Capítulo 10 #2
Fuimos juntos a comer. Por primera vez desde que llegué a Toledo sentía que empezaba a formar parte de algo que no estaba relacionado con el pasado ni con las razones que me llevaron hasta allí.
Soraya ya pertenecía a mi vida desde antes, pero Darío empezaba a instalarse en ella con una facilidad sorprendente.
Lo encontraba en los pasillos, en el comedor, aparecía durante los descansos y ya tenía la suficiente confianza para discutir nuestros planes del fin de semana sin que ninguna de las dos recordara haberlo invitado a formar parte de ellos.
—Tenemos un problema con mañana —anunció cuando nos sentamos.
—¿Han cerrado el restaurante? —pregunté esperanzada.
—No. El restaurante está encantado de recibirnos.
—El restaurante no sabe quién eres.
—He reservado.
Soraya levantó la vista.
—¿Ya?
—Mesa para tres.
—¿Para tres? —repetí—. Pensaba que invitarías a más gente.
Darío pareció ofendido.
—¿Necesitas testigos?
—Necesito protección.
—Va Soraya.
—Precisamente. Ella te ayuda.
—Porque quiero cenar —aclaró mi amiga—. A mí no me metáis en vuestra historia.
—No existe ninguna historia —insistí.
Darío se sirvió agua.
—Todavía.
Le lancé una servilleta y la atrapó antes de que le diera en la cara.
—Agresión a un compañero —comentó—. Esto empieza a ponerse interesante.
—Devuélvemela.
—Ahora es una prueba.
—¿De qué?
—De tu carácter violento.
Soraya le quitó la servilleta de la mano y me la devolvió.
—Mañana pienso sentarme entre los dos.
—Ni hablar —protestó Darío—. Llevo días organizando esto.
—¿Organizando qué? —pregunté—. ¿Una cena o una operación militar?
—Contigo necesito planificación previa.
—Pues revisa el plan porque está condenado al fracaso.
—Eso lo veremos mañana.
El resto de la comida transcurrió entre amenazas acerca del restaurante, preguntas que Darío se negó a responder porque quería mantener la sorpresa y las exigencias de Soraya, que solo quería asegurarse de que el sitio tuviera una carta decente.
Yo terminé aceptando la cena sin más protestas. En realidad, me apetecía salir con ellos, aunque prefería arrancarme una muela antes que concederle a Darío la satisfacción de reconocerlo.
Después regresamos cada uno a nuestro trabajo.
A media tarde tuve que llevar al despacho de Soria la primera versión corregida del procedimiento. Llamé a la puerta y esperé autorización antes de entrar. Estaba hablando por teléfono y me indicó con un gesto que podía pasar.
Dejé la carpeta sobre la mesa y permanecí a cierta distancia mientras terminaba la conversación. Aproveché para repasar mentalmente lo que todavía quería modificar, hasta que colgó y abrió el documento.
—¿Ya está?
—La primera versión. Mañana tendrá la definitiva.
Pasó varias páginas.
—Ha eliminado un paso.
—Lo integramos en el anterior. Era una de las razones por las que perdíamos tiempo.
—¿Lo han probado?
—Dos veces después del ejercicio.
Buscó el resultado.
—Veintiocho segundos.
No pude evitar cierta satisfacción.
Soria volvió a mirar la cifra.
—Ha cumplido.
—Le dije que bajaría de treinta.
—También me dijo que su propuesta aguantaría.
—Y ha aguantado.
La comisura de su boca se movió apenas, suficiente para que durante un instante pareciera más joven de lo que acostumbraba a verlo.
—No le falta seguridad, teniente.
—En esto sabía que tenía razón.
—Eso puede ser una virtud o un problema.
—Depende de si realmente tengo razón.
Esta vez sí sonrió. Fue algo breve, inesperado, y precisamente por eso me descolocó.
Hasta entonces asociaba a Soria con una expresión severa, con órdenes, reuniones o conversaciones que siempre parecían tener un peso añadido para mí.
Verlo sonreír por una respuesta mía alteró durante unos segundos la imagen a la que empezaba a acostumbrarme.
—Mañana a primera hora quiero la versión definitiva —me recordó.
—La tendrá, mi comandante.
Recogió otro documento y pensé que la conversación terminaba, pero volvió a dirigirse a mí.
—Robledo.
—¿Sí?
—Buen trabajo esta mañana.
Esta vez recibí el reconocimiento sin buscar nada detrás.
—Gracias, mi comandante.
Salí del despacho y recorrí varios metros antes de encontrarme con Darío, que venía en dirección contraria.
—¿De dónde sales?
Señalé hacia atrás.
—Del despacho del comandante.
—Esto empieza a preocuparme. Pasas más tiempo allí que conmigo.
—Teniendo en cuenta que contigo paso más tiempo del que deseo, tampoco es difícil.
—Mañana solucionamos eso.
—Mañana cenamos tres personas.
—Díaz se irá pronto.
—Díaz no se va a ninguna parte. Eso te lo aseguro.
—Ya veremos.
Continuó andando antes de que pudiera responderle y me volví para advertirle que, si estaba planeando algo con Soraya, podía olvidarse. Se limitó a levantar una mano sin detenerse.
Cuando llegué al apartamento aquella tarde, ella ya estaba en casa y hablaba por teléfono con su madre. Aproveché para ducharme y cambiarme; al regresar al salón, la encontré tumbada en el sofá con el móvil en la mano.
—Darío acaba de mandar la ubicación del restaurante.
—¿Y?
—Está bastante bien.
—Eso no significa nada viniendo de ti.
—He mirado la carta.
—Eso sí significa algo.
Me senté a su lado y revisamos el restaurante. Darío eligió un sitio que nos gustó a las dos, aunque acordamos no decírselo para evitar que se volviera insoportable.
—¿Qué te vas a poner? —me preguntó Soraya.
La miré.
—Ropa.
—Gracias por la precisión.
—Vamos a cenar con Darío, no a una boda.
—Ya lo sé. Precisamente por eso quiero saber cuánto vas a esforzarte en fingir que no te importa.
Le di un empujón con el pie.
—No empieces.
Soraya se rio y regresó a su teléfono.
Aquella noche todavía dediqué un rato a la versión definitiva del procedimiento, pero cerré el ordenador antes de lo habitual.
El jueves terminó mejor de lo que esperaba: la prueba funcionó, mi propuesta formaría parte del ejercicio y empezaba a ganar terreno profesional en un destino al que acababa de incorporarme.
Además, al día siguiente tenía una cena que llevaba toda la semana fingiendo que deseaba evitar y que, en realidad, empezaba a apetecerme bastante.
Por una vez, podía permitirme terminar el día pensando únicamente en lo que acababa de conseguir y en lo que me esperaba el viernes.