Prohibido besar al comandante Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Molina, déjalo —intervino Soraya esta vez.

Darío levantó las manos.

—Lo dejo. Solo digo que si vais a trabajar juntos, quizás te convenga conocer al Soria que existe y no al que tienes en el coco.

Aquello fue precisamente lo que más me enfadó. No quería conocer al Soria que existía.

El hombre que existía ascendía, recibía el respeto de sus subordinados, ayudaba a un soldado que se desmayaba durante un acto y revisaba los expedientes de sus oficiales para aprovechar mejor sus capacidades.

El hombre que existía podía permitirse hablar de David con afecto y decirme que lamentaba su muerte.

A mí me interesaba el que estuvo en Irak. El que David conoció. El que no sabía cuándo parar.

La primera reunión del grupo de trabajo se celebró aquella misma tarde.

Éramos cinco personas y Soria dirigió buena parte de la sesión, aunque dejó que cada uno expusiera su área antes de intervenir.

Cuando llegó mi turno, desarrollé el planteamiento de la mañana y expliqué las alternativas que preparé durante las horas anteriores.

Uno de los oficiales consideró innecesario modificar tanto el procedimiento.

—Estamos complicando algo que ya funciona —argumentó.

—Funciona mientras no falle el enlace principal —repliqué—. El problema aparece cuando necesitamos reaccionar deprisa y descubrimos que la alternativa existe sobre el papel, pero nadie la ha probado en las condiciones del ejercicio.

—¿Cuánto tiempo necesita para prepararlo?

—Dos días.

—¿Dos?

—Para hacerlo bien, sí.

Esperaba que Soria considerara excesivo el plazo.

—Tendrá los dos días —resolvió—. El jueves quiero una prueba.

El otro oficial aceptó la decisión y seguimos trabajando.

Más tarde surgió otra discrepancia. Esta vez Soria cuestionó una de mis propuestas y pasamos varios minutos revisándola. Me pidió datos, señaló un inconveniente que no tuve en cuenta y terminó obligándome a admitir que su alternativa era mejor.

—Tiene razón, mi comandante.

—No se acostumbre a decirlo tan deprisa, Robledo. Me hará sospechar que no ha revisado bien el problema.

Algunos sonrieron. Yo también estuve a punto de hacerlo. Eso me molestó más que perder la discusión.

Cuando terminamos, los demás comenzaron a recoger sus cosas. Guardaba mis documentos cuando Soria se acercó a la mesa y dejó delante de mí una hoja con varias anotaciones.

—Revise esto mañana. Creo que puede servirle para la prueba.

Cogí el papel.

—Lo haré.

—Y no pierda tiempo con la segunda opción. Su primera propuesta es mejor.

Lo miré, sorprendida por la observación.

—Esta mañana parecía tener dudas.

—Esta mañana las tenía. He revisado los datos.

No añadió ninguna explicación destinada a justificar por qué cambió de opinión. Se limitó a recoger su carpeta y continuar hablando con otro oficial.

Me marché enfadada. No tenía sentido, pero era exactamente lo que sentía.

Durante años construí a Héctor Soria con las piezas que David dejó en nuestras conversaciones: exigencia, agotamiento, discusiones y una incapacidad absoluta para reconocer cuándo estaba llevando a sus hombres demasiado lejos.

Esperaba encontrar a un mando autoritario, incapaz de admitir una objeción y acostumbrado a imponer su criterio.

En cambio, acababa de verlo cambiar de opinión porque los datos demostraban que estaba equivocado.

Mientras regresaba al apartamento, intenté convencerme de que aquello no significaba nada. Darío ya me advirtió que los años suavizaron su carácter. También contó que regresó distinto de Irak.

Precisamente ahí estaba la explicación. Soria podía escuchar ahora porque antes no escuchó.

La idea consiguió que la rabia volviera con más fuerza.

No iba a permitir que diez años de buenas decisiones borraran una mala si aquella decisión terminó con David muerto.

Al llegar a casa encontré a Soraya preparando la cena. Dejé mis cosas y empecé a ayudarla sin que me lo pidiera. Durante varios minutos hablamos del trabajo, de lo que compraríamos al día siguiente y de un mensaje que Darío acababa de enviar al grupo proponiendo una cena para el viernes.

—Por cierto —comentó mientras sacaba dos platos—, Molina tiene razón en una cosa.

—Eso sí que es noticia.

—Estás muy rara con Soria.

Continué colocando los cubiertos.

—Otra vez con eso.

—Otra vez, sí. Y voy a seguir hasta que me expliques qué ocurre.

—No ocurre nada.

—Paola, te conozco desde hace años. Puedes engañar a Darío porque acaba de conocerte. A mí me cuesta un poco más.

No encontré una respuesta que no abriera una puerta que todavía quería mantener cerrada.

Soraya me observó unos segundos y finalmente decidió no insistir.

—Vale. Cuando quieras.

Agradecí que lo dejara ahí, aunque sabía que no sería para siempre.

Aquella noche me llevé a mi habitación la documentación del ejercicio y trabajé durante casi una hora. Entre los papeles estaba la hoja que Soria me entregó antes de marcharnos, llena de anotaciones precisas que demostraban que dedicó parte de su tarde a revisar mi propuesta.

Debería haberme sentido satisfecha. Mi comandante valoraba mi trabajo, confiaba en mi preparación y acababa de abrirme una oportunidad profesional excelente pocas semanas después de incorporarme.

En lugar de eso, pensé en David. Pensé en Irak.

Y cuanto más correcto era Héctor Soria conmigo y con quienes lo rodeaban, más difícil me resultaba soportarlo. Porque no me olvidaba de que aquel hombre respetado por todos antes fue un canalla insensible.

Para mí demostraba algo mucho peor. Que Héctor Soria aprendió a ser ese hombre después de que matara a David, porque fueron sus decisiones las que enterraron a mi hermano.