Prohibido besar al comandante Capítulo 2
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Capítulo 2

La muerte de David había dividido mi vida en dos partes tan distintas que, durante años, me costó recordar quién había sido antes de aquella llamada.

Tenía quince años cuando ocurrió y él acababa de cumplir veinticinco.

Diez años nos separaban, suficientes para que durante mi infancia hubiera sido mucho más que un hermano: fue el adulto joven al que admiraba, el que me llevaba a sitios a los que mis padres todavía no me dejaban ir sola y el que regresaba a casa después de semanas fuera convertido, a mis ojos, en la persona más extraordinaria que conocía.

David había querido ser militar desde niño.

No recordaba una etapa en la que hubiese dudado acerca de su futuro y, cuando consiguió ingresar en el ejército, toda la familia vivió sus primeros logros con un orgullo que él alimentaba sin esfuerzo.

A mí me fascinaban sus historias, aunque casi nunca fueran tan emocionantes como pretendía imaginar.

Cuando volvía a casa, me hablaba de maniobras, compañeros, ejercicios interminables y jornadas agotadoras, pero evitaba convertir su profesión en una aventura.

Si le preguntaba por el peligro, se reía y encontraba alguna forma de cambiar de conversación.

En 2016 lo desplegaron en Irak.

Mamá recibió la noticia peor que cualquiera de nosotros, mientras que papá intentó tranquilizarla repitiendo que no iba a una guerra en el sentido que ella imaginaba.

David hizo lo mismo. Nos explicó que formaba parte de un contingente español, que su trabajo estaba organizado, que existían protocolos para todo y que no debíamos interpretar cada noticia que apareciera en televisión como una amenaza directa contra él.

Yo tenía quince años y una confianza ilimitada en mi hermano, de modo que terminé creyendo lo único que realmente me importaba: volvería.

Durante aquel despliegue apareció por primera vez el nombre de Héctor Soria.

David lo mencionaba más que a ningún otro mando, y nunca precisamente con cariño. Soria era entonces un oficial joven que tenía responsabilidad directa sobre él y que, según mi hermano, parecía convencido de que el cansancio era una debilidad que podía corregirse acumulando más cansancio.

Les exigía repetir ejercicios cuando consideraba que no habían alcanzado el nivel adecuado, imponía una disciplina feroz y tenía una manera de dirigir que David resumía con una frase que terminé aprendiendo de memoria.

—Ese hombre no sabe cuándo parar.

Al principio lo decía riéndose. Después dejó de hacerlo.

Las llamadas desde Irak fueron cambiando con el paso de los meses. David seguía intentando tranquilizarnos, pero yo lo conocía demasiado bien para no advertir que estaba agotado.

Algunas veces hablaba conmigo después de haber llamado a nuestros padres porque, según aseguraba, conmigo podía quejarse sin que mamá se pasara tres noches sin dormir.

Me contó que Soria había endurecido determinados entrenamientos, que les exigía mantener un nivel altísimo incluso después de jornadas extenuantes y que las discusiones entre ambos se habían vuelto frecuentes, porque a veces él, pese a ser su subordinado, no podía callarse.

Una noche me confesó que había pedido que lo relevaran de una tarea porque llevaba demasiadas horas sin descansar.

—¿Y qué te ha dicho Soria? —le pregunté.

David tardó unos segundos en contestarme.

—Que aquí todos estamos cansados.

Aquella respuesta quedó enterrada en mi memoria mucho antes de que supiera la importancia que acabaría concediéndole.

La última vez que hablamos fue cuatro días antes de su muerte. Había llamado tarde y procuró bromear conmigo acerca de un examen que yo tenía la semana siguiente, pero su voz sonaba gastada.

Antes de despedirnos volvió a mencionar a Soria y me contó que habían tenido otro enfrentamiento. No quiso explicarme demasiado, aunque aseguró que, cuando regresara a España, pensaba solicitar un cambio de unidad.

—No aguanto mucho más a ese tío, Pao. Algún día va a pasar algo.

Nunca supe exactamente qué quiso decir. Cuatro días después, dos militares llegaron a casa.

Mamá abrió la puerta y recuerdo haberla oído preguntar por David antes de que ninguno hubiera terminado de presentarse. Papá salió del salón y yo permanecí a pocos metros, intentando comprender por qué aquellos hombres tenían unas expresiones que no correspondían a ninguna visita normal.

Mi hermano había muerto en Irak durante un accidente con un vehículo militar.

La explicación oficial hablaba de un desplazamiento dentro de la zona de operaciones, de pérdida de control del vehículo y de un accidente que había resultado mortal.

David conducía. No hubo un ataque enemigo, ninguna emboscada ni una de aquellas situaciones que mi madre temió desde el día en que partió.

Había muerto en una carretera después de perder el control de un vehículo.

Las preguntas se amontonaron en mi mente: ¿Por qué conducía David a esas horas? ¿Cuántas llevaba despierto? ¿De dónde venía? ¿Quién había autorizado aquel desplazamiento?

Las respuestas fueron llegando a medias y, cuanto más sabíamos, más difícil resultaba aceptar lo sucedido.

David había participado durante los días anteriores en una sucesión de servicios, ejercicios y tareas que redujeron considerablemente sus periodos de descanso.

Héctor Soria estaba al mando del equipo al que pertenecía y había sido el responsable de organizar parte de aquella actividad.

También se hablaba de una discusión entre ambos poco antes del accidente.

Para mí, aquello bastó.

La investigación militar concluyó que el accidente se había producido por una pérdida de control y no atribuyó responsabilidad penal ni disciplinaria a su mando.

En casa, sin embargo, aquella conclusión nunca consiguió cerrar nada.

Mamá preguntaba por qué habían permitido conducir a su hijo si estaba exhausto; papá quería saber por qué nadie advirtió que llevaba días quejándose del cansancio.

Yo recordaba cada conversación mantenida con David y reconstruía sus últimas semanas utilizando las palabras que él mismo me había regalado.

“Ese hombre no sabe cuándo parar”. “Aquí todos estamos cansados”. “Algún día va a pasar algo”.

Con el tiempo dejaron de ser frases pronunciadas durante conversaciones diferentes y se convirtieron en una historia completa dentro de mi cabeza.

Héctor Soria había exigido demasiado a mi hermano, ignorado sus advertencias y, finalmente, David murió conduciendo después de semanas sometido a una presión que no podía soportar.

Nunca necesité imaginar que Soria hubiera querido matarlo. Mi odio nació de algo que me parecía mucho más sencillo: estaba convencida de que podría haber evitado su muerte y no lo hizo.

Después perdimos también nuestra familia.

Mamá dejó de ser la mujer que conocí hasta entonces y papá se encerró en una forma de dolor que la enfurecía todavía más.

Primero discutieron por la investigación, después por David, más tarde por cualquier cosa, hasta que llegó un momento en que ya no necesitaban motivos.

La casa en la que crecí se convirtió en un lugar del que ambos querían escapar y, menos de dos años después de la muerte de mi hermano, mis padres se separaron.

El abuelo Manuel se instaló con nosotras y consiguió sostener muchas de las cosas que se nos habían caído de las manos, pero nada volvió a parecerse a lo anterior.

Para entonces ya había tomado una decisión. Seguiría los pasos de David.

Durante los años siguientes orienté cada elección hacia el ejército. Estudié, entrené y me preparé con una obstinación que mi familia interpretó como una forma de mantener vivo a mi hermano.

En parte tenían razón. Quería vestir el mismo uniforme, comprender el mundo en el que él había vivido y terminar aquello que su muerte interrumpió.

Pero existía otra razón que nunca les conté.

Necesitaba entrar allí para comprender cómo funcionaban las órdenes, las responsabilidades y las decisiones que se tomaban dentro de una unidad.

Quería saber qué ocurrió realmente durante aquellas últimas semanas en Irak. Sobre todo, quería llegar algún día hasta Héctor Soria.

Habían pasado diez años desde la muerte de David cuando conseguí presentarme ante él con mis propias divisas de teniente sobre el uniforme. Ya no era aquella adolescente que escuchaba a escondidas las conversaciones de sus padres intentando averiguar por qué su hermano no iba a regresar.

Había seguido todos los pasos necesarios para encontrar al hombre al que culpaba.

Y ahora estaba bajo su mando. El parecido físico con mi hermano era evidente, y el hecho de que compartiéramos apellido fue determinante para que el temido comandante me reconociera como la hermana de David Robledo, de mi querido David.