Parte 4
Que siguiera llamándome por ese apelativo cariñoso, con la voz ronca contra mi oreja, fue el detonante para que me dejara llevar de una vez por todas.
Dejé de resistirme y permití que sus manos jugaran con el elástico de mis pantalones hasta dejarlos caer a mis tobillos.
Acarició cada centímetro de piel expuesta y continuó entreteniéndose en el interior de mi boca con su lengua.
Noté el frío del mármol en mi trasero cuando, yo misma, tomé la iniciativa de liberarme de mis bragas y jadeé al sentirme desnuda mientras apartaba su boca unos milímetros.
Ese acto se convirtió en una tortura para mí.
Coló su mano en el interior de mis muslos y ascendió hasta que rozó mi coño con sus dedos. Luchó por no soltar una carcajada y atormentarme con un par palabras que acabarían tiñendo mis mejillas.
Se me escapó un gemido y eché hacia atrás la cabeza. Expuse mi cuello y dejé que me llenara de besos voraces mientras tanteaba mi entrada con su dedo corazón.
—Estás muy húmeda, petita. No eres la única que ha estado mojando su ropa interior —después de confesarme que había acabado subiéndose el vuelo de su falda para masturbarse ella también, me ordenó de forma sexy que la mirara mientras se encargaba de nuestros coños—.
Mírame, Laia. Mírame fijamente mientras te toco.
Estaba tan empapada y necesitada que atrapaba con fuerza esos dedos que entraban y salían de mi interior. Quería que permanecieran dentro de mí mientras buscaba con desesperación aquellos labios que un día intenté borrar de mi memoria.
Tuve que conformarme con acariciar sus firmes y grandes pechos por encima del vestido que ansiaba arrancarle. Sus suaves gemidos también escapaban de sus labios.
Cada vez que sus dedos se hundían en mí, sentía una presión deliciosa que se irradiaba hacia mi vientre, encendiendo un calor lento que me hacía perder el aliento.
Introdujo un tercer dedo. Sus movimientos eran pausados, profundos y siguió recorriendo un territorio que, aunque para ella estaba completamente prohibido, seguía siendo suyo por derecho emocional.
Hizo una pausa en la masturbación e introdujo sus dedos en mi boca para que saboreara el néctar que me ofrecía de su suave y tentador coño.
—Sigues siendo mía, petita. Tan adorable y sumisa como la primera vez —gruñó contra mi piel, y tuve que mover las caderas para seguir cabalgando sobre sus dedos—. Despacio o nos escuchará.
Por un instante solo existían el roce de su piel, el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y la marea de placer que subía por mis piernas hasta hacerme temblar.
Su pulgar encontró el punto exacto de mi clítoris y lo presionó con la intensidad justa mientras sus dedos seguían trabajando en mi interior.
—Ona… Joder, Ona… Voy a…
—Shhh —me pidió, con los ojos entrecerrados mientras seguía dándose placer y yo luchaba por sostener sus pezones y retorcerlos con mis temblorosos dedos—. Córrete, petita. Córrete para mí.
Me aferré a su trenza pelirroja mientras el clímax empezaba a apoderarse de nosotras. Era un regalo traicionero para la persona que ambas queríamos, pero Ona me poseía con esa mezcla de ternura y deseo salvaje que jamás había encontrado en su hermano Pau.
Una descarga eléctrica recorrió mi columna y mis músculos se contrajeron violentamente alrededor de su mano.
Grité su nombre mientras el mundo se desvanecía en aquella desastrosa cocina.
Fue un espasmo largo, profundo, que me dejó sin aire.
Solo existía el calor de su cuerpo presionando el mío para que no me desplomara.
Ella no esperó.
Al ver que me había rendido ante aquella mujer que no podía considerar solo una amiga, su propio control se quebró.
La sentí tensarse contra mí, ocultó su rostro en el hueco de mi cuello mientras las sacudidas de su mano en el interior de sus bragas se desvanecían.
Se le escapó un gemido ahogado y se ancló en mi pecho mientras el clímax la sacudía.
—Feliz cumpleaños…, petita.
Besé la coronilla de su cabeza y nos quedamos abrazadas hasta que nuestras respiraciones dejaron de ser una melodía en la cocina.