Parte 3
Nos terminamos el estofado que preparó Pau, y las copas de vino no tardaron en circular entre nosotros.
Escuché con atención todas las anécdotas de los hermanos y dejé caer mi cabeza sobre el hombro de mi prometido cuando Ona nos contó lo contenta que estaba al conseguir un empleo de bióloga en Suiza.
Me mordisqueé el interior de la mejilla al darme cuenta de que no podía dejar de mirar sus carnosos labios cada vez que pronunciaba una palabra.
—¿Te estoy aburriendo? —preguntó, y un escalofrío me recorrió al pensar que me había descubierto.
Sacudí la cabeza y busqué nerviosa la mano de Pau bajo la mesa—.
Querido hermanito —Ona acomodó su mejilla en la palma de la mano mientras nos observaba a ambos—, eres un desastre con el alcohol. Te has vuelto a quedar dormido.
Me alejé de Pau y solté una carcajada al verlo descansando con la boca abierta. Entre las dos lo levantamos de la silla, lo arrastramos hasta el sofá y lo cubrí con la manta para que no cogiera frío y terminara resfriado.
—Pau es un excelente cocinero, pero un desastre como acompañante en la cocina.
—Ve a descansar —dejé los platos sobre la encimera—. Yo limpiaré un poco la vitrocerámica y programaré el friegaplatos.
—No —me dio un empujón con las caderas y me arrebató el producto de limpieza—. Es tu cumpleaños. Hoy es tu día especial —me guiñó un ojo—. Tu adorable prometido, cuando despierte, se enfadará por haberlo recogido todo y no haberle esperado.
Su felicidad, ese brillo con el que llegó, empezó a desvanecerse.
—¿Vendrás a la boda?
—¿Quieres que te sea sincera, Laia? —susurró con voz quebradiza—. Me entristece la idea de que vayas a casarte con Pau. Sé que lo quieres. Soy consciente de que os amáis, pero…
Su pecho se contraía.
Quería explicarle que, antes de aquella noche de pasión con ella, Pau siempre estuvo a mi lado, y de alguna forma le dejé ocupar un lugar en mi corazón.
—Ona…
Se limitó a sonreír suavemente, como si pudiera leer lo que pasaba por mi mente desde que llegó. Sin previo aviso, se inclinó hacia mí y rozó con delicadeza mis labios. Fue un beso lento, sin prisa, hasta que el deseo golpeó nuestros cuerpos y nos dejó sin aliento.
Terminé con una mano detrás de su cuello para atraerla cada vez más cerca de mí, y con la otra presioné su pecho para alejarla.
No era justo.
Ni para nosotras.
Y mucho menos para Pau.
Deseaba su cálido y tentador beso, pero al mismo tiempo no quería que repitiéramos el error que cometimos hace un par de años.
—Te quiero, Laia. Te quiero.
Me quedé paralizada con su confesión, atrapada entre su cuerpo y la encimera. Clavé mis ojos en los suyos y dejé que volviera a besarme con todo el amor y cariño que siempre sintió hacia mí.
Y, aunque sabía que estaba mal, terriblemente mal, me dejé llevar.
—Este será tu regalo de cumpleaños, petita.