Prohibido besar al comandante Capítulo 5
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Capítulo 5

El acto se celebró unos días después, a mediados de septiembre, cuando el verano todavía se resistía a abandonar Toledo y las previsiones anunciaban temperaturas cercanas a los treinta grados a mediodía.

Nos habían advertido que la formación sería larga, de modo que desayuné bien, bebí más agua de la habitual y seguí el consejo de Soraya de llevar otra botella para después.

Aun así, cuando ocupamos nuestros puestos en el patio de armas, el sol llevaba ya un buen rato castigando las fachadas y prometía convertir aquella mañana en una prueba de resistencia.

La ceremonia reunía a bastante más gente de la que esperaba. Había mandos de distintas unidades, representantes institucionales y un grupo de oficiales de alta graduación cuya presencia bastaba para explicar el nivel de formalidad que presidía el acto.

Desde nuestra posición reconocí al comandante Soria casi inmediatamente, aunque no lo veía desde el día de nuestra incorporación.

Estaba a cierta distancia, integrado entre varios superiores con los que conversaba antes de que comenzara la ceremonia, y las divisas que identificaban su empleo destacaban sobre el uniforme sin necesidad de que nadie me explicara quién era.

—Ahí tienes a tu amigo —murmuró Soraya a mi lado.

—¿Qué amigo?

—Soria. Desde el otro día, cada vez que alguien lo menciona, pones una cara rarísima.

—Estoy mirando a todo el mundo.

—Claro. Y yo estoy aquí por mi talento para la danza clásica.

Tuve que contener una sonrisa porque no podíamos continuar cuchicheando.

La formación terminó de organizarse y el acto comenzó poco después, obligándome a concentrarme en lo que sucedía delante de nosotros. Procuré hacerlo, aunque de vez en cuando mis ojos regresaban hacia el lugar donde se encontraba Soria.

Lo observé conversar con un coronel y posteriormente con otro mando al que no conocía.

Se desenvolvía entre ellos con una naturalidad que me molestó sin que existiera una razón lógica para ello.

No parecía el hombre atormentado que durante años imaginé cuando pensaba en las consecuencias de Irak, sino un militar respetado que intercambiaba algunas palabras con sus superiores, atendía a cuanto ocurría y ocupaba su lugar con la seguridad de quien sabía perfectamente cuál era su sitio.

Aquello me resultaba insoportable.

Diez años atrás David murió mientras él regresó a España, continuó su carrera, ascendió y construyó una reputación de hombre justo. Ahora estaba allí, codeándose con coroneles y otros mandos, mientras mi madre celebraría aquel fin de semana otro cumpleaños sin su hijo.

El calor aumentó conforme avanzó la mañana. La inmovilidad de las formaciones tampoco ayudaba y, aunque estábamos acostumbrados a permanecer en posición durante periodos prolongados, empecé a pensar que no sería extraño que alguien terminara encontrándose mal.

Soraya debió de llegar a la misma conclusión porque, aprovechando un momento en que pudimos movernos, me susurró que aquello estaba empezando a parecer una competición para averiguar quién se deshidrataba primero.

No tuvo que esperar demasiado para obtener respuesta.

Un soldado situado varias filas por delante comenzó a balancearse. El movimiento fue pequeño al principio y durante un instante pensé que intentaba corregir la postura, pero las rodillas cedieron casi inmediatamente.

El chaval cayó antes de que quienes estaban cerca pudieran sujetarlo bien y el ruido alteró la atención de los que nos encontrábamos alrededor.

Varias personas reaccionaron enseguida. Soria fue una de ellas.

Abandonó el lugar que ocupaba junto a los demás mandos y llegó hasta el soldado mientras otros compañeros abrían espacio.

Desde donde estaba no podía escuchar todas sus indicaciones, pero sí verlo arrodillarse junto a él, comprobar su estado y ordenar que avisaran al personal sanitario.

Cuando el muchacho trató de incorporarse, probablemente avergonzado por haberse desplomado en mitad de un acto, Soria le puso una mano en el hombro y le indicó que permaneciera donde estaba.

El personal sanitario apareció poco después. El soldado recuperó la consciencia con rapidez y todo apuntó a un desvanecimiento provocado por el calor, pero Soria continuó allí hasta comprobar que podían atenderlo.

Después pidió que lo trasladaran a un lugar resguardado y habló unos instantes con uno de los sanitarios antes de regresar junto al resto de los mandos.

Soraya me dio un codazo discreto.

La miré.

Sus cejas se elevaron con un mensaje bastante evidente.

—Ni se te ocurra —murmuré.

—No he dicho nada.

—Te conozco.

—Solo pensaba que el tirano sanguinario acaba de preocuparse bastante por un soldado.

—Es lo mínimo que debería hacer cualquier mando.

—Naturalmente.

Su tono me produjo ganas de darle con la carpeta que no llevaba.

—No demuestra nada.

—Robledo, no intento demostrar nada. Eres tú la que parece empeñada en que el hombre sacrifique un recluta delante de nosotras para confirmar tus teorías.

Le lancé una mirada y Soraya reprimió una sonrisa antes de volver la atención hacia el acto.

La escena, sin embargo, me dejó un malestar que no quise analizar.

No necesitaba descubrir que Soria podía preocuparse por alguien que se encontraba mal; tampoco quería verlo agachado junto a un soldado, pendiente de que recibiera asistencia y apartando cualquier consideración protocolaria hasta asegurarse de que estaba bien.

Prefería al hombre que construí durante años, al mando incapaz de reconocer los límites de quienes dependían de él, porque odiar a ese Héctor Soria resultaba sencillo.

El que acababa de ver complicaba innecesariamente las cosas.

Me repetí que Darío ya nos habló de su cambio después de Irak y encontré enseguida la explicación que necesitaba.

Quizás aquello formaba parte de ese cambio. Quizás ahora reconocía los síntomas del agotamiento porque una vez no quiso reconocerlos, o se apresuraba a atender a un subordinado porque aprendió demasiado tarde lo que podía suceder cuando un mando ignoraba las señales.

Pensarlo me revolvió el estómago.

La sensación apareció de forma tan repentina que tuve que respirar despacio durante unos segundos. El calor tampoco ayudaba y deseé que la ceremonia terminara pronto, aunque conseguí mantenerme en mi puesto hasta el final.

Cuando por fin se rompieron las formaciones y comenzó el movimiento hacia las distintas dependencias, Soraya y yo avanzamos juntas entre otros compañeros.

Estábamos rodeando uno de los edificios cuando vimos acercarse a varios oficiales, entre ellos Soria. Mi primera intención fue continuar sin concederle más importancia de la necesaria, pero al cruzarnos su atención se dirigió hacia nosotras.

Correspondimos al saludo.

—Teniente Díaz —saludó primero, antes de volver los ojos hacia mí—. Teniente Robledo.

Escuchar mi apellido pronunciado por él me produjo un dolor tan inesperado que durante un segundo desapareció todo lo demás.

Robledo.

El mismo apellido que llevó David.

No había nada extraño en que mi superior se dirigiera a mí de aquella forma; dentro del ejército resultaba completamente normal.

Sin embargo, en su voz mi apellido dejó de pertenecerme únicamente a mí.

Me devolvió al hermano que ya no podía escucharlo, a las llamadas desde Irak y a los documentos oficiales que llegaron después de su muerte.

—A sus órdenes, mi comandante —respondí.

Soria sostuvo brevemente mi atención antes de continuar con los oficiales que lo acompañaban.

Continué caminando.

—¿Estás bien? —me preguntó ella cuando nos alejamos.

—Sí. Será el calor.

Aceptó la respuesta, aunque no pareció convencida.

Esa tarde volvimos a hablar del asunto mientras recorríamos varias tiendas del centro de Toledo en busca de un regalo para mi madre. Gloria cumplía años el domingo y pensaba ir a Madrid para celebrarlo con ella y el abuelo Manuel.

Soraya decidió acompañarme de compras después de escuchar que todavía no tenía ni la menor idea de qué regalarle y asegurar que dejarme sola ante semejante responsabilidad constituía una negligencia por su parte.

—Un bolso —propuso al entrar en una tienda.

—Tiene demasiados.

—Una cartera.

—Le regalé una en Navidad.

—Perfume.

—Mi padre sigue regalándole el mismo todos los años por su cumpleaños.

Soraya se detuvo.

—Espera. ¿Tu padre le sigue regalando perfume a tu madre aunque estén separados?

—Sí.

—Eso necesita una explicación.

—No la tiene. Mi padre es así.

—Gerardo me parece cada vez más interesante.

Me reí mientras revisaba unos pañuelos y terminé enseñándole uno que podría gustarle a mamá. Soraya lo examinó con una concentración exagerada antes de descartarlo porque, según ella, tenía “energía de regalo comprado a última hora en un aeropuerto”.

—No sabía que los pañuelos tuvieran energía.

—Por eso me necesitas.

Continuamos de tienda en tienda hasta encontrar unos pendientes que me parecieron perfectos para Gloria. Eran elegantes, sencillos y suficientemente discretos para que los usara con frecuencia.

Los compré después de enviarle una fotografía al abuelo Manuel, que respondió con un escueto “muy bonitos” seguido de tres mensajes preguntando cuánto habían costado.

Salimos de la joyería riéndonos y Soraya propuso que tomáramos algo antes de regresar al apartamento.

Elegimos una cafetería en una plaza concurrida y nos sentamos en una de las mesas libres del exterior.

La temperatura empezaba por fin a resultar agradable y agradecí aquella tarde sin uniformes, horarios ni obligaciones.

Soraya pidió primero y esperó a que el camarero se alejara antes de mirarme con una atención que reconocí enseguida.

—Ahora que no puedes escapar, ¿vas a contarme qué te pasa?

—No me pasa nada.

—Llevas varios días rara.

—Siempre dices que soy rara.

—No. Digo que eres seria, maniática con algunas cosas y sorprendentemente incapaz de dejar una taza en el lavavajillas cuando está vacío. Son defectos distintos.

—Gracias por la precisión.

—De nada. Pero esto es otra cosa.

Me acomodé en la silla y aparté la vista hacia la plaza.

—Estoy cansada. Primeros días, nuevo destino, demasiada información... Lo normal.

Soraya jugueteó con el sobre de azúcar que habían dejado sobre la mesa.

—Y esta mañana casi vomitas.

—No iba a vomitar.

—Tenías una cara espantosa.

—Hacía treinta grados y llevábamos una eternidad de pie bajo el sol.

Su expresión cambió de repente y vi aparecer una sonrisa que no me gustó nada.

—Paola.

—¿Qué?

—Tú no estarás embarazada, ¿verdad?

La miré con tal incredulidad que empezó a reírse antes de que pudiera contestar.

—¿Pero qué dices?

—Yo pregunto. Náuseas, cara rara, cambios de humor...

—¿Qué cambios de humor?

—Precisamente esa respuesta.

—Soraya, no estoy embarazada.

—Hace dos meses no decías que aquel chico de Zaragoza estaba tan mal.

—¡Porque no estaba mal!

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa de estar calculando fechas.

La carcajada que soltó consiguió que dos personas de la mesa contigua miraran hacia nosotras.

—Reconoce que durante un segundo te he hecho dudar.

—Ni durante medio.

—¿Segura?

—Completamente. Aquel “rollete”, utilizando tu terminología de adolescente, terminó bastante antes de venir a Toledo y sé perfectamente cómo evitar un embarazo.

—Qué decepción. Ya estaba pensando nombres.

—Ni se te ocurra.

—Héctor, por ejemplo.

La sonrisa desapareció de mi cara antes de que pudiera impedirlo.

Soraya también dejó de reír.

—Era una broma.

—Ya lo sé.

—Paola...

—De verdad, estoy bien.

Me observó durante unos segundos y pensé que volvería a preguntarme por Soria. Tenía motivos suficientes para hacerlo, pero finalmente cogió su bebida y decidió respetar el límite que acababa de marcarle.

—Vale. Pero conste que, cuando decidas contarme qué demonios te pasa, pienso recordarte que llevo una semana preguntándotelo.

—Te concederé una medalla.

—Prefiero que friegues el baño durante un mes.

—Entonces puedes esperar sentada.

Volvió a reír y agradecí que permitiera que la conversación cambiara de rumbo.

Pasamos el resto de la tarde hablando del cumpleaños de mamá, de Darío y de la descarada perseverancia con la que seguía coqueteando conmigo.

Soraya aseguró que terminaría aceptándole un café por agotamiento y yo aposté que antes conseguiría aburrirse él.

Al regresar al apartamento llevaba el regalo de Gloria en una bolsa y la sensación desagradable de que aquella semana me había acercado a Soria mucho más de lo previsto sin averiguar absolutamente nada sobre David.

Peor aún, empecé a descubrir cosas sobre él que no quería saber.

Que sus hombres lo respetaban. Que Darío lo consideraba justo. Que Irak cambió su manera de ejercer el mando. Que, cuando un soldado cayó bajo el sol, abandonó sin vacilar el grupo de altos mandos para atenderlo.

Podía encontrar explicaciones para todo aquello y pensaba hacerlo mientras me quedara una sola duda sobre la muerte de mi hermano.

Lo único que no conseguía explicar era por qué escuchar a Héctor Soria pronunciar “Robledo” me dolió mucho más que cualquiera de las cosas que había descubierto sobre él.