Capítulo 7
La orden de presentarme en el despacho del comandante Soria me llegó el martes poco después de las diez de la mañana, cuando estaba revisando con otro teniente parte de la documentación relacionada con los cometidos que asumiría durante las siguientes semanas.
No era una convocatoria extraordinaria ni tenía, en principio, ningún motivo para preocuparme.
Debía entregarle una propuesta relacionada con la organización de determinadas comunicaciones y recibir sus indicaciones antes de continuar trabajando.
Una tarea corriente que cualquier oficial recién incorporado podía realizar varias veces en un mismo mes.
A mí me bastó escuchar su nombre para perder la concentración.
Revisé la documentación antes de salir, comprobé que llevaba todo lo necesario y recorrí el pasillo intentando centrarme exclusivamente en el trabajo.
Durante los días anteriores conseguí evitar nuevos encuentros a solas con él, aunque no por decisión propia.
Soria tenía una agenda que parecía mantenerlo constantemente ocupado y nuestros contactos se limitaron a alguna reunión en la que participaban otros oficiales y a encuentros breves por las dependencias de la unidad.
Aquella vez no estaría Soraya conmigo.
Llamé a la puerta y esperé.
—Adelante.
Entré con la carpeta bajo el brazo. Soria trabajaba detrás del escritorio y levantó la vista cuando me acerqué. Me presenté formalmente y esperé hasta que me indicó que podía tomar asiento.
—He revisado la propuesta que remitió ayer, teniente Robledo.
Otra vez mi apellido.
Empezaba a odiar la facilidad con la que conseguía alterar algo que había escuchado miles de veces a lo largo de mi vida.
—¿Hay algún problema, mi comandante?
—Ninguno. Al contrario. Quería comentar algunos detalles con usted antes de autorizar los cambios.
Abrió el documento y empezó a repasarlos. Durante los siguientes minutos hablamos exclusivamente de trabajo.
Me hizo preguntas concretas, señaló dos aspectos que consideraba mejorables y escuchó mis explicaciones sin interrumpirme.
Cuando discrepé de una de sus observaciones, defendí mi planteamiento esperando encontrarme con el hombre inflexible del que David habló en Irak.
Soria me pidió que desarrollara el argumento, lo valoró y terminó aceptándolo.
—Tiene razón —concedió mientras anotaba algo en el documento—. Manténgalo de esa manera.
Aquellas dos palabras me molestaron más de lo razonable.
No quería tener razón delante de él. No quería descubrir que escuchaba a sus subordinados ni comprobar personalmente aquello que Darío llevaba días intentando explicarme.
Cada comportamiento que no encajaba con la imagen que conservaba de Soria añadía una pequeña fisura a una certeza que me acompañaba desde los quince años, y yo no estaba preparada para permitir que ninguna duda se instalara allí.
Continuamos unos minutos más hasta dejar resueltos los cambios. Cerré la carpeta cuando entendí que la reunión terminaba.
—¿Algo más, mi comandante?
Soria no contestó inmediatamente.
La atención que hasta entonces mantuvo sobre los documentos pasó a mí y advertí que dudaba. Fue apenas un cambio en su expresión, pero suficiente para que todo mi cuerpo se pusiera alerta.
—Sí, teniente. Hay algo más.
Esperé.
—No quise mencionarlo el día de su incorporación porque no me pareció el momento adecuado.
Supe de qué iba a hablar antes de que pronunciara el nombre.
—Conocí a su hermano.
Los dedos se me cerraron alrededor de la carpeta.
David entró en aquel despacho de golpe, arrastrando consigo una década entera que me esforcé por mantener fuera de la unidad desde mi llegada.
Soria continuó hablando.
—Estuvo bajo mi mando durante un despliegue en Irak.
—Lo sé.
Mi respuesta salió demasiado rápida.
Él reparó en ello, aunque no hizo ningún comentario.
—Entonces supongo que también sabe que coincidimos durante varios meses.
—Sé algunas cosas de aquel despliegue.
No añadí cuáles.
Soria apoyó el bolígrafo sobre la mesa y durante unos instantes pareció buscar las palabras adecuadas. Yo solo podía pensar en todas las que deseaba escuchar y en el miedo a que ninguna llegara.
—Su hermano era un buen militar.
Tuve que apretar la mandíbula.
—Sí, mi comandante.
—Y un hombre muy apreciado por sus compañeros.
Aquello sí me dolió. No porque fuera mentira, sino porque no soportaba escuchar a Héctor Soria hablar de David con aquella familiaridad.
Él conoció una parte de mi hermano a la que yo nunca tuve acceso. Compartió con él un despliegue, recibió sus informes, le dio órdenes y estuvo presente durante los últimos meses de su vida.
Mientras yo esperaba sus llamadas en Madrid, aquel hombre sabía dónde dormía, qué trabajo realizaba y hasta qué punto estaba cansado.
—Era mi hermano —respondí, incapaz de encontrar algo mejor.
—Lo sé.
Soria bajó la vista un momento antes de continuar.
—Lamento mucho lo que le ocurrió.
Sentí que algo se revolvía dentro de mí. Eso era todo. Lo lamentaba.
Esperé unas palabras más. Una explicación, una referencia a las jornadas interminables, a las discusiones, al cansancio que David mencionaba cuando llamaba a casa. Esperé que reconociera que las cosas pudieron hacerse de otra manera o que, al menos, admitiera alguna decisión equivocada.
No llegó nada de eso.
—Fue un accidente terrible —añadió—. Imagino que para su familia tuvo que ser muy difícil.
Tuve que morderme literalmente la cara interna de la mejilla para no contestar. Difícil.
Mamá pasó meses entrando en la habitación de David sin saber qué hacer allí.
Papá dejó de hablar durante semanas y después empezó a discutir por cualquier cosa.
Yo aprendí a escuchar conversaciones detrás de las puertas porque los adultos decidieron que tenía quince años y no necesitaba conocer todos los detalles.
Nuestra familia terminó rota y durante años ninguno supo cómo recomponerla.
Y Héctor Soria lo resumía en una palabra. Difícil.
—Lo fue —conseguí responder.
Mi voz sonó suficientemente estable para que no pudiera reprocharme nada.
—Siento no haberle dicho nada antes —continuó—. No sabía si usted conocía mi relación profesional con él y tampoco quería abordar un asunto personal durante su presentación.
—La conocía.
—Entiendo.
No, no entendía absolutamente nada.
Soria desconocía las noches que dediqué a buscar información sobre él, las veces que leí su nombre en la documentación relacionada con Irak o la cantidad de decisiones que tomé pensando en el día en que pudiera hacer exactamente lo que estaba haciendo entonces: sentarme frente a él y observarlo mientras hablaba de mi hermano.
Había imaginado aquel encuentro cientos de veces.
En ninguna de aquellas versiones él se limitaba a ofrecerme sus condolencias.
—¿Quiere preguntarme algo? —dijo.
La oportunidad apareció con tanta claridad que estuve a punto de aprovecharla.
Quería preguntarle por qué David conducía aquel vehículo. Cuánto había descansado. Qué discutieron durante los días anteriores al accidente. Si recordaba que mi hermano se quejó del cansancio y qué respondió cuando lo hizo. Quería saber si alguna vez pensó que pudo evitar su muerte.
Pero no podía formular ninguna de aquellas preguntas sin revelar demasiado.
Todavía no.
—No, mi comandante.
Me costó pronunciarlo.
Soria asintió.
—Si alguna vez cambia de opinión y considera que puedo aclararle alguna cuestión sobre aquella etapa, puede preguntarme.
Aquello estuvo a punto de romper el control que me quedaba.
—Gracias.
Me puse en pie cuando me indicó que la reunión terminaba. Recogí la carpeta y me dispuse a marcharme, pero su voz volvió a detenerme antes de alcanzar la puerta.
—Teniente Robledo.
Giré la cabeza.
—Su hermano estaría orgulloso de verla con ese uniforme.
Durante un instante no pude respirar correctamente. Soria no tenía derecho a decirme aquello.
No tenía derecho a utilizar a David para hablarme de orgullo, ni a presentarse ante mí como alguien que conservaba un recuerdo afectuoso de él.
Quise preguntarle qué sabía acerca de lo que sentiría mi hermano, pero cualquier respuesta que diera en aquel momento podía destruir años de prudencia.
—Con su permiso, mi comandante.
Salí del despacho antes de que la rabia venciera al sentido común.
Caminé por el pasillo sin saber exactamente adónde iba. Necesitaba alejarme de aquella puerta y encontrar un lugar donde nadie me obligara a mantener una expresión normal. Bajé las escaleras demasiado deprisa, crucé una zona de paso y terminé entrando en uno de los aseos.
Me encerré en un cubículo y entonces dejé de luchar.
Las lágrimas aparecieron acompañadas de una rabia que me hizo apretar los puños. Lloraba por David, pero también por mí misma y por la conversación que esperé durante diez años y acababa de producirse de una manera completamente distinta a la que imaginaba.
Soria no confesó nada. Ni siquiera insinuó que cargara con alguna responsabilidad.
Habló de David como un buen militar, lamentó su muerte y calificó aquello de accidente. Después me ofreció responder a mis preguntas con una tranquilidad que me enfureció todavía más.
Me limpié las lágrimas y respiré despacio hasta recuperar el control. No podía regresar con los ojos enrojecidos y permitir que Soraya empezara a hacer preguntas. Mucho menos quería que alguien relacionara mi estado con la reunión que acababa de mantener.
Me acerqué al lavabo y me eché agua fría en las muñecas. Cuando levanté la cabeza, la mujer del espejo parecía más cansada que la teniente que entró en el despacho de Soria media hora antes.
Entonces comprendí algo que debería haber sabido desde el principio. Héctor Soria nunca iba a entregarme la verdad.
No tenía ningún motivo para reconocer su error diez años después ante la hermana de un subordinado muerto. Podía lamentarlo, recordar a David e incluso convencerse de que sus decisiones no tuvieron ninguna relación con el accidente.
Yo no necesitaba su confesión. Necesitaba pruebas.
Me sequé la cara, recompuse el uniforme y salí del aseo cuando estuve segura de que podría cruzarme con cualquiera sin delatarme.
Por primera vez desde que llegué a Toledo, Soria y yo hablamos de David.
Y no me acercó ni un solo paso al perdón. Me acercó al odio; al profundo odio que sentía por el hombre que condujo a mi hermano a la muerte y que, con su nueva actitud, se estaba ganando a sus subordinados. Pero no a mí.