Prohibido besar al comandante Capítulo 3
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Capítulo 3

Conocí a Soraya durante las primeras semanas de nuestra formación militar, cuando las dos intentábamos acostumbrarnos a una vida que no se parecía demasiado a la que dejamos fuera.

Llegué convencida de que estaba preparada para todo porque llevaba años deseando aquel momento; ella apareció con bastante menos solemnidad, una maleta demasiado grande y la habilidad extraordinaria de hacer amistades incluso mientras nos corregían por algo que acabábamos de hacer mal.

Al principio no pensé que fuéramos a convertirnos en inseparables. Soraya era llamativa, extrovertida y capaz de iniciar una conversación con cualquiera, mientras que yo prefería observar antes de decidir cuánto quería mostrar de mí.

Aquella diferencia desapareció muy pronto porque, debajo de su facilidad para bromear, descubrí una chica disciplinada y tremendamente leal.

Cuando las jornadas se hicieron más exigentes, fue de las primeras en comprender que la camaradería no consistía únicamente en compartir los buenos momentos, sino también el agotamiento, las frustraciones y esos días en los que una empezaba a preguntarse por qué demonios había elegido voluntariamente una profesión que podía llevarte al límite.

Nuestra amistad terminó de afianzarse una noche en la que me encontró llorando por David.

Para entonces sabía que tuve un hermano militar y que murió durante un despliegue en Irak cuando yo era adolescente. Nunca traté de ocultárselo porque hacerlo habría resultado imposible; David formaba parte de demasiadas cosas de mi vida.

Soraya conocía fotografías, anécdotas de nuestra infancia y hasta algunas de las expresiones que heredé de él. También sabía cuánto influyó su profesión en mi decisión de ingresar en el ejército y entendía que seguir sus pasos significaba para mí algo más profundo que escoger una carrera.

Lo que nunca le revelé fue el nombre de Héctor Soria.

Tampoco le expliqué que David habló de él durante sus últimos meses ni las discusiones que mantuvieron en Irak ni las quejas sobre el cansancio y la presión a la que se sentía sometido.

Para Soraya, mi hermano murió en un accidente con un vehículo militar y yo elegí continuar el camino que él dejó interrumpido. Era verdad, aunque solo fuera una parte cuidadosamente seleccionada de ella.

Resultaba extraño guardar precisamente aquel secreto a la persona que más sabía de mí. Soraya conocía la separación de mis padres, mis preocupaciones por mamá, la relación complicada que mantenía con papá y la adoración absoluta que sentía por mi abuelo Manuel.

Había escuchado mis inseguridades, celebrado conmigo cada pequeño triunfo y soportado mis peores días durante la formación. Incluso sabía qué hacía cuando estaba preocupada antes de que yo misma me diera cuenta.

Sin embargo, ignoraba que durante todos aquellos años existió otro objetivo. Encontrar a Soria. Comprender qué ocurrió realmente con David. Y, si mis sospechas eran ciertas, conseguir que respondiera por ello.

Nunca supe explicar por qué se lo oculté. Al principio pensé que todavía no confiaba lo suficiente en ella; después, cuando la confianza dejó de ser una excusa posible, me convencí de que no quería implicarla.

Con los años comprendí que existía una razón menos generosa: temía que intentara hacerme entrar en razón. Soraya podía comprender mi dolor, pero difícilmente habría aceptado que una parte de mi carrera estuviera condicionada por unas ansias de venganza que conservé desde los quince años.

Por eso, cuando por fin fuimos tenientes y descubrimos que las dos continuaríamos juntas, mi alegría fue completamente sincera.

Alquilamos un apartamento en Toledo a poca distancia de las dependencias militares, después de visitar seis viviendas en dos días y discutir por cinco de ellas.

Soraya quería espacio, mucha luz y una cocina decente; yo solo pedía que pudiéramos desplazarnos con facilidad y que el alquiler no se llevara medio sueldo.

Terminamos encontrando un piso de dos dormitorios en un edificio relativamente moderno, con un salón bastante amplio, una pequeña terraza y una cocina en la que dos personas podían moverse sin declararse la guerra.

—Esta habitación es mía —anunció Soraya nada más abrir la puerta de la que daba a la calle.

—¿Por qué?

—Porque soy mayor.

—Por cuatro meses.

—La antigüedad es la antigüedad, Robledo. Pensaba que el ejército te habría enseñado algo.

Acabé lanzándole uno de los cojines que la propietaria dejó sobre la cama y, media hora después, las dos estábamos sentadas en el suelo del salón, rodeadas de cajas, intentando decidir si teníamos fuerzas para deshacerlas o preferíamos pedir comida. Ganó la segunda opción por unanimidad.

Vivir juntas prolongó de una manera natural la amistad que construimos durante la formación.

Nuestros horarios no siempre coincidirían, pero compartiríamos desayunos apresurados, uniformes esperando turno para la plancha, listas de cosas que faltaran en la nevera y discusiones acerca de quién llevaba más días evitando limpiar el baño.

Soraya llenó el apartamento de pequeñas cosas en menos de una semana; yo tardaría bastante más en sentir que aquel lugar era una casa.

Toledo tenía además una ventaja que para mí resultaba fundamental: Madrid quedaba lo bastante cerca para mantener a mi familia presente en mi vida.

Podía organizarme para visitarlos con frecuencia y regresar sin convertir cada encuentro en una expedición.

Mamá y el abuelo Manuel seguían viviendo juntos, y sabía que mi nuevo destino tranquilizaba especialmente a la buena de Gloria, que así se llamaba ella, aunque jamás lo reconociera sin añadir alguna queja sobre mi profesión.

Después de perder a David, cualquier posibilidad de tenerme cerca adquiría para mi madre una importancia que yo procuraba respetar sin permitir que su miedo condicionara mi carrera.

Con papá era diferente. Gerardo y yo nos queríamos, pero la separación dejó entre nosotros una distancia que nunca conseguimos eliminar por completo.

Aun así, también podría verlo con mayor frecuencia, y una parte de mí confiaba en que la cercanía nos ayudara a recuperar algo de lo perdido durante aquellos años.

La noche anterior a nuestra incorporación, Soraya y yo cenamos entre cajas porque todavía no habíamos comprado una mesa adecuada.

Ella hablaba de nuestro nuevo destino, de los compañeros que conoceríamos y de lo extraño que resultaba pensar que, después de tantos años preparándonos, ya éramos tenientes y comenzábamos nuestra vida profesional de verdad.

—¿Sabes qué es lo mejor? —me preguntó mientras apartaba los envases vacíos—. Que seguimos juntas.

Sonreí porque pensaba exactamente lo mismo.

—Te habrías aburrido sin mí.

—Muchísimo. ¿Quién iba a impedir que te convirtieras en la persona más seria del Ejército de Tierra?

Continuó hablando mientras yo recogía los vasos y los llevaba a la cocina. Al día siguiente conoceríamos nuestra unidad, a nuestros compañeros y a los mandos bajo cuyas órdenes trabajaríamos. Soraya afrontaba aquella llegada con la curiosidad lógica de quien empezaba una etapa nueva.

Yo conocía desde hacía tiempo uno de los nombres que nos esperaban allí. No se lo conté.

Después de tantos años compartiéndolo prácticamente todo, aquella noche me acosté en la habitación contigua a la de mi mejor amiga sabiendo que aún conservaba una parte de mi vida fuera de su alcance.

No era pequeña ni insignificante, porque tenía el rostro de mi hermano muerto, diez años de preguntas sin respuesta y un nombre que llevaba demasiado tiempo persiguiendo.

Al día siguiente, por fin, Héctor Soria estaría al alcance de mi mano. Y unas horas después, ya me encontraba en su presencia, como he contado.