Capítulo 4
Durante los días siguientes apenas vi al comandante Soria.
Después de aquella primera presentación, en la que reconoció mi apellido sin mencionar a David, desapareció de mi campo de visión con una facilidad que empezó a irritarme mucho antes de que tuviera razones objetivas para sentirme irritada.
Esperé alguna llamada a su despacho, una conversación privada, incluso una pregunta aparentemente inocente que le permitiera confirmar lo que ya sabía, pero no ocurrió nada. Su actitud me pareció evasiva y cobarde, pero claro, qué podía esperar de semejante sujeto.
La unidad absorbió nuestras primeras jornadas entre reuniones, instrucciones, reconocimiento de instalaciones, asignación de cometidos y esa cantidad de información que una procura retener mientras intenta demostrar que merece las divisas que lleva sobre el uniforme.
La actitud de Soria durante nuestro encuentro me perseguía, sin embargo, mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
No necesitaba que pronunciara el nombre de David para saber que lo recordó en cuanto escuchó mi apellido.
Lo vi en su reacción, en aquellos segundos durante los que me estudió después de leer mi nombre completo y, sobre todo, en la forma en que repitió “Paola Robledo” mirando a esos ojos míos que tanto se parecían a los de él.
El jueves de aquella primera semana coincidimos con Darío durante una pausa.
Nos llevó hasta una pequeña zona de descanso que, según aseguró, constituía el centro neurálgico de las decisiones verdaderamente trascendentales de la unidad porque allí se discutía quién había terminado el café y no lo había repuesto.
Soraya entró detrás de él y yo los seguí, preguntándome cuánto tardaría nuestro nuevo compañero en agotar su repertorio de bromitas.
—Antes de que preguntéis, sí, acepto agradecimientos por enseñaros este lugar —anunció mientras se acercaba a la máquina—. A algunos les lleva meses descubrir dónde se consigue un café medianamente bebible.
—Llevamos cuatro días y ya hemos aprendido a leer los carteles —le recordó Soraya—. Tampoco eres Cristóbal Colón.
—Te sorprendería la cantidad de oficiales que pierden esa capacidad al ascender.
Me apoyé contra una de las mesas altas mientras Darío se ocupaba de los cafés, aunque no tardó en girarse para observarme.
—¿Tú siempre eres tan seria?
—No.
—Menos mal.
—A veces es más —intervino Soraya.
Darío se quedó con el vaso a medio camino y me dedicó una expresión consternada.
—No me digas eso, Díaz. Llevo toda la semana convencido de que acabaré conquistándola gracias a mi personalidad.
—Entonces deberías cambiar de estrategia.
—¿Por mi personalidad?
—Por lo de conquistarla.
No pude contener la risa y Darío señaló a Soraya con gesto acusador.
—Esto es sabotaje entre compañeros. Lo voy a elevar por conducto reglamentario.
—Hazlo. Cuando te pregunten cuál es el objeto de la reclamación, explica que una teniente se niega a colaborar en tus intentos de ligar con otra.
—Dicho así pierde solemnidad.
—Es que nunca la tuvo.
Terminamos riéndonos los tres y, durante unos minutos, conseguí olvidarme del motivo que ocupaba buena parte de mis pensamientos desde nuestra llegada.
Darío tenía esa clase de humor que podía resultar agotador en grandes dosis, aunque empezaba a descubrir que debajo de las bromas existía un hombre atento, competente y bastante más observador de lo que aparentaba.
Llevaba más tiempo en la unidad que nosotras y conocía a casi todo el mundo, por lo que aprovechábamos nuestros encuentros para preguntarle por procedimientos internos, compañeros y mandos.
Fue Soraya quien mencionó al comandante.
—Por cierto, ¿Soria siempre está tan ocupado? Desde que nos presentamos no hemos vuelto a verlo.
Darío sopló el café antes de responder.
—Estos días anda con varias cosas. Ya tendréis oportunidades de verlo, no os preocupéis. Y de que os vea él a vosotras, que es bastante peor.
—¿Tan encantador es? —pregunté.
Mi tono debió de traicionarme, porque Soraya volvió la cabeza inmediatamente.
—Pues sí —respondió Darío, sin conceder importancia a mi comentario—. No es precisamente el hombre al que buscas cuando necesitas que alguien te diga que todo lo haces estupendamente. Si metes la pata, te enteras.
—Eso ya lo imaginaba.
Esta vez Soraya no disimuló su extrañeza.
—¿Por qué?
Cogí mi vaso antes de contestar, concediéndome un instante para ordenar la respuesta.
—He escuchado cosas sobre él.
—¿Aquí? —quiso saber.
—No. De antes.
Darío dejó el café sobre la mesa.
—¿Qué cosas?
—Que es un hombre excesivamente duro, que exige más de lo razonable y que no siempre sabe dónde están los límites.
Soraya frunció el ceño. Conocía demasiado bien mis opiniones y sabía que rara vez juzgaba con aquella contundencia a alguien con quien apenas crucé unas palabras. Por suerte, Darío intervino antes de que pudiera empezar a hacerme preguntas.
—Pues quien te lo contó le tenía bastante manía, porque no es para tanto. El tipo me cae bien, pero tampoco puede tener a sus subordinados entre algodones.
—O lo conocía bien.
—Yo llevo tiempo trabajando con él.
—No significa que lo conozcas en todas las circunstancias. Y te digo que no es tan fiero el león como lo pintan.
La sonrisa desapareció de la cara de Darío, aunque no pareció molesto. Se tomó unos segundos antes de responderme y lo hizo con una seriedad que contrastaba con el hombre que acababa de amenazar con elevar una reclamación por sus fracasos sentimentales.
—No sé qué te contaron, Paola, pero Soria es justo.
Serio, exigente y bastante puñetero cuando quiere que algo salga de una determinada manera, pero justo.
Lo he visto defender a gente cuando podía haberse quitado el problema de encima y también asumir responsabilidades que habría podido cargarle a otro.
Si alguien de los suyos tiene un problema de verdad, responde.
—Qué suerte para los suyos.
Soraya me dirigió otra mirada y comprendí que estaba acercándome demasiado a un terreno que no podía pisar delante de ella.
—¿Pero tú de qué conoces a ese hombre? —me preguntó.
—No lo conozco. Ya te he dicho que escuché cosas sobre él.
—Nunca me hablaste de Soria.
—Porque tampoco tenía ninguna razón para hacerlo.
La mentira salió con suficiente naturalidad para disgustarme. Soraya era la última persona a la que quería engañar y, precisamente por eso, llevaba años ocultándole la única parte de mi historia que podía cambiar la manera en que entendía todas mis decisiones.
Darío alternó la atención entre las dos antes de recuperar parte de su buen humor.
—Bueno, pues antes de que esto termine con Díaz sometiéndote a un tercer grado, aportaré mi valiosísimo testimonio. Soria tenía fama de ser mucho más duro hace años. Eso sí lo he escuchado.
Lo miré con renovado interés.
—¿Mucho más?
—Muchísimo. Los que lo conocieron cuando era más joven cuentan historias que hacen que el de ahora parezca un monitor de campamento.
—Molina —protestó Soraya entre risas.
—Estoy intentando ilustrar el cambio. Respeta mis recursos narrativos.
—Continúa.
Darío obedeció y volvió a mirarme.
—Por lo que cuentan, antes era inflexible. De esos mandos que podían hacerte repetir algo veinte veces si las diecinueve anteriores no alcanzaban el nivel que esperaba. Ahora sigue siendo exigente, pero escucha mucho más y sabe cuándo apretar y cuándo dejar respirar a la gente.
Aquella descripción se parecía demasiado a la que David me hizo diez años atrás.
—¿Y qué provocó semejante transformación?
Darío se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. Yo no estaba aquí entonces. Pero alguna vez he escuchado que volvió cambiado de Irak.
Durante unos segundos me costó prestar atención a cualquier otra cosa.
Irak.
—¿Irak? —preguntó Soraya.
—Sí. Estuvo desplegado allí. No sé exactamente qué ocurrió, pero los veteranos que coincidieron con él antes y después dicen que regresó siendo otro. No me refiero a que volviera repartiendo abrazos, tampoco exageremos; siguió siendo Soria. Pero cambió su forma de mandar.
Bajé la vista hacia el café para impedir que mi expresión me delatara.
La respuesta surgió dentro de mí con una violencia que consiguió borrar cualquier resto de diversión. Si Héctor Soria regresó de Irak convertido en un mando diferente, no necesitaba demasiada imaginación para encontrar una explicación.
Quizás descubrió demasiado tarde que las personas no eran máquinas capaces de soportar cualquier nivel de exigencia. Quizás necesitó que alguien muriera para comprenderlo.
Quizás el rostro de David lo acompañaba desde entonces.
No sentí compasión por sus posibles remordimientos. Al contrario, la idea de que los tuviera reforzó una convicción que arrastraba desde la adolescencia. Si cambió después de Irak, alguna razón debía de existir, y estaba dispuesta a encontrarla.
—Te has vuelto a cabrear —observó Darío.
Levanté la cabeza.
—A lo mejor es mi estado natural.
—Eso sería una tragedia. Con esa cara podrías conseguir muchas más cosas sonriendo.
—¿Acabas de decirle a Robledo que sonría más? —Soraya abrió mucho los ojos—. Molina, eres un hombre valiente.
—No, no, no. Retiro lo dicho. Que conste en acta.
—Demasiado tarde.
—Robledo, necesito que declares a mi favor.
—Estoy pensando cuánto puedo sacar por guardar silencio.
Darío se llevó una mano al pecho.
—Sabía que acabaríamos entendiéndonos.
La conversación derivó hacia otros asuntos, aunque yo dejé de participar con la misma facilidad.
Las palabras de Darío se instalaron en mi cabeza y regresaron conmigo al trabajo durante el resto de la mañana.
Mi formación empezó a adquirir entonces un sentido distinto.
Desde el principio me interesaron especialmente los sistemas de comunicaciones y las redes tácticas.
Durante la etapa formativa aproveché cuantos cursos y oportunidades tuve para profundizar en ese ámbito, y en el nuevo destino existía la posibilidad de colaborar con cometidos relacionados con los sistemas CIS de la unidad, las comunicaciones operativas y la gestión técnica de determinados equipos.
No significaba que pudiera sentarme delante de un ordenador y abrir cualquier archivo que se me antojara; los accesos estaban controlados, cada usuario disponía de permisos concretos y consultar información ajena a mis funciones podía costarme la carrera que tanto esfuerzo me llevó construir.
Tampoco necesitaba hacer ninguna estupidez.
Lo verdaderamente interesante no eran los dispositivos personales de Soria.
Si algún día quería averiguar qué ocurrió en Irak, tendría que buscar mucho más atrás: partes de incidencias, registros de comunicaciones que se conservaran, documentación de servicio, informes sobre movimientos, órdenes, datos relacionados con el vehículo y cualquier referencia oficial que permitiera reconstruir las horas anteriores al accidente de David.
Parte de esa información quizás ya no existía, otra estaría archivada fuera de la unidad y mucha permanecería fuera de mi alcance, pero mi preparación me proporcionaba algo que a los quince años no poseía: sabía qué podía dejar rastro un sistema y empezaba a comprender dónde buscarlo.
No pensaba vulnerar un dispositivo de Soria ni acceder de manera ilegal a información clasificada. No me la jugaría así.
Necesitaba la verdad, no un expediente disciplinario que terminara conmigo fuera del ejército antes de encontrarla.
Esperaría, aprendería el funcionamiento de la unidad y aprovecharía cualquier acceso legítimo que mis cometidos me concedieran.
Si aparecía una puerta que pudiera cruzar sin infringir las normas, la cruzaría; si encontraba un documento relacionado con Irak dentro de información a la que estuviera autorizada a acceder, sabría reconocer su importancia.
La paciencia nunca fue mi mejor virtud, pero llevaba diez años esperando.
Aquella tarde, cuando Soraya y yo regresamos al apartamento, descubrí que mi amiga todavía no dio por terminada la conversación. Apenas dejó las llaves, se volvió hacia mí mientras yo avanzaba hacia la cocina.
—¿Desde cuándo sabes quién es Soria?
Abrí la nevera y saqué una botella de agua, procurando aparentar más despreocupación de la que sentía.
—Te lo he explicado. Escuché hablar de él hace tiempo.
—¿A quién?
—A gente.
—Ah, estupendo. “Gente”. Fuente de enorme prestigio.
—Soraya...
—Paola, llevamos años juntas. Cuando te presentaste delante de ese hombre estabas rarísima y hoy prácticamente lo has acusado de ser un tirano porque “gente” te contó “cosas”. Permíteme cierta curiosidad.
Cerré la nevera y bebí antes de contestar.
Contarle la verdad habría resultado tan sencillo como pronunciar dos palabras: David y Soria.
A partir de ahí tendría que explicárselo todo, incluida la razón por la que durante años procuré conocer el destino de aquel hombre y orientar mi camino hasta acercarme a él.
Todavía no podía.
—No pasa nada, Soraya. De verdad. Conocía su fama y me sorprendió que Darío hablara tan bien de él.
Me estudió durante un momento y finalmente decidió dejarlo, aunque su expresión me advirtió que no olvidaría el asunto.
—Pues Molina parece dispuesto a defenderlo.
—Molina parece dispuesto a hablar de cualquier cosa durante horas.
—Especialmente si estás delante.
Solté una carcajada y me dirigí hacia mi habitación.
—No empieces.
—¿Yo? Si es él quien te mira con tanta sutileza que dentro de poco tendrán que señalizarlo.
—Buenas noches, Soraya.
—Son las siete de la tarde.
—Pues imagina las ganas que tengo de seguir escuchándote.
Su risa me acompañó hasta el dormitorio y cerré la puerta sin conseguir borrar del todo la sonrisa.
Duró poco. Sobre el escritorio estaba la carpeta que llevaba conmigo desde Madrid y, dentro de ella, conservaba las pocas copias de documentación relacionada con David que reuní a lo largo de los años.
Me senté y la abrí.
Entre informes, comunicaciones oficiales y papeles que conocía casi de memoria, aparecía varias veces el nombre de Héctor Soria.
Hasta aquella semana solo fueron letras impresas en documentos antiguos; ahora trabajaba a pocos metros de mí y ejercía el mando sobre la unidad a la que acababa de incorporarme.
Darío podía considerarlo justo. Podía contarme que defendía a su gente, que los años suavizaron su carácter y que Irak lo convirtió en un hombre diferente. Nada de aquello cambiaba lo que David me contó antes de morir ni las preguntas que quedaron sin respuesta después del accidente.
Si Soria regresó de Irak con remordimientos, quería saber qué los provocó. Si ocultó algo, lo encontraría.
Y si la muerte de mi hermano cargaba sobre sus hombros, aunque fuera por una decisión que tomó diez años atrás, pensaba sacar la verdad a la luz. Y estaba segura de que así era.