Capítulo 6
Volví a Madrid el sábado por la mañana con el regalo de mamá en el asiento del copiloto.
El trayecto era una de las ventajas de aquel destino que más valoraba. Podía terminar una semana de trabajo, conducir hasta casa y recuperar durante un par de días una parte de mi vida anterior sin necesidad de organizar cada visita con semanas de antelación.
Mamá agradecía tenerme cerca, aunque procuraba disimularlo para no hacerme sentir culpable, y el abuelo Manuel ni siquiera se molestaba en fingir: desde que supo que me destinaban a Toledo, decidió que aquello constituía una prueba irrefutable de que el ejército, de vez en cuando, también hacía las cosas bien.
Como era de esperar, él tampoco imaginaba que, desde que entré en esa institución, buscaba acabar en Toledo bajo las órdenes de Héctor Soria.
Llegué antes de comer y encontré a mamá en la cocina, terminando de preparar algunas cosas para la celebración. Cumplía años al día siguiente, pero preferimos reunirnos el sábado para aprovechar el fin de semana entero.
El abuelo apareció detrás de ella en cuanto me oyó entrar y protestó porque lo saludé después que a la cumpleañera.
—Tengo prioridades —le expliqué mientras lo abrazaba.
—Cincuenta años cuidándote para esto.
—Tengo veinticinco.
—Los otros veinticinco fueron preventivos.
Mamá negó con la cabeza, acostumbrada a nosotros, y me preguntó por el viaje antes de inspeccionarme con esa atención que no perdió desde que me marché de casa.
Le entregué los pendientes y conseguí acertar. Se los puso inmediatamente, fue a mirarse al espejo y regresó encantada, mientras el abuelo aprovechaba para atribuirse parte del mérito porque respondió a mis mensajes del día anterior.
Fue mientras ayudaba a poner la mesa cuando me di cuenta de que faltaba un cubierto.
—¿Papá viene después? —le pregunté porque, a pesar de la separación, nos seguíamos reuniendo en las ocasiones especiales para la familia.
Mamá estaba de espaldas y no pareció escucharme. El abuelo, en cambio, levantó la cabeza.
—Tu padre no viene.
Me volví hacia él.
—¿Por qué?
—Paola... —intervino mamá.
—¿Qué pasa?
El abuelo miró a su hija y después a mí, probablemente valorando si le correspondía contarme algo que nadie se molestó en mencionarme hasta entonces.
—Gerardo tiene novia.
Dejé los platos sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—¿Cómo que tiene novia?
—Pues de la forma habitual, supongo —contestó el abuelo—. No creo que hayan inventado otra.
—Papá tiene novia y nadie me ha dicho nada.
—Tu padre pensaba contártelo —explicó mamá.
—¿Cuándo? ¿En su boda?
—No exageres.
—No estoy exagerando. ¿Desde cuándo?
El abuelo cometió el error de dudar.
—Unos meses.
—¿Unos meses?
Saqué el teléfono del bolsillo antes de que mamá pudiera detenerme.
—Paola, no hagas un drama.
—No voy a hacer ningún drama.
El abuelo soltó una risa.
—Esa frase en esta familia nunca ha anunciado nada bueno.
Me alejé hacia el salón mientras buscaba el número de mi padre. Contestó al tercer tono con un «hola, cariño» tan normal que consiguió enfadarme todavía más.
—¿Tienes novia?
Hubo una pausa breve.
—Buenos días a ti también.
—Papá.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, tengo pareja.
—¿Y pensabas contármelo algún día o tenía que enterarme por el abuelo?
—Pensaba contártelo.
—Llevas meses con una mujer y no has encontrado cinco minutos para llamar a tu hija.
—Paola...
—No, no me vengas con “Paola”. Además, hoy celebramos el cumpleaños de mamá y ni siquiera vas a venir. ¿Qué pasa? ¿Ahora porque tienes novia desapareces de las reuniones familiares?
—Déjame explicarte...
—Siempre has venido. Os separasteis hace años y habéis seguido celebrando cumpleaños, Navidad y todo lo importante juntos porque sois capaces de comportaros como personas normales. ¿Y ahora de repente no puedes venir porque tienes pareja? ¿Tan complicado es?
Escuché al abuelo acercarse por detrás, aunque tuvo el buen criterio de no intervenir.
—¿Has terminado? —preguntó papá.
—No.
—Ya me lo imaginaba.
—Pues no pongas ese tono porque estoy bastante enfadada contigo.
—Eso también lo había notado.
Continué durante un rato más, reprochándole que no me contara nada, que faltara al cumpleaños y que permitiera que me enterase de aquella manera.
Gerardo intentó interrumpirme dos veces y renunció en ambas.
Solo cuando me quedé sin argumentos nuevos, y probablemente también sin aire, aprovechó la oportunidad.
—Ahora, si me concedes treinta segundos, te cuento lo que pasó.
—Te escucho.
—Se llama Elena. Estamos juntos desde hace algo más de tres meses y quería hablar contigo en persona, no por teléfono.
Mi enfado disminuyó apenas un grado.
—Eso no explica por qué no vienes hoy.
—Porque se lo conté a tu madre.
Miré hacia la cocina. Mamá no estaba a la vista.
—¿Y?
—Y Gloria me pidió que esta vez no viniera.
Aquello me descolocó.
—¿Mamá?
—Sí. Se lo conté hace unos días porque no quería que se enterara por otra persona. Le dije también que pensaba asistir al cumpleaños, como siempre, y ella me pidió que no lo hiciera.
—¿Por qué?
—Porque sabe que tengo pareja y no quiere que Elena pueda sentirse incómoda con nuestras reuniones familiares. Me dijo que no quería crearme problemas y que entendía perfectamente que algunas cosas cambiaran.
Me quedé mirando la pared del salón sin saber qué contestar.
—Yo quería ir, Paola. Tu madre prefirió que no. Y respeté su decisión porque es su cumpleaños, no porque tener pareja signifique que vaya a desaparecer de vuestra vida.
El abuelo, que podía escuchar mi parte de la conversación, se cruzó de brazos y sonrió con una satisfacción que me dieron ganas de borrarle de la cara.
—Ah.
—Magnífica argumentación —respondió papá—. Me ha gustado mucho más esta parte de la conversación.
—Podrías habérmelo contado.
—Sí. Eso te lo acepto. Debería habértelo dicho antes.
—Tres meses son muchos meses.
—Son exactamente tres.
—No te pongas técnico.
Se rio y aquella risa terminó de quitarme la razón.
—¿Estás bien con ella? —le pregunté.
—Sí, cariño. Estoy muy bien.
La respuesta me produjo una sensación extraña. Mis padres llevaban años separados y jamás esperé que volvieran juntos.
Se llevaban bien, podían compartir una comida, una celebración familiar o una fecha importante sin convertirla en un campo de batalla, pero su matrimonio terminó mucho tiempo atrás.
Aun así, descubrir que mi padre empezaba una vida con otra persona hacía definitiva una separación que ya lo era desde hacía años.
—Entonces me alegro —concedí finalmente—. Aunque sigo enfadada porque no me lo contaste.
—Lo asumiré.
—Y quiero conocerla.
—Eso me da bastante más miedo.
—Dile que soy encantadora.
—Prefiero empezar nuestra relación con honestidad.
Colgué amenazándolo con volver a llamarlo si descubría alguna otra noticia familiar a través del abuelo. Cuando regresé a la cocina, mamá continuaba colocando comida sobre la mesa con una concentración que resultaba sospechosa.
—Podrías haberme dicho que fuiste tú quien le pidió que no viniera.
—Podrías haber preguntado antes de poner a tu padre de vuelta y media —replicó.
El abuelo levantó un dedo.
—Yo he intentado enseñarle prudencia desde pequeña.
—Tú cállate, que estabas disfrutando —le dije.
—Muchísimo.
Mamá sonrió y me acerqué a besarla. No le pregunté si le dolía que papá tuviera pareja.
Si quería hablar de ello, lo haría cuando estuviera preparada. Me bastó comprender que su decisión no nació del resentimiento, sino precisamente del cariño que aún se tenían después de todo lo que atravesaron juntos.
La celebración continuó sin más sobresaltos y aquella noche salimos a cenar los tres.
El abuelo eligió un restaurante que le gustaba y aseguró que invitaba él hasta que vio la carta; entonces empezó a defender que, como era el cumpleaños de mamá, lo verdaderamente moderno consistía en que pagara ella, quien amenazó con dejarlo sin postre y la discusión quedó resuelta.
David apareció en la conversación cuando llegaron los cafés.
No resultaba extraño. Hablar de él dejó de ser un territorio prohibido hacía tiempo, aunque durante los primeros años su nombre podía transformar cualquier reunión familiar. Ahora conseguíamos recordarlo también desde lugares más amables.
—Tu hermano odiaba este sitio —comentó mamá.
—David odiaba cualquier restaurante donde las raciones no fueran suficientes para alimentar a un regimiento —respondí.
El abuelo soltó una carcajada.
—Una vez salió de aquí y se compró un bocadillo.
—Eso es mentira.
—Pregúntale a tu madre.
Gloria empezó a reír.
—Es verdad. Tenía diecinueve años y se pasó toda la cena diciendo que aquellos platos eran decorativos. Tu padre se enfadó con él porque no paraba de protestar y, al salir, David desapareció. Lo encontramos diez minutos después comiéndose un bocadillo de calamares.
Me reí con ellos y durante un rato recordamos al David que existió antes de Irak, antes de los informes y del accidente.
Mi hermano volvió a ser el muchacho que llegaba a casa muerto de hambre, el que discutía con papá por tonterías y conseguía que mamá terminara defendiéndolo, aunque cinco minutos antes quisiera estrangularlo.
No mencioné a Soria. Ni mamá ni el abuelo sabían que el comandante bajo cuyas órdenes acababa de quedar destinada era el mismo hombre cuyo nombre apareció tantas veces alrededor de la muerte de David.
Tampoco sabían que durante años seguí su trayectoria desde la distancia ni que encontrarme finalmente frente a él formaba parte de un propósito que nunca compartí con nadie.
Aquella noche no quería introducirlo en nuestra mesa.
David merecía seguir siendo David durante unas horas, sin que Héctor Soria ocupara también sus recuerdos.
Regresé a Toledo el domingo después de comer. Mamá me llenó una bolsa con comida pese a mis protestas y el abuelo revisó los neumáticos del coche sin que nadie se lo pidiera.
Me despedí prometiendo volver pronto y conduje de regreso con la sensación agradable de que la distancia entre mis dos vidas era lo bastante corta para no obligarme a elegir entre ellas.
Llegué al apartamento un rato después. Subí cargada con la maleta, el bolso y la bolsa de comida que mamá consiguió colocarme en las manos en el último momento. Abrí la puerta esperando encontrar a Soraya tirada en el sofá o encerrada en su habitación.
Lo primero que escuché fue una carcajada masculina.
Me detuve en la entrada.
—¿Soraya?
—¡En la cocina!
Dejé la maleta junto a la puerta y avancé por el pasillo. Cuando entré, encontré a mi compañera sentada a la mesa con una taza delante y un plato de pastas abierto entre ambos.
Darío ocupaba la silla de enfrente.
Al verme, sonrió con una satisfacción excesiva.
—Hombre. Por fin.
Miré a Soraya y después a él.
—¿Qué haces en mi casa?
—Nuestra casa —me corrigió Soraya—. Y lo he invitado yo.
—Eso explica cómo ha entrado. No explica por qué sigue aquí.
Darío cogió otra pasta.
—Te estaba esperando.
—Eso no mejora la situación.
—A mí me parece romántico.
—A mí me parece preocupante.
Soraya se echó a reír mientras yo dejaba sobre la encimera la bolsa que traía de Madrid.
—Lleva aquí casi una hora —me informó—. Dice que venía a merendar.
—Venía a veros.
—A las dos —puntualizó ella.
Darío la miró ofendido.
—No reveles mis preferencias.
—No son precisamente un secreto.
—¿Queréis explicarme qué está pasando? —pregunté.
Él se levantó y se acercó para quitarme la bolsa de las manos antes de que pudiera impedírselo.
—Primero, dime que tu madre te ha mandado comida.
—Mi madre me ha mandado comida.
—Gloria acaba de convertirse en mi persona favorita de Madrid.
Le arrebaté la bolsa.
—Ni se te ocurra.
—Robledo, compartir fortalece los vínculos entre compañeros.
—Pues fortalece los tuyos con Soraya.
—Ya lo he intentado. No tiene comida de madre.
Soraya levantó la taza.
—Pero tengo café.
—Y unas pastas lamentables.
—Son tuyas.
Darío pareció pensarlo.
—Retiro lo dicho.
No pude evitar reírme. Después de un fin de semana cargado de familia, recuerdos y emociones que prefería mantener lejos de Toledo, encontrar a aquellos dos instalados en nuestra cocina debería haberme molestado.
En cambio, dejé el bolso, me serví un café y ocupé la tercera silla.
—Cinco minutos —advertí.
Darío acercó el plato de pastas hacia mí.
—Sabía que te alegrabas de verme.
—No confundas cansancio con entusiasmo.
—Díaz, ¿ves? Otra vez está seria.
Soraya bebió tranquilamente antes de contestar.
—Dale tiempo. A veces empeora.
Y aquella vez fui yo la primera en echarme a reír.