Capítulo 8
El lunes comenzó con una reunión de coordinación a la que acudimos varios oficiales de la unidad.
Apenas llevaba dos semanas en Toledo y todavía existían momentos en los que necesitaba recordar nombres, cometidos y procedimientos internos, aunque empezaba a desenvolverme con bastante soltura.
La formación de los últimos años servía para mucho, pero incorporarse a un destino real significaba descubrir que una cosa era aprender cómo debía funcionar una unidad y otra muy distinta integrarse en ella sin estorbar mientras una encontraba su sitio.
Soria llegó cuando la reunión estaba a punto de comenzar, acompañado por un capitán al que ya conocía de los días anteriores.
Saludó, ocupó su lugar y abrió la carpeta que llevaba consigo antes de entrar directamente en los asuntos previstos.
No me prestó ninguna atención especial y agradecí que fuera así, porque desde nuestra conversación en su despacho me resultaba difícil verlo sin recordar la facilidad con la que habló de David.
“Su hermano estaría orgulloso de verla con ese uniforme”. La frase continuaba irritándome.
No quería que utilizara a mi hermano para acercarse a mí ni que intentara presentarse como alguien que guardaba un recuerdo afectuoso de él.
Sobre todo, me enfurecía que pudiera hablar de David sin mostrar otra cosa que pesar por su muerte.
Ni una referencia a sus propios actos, ni la menor duda acerca de las decisiones que tomó en Irak.
La reunión avanzó hasta que abordaron la preparación de un ejercicio previsto para las semanas siguientes.
Una parte afectaba a los procedimientos de comunicaciones y al funcionamiento de los sistemas CIS, precisamente el terreno en el que más formación complementaria acumulé durante mi etapa de preparación.
Me interesaban desde mucho antes de saber hasta qué punto podían resultarme útiles y aproveché cada oportunidad para ampliar conocimientos sobre redes, transmisiones y gestión de sistemas de información y comunicaciones.
El capitán que acompañaba a Soria expuso varios cambios que querían introducir. Escuché durante unos minutos hasta que detecté un problema en uno de los procedimientos planteados y levanté la mano para intervenir cuando me dieron paso.
—Con ese esquema podemos crear una dependencia innecesaria de un único enlace —expliqué—. Si falla en mitad del ejercicio, tardaremos demasiado en recuperar la comunicación. Sería mejor prever una alternativa desde el principio y comprobarla antes de empezar.
El capitán revisó sus notas.
—¿Qué propone?
Le expliqué la opción que consideraba más adecuada, procurando no extenderme más de lo necesario.
Cuando terminé, Soria me hizo dos preguntas bastante técnicas y respondió a mis argumentos con otras tantas objeciones.
Durante unos minutos olvidé quién era. Me limité a defender mi planteamiento porque conocía el asunto y estaba segura de lo que decía.
—Funcionaría —concluí—. Y reduciríamos el tiempo de respuesta si se produce una caída.
Soria giró el bolígrafo entre los dedos mientras repasaba el esquema.
—De acuerdo. Inclúyanlo.
El capitán asintió y anotó la modificación.
—Robledo puede encargarse de desarrollarlo. Ya conoce la propuesta.
Levanté los ojos. Soria seguía revisando los documentos.
—Sí —confirmó—. Y quiero que participe también en el grupo de trabajo de comunicaciones para el ejercicio.
Aquello consiguió devolverme de inmediato a la realidad.
—A sus órdenes, mi comandante.
La reunión continuó, pero ya no conseguí escucharla con la misma tranquilidad.
Incorporarme a aquel grupo significaba trabajar más cerca de él, participar en reuniones que hasta entonces no me correspondían y entrar en contacto con una parte de la organización interna de la unidad que me interesaba profesionalmente.
También significaba tenerlo delante con mucha más frecuencia. No sabía si alegrarme o maldecir mi suerte.
Cuando terminamos, recogí mis cosas y me disponía a salir con Soraya cuando Soria pronunció mi apellido.
—Teniente Robledo, espere un momento.
Soraya me lanzó una mirada antes de marcharse con los demás. Permanecí junto a la mesa mientras la sala se vaciaba y esperé hasta que solo quedamos el comandante, el capitán y yo.
—Quiero que revise con nosotros la documentación del ejercicio —me indicó Soria—. Su formación en comunicaciones puede sernos útil y prefiero que participe desde el principio en lugar de incorporarla cuando esté todo decidido.
—De acuerdo, mi comandante.
—¿Tiene experiencia con este tipo de planificación fuera de los ejercicios de formación?
—No a este nivel. Sí trabajé con sistemas similares durante mi preparación y realicé formación complementaria en redes y comunicaciones.
—Lo he visto en su expediente.
Aquello me sorprendió. Soria debió de advertirlo porque señaló la carpeta que tenía delante.
—Procuro saber qué formación tienen los oficiales que trabajan bajo mi mando.
Una respuesta perfectamente razonable que volvió a molestarme.
—Entiendo.
—No necesito que entienda, teniente. Necesito que aproveche lo que sabe.
El capitán ocultó una sonrisa mientras cerraba su carpeta.
—Bienvenida al equipo, Robledo.
Agradecí el comentario y salí poco después con varias instrucciones nuevas y la desagradable impresión de que Héctor Soria acababa de hacerme un favor sin pretenderlo.
Durante años pensé que, si algún día conseguía acercarme lo suficiente, tendría que ingeniármelas para descubrir cómo funcionaban los sistemas internos, qué documentación podía conservarse y dónde terminaban determinados registros.
Ahora era él quien me acercaba a un ámbito desde el que podría comprender mucho mejor esos procedimientos.
No significaba que fuera a encontrar un expediente sobre David esperándome en una carpeta.
Sin embargo, trabajar en aquel entorno me permitiría conocer mejor qué información se generaba, cómo se gestionaba, qué registros podían conservarse después de años y, sobre todo, dónde debía empezar a buscar cuando llegara el momento.
Encontré a Soraya y Darío a la hora del café. Él estaba sentado frente a ella y había ocupado una tercera silla con su chaqueta, aunque la retiró en cuanto me vio acercarme.
—Mira quién viene —comentó—. La favorita del comandante.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Buenos días a ti también.
—Nos ha contado Díaz que Soria te ha reclamado personalmente.
—No me ha reclamado personalmente. Voy a participar en un grupo de trabajo.
Darío inclinó la cabeza.
—Eso suena todavía más íntimo.
—¿Puedes pasar cinco minutos sin decir una estupidez?
Consultó su reloj.
—Puedo intentarlo, pero necesito saber cuándo empiezan a contar.
Soraya soltó una carcajada y me hizo sitio a su lado.
—¿Qué quería?
—Que participe en la planificación de comunicaciones del próximo ejercicio.
—¿Ves? —Darío extendió las manos—. Te lo dije. Te ha robado.
—¿Quién me ha robado?
—Soria. Yo llevo dos semanas intentando conseguir que tomes un café conmigo y él, sin esfuerzo, ya ha logrado que pases mucho tiempo a su lado. Estoy empezando a cuestionar mis técnicas de seducción.
—Ya era hora.
—Qué daño gratuito.
—No es gratuito. Te lo has ganado.
Soraya intervino antes de que pudiera continuar.
—Molina, creo que tu problema es que sigues llamando “técnicas de seducción” a molestarla cada vez que la ves.
—Y, sin embargo, se ríe.
—De ti —le aclaré.
—El matiz no me preocupa.
Me ofreció parte de su desayuno y rechacé el bollo que intentaba colocarme delante. Darío aprovechó para preguntarme si también rechazaba invitaciones a cenar con la misma contundencia y Soraya se convirtió inmediatamente en su aliada.
—A cenar deberías ir —opinó—. Por investigación científica.
—¿Qué quieres investigar?
—Cuánto tarda en quedarse sin conversación.
Darío se llevó una mano al pecho.
—Díaz, me decepcionas. Precisamente conversación me sobra.
—Eso es lo que nos preocupa.
Los escuché discutir y terminé riéndome, aunque una parte de mi atención continuaba en la carpeta que dejé sobre la mesa. Soraya lo advirtió.
—Estás pensando en el trabajo.
—Sí.
—Llevas dos semanas aquí y ya eres insoportable.
—Antes dijiste que siempre fui insoportable.
—Ahora tienes respaldo institucional.
Darío cogió su café y me observó por encima del borde del vaso.
—Fuera de bromas, es buena señal. Soria no mete a alguien recién llegado en un grupo de trabajo porque sí.
—No necesito su aprobación.
La respuesta me salió con una dureza que no correspondía a la conversación.
Soraya dejó de sonreír.
Darío también lo notó, aunque optó por restarle importancia.
—Pues menos mal, porque conseguirla a veces cuesta sangre.
—A mí me basta con hacer mi trabajo.
—Eso es exactamente lo que suele gustarle.
Me irritó escuchar otra valoración positiva sobre Soria.
—Parece que conoces muy bien sus gustos.
—Llevo tiempo aquí. Ya te lo expliqué.
—Y yo ya te expliqué que también escuché hablar de él antes de llegar.
Soraya giró la cabeza hacia mí. Darío permaneció unos segundos callado antes de responder.
—Sí, y sigo pensando que te hablaron de otro hombre.
—O quizás tú solo conoces la versión actual.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa eso?
Me arrepentí en cuanto lo pronuncié.
—Nada. Déjalo.
—No, espera. —Darío se inclinó ligeramente hacia delante—. El otro día también dijiste algo parecido. ¿Qué se supone que hacía Soria antes?
—He escuchado que era mucho más duro.
—Eso te lo confirmé yo.
—Entonces no entiendo por qué te sorprende.
—Porque una cosa es que fuera duro y otra la forma en que hablas de él.
Soraya no intervino. Precisamente por eso su presencia empezó a pesarme más.
Cogí el café y bebí antes de responder.
—No me gusta la gente que necesita años para aprender que debajo de un uniforme hay personas.
Darío frunció el ceño.
—Eso no es justo.
La palabra consiguió que lo mirara.
—¿Justo?
—Sí. No puedes juzgar a alguien por chismes y negar todo lo que hace delante de ti ahora.
Sentí el impulso de responderle que yo podía juzgarlo porque una de aquellas historias terminó con mi hermano muerto en Irak. Conseguí contenerme.
—No estoy negando nada.
—Un poco sí.