras empezaba a vestirse y yo regresé a mi habitación para enfrentarme a mi propio armario.

Primero saqué unos vaqueros oscuros, una blusa blanca y una americana, pero el conjunto me pareció demasiado parecido a algo que habría elegido para cualquier compromiso formal.

Después encontré un pantalón negro de tiro alto y una blusa verde botella que no me ponía desde hacía meses.

Me cambié y observé el resultado en el espejo. El pantalón marcaba la cintura y la blusa tenía una caída sencilla, con un escote discreto que hacía que el conjunto resultara arreglado sin parecer excesivo. Elegí unos botines negros de tacón medio y unos pendientes pequeños.

Soraya apareció cuando estaba decidiendo si cambiar la blusa.

—Ni se te ocurra quitártela —me advirtió nada más entrar—. Esa es.

—¿No voy demasiado arreglada?

Se acercó para estirar una pequeña arruga de la manga.

—Llevas un pantalón negro y una blusa bonita, Paola. Vas a cenar, no a recoger un premio.

—Gracias por tu delicadeza.

—Para eso me tienes.

Ella eligió finalmente un pantalón ancho color crema y un top negro de manga larga que dejaba un hombro ligeramente descubierto.

Con unos zapatos de tacón ancho y unos pendientes dorados, estaba guapísima y lo sabía, aunque dedicó los siguientes diez minutos a asegurar que no encontraba qué bolso llevar.

—Tienes tres encima de la cama —le recordé mientras me secaba el pelo.

—Precisamente por eso no sé cuál.

—El negro.

—¿Estás segura?

Me asomé desde mi habitación.

—Como vuelvas a elegir otro después de preguntarme, te dejo aquí.

Su carcajada llegó hasta el baño.

Dejé el pelo suelto después de arreglarlo y me maquillé con algo más de atención que cualquier mañana antes de ir a trabajar.

Utilicé una base ligera, máscara de pestañas y un tono suave en los labios.

No pretendía impresionar a nadie, pero tampoco tenía sentido empeñarme en parecer recién salida del acuartelamiento cuando me apetecía arreglarme y llevábamos toda la semana esperando aquella cena.

Cuando salí al salón, Soraya ya estaba preparada. Me examinó de arriba abajo con una sonrisa que conocía demasiado bien.

—No empieces —le advertí mientras guardaba el móvil en el bolso.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Solo estaba pensando que Molina va a ponerse insoportable.

—Más insoportable, querrás decir.

Soraya se rio y fue a buscar su chaqueta.

Yo aproveché para comprobar las llaves y mirar la hora.

Faltaba aún para la hora convenida, así que me senté en el brazo del sofá y traté de ignorar la extraña expectación que me producía una cena que llevaba varios días calificando de simple salida entre compañeros.

A las nueve y siete vibró mi teléfono. Darío estaba abajo.

—Sabía que lo haría —comenté al enseñarle el mensaje a Soraya—. Este no puede con los nervios.

Mi amiga leyó la pantalla y dejó el bolso sobre una silla.

—Pues que espere. Ha querido llegar antes.

Treinta segundos después recibí otro mensaje en el que protestaba porque dos oficiales del ejército no respetaban la puntualidad. Soraya decidió que aquello merecía castigo y me prohibió responder. El tercer mensaje llegó poco después y preguntaba si había intentado escapar por la terraza.

No pude evitar reírme.

—No le contestes —insistió Soraya mientras terminaba de ponerse los pendientes—. Que aprenda.

—Como siga escribiendo, sube.

—No se atreverá.

—No conoces a Darío.

—Tú tampoco. Lo conocemos desde hace dos semanas.

Aquello era cierto y, sin embargo, daba la impresión de que llevaba mucho más tiempo formando parte de nuestras conversaciones.

Su facilidad para colarse en cualquier plan, su humor y aquella insistencia descarada conmigo consiguieron que dejara de parecer el compañero nuevo con sorprendente rapidez.

A las nueve y cuarto bajamos.

Cogí la chaqueta y apagué las luces mientras mi amiga abría la puerta.

—Una cosa —comentó antes de salir, volviéndose hacia mí con una sonrisa—. Esta noche, cuando empiece con sus tonterías, no esperes que te salve.

—¿Y para qué vienes entonces?

Soraya se colocó el bolso al hombro.

—Por la cena. Eso quedó claro desde el principio.

Bajamos riéndonos.

Darío esperaba junto al coche, entretenido con el teléfono.

Vestido de civil resultaba extraño después de verlo durante tantos días únicamente con uniforme.

Llevaba pantalón oscuro, camisa y una chaqueta ligera, y cuando oyó abrirse la puerta del edificio guardó el móvil antes de volverse hacia nosotras.

Primero saludó a Soraya, pero al mirarme se detuvo durante un par de segundos que me hicieron comprender que acababa de reparar en mi ropa.

—Ni se te ocurra —le advertí mientras nos acercábamos, porque ya conocía demasiado bien la expresión que empezaba a dibujársele en la cara.

Darío soltó una risa y abrió la puerta del coche con una exagerada corrección que solo podía anunciar problemas.

—No he dicho absolutamente nada, Robledo. Aunque esta noche va a costarme un esfuerzo extraordinario.

Soraya pasó por mi lado y me dio un pequeño toque en el brazo antes de subir al coche, encantada con la situación.

Darío permaneció junto a la puerta, todavía sonriendo, mientras yo empezaba a sospechar que aquellas pocas horas fuera del acuartelamiento iban a resultar bastante menos tranquilas de lo que imaginé durante toda la semana.