Capítulo 9
La oportunidad de comprobar cómo ejercía Soria el mando llegó dos días después, durante una jornada de trabajo relacionada con el ejercicio que preparábamos.
A primera hora nos desplazamos a una zona destinada a prácticas dentro de las instalaciones, donde debíamos comprobar parte del material y reproducir varios supuestos antes de la prueba prevista para el jueves.
Mi cometido se centraba en las comunicaciones, de modo que pasé buena parte de la mañana entre equipos, anotaciones y comprobaciones que exigían bastante más atención que cualquier otra cosa que sucediera alrededor.
Soria apareció cuando llevábamos cerca de una hora trabajando. No llegó solo; lo acompañaban un capitán y dos suboficiales, y durante los primeros minutos se limitó a recorrer los distintos puestos mientras recibía información sobre el desarrollo de la jornada.
Cuando alcanzó el nuestro, me encontraba revisando con un sargento uno de los enlaces que nos dio problemas en la primera comprobación.
—¿Resultado, teniente Robledo? —me preguntó.
—Mejor de lo esperado, mi comandante. La alternativa funciona, aunque estamos perdiendo demasiado tiempo en el cambio. Queremos repetirlo modificando el procedimiento.
—¿Cuánto es demasiado?
Le di la cifra y frunció el ceño mientras consultaba el cronómetro que llevaba el sargento.
—Sí, es demasiado. Repítanlo.
No hizo ninguna observación sobre mi propuesta ni aprovechó el fallo para recordarme que él ya expresó algunas dudas durante la reunión anterior. Simplemente nos dejó trabajar y continuó con la inspección.
La segunda prueba mejoró el tiempo y la tercera volvió a reducirlo. Empezaba a sentirme satisfecha cuando escuché varias voces a nuestra derecha y vi que uno de los equipos detenía su actividad.
No presté demasiada atención al principio porque estaba anotando los últimos resultados, pero el tono de un suboficial consiguió que levantara la cabeza.
Un soldado muy joven permanecía junto al material con una expresión que anunciaba problemas.
—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté al sargento.
—Parece que han ejecutado mal una parte del procedimiento.
No era nuestra responsabilidad directa, aunque el error afectaba al desarrollo general de la práctica.
Nos pidieron que esperáramos y aproveché para revisar mis notas mientras intentaban determinar el alcance.
Pronto quedó claro que no se trataba de una simple equivocación sin consecuencias: el soldado se saltó una comprobación que figuraba expresamente en las instrucciones y obligó a repetir parte del trabajo.
Soria regresó al enterarse.
No levantó la voz cuando pidió que le explicaran qué ocurrió, pero tampoco necesitó hacerlo. El cabo responsable del equipo describió el procedimiento y reconoció que el soldado recibió las indicaciones correctamente antes de empezar.
—¿Es así? —preguntó Soria al muchacho.
—Sí, mi comandante.
—Entonces explíqueme por qué no realizó la comprobación.
El soldado tragó saliva.
—Me equivoqué, mi comandante.
—Eso ya lo sé. Le estoy preguntando por qué.
—Pensé que estaba hecha.
—¿Lo pensó o lo comprobó?
—Lo pensé.
—Entonces no siguió el procedimiento.
—No, mi comandante.
La conversación atrajo inevitablemente nuestra atención, aunque ninguno dejó su puesto. Esperé la reprimenda y, por primera vez desde que llegué a Toledo, pensé que quizás iba a conocer al hombre del que David me habló.
Soria señaló el equipo.
—Esas comprobaciones no están escritas para ocupar espacio en un manual. Si un procedimiento establece cinco pasos, usted no decide que cuatro son suficientes porque crea que alguien realizó el quinto. Lo comprueba. Y si tiene alguna duda, pregunta.
—Sí, mi comandante.
—Hoy hemos perdido tiempo. En otras circunstancias, las consecuencias pueden ser bastante más serias.
El muchacho asintió, con el rostro cada vez más pálido.
—No volverá a pasar.
—Eso espero.
Soria pidió al cabo que organizara la repetición y se apartó para hablar con el capitán.
La dureza de la corrección no me sorprendió; incluso yo comprendía que el error merecía una respuesta clara.
Lo que me llamó la atención fue el soldado.
Mientras sus compañeros retomaban el trabajo, él tardó demasiado en reaccionar y tuvo que preguntar dos veces algo que acababan de explicarle.
Lo vi frotarse los ojos antes de volver al equipo.
Soria también lo vio.
—Soldado.
El muchacho se volvió inmediatamente.
—Mi comandante.
—Venga aquí.
Se acercó y Soria esperó a que estuviera a su altura.
—¿Cuánto ha dormido esta noche?
La pregunta me hizo abandonar por un instante las anotaciones.
—No sé, mi comandante. Poco.
—“Poco” no es una cantidad.
—Tres horas. Quizás cuatro.
Algo se endureció dentro de mí. Soria lo estudió unos segundos.
—¿Por qué?
—No es nada.
—No le he preguntado si es algo. Le he preguntado por qué ha dormido tres horas.
El soldado vaciló y miró hacia su cabo. Este parecía tan desconcertado como los demás.
—Mi padre está ingresado, mi comandante.
La severidad de Soria cambió de dirección.
—¿Desde cuándo?
—El lunes.
—Estamos a miércoles.
—Sí, mi comandante.
—¿Su cabo lo sabe?
El muchacho negó con la cabeza.
Soria miró al suboficial, que confirmó con un gesto que era la primera noticia que tenía.
—¿Y por qué no informó de su situación?
—Pensé que podía seguir trabajando.
—Pensó demasiadas cosas esta mañana y comprobó muy pocas.
La observación habría resultado casi cómica en otro contexto, pero nadie sonrió.
Soria se acercó un poco más al muchacho y redujo el tono.
—¿Es grave?
—Lo operaron ayer. Mi madre está sola con él y... —Se interrumpió, avergonzado por la emoción que empezaba a dominarlo—. Estoy esperando que me llame.
Soria miró al cabo.
—Ocúpese de que pueda hacer esa llamada ahora. Después hablaremos de su situación y veremos qué corresponde hacer.
—A la orden, mi comandante.
El soldado abrió la boca.
—Pero puedo terminar la práctica.
—No.
—Estoy bien.
—No lo está. Y demostrarme lo contrario no forma parte de sus obligaciones.
Aquello me atravesó con una precisión brutal. Soria señaló el material antes de continuar.
—Un hombre agotado o con la cabeza en otra parte comete errores.
Y aquí determinados errores cuestan demasiado caros.
Para eso existe una cadena de mando: informe cuando tenga un problema que pueda afectar a su trabajo y permita que quienes tienen responsabilidad sobre usted tomen las decisiones que correspondan.
Dejé de escuchar durante unos segundos. Volví a tener quince años.
David hablaba por teléfono desde Irak y mamá intentaba arrancarle información sin preocuparlo demasiado. “Estoy que me caigo de sueño todo el día”, decía algunas veces. Otras se reía para quitarle importancia. Hasta que dejó de hacerlo.
Miré a Soria y sentí náuseas.
Allí estaba, diez años después, explicándole a un soldado que el cansancio provocaba errores. Hablándole de responsabilidad, de límites y de la obligación de un mando de decidir cuándo alguien estaba en condiciones de continuar. ¿Dónde estaba aquel hombre cuando David lo necesitó?
—Robledo.
El sargento tuvo que llamarme por segunda vez.
—Perdón.
—¿Repetimos?
Miré las anotaciones sin reconocer durante un momento las cifras que yo misma escribí.
—Sí. Preparemos otra vez el enlace.
Me obligué a concentrarme. La práctica continuó y el soldado no regresó durante el resto de la mañana. Su ausencia dejó de llamar la atención al cabo de unos minutos, pero yo no conseguí apartar de la cabeza lo que acababa de escuchar.
Soria pasó varias veces cerca de nuestro puesto y en una ocasión se detuvo para comprobar los resultados. Le expliqué la mejora conseguida y recibió la información sin advertir nada extraño en mí.
—Bien. Mantengan este procedimiento para la prueba de mañana.
—Sí, mi comandante.
—Y asegúrese de que todos conocen la alternativa, no solo quienes están trabajando hoy.
—Lo haré.
Esperé a que se marchara antes de respirar con libertad.
No podía odiarlo por atender correctamente a un subordinado. Era consciente de lo injusto que resultaba, pero tampoco conseguía felicitarlo mentalmente por aprender una lección que, según todo lo que yo sabía, llegó demasiado tarde para mi hermano.
Al mediodía regresamos al edificio principal y encontré a Darío en el comedor. Nos hizo señas para que nos acercáramos y Soraya se sentó frente a él mientras yo ocupaba la silla libre a su lado.
—¿Qué tal vuestra apasionante mañana entre cables? —nos preguntó.
—Habla por ella —respondió Soraya—. Yo llevo desde las ocho descubriendo nuevas formas de rellenar documentos.
—La vida del oficial. Aventura, riesgo, sacrificio.
—Sobre todo grapas —añadió.
Sonreí mientras empezábamos a comer.
Darío nos contó una anécdota de la mañana y Soraya se dedicó a desmontar la mitad de sus exageraciones sin haber estado presente.
Agradecí aquella conversación precisamente porque no tenía ninguna importancia.
Durante varios minutos pude olvidarme de Soria, de Irak y del soldado que se marchó a llamar a su madre.
—Por cierto —comentó Darío después—, ¿habéis visto a Torres?
Supuse que se refería al muchacho de la práctica.
—¿El soldado de esta mañana? —pregunté.
—Sí. Le han dado permiso para ir al hospital. Su padre está bastante fastidiado.
Dejé el tenedor.
—¿Se marcha?
—Eso parece. Soria habló con su capitán y lo han gestionado.
Soraya mostró una expresión de preocupación.
—Pobre chico.
—Llevaba dos noches prácticamente sin dormir —añadió Darío—. No había dicho nada porque pensaba que pedir permiso recién incorporado a determinadas tareas podía perjudicarlo.
No contesté. Darío siguió comiendo y, para mi alivio, no convirtió aquello en otra defensa de Soria. Se limitó a comentar que Torres era buen chaval y esperaba que lo de su padre saliera bien. Poco después cambió de asunto para anunciar que acababa de tomar una decisión importante.
—El viernes os invito a cenar.
—No —respondí.
—Todavía no he dicho dónde.
—Así ahorramos tiempo.
Soraya sonrió.
—Yo sí quiero saber dónde.
Darío señaló hacia ella.
—¿Ves? Díaz entiende el concepto de cortesía.
—Díaz quiere comida gratis.
—Mis intenciones son purísimas.
—Tus intenciones llevan dos semanas persiguiendo a Paola por los pasillos.
—Eso es completamente falso. A veces la persigo en la cafetería.
Solté una risa que no pude evitar.
—No sé cómo sigues conservando la dignidad.
—Porque nunca dependí demasiado de ella.
Soraya aceptó la cena en mi nombre antes de que pudiera impedírselo y comenzó una discusión sobre si tenía autoridad para administrar mi vida social. Darío decidió que sí y propuso nombrarla representante oficial de sus intereses sentimentales.
—Ni se te ocurra —le advertí.
—¿Por qué? Negociaría muy bien.
—Exacto. Y tú no tienes nada que negociar.
—Eso me ha dolido.
—Sobrevivirás.
—Con apoyo psicológico y una cena el viernes, quizás.
La conversación continuó hasta que tuvimos que volver al trabajo. Darío consiguió arrancarme un “ya veremos” que celebró como una victoria, y Soraya prometió ayudarlo a elegir restaurante únicamente para contemplar mi sufrimiento.
Aquella tarde volví a coincidir con Soria durante la revisión de los resultados. Éramos varias personas alrededor de una mesa cuando el capitán recibió un mensaje y comentó que el padre de Torres evolucionaba bien después de la intervención.
Soria levantó la cabeza.
—¿Ha podido llegar?
—Sí, mi comandante. Está con la familia.
—Bien.
Eso fue todo.
No hubo exhibición de preocupación ni comentario destinado a que los demás reconocieran lo que hizo. Regresó a los documentos y continuó trabajando. Me enfadó todavía más.
Necesitaba encontrar artificio en su comportamiento y no lo encontraba.
Si hubiera buscado agradecimiento, si utilizara la preocupación por sus hombres para construirse una reputación o se recreara en el papel de mando comprensivo, habría podido maldecirlo con más facilidad. En cambio, actuaba y seguía adelante.
Cuando terminó la reunión, recogí mis cosas deprisa. Soria me pidió que dejara una copia de los resultados y se la entregué.
—Ha mejorado bastante el tiempo de respuesta —comentó mientras revisaba la primera página.
—Sí, mi comandante.
—Buen trabajo.
Dos palabras. Nada más.
Agradecí el reconocimiento y salí antes de que aquella versión de Héctor Soria añadiera otro motivo a mi frustración.
Por la noche, mientras cenaba con Soraya, recibimos en el grupo un mensaje de Darío con tres restaurantes para el viernes. Mi compañera descartó uno porque estaba demasiado lejos, eligió otro y empezó a negociar la hora con él mientras yo fingía que aquella decisión no me incumbía.
No hablamos del comandante. Soraya tampoco volvió a preguntarme por mis reacciones ni intentó arrancarme explicaciones que yo no pensaba darle.
Se dedicó a discutir con Darío mediante mensajes de voz y terminó enseñándome uno en el que él aseguraba que necesitaba conocer mis preferencias gastronómicas para “planificar una ofensiva con garantías”.
—Dile que se rinda —le pedí.
—Dice que un militar no abandona una posición tan pronto.
—Dile que está utilizando conceptos militares para ligar y debería darle vergüenza.
Soraya escribió exactamente aquello.
La respuesta llegó enseguida.
—Dice que la vergüenza es incompatible con su estrategia.
Me reí y seguí cenando, agradecida por una normalidad que cada vez necesitaba más cuando regresaba a casa.
Sin embargo, al acostarme recuperé inevitablemente la escena de aquella mañana.