Prohibido besar al comandante Capítulo 10
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Capítulo 10

El jueves llegué al acuartelamiento con la prueba repasada tantas veces que podía reproducir de memoria cada paso del procedimiento.

Los ensayos del día anterior nos permitieron reducir bastante el tiempo de respuesta, pero Soria dejó claro que aquello no bastaba: quería comprobar qué ocurría cuando introdujéramos incidencias que no conociéramos de antemano y obligáramos al personal a reaccionar sin seguir una secuencia preparada.

Agradecía el desafío. Después de dos semanas intentando comprender dónde encajaba en la unidad, aquella era la primera ocasión en que sentía que podía aportar algo propio y no limitarme a ejecutar instrucciones.

Si mi propuesta funcionaba, demostraría que la alternativa al enlace principal merecía incorporarse al ejercicio; si fallaba, tendría que asumir que defendí una modificación que añadía complejidad sin proporcionar una ventaja real.

Llegué a la zona de trabajo antes que la mayoría y encontré al sargento revisando el material.

—¿Problemas? —le pregunté.

—Ninguno. Y llevo aquí veinte minutos buscando alguno para que no aparezca después.

—Siga buscando.

—Eso anima mucho, mi teniente.

Sonreí mientras dejaba la carpeta sobre una mesa y comenzaba mi propia revisión. Acordamos no modificar nada más. Habíamos alcanzado un punto en el que continuar tocando el procedimiento podía perjudicarnos más que ayudarnos, de modo que solo quedaba esperar.

Darío apareció poco después y se acercó con un café en la mano.

—Buenos días.

—¿Qué haces aquí?

—Qué recibimiento tan bonito.

—Lo pregunto porque ayer no estabas en esta parte de la práctica.

—Me han destinado temporalmente a contemplar tu triunfo.

—Vete.

—También puedo contemplar tu fracaso. Soy flexible.

El sargento bajó la cabeza para disimular una sonrisa.

—¿No tienes trabajo? —le pregunté.

—Muchísimo. Por eso he venido a comunicarte que mañana la cena es a las nueve y media.

—¿Has venido hasta aquí para eso?

—No me respondías.

—Porque estaba trabajando.

—Exactamente. Un problema gravísimo de prioridades.

Antes de que pudiera contestarle, Soraya se acercó desde el otro extremo. Al vernos juntos señaló a Darío con la carpeta que llevaba.

—Te dije que la dejaras tranquila esta mañana.

—No la estoy molestando. Estoy proporcionándole apoyo emocional.

—Pues deja de proporcionárselo.

—Mañana a las nueve y media —insistió él, mirándome—. Y no acepto una emergencia laboral inventada.

—Todavía puedo enfermar.

—Os recogeré en casa.

—Puedo enfermar antes.

Soraya intervino con absoluta naturalidad.

—Yo confirmaré que tiene fiebre.

Darío la miró con indignación.

—Pensaba que estabas de mi parte.

—Estoy de parte de la cena. No confundas las cosas.

—Sois agotadoras.

—Y, aun así, vienes a buscarnos —le recordé.

—Ese es uno de mis muchos defectos.

—¿Cuáles son los otros?

—Los descubrirás mañana.

—Entonces definitivamente no voy.

El sargento soltó una tos que no engañó a nadie y Darío le preguntó si quería participar en la conversación. El hombre negó con una seriedad admirable y consiguió que Soraya se riera.

La aparición del capitán puso fin a las bromas. Darío tuvo que regresar a su cometido, Soraya continuó hacia el suyo y yo me concentré en la prueba.

Soria llegó pocos minutos después.

Nos reunió para explicar cómo se desarrollaría el supuesto y anunció algo que no esperaba: ni el sargento ni yo conoceríamos el momento exacto en el que ordenarían la interrupción del enlace principal.

Tampoco sabríamos qué incidencia adicional introducirían.

Tendríamos que detectarla y reaccionar con los medios previstos.

—Ayer tuvieron unas condiciones controladas —nos recordó—. Hoy no.

—Entendido, mi comandante.

—¿Alguna objeción, Robledo?

—Ninguna.

Me miró brevemente antes de asentir.

—Bien. Vamos a comprobar entonces si su propuesta aguanta cuando deja de tenerlo todo a favor.

No supe si aquello pretendía provocarme, pero consiguió exactamente ese efecto.

—Aguantará.

El capitán volvió la cabeza hacia mí. Soria arqueó apenas una ceja.

—Eso espero, teniente.

Solo cuando se alejó comprendí que acababa de responder con una seguridad que rozaba la insolencia. El sargento se acercó lo suficiente para hablar sin que nos escucharan los demás.

—Por un momento pensé que iba a apostar dinero.

—Concéntrese.

—Estoy concentradísimo.

—Pues procure que no se le note tanto.

Empezamos.

Durante los primeros minutos no ocurrió nada. Las comunicaciones funcionaban con normalidad y el personal ejecutaba el procedimiento establecido mientras yo controlaba tiempos y comprobaba que se registrara cada incidencia.

Sabía que Soria estaba en algún punto detrás de nosotros junto al capitán, pero me prohibí buscarlo. Si quería demostrar que aquello funcionaba, no podía pasarme la prueba intentando averiguar cuándo iba a ponernos la zancadilla.

La primera incidencia llegó antes de lo previsto. El enlace principal desapareció.

—Vamos —ordené.

El equipo reaccionó inmediatamente. Activamos la alternativa, comprobamos conexión y recuperamos las comunicaciones dentro del margen que conseguimos el día anterior.

Miré el tiempo. Bien. Demasiado bien.

—Esto no ha terminado —advertí.

El sargento asintió.

Segundos después surgió el segundo problema.

Uno de los elementos que debían responder no lo hizo y durante un instante pareció que el fallo estaba en nuestra alternativa.

Pedí una comprobación, recibí datos contradictorios y descarté la primera opción antes de que perdiéramos tiempo actuando sobre el punto equivocado.

—No toque eso —le indiqué a uno de los soldados cuando se dispuso a intervenir—. El enlace está funcionando. El problema está al otro lado.

—No recibimos respuesta, mi teniente.

—Precisamente. Si fuera nuestro, no estaríamos recibiendo esto.

Le señalé uno de los datos y el sargento lo entendió al mismo tiempo.

—Tiene razón.

Localizamos el origen de la incidencia y modificamos el procedimiento para mantener operativa la comunicación con el resto. Perdimos más tiempo del que me habría gustado, aunque no tanto como para comprometer el supuesto.

Cuando dieron por terminada la prueba, solté el bolígrafo y comprobé que llevaba varios minutos apretándolo con tanta fuerza que me dolían los dedos.

—¿Resultado? —pregunté.

El sargento me mostró los tiempos.

Sonreí.

—No está mal.

—¿No está mal? Si ayer me dice que hacemos esto con una segunda incidencia, no me lo creo.

—No se entusiasme todavía.

—Ya está aquí el comité examinador.

Soria se acercaba con el capitán. Me obligué a borrar la sonrisa y esperé.

—Informe, teniente.

Le expliqué los tiempos, la recuperación del enlace y el segundo fallo. Cuando llegué al punto en el que descartamos que la incidencia estuviera en nuestro sistema, me interrumpió.

—¿Por qué?

Le mostré los datos.

—Porque seguíamos recibiendo información desde los demás puntos. Si el problema hubiera estado aquí, la pérdida habría afectado al conjunto. Intervenir sobre nuestro enlace habría añadido un fallo que no existía.

—¿Cuánto tardó en decidirlo?

Consulté el registro.

—Cuarenta y tres segundos.

—Demasiado.

La satisfacción se redujo de inmediato.

—Podemos bajarlo.

—¿Cuánto?

Calculé antes de responder.

—Por debajo de treinta.

—Antes hubiera necesitado dos días.

—Antes estábamos preparando todo el procedimiento. Ahora sabemos dónde hemos perdido tiempo.

El capitán sonrió.

—Yo no le preguntaría cuánto puede bajarlo, mi comandante. Es capaz de tenernos aquí hasta esta noche.

—No sería necesario —repliqué.

Soria me tendió la mano para que le entregara el registro y lo revisó durante unos instantes.

—La alternativa funciona.

Esperé algo más. No llegó.

—¿Eso significa que la incorporamos? —pregunté.

Levantó la vista del documento.

—¿Necesita una ceremonia para considerarla aprobada?

El capitán se echó a reír.

—No, mi comandante.

—Entonces sí, Robledo. La incorporamos.

Tuve que contener una sonrisa mucho menos profesional de lo que me habría gustado.

—A sus órdenes.

—Y reduzca esos cuarenta y tres segundos.

Ahí estaba.

—A treinta.

—He dicho que los reduzca. La cifra la ha dado usted.

—Estarán por debajo de treinta.

Me devolvió el registro.

—Mañana quiero el procedimiento definitivo.

—Lo tendrá.

Soria continuó hacia otro puesto y el sargento esperó a que estuviera suficientemente lejos.

—¿Ve? Por eso yo nunca doy cifras.

—Y por eso las doy yo.

—Exacto. Porque luego las cumple usted y yo puedo presumir.

La prueba nos ocupó todavía buena parte de la mañana. Repetimos algunos elementos, corregimos dos pasos y dejamos preparado el trabajo que necesitaríamos entregar al día siguiente. Cuando por fin regresé al edificio, tenía hambre, dolor de cabeza y una satisfacción que no conseguía ocultar.

Soraya fue la primera en darse cuenta.

—Ha funcionado.

—Ha funcionado.

Me abrazó por los hombros durante un instante.

—¡Sabía que iba a salir bien!

—Casi me da un infarto con la segunda incidencia.

—Pero ha salido.

—Sí.

—Entonces hoy invitas tú al café.

—¿Qué relación existe entre una cosa y la otra?

—Ninguna, pero estoy intentando aprovecharme de tu felicidad.

Darío apareció detrás de nosotras.

—¿Qué felicidad?

—Su invento funciona —le explicó Soraya.

—No es un invento.

—Su procedimiento, su enlace, sus cables, sus cosas —rectificó ella—. Ya sabes que cuando empieza a explicarlo desconecto.

Darío me tendió la mano con solemnidad.

—Enhorabuena. Siempre confié en ti.

—Esta mañana viniste a contemplar mi fracaso.

—No tergiverses mis palabras.

—Has dicho exactamente eso.

—Ofrecí acompañamiento tanto en la victoria como en la derrota. Es muy diferente.

Acepté su mano y él, en lugar de estrechármela, intentó retener la mía.

—Molina.

—Estoy felicitándote.

—Con una mano basta.

—Tengo una felicitación muy afectuosa.

Retiré la mía y Soraya se interpuso entre los dos.

—Dejad el romance para mañana, que tengo hambre.

—¿Qué romance? —protesté.

Darío la señaló.

—Gracias, Díaz. Alguien tenía que reconocerlo.

—He utilizado la palabra en sentido irónico.

—Demasiado tarde.