Capítulo 11
El viernes llegué al acuartelamiento convencida de que la parte más complicada de la semana estaba resuelta.
Entregué a primera hora la versión definitiva del procedimiento, con los tiempos corregidos y las modificaciones que introdujimos después de la prueba del jueves, y durante la reunión de coordinación apenas surgieron objeciones.
El enlace alternativo se incorporaría al ejercicio y, salvo algún ajuste menor, mi trabajo podía considerarse terminado.
Me permití disfrutar de aquella satisfacción mientras organizaba la documentación pendiente.
No llevaba suficiente tiempo en el destino para dar nada por sentado, así que conseguir que una propuesta propia se aprobara después de someterla a una prueba real significaba mucho más que una felicitación.
Por primera vez desde mi llegada, empezaba a sentir que no era únicamente la teniente nueva a la que todavía tenían que explicar dónde estaba cada cosa.
La tranquilidad duró hasta las once y cuarto.
Me encontraba con el sargento repasando los últimos registros cuando un cabo entró buscando ayuda.
Uno de los equipos que utilizaríamos en el ejercicio empezó a dar problemas durante una comprobación rutinaria y, al intentar restablecer la comunicación con uno de los terminales, perdieron también otro.
No pertenecía al sistema sobre el que trabajé durante la semana, pero afectaba al conjunto y todavía no conseguían determinar si se enfrentaban a dos incidencias distintas o a un mismo fallo que se estaba propagando.
—Vamos a verlo —decidí después de escuchar la explicación, mientras cerraba la carpeta y me levantaba—. Si no podemos ayudar, al menos descartaremos nuestra parte.
Encontramos a varias personas alrededor del equipo. Un capitán coordinaba las comprobaciones, dos soldados revisaban conexiones y otro repetía una secuencia que, por las anotaciones acumuladas junto a él, ejecutaron ya varias veces.
El capitán me puso al corriente. El primer fallo apareció sin que realizaran ningún cambio previo; después comprobaron la conexión, reiniciaron uno de los equipos y recuperaron el servicio, pero la solución duró poco.
La segunda pérdida apareció minutos más tarde y, desde entonces, cada intento de corregir una incidencia parecía provocar otra.
—Quiero ver lo que hicieron antes del primer reinicio —le pedí al soldado que manejaba el registro, acercándome a la pantalla para seguir con él la secuencia—. Desde el principio, aunque parezca que no tiene relación.
El muchacho comenzó a explicármelo paso a paso.
Lo escuché sin interrumpirlo hasta que llegó al momento en que desapareció la primera comunicación y entonces le pedí que volviera atrás.
Había algo extraño en los tiempos. No era una diferencia llamativa, pero el segundo fallo aparecía siempre después del primero y dentro de un intervalo parecido.
El sargento se colocó a mi lado para comparar los registros anteriores. Durante varios minutos repasamos juntos los datos y descartamos las causas más evidentes. Cuanto más miraba aquellas secuencias, menos convencida estaba de que existieran dos problemas independientes.
—Vamos a repetirlo sin reiniciar nada —propuse finalmente al capitán—. Si vuelve a fallar, quiero ver qué ocurre después sin tocar el equipo.
Autorizó la prueba y todos regresaron a sus posiciones. El primer enlace funcionó, después el segundo y, durante casi dos minutos, no sucedió absolutamente nada. Empecé a temer que aquella incidencia tuviera el desagradable sentido del humor de desaparecer justo cuando intentábamos reproducirla.
Entonces perdimos la primera comunicación.
El soldado levantó una mano para avisarme y se dispuso a intervenir, pero lo detuve antes de que tocara nada. Esperamos. Poco después dejó de responder el segundo punto.
—Ahí lo tiene —comentó el sargento, señalando el registro—. Otra vez el mismo orden.
Asentí mientras comparaba los datos.
—Y prácticamente el mismo intervalo. No creo que tengamos dos averías. Creo que la segunda es una consecuencia de la primera.
Todavía intentaba determinar cómo podía producirse cuando llegó Soria acompañado por el capitán que participaba en la planificación del ejercicio. Nos encontró repartidos alrededor del puesto, con la prueba detenida y varios registros abiertos.
El responsable le explicó la situación y añadió que estábamos intentando reproducir el fallo para localizar su origen. Soria escuchó sin intervenir y, cuando terminó, se dirigió hacia mí.
—¿Qué ha encontrado, teniente?
Le resumí mi hipótesis y le mostré la secuencia que se repetía. No podía asegurar todavía qué provocaba la segunda pérdida, pero los datos indicaban que ambas incidencias estaban relacionadas. Soria revisó el registro durante unos segundos antes de devolvérmelo.
—Necesitamos mantener estas comprobaciones operativas. ¿Cuánto tarda en saber si tiene razón?
Calculé lo que necesitábamos y preferí no comprometerme con una cifra imposible.
—Deme quince minutos.
—Los tiene —aceptó mientras consultaba el reloj—. Después quiero saber qué podemos aislar sin detener el resto del trabajo.
Aquello era bastante más razonable que exigir que encontráramos y solucionáramos el fallo completo en un cuarto de hora. Me concentré en la parte que nos pidió: descubrir hasta dónde se extendía el problema y mantener operativo todo lo que no estuviera afectado.
El sargento y yo dividimos las comprobaciones.
Mientras él revisaba uno de los puntos, pedí que reprodujeran la incidencia desde el principio y comparé los nuevos resultados con los anteriores.
Encontramos una diferencia que inicialmente parecía insignificante y decidimos aislar esa parte antes de repetir.
Esta vez se perdió el primer enlace, pero el segundo continuó funcionando.
—Ya tenemos algo —comentó el sargento, acercándose para comprobar que el resto seguía respondiendo.
—Tenemos dónde buscar —le corregí—. Que a estas alturas me conformo con eso.
Cuando Soria regresó, pude darle una respuesta mucho más precisa.
El segundo fallo no era una incidencia independiente; lo desencadenaba el primero y podíamos aislar el elemento afectado sin detener las demás comprobaciones.
La causa exacta seguía pendiente, pero ya no necesitábamos paralizar el trabajo.
—Hágalo —ordenó después de escuchar la explicación—. Localicen el origen y documenten todo lo que encuentren. Si ha ocurrido hoy, quiero saber qué posibilidades existen de que se reproduzca durante el ejercicio.
—A sus órdenes, mi comandante.
Trabajamos casi una hora más. La causa terminó siendo mucho menos espectacular de lo que sugería el caos inicial: una modificación realizada durante una actualización anterior generaba un conflicto bajo determinadas condiciones, y los reinicios únicamente conseguían ocultarlo durante unos minutos.
Precisamente esa aparente recuperación fue lo que despistó al principio a quienes intentaron solucionarlo.
Cuando conseguimos corregirlo, pedí repetir la secuencia completa. Funcionó.
El sargento celebró el resultado antes de tiempo.
—Otra vez —le indiqué mientras anotaba los datos.
Me dedicó una expresión de sufrimiento.
—Mi teniente, funciona.
—Entonces repetiremos y volverá a funcionar.
—Empiezo a arrepentirme de haberla ayudado ayer.
—Se le pasará.
La segunda prueba salió bien y ordené una tercera. Solo entonces me di por satisfecha. No necesitábamos descubrir una solución brillante; necesitábamos una que pudiera reproducirse y que no nos regalara otra sorpresa cuando el ejercicio estuviera en marcha.
Soria regresó cuando estábamos terminando el informe preliminar. Le expliqué la causa, el aislamiento que realizamos y las tres comprobaciones posteriores. Mientras revisaba las anotaciones, el capitán añadió que el resto del trabajo pudo continuar sin interrupciones.
—Eso era lo importante —concluyó Soria, devolviéndome el documento—. Buen trabajo, Robledo. Termine el informe y márchese cuando corresponda.
—Sí, que ya le han complicado bastante el viernes —replicó el sargento cuando Soria se marchó.
No entendí la última observación hasta que empezó a sonreír.
—Creo que Molina se ha ocupado de informar a media unidad de que esta noche tiene una cena importantísima.
Cerré los ojos durante un instante, preguntándome cuánto tardaría en encontrar a Darío y qué posibilidades reales tenía de estrangularlo sin comprometer mi carrera.
—No es una cena importantísima —aclaré.
—A mí no tiene que convencerme —repuso el sargento, claramente entretenido—. Pero Molina lleva toda la mañana hablando de sus planes.
Encontré al culpable en la cafetería a la hora de comer, sentado con Soraya. En cuanto me vio acercarme, levantó una mano y me recibió con una sonrisa que empeoró considerablemente mis intenciones.
—Antes de que hables, quiero dejar constancia de que no sé de qué se me acusa —anunció.
Dejé mi bandeja sobre la mesa y ocupé la silla libre.
—Media unidad sabe que cenamos esta noche.
Darío parpadeó y después miró a Soraya, buscando una ayuda que ella no tenía intención de proporcionarle.
—No me mires —le advirtió mi amiga mientras apartaba su vaso—. Llevas toda la mañana contándoselo a cualquiera que te pregunte qué haces este fin de semana. Te dije que acabaría enterándose hasta el personal de cocina.
—He mantenido conversaciones normales con compañeros —se defendió él—. Si mi vida social despierta interés, no puedo hacer nada.
—Tu vida social no despierta ningún interés —le expliqué, empezando a comer—. Eres tú quien la anuncia.
Darío intentó convencerme de que exageraba, aunque su defensa perdió bastante fuerza cuando Soraya enumeró tres personas distintas a las que le oyó mencionar la cena antes de las diez de la mañana.
Terminó aceptando su derrota con bastante poca dignidad y prometió no volver a hablar del asunto hasta las nueve y media.
La promesa duró menos de un minuto.
—Por cierto, paso a recogeros a las nueve y cuarto.
Soraya dejó el tenedor y lo miró con resignación.
—Eso también lo has contado unas cuarenta veces.