Prohibido besar al comandante Capítulo 1
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Prohibido besar al comandante

Prohibido besar al comandante

Por Hugo Sanz

© inepub.com

Capítulo 1

Había imaginado tantas veces mi llegada al nuevo destino que, cuando el coche atravesó por fin el acceso al acuartelamiento, me sorprendió descubrir que el mundo continuaba funcionando con absoluta normalidad.

A nuestro alrededor había militares que se dirigían a sus dependencias, vehículos que circulaban por las calles interiores y grupos que iniciaban una jornada semejante a tantas otras, mientras yo avanzaba siguiendo las indicaciones que nos dieron en la entrada y trataba de convencerme de que aquella mañana también era, sencillamente, mi primer día como teniente en una nueva unidad.

No lo conseguí.

—Robledo, llevas desde Madrid con una cara que empieza a preocuparme —me comentó Soraya cuando bajamos del coche y recogimos nuestras cosas—. Si estás pensando en desertar, avísame antes de que entreguemos la documentación y todavía podamos fingir que nos hemos equivocado de salida.

—Estoy concentrada —le respondí a mi querida amiga y compañera, quien siempre me llamaba por mi apellido, acomodándome la carpeta bajo el brazo antes de echar a andar junto a ella.

Soraya me observó durante unos segundos y supe que no se había creído una palabra, aunque tuvo la delicadeza de no insistir.

Nos conocíamos demasiado bien después de los años de formación compartidos, de modo que sabía distinguir mis nervios incluso cuando conseguía mantenerlos fuera de la voz.

Alta, de piernas largas y cuerpo atlético, me sacaba casi diez centímetros y caminaba con esa seguridad que siempre mostró, mientras que yo, con mi metro sesenta y poco, parecía todavía más menuda a su lado.

Mi cabello castaño oscuro iba recogido según correspondía, y había dedicado más tiempo del habitual a comprobar que todo estuviera impecable antes de salir de casa, quizás porque necesitaba ejercer algún control sobre aquella mañana.

Sobre lo verdaderamente importante llevaba años sin tener ninguno.

El nombre de Héctor Soria me había acompañado durante todo el trayecto y continuó haciéndolo mientras completábamos los primeros trámites de incorporación.

Escuché instrucciones, entregué documentación, memoricé nombres y procuré prestar atención a cuanto nos explicaban acerca de la unidad, aunque una parte de mi cabeza permanecía ocupada por la certeza de que, en algún despacho de aquellos edificios, estaba el hombre al que había deseado tener delante durante demasiado tiempo.

No sabía cuánto faltaba para que ocurriera, pero cada puerta que atravesábamos reducía la distancia.

Salíamos de una de las dependencias administrativas cuando un tipo uniformado que venía en dirección contraria disminuyó el paso al vernos.

Las divisas indicaban que era teniente, igual que nosotras, y debía de rondar nuestra edad, aunque la facilidad con la que sonrió antes incluso de llegar a nuestra altura me hizo pensar que se sentía dueño del lugar.

—Vosotras tenéis que ser las nuevas —comentó al detenerse.

—Depende de para qué preguntes —le respondió Soraya—. Si vienes a repartir trabajo, acabamos de llegar de visita.

La sonrisa del desconocido se ensanchó mientras se presentaba como Darío Molina, y su acento andaluz apareció con suficiente claridad para que me resultara familiar.

Era alto, moreno, de facciones agradables y ojos oscuros, pero lo que más llamaba la atención era una expresividad que parecía incompatible con cualquier intento de pasar inadvertido.

Mucho menos cuando, después de mirar a Soraya, volvió hacia mí y se tomó un segundo de más antes de continuar hablando.

—Pues es una pena que estéis de visita, porque me disteis que pensar que el nivel de este destino había mejorado bastante.

—No llevamos aquí ni una hora —le advertí—. Todavía estás a tiempo de decepcionarte.

—No suelo rendirme tan pronto, Robledo.

Miré la identificación que llevaba y después a él, preguntándome cuándo había leído la mía.

—Veo que además eres rápido.

—Es una de mis mejores cualidades. Tengo otras, pero no me parece profesional enumerarlas durante la primera conversación.

Soraya dejó escapar una carcajada y yo acabé sonriendo a pesar de que mi cabeza continuaba en otro lugar.

Darío debió de interpretarlo como una victoria, porque adoptó una expresión satisfecha antes de preguntarnos adónde nos dirigíamos. Cuando le explicamos que todavía teníamos que presentarnos ante nuestro mando, asintió y señaló hacia el edificio que quedaba a nuestra derecha.

—Entonces vais a ver al comandante Soria. Segunda planta. Os acompañaría, pero prefiero conservar la buena opinión que tiene de mí, suponiendo que alguna vez haya tenido una.

Oír aquel nombre en boca de otra persona consiguió lo que no habían logrado todas las veces que lo repetí mentalmente durante el viaje. Mis dedos se cerraron alrededor de la carpeta con demasiada fuerza y tuve que aflojar la presión antes de que cualquiera de los dos pudiera advertirlo.

—Qué tranquilizador —repuso Soraya.

—No os preocupéis, tampoco es tan terrible. Tiene cierta afición por exigir que la gente haga las cosas bien, llegue a su hora, cumpla las órdenes y demás extravagancias militares — bromeó Darío antes de dirigirse a mí—. Si sobrevives, te invito a un café.

—¿Y a ella no? —pregunté señalando a Soraya.

—Ella no me ha mirado con esos ojos.

—Porque estoy intentando averiguar si eres así siempre o has sufrido algún golpe en la cabeza esta mañana —le explicó mi amiga.

Nos despedimos poco después y continuamos hacia el edificio, aunque Darío consiguió arrancarnos otra sonrisa antes de alejarse.

Agradecí aquella interrupción más de lo que habría admitido, porque apenas cruzamos la entrada regresó la presión que me acompañaba desde que había despertado.

Subimos las escaleras siguiendo las indicaciones recibidas y, conforme avanzábamos por la segunda planta, empecé a percibir cada latido con una intensidad que me irritó. No había llegado hasta allí para temblar ante un apellido, y mucho menos después de todo lo que me costó alcanzar aquel momento.

Soraya localizó el despacho antes que yo y se detuvo delante de la puerta.

—Aquí es —me indicó, y después bajó la voz—. ¿Seguro que estás bien?

—Perfectamente. Vamos.

Llamó y esperamos hasta escuchar la autorización desde el interior. Entramos juntas, pero bastó un vistazo para que dejara de percibir durante unos instantes cualquier otra cosa que no fuera el hombre que estaba tras la mesa.

Héctor Soria levantó la cabeza de los documentos que revisaba y se puso en pie para recibirnos. Rondaría los cuarenta y era bastante más alto de lo que había imaginado; cuando abandonó la mesa y avanzó unos pasos, la diferencia entre su corpulencia y la mía se hizo todavía más evidente.

Tenía los hombros anchos, la complexión fuerte de quien llevaba media vida sometido a entrenamiento físico y unas facciones marcadas en las que destacaban la mandíbula firme y unos ojos claros que atendieron primero a Soraya.

El cabello, corto y cuidado, comenzaba a mostrar alguna hebra más clara cerca de las sienes, un detalle inesperado que lo alejaba de la imagen inmóvil que construí en mi cabeza durante años.

Soraya fue la primera en presentarse y lo hizo con la corrección que ambas habíamos repetido tantas veces durante nuestra formación.

Él la escuchó, respondió y consultó brevemente la documentación que tenía delante antes de volver la atención hacia mí, momento en que comprendí que todos aquellos años de espera iban a desembocar en unos pocos segundos.

Avancé lo necesario y me presenté con la voz mucho más firme de lo que indicaba el pulso que me golpeaba en el cuello.

—A sus órdenes, mi comandante. Teniente Robledo, se presenta.

Sus ojos permanecieron en mi rostro antes de bajar hacia los documentos. Pasó una hoja, encontró mi nombre y, al leerlo, sus dedos interrumpieron el movimiento que habían iniciado sobre el papel. No necesitó demasiado tiempo para volver a levantar la cabeza.

—¿Robledo? —me preguntó.

—Sí, mi comandante. Paola Robledo.

Esta vez me observó con una atención diferente, deteniéndose en mis facciones mientras yo hacía un esfuerzo por conservar la expresión que correspondía a una teniente recién incorporada ante su superior.

Había esperado encontrar sorpresa, quizás desconcierto, pero no estaba preparada para reconocer algo mucho más preciso: Héctor Soria no necesitaba preguntarme quién era.

—Paola Robledo —repitió, dejando despacio la documentación sobre la mesa.

No añadió ninguna pregunta y yo tampoco podía permitirme formular la que llevaba años queriendo hacerle.

Soraya permanecía a mi lado sin conocer la razón por la que aquel encuentro significaba mucho más que una presentación reglamentaria, mientras el hombre que tenía enfrente acababa de reconocer mi apellido.

Necesité diez años para llegar hasta él y, ahora que por fin lo tenía a pocos pasos, solo una certeza consiguió imponerse al estrépito de mi propio pulso: Héctor Soria sabía perfectamente quién era yo.