Parte 5
No sé cómo fui capaz, pero esa misma noche regresé a la cama con Pau. Él siguió durmiendo y tuve que pegar mi cuerpo al suyo mientras acariciaba su cabello y me disculpaba por lo sucedido en la cocina con su hermana.
Me sentí culpable y agradecida a la vez.
«Voy a volverme loca.»
Terminé llorando e intenté limpiar cada lágrima que recorría mis mejillas y me destrozaba el corazón por no ser capaz de elegir lo que realmente deseaba y ansiaba tener en mi vida.
***
A la mañana siguiente, la casa estaba más tranquila de lo normal. Ona era de esas personas que solían poner música y bailar sin importar que los demás todavía descansaran a las siete de la mañana.
La busqué en el comedor, en la cocina e incluso en el cuarto de baño para hablar de lo que había vuelto a suceder entre nosotras, pero no la encontré.
Lo único que dejó fue una nota escrita con caligrafía temblorosa:
“Te quiero, Laia. Siempre te querré. Cuida de tu corazón… y yo intentaré cuidar del mío. Espero que volvamos a vernos pronto, petita, sin importar que seas la esposa de mi hermano.
Con amor, Ona.”
No supe qué hacer ni cómo manifestar ese dolor que empezó a paralizarme. Caí al suelo porque no era capaz de salir corriendo y buscarla con desesperación. Mi vida debía estar anclada a la de Pau, porque él fue quien siempre estuvo a mi lado.
Quería y admiraba a Ona, pero… pero…
Las lágrimas humedecieron el suelo.
Destrocé la nota al darme cuenta de que nos habíamos enamorado mutuamente y nunca fuimos capaces de tener una relación mágica como la que tenía con Pau.
—Ve a buscarla, Laia —su voz me sobresaltó—. No sé cuándo sucedió, pero soy consciente de cómo os miráis, abrazáis e incluso del tono de voz cariñoso que utilizáis entre vosotras. La quieres, ¿verdad?
Asentí con la cabeza y mi corazón respondió a mis propios sentimientos.
—Abrígate y vete a buscarla. Dile la verdad.
—Pau…
—No sufras por mí. Os quiero a ambas. Lo superaré. De verdad.
Antes que yo, se dio cuenta de que no podía detener lo que sentía hacia su hermana. Y así lo hice. Abandoné la casa y corrí hasta la parada de autobús más cercana.
Parecía que todo estaba perdido, hasta que la vi de pie, estirando el brazo con la intención de detener el bus que la llevaría al aeropuerto.
—¡Ona! —grité con todas mis fuerzas, desgarrándome las cuerdas vocales.
Me miró por encima del hombro y se sorprendió al verme en pijama y sin zapatos.
—¿Te has vuelto completamente loca? —elevó la voz mientras se acercaba con la pesada maleta que seguía arrastrando.
—No te vayas, no lo hagas hasta que te diga que te quiero.
Sus ojos azules volvieron a brillar y dibujó una sonrisa en su rostro.
—Petita —sacudió la cabeza y me arropó con sus brazos—, yo también te quiero.
Nos abrazamos con fuerza, dejando que todo el miedo que habíamos sentido, y la culpa que nos torturó durante dos años, se desvaneciera. Por fin habíamos aclarado nuestros sentimientos y encontrado la oportunidad de dejar que ese secreto que nos separó acabara uniéndonos.
Y mientras la ciudad seguía con su caótico ritmo, aquel cálido abrazo fue el comienzo de algo que estuve a punto de perder por no ser capaz de asumir que me había enamorado de ella.
Nuestro romance, por fin, podía contemplarse a plena luz del día y no ocultarse como aquella primera vez que nos besamos en un hotel.
FIN.