Prohibida Parte 2
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Parte 2

Volví inmediatamente al sofá y recogí el libro de Patrick Rothfuss para no tener que morderme las uñas. Cada vez que algo me agitaba o me ponía nerviosa, terminaba mordiéndome hasta las cutículas.

No lograba concentrarme en el libro de fantasía; cada línea que intentaba imaginar en mi mente se desvanecía, y volvía a mí la imagen de Ona sonriendo mientras me paralizaba en la cama del hotel donde pasamos la noche juntas.

Sacudí la cabeza, golpeé las páginas con el índice y me obligué a centrarme en algo que no fuera la hermana de mi futuro marido.

Mientras el aroma del estofado seguía llenando las cuatro paredes de nuestro hogar, me acurruqué bajo la manta para protegerme del frío polar que se sentía a principios de diciembre.

Cuando empecé a comprender los párrafos de El nombre del viento, el timbre de la puerta me sobresaltó, y de nuevo sentí los latidos desbocados de mi pobre y confundido corazón.

—¿Puedes abrir, Laia? —me pidió Pau.

Le habría mentido y escondido en el cuarto de baño, pero él estaba ocupado y no podía esconderme de por vida de Ona. Arreglé mi cabello ondulado, lo dejé caer sobre la espalda y escondí las manos en el jersey naranja que había elegido para la ocasión.

El timbre volvió a sonar.

Antes de abrir la puerta, respiré hondo.

Ahí estaba ella.

Tan sonriente como siempre.

Sus ojos azules brillaban con intensidad incluso en un día nublado, eran capaces de desarmar a cualquiera con una sola mirada.

Su cabello rojo estaba recogido en una trenza imperfecta que caía con desorden sobre su hombro, dándole un aire salvaje y despreocupado que le sentaba de maravilla.

La piel clara estaba salpicada de pequeñas pecas sobre la nariz y los pómulos, detalles que le daban un encanto dulce y a la vez provocador.

Llevaba un vestido negro llamativo que abrazaba su figura como si hubiera sido hecho a medida para ella.

La tela se ceñía a su cintura y realzaba sus curvas, mientras que el escote insinuaba la suavidad de su piel e invitaba a contemplar esos pechos perfectos que mantenía con naturalidad.

Sus piernas largas y pálidas asomaban bajo el dobladillo del vestido, y la punta de sus tacones rozaba mis zapatillas infantiles de Primark.

Me sentí absurda y fuera de lugar a su lado, pero, aun así, ella me abrazó. Su perfume me envolvió de inmediato, y con él regresaron la nostalgia y el deseo que siempre despertaba en mí.

No sabía cómo reaccionar ni cómo contener el torbellino de emociones que su sola presencia provocaba en mí.

—¡Petita! —exclamó con entusiasmo—. Te he echado de menos, Laia. ¡Tienes la nariz rosada! —su risa me golpeó el estómago y, más bien, hizo temblar mis labios inferiores. Frotó su nariz contra la mía, intentando transmitirme el calor que había perdido al levantarme del sofá—. ¿Estás bien?

—Sí… sí —tartamudeé, sintiéndome torpe—. Me alegro de que hayas vuelto.

Besó mi mejilla y me tomó de la mano para guiarnos hacia el interior de la casa.

—Felicidades, petita. Más tarde te daré tu regalo de cumpleaños. ¿Dónde está mi querido hermano?

Los pasos de Pau resonaron con fuerza hasta que los hermanos se reencontraron. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y los de ella brillaron al contemplar la felicidad que Pau no podía disimular.

Los observé en silencio, abrazándome a mí misma mientras intentaba actuar con normalidad, aunque por dentro seguía temblando.

«Yo también te he echado de menos, Ona», pensé, consciente de que no sería capaz de decírselo en voz alta.