Capítulo 34
—Tiene buena cara —dice Lamond cuando Eleanor entra.
La exrectora se sienta en el sillón, se echa hacia atrás con la espalda apoyada en el fondo, cruza las piernas y mira a la doctora.
—¿Eso es un diagnóstico clínico? —pregunta, acomodando las manos en los reposabrazos.
—Es una observación —dice Lamond, sonriendo ligeramente ante la expresión algo retadora de Eleanor—. ¿Cómo está?
—Bien —responde, y Amanda Lamond levanta una ceja—. Estoy bien, de verdad.
La mujer abre su libreta.
—Realmente parece estarlo —observa complacida—. ¿Ha habido algún cambio desde que nos vimos la última vez?
—Sí, uno bastante importante: he recuperado a Julia —Eleanor piensa un momento—; además, la relación con mi hija sigue mejorando cada día.
—Me alegra escuchar eso —dice la doctora, y se queda mirando a Eleanor dejando que se instale ese silencio que tanto la irrita, esperando a que desarrolle su respuesta.
Eleanor le cuenta lo de Julia primero. Le habla de la cafetería, de que hablaron de forma civilizada escuchando todo lo que la otra tenía que decir.
También le explica lo mucho que se angustió cuando le habló de cómo se sentía cuando ella no estaba y del sentimiento de culpa que experimentó, pero que ahora se siente en paz porque Julia la ha perdonado y ella está más que dispuesta a no volver a fallarle.
—Pasamos la noche en mi casa —sigue Eleanor—. Fue como hace ocho meses, la misma química y ese modo tranquilo de movernos en el mismo espacio. Me gusta ver a Julia cuando me despierto, abrir los ojos y saber que está ahí.
—¿Hace ocho meses no sentía lo mismo? —pregunta Lamond.
—Sí, sentía exactamente lo mismo, solo que no estaba preparada para valorarlo. Tal vez lo que ha pasado ha sido positivo de algún modo, porque ahora sé cómo me siento sin ella y no quiero volver a experimentar esa agonía nunca más.
La doctora asiente y apunta algo en su cuaderno.
—Es importante esta conclusión a la que ha llegado. Está empezando a comprender muchas cosas de usted misma sin que yo tenga que señalárselas.
Eleanor la mira fijamente sin abrir la boca, pensando en lo que la doctora le acaba de decir.
—Ha mencionado a Grace al empezar, ¿cómo sigue su relación con ella?
—Bien. Ambas nos esforzamos por encontrar momentos para pasar tiempo juntas. A veces me acompaña a pasear por la playa y suele venir un par de días a la semana para desayunar conmigo antes de marcharse a trabajar.
—¿Y qué pasa cuando están juntas? ¿Se siente cómoda?
Eleanor se queda callada meditando la pregunta, porque durante años la relación entre ella y Grace era tan tensa que no podían pasar más de diez minutos juntas sin que la conversación acabara en una discusión, pero ahora eso no sucede; incluso cuando Grace estaba enfadada tras su vuelta, no discutieron, simplemente lo hablaron.
—Me siento muy cómoda —responde sorprendida—. Podemos hablar sin discutir y he descubierto que mi hija es mi mejor amiga, porque puedo hablar con ella de cualquier cosa.
Lamond vuelve a escribir.
—Podemos decir entonces que el tema de Grace es un problema que se ha solucionado.
Eleanor asiente.
—Volvamos entonces a Julia: ¿cómo está gestionando la convivencia en la universidad ahora que vuelven a estar juntas?
—Acordamos hablar con Hale el mismo día. Fue una conversación de diez minutos. La rectora tomó nota, dijo que lo registraría en el expediente de ambas y siguió con su agenda —Eleanor hace una pausa—. Es una mujer eficiente, supongo.
Lamond sonríe levemente.
—¿Supone? Hale ocupa ahora su puesto, ¿cómo lleva eso? —pregunta la mujer, aprovechando la ocasión de que Eleanor la haya nombrado.
—Bien —la exrectora se toca el pelo, comprobando que su moño alto está perfecto, porque ahora, aunque no es rectora ni tiene poder, se siente tan segura como cuando lo tenía—.
Hale hace bien su trabajo, no como yo lo haría, pero su método es igual de válido que el mío.
Supongo que he comprendido que ese campus ya no es mi responsabilidad; mi cometido ahora es volver a enseñar y he empezado a disfrutarlo como cuando lo hacía hace años, lo cual es algo que me ha sorprendido —reconoce, levantando las cejas.
—¿Y Nora Walsh?
Eleanor suspira ruidosamente.
—Me irrito cuando la veo, no lo puedo evitar —reconoce, torciendo los labios en una mueca de disgusto—, pero después se me pasa.
La semana pasada me preguntó si quería unirme a un grupo de lectura que organiza con otros profesores del departamento.
Le dije que lo consideraría —cuenta como una anécdota.
—¿Lo va a considerar?
—Por supuesto que no —responde tajante.
La doctora Lamond no puede evitar una sonrisa.
—¿Por qué dice que después se le pasa la irritación?
—Porque es muy difícil sentirse molesta en presencia de esa mujer.
Es agradable y sincera al mismo tiempo, y fue el pilar para Julia cuando yo le fallé, así que supongo que estoy en deuda con ella; eso y que sigue siendo amiga de Julia —añade, y hace una mueca de nuevo—.
No tengo más remedio que acostumbrarme a su presencia, pero una cosa es eso y otra asistir a un club de lectura con ella.
Lamond vuelve a sonreír.
—Volvamos a Grace. Me contó que ella y Julia se unieron mucho durante su ausencia, ¿cómo es la relación entre ellas ahora que usted y Julia vuelven a estar juntas?
—Tan buena como era entonces, o eso creo. El martes pasado las dos se pusieron a discutir sobre un caso del Tribunal Supremo durante el desayuno, y yo estuve veinte minutos escuchando sin que ninguna de las dos me pidiera mi opinión.
—¿Y cómo fue eso para usted?
—Extraordinario —dice Eleanor, con sinceridad—. Hace un año habría necesitado ser la más inteligente de esa cocina. Ahora me parece un lujo que las dos lo sean.
Lamond deja el bolígrafo y se queda en silencio, de nuevo, esperando a que Eleanor lo rellene con lo que considere necesario.
—Estoy pensando en proponer un programa de mentorías —empieza Eleanor—. Llevo semanas con la idea: estudiantes de último curso con profesionales del sector, seguimiento durante el primer año laboral, ese tipo de cosas.
—¿Y lo va a hacer?
—Sí, probablemente presentaré la propuesta el mes que viene. No sé si saldrá adelante, pero me parece que tengo cosas que aportar sin necesidad de ser rectora.
—Creo que ha avanzado mucho en las últimas semanas, Eleanor. Hemos identificado los problemas y usted está utilizando las herramientas para combatirlos de la forma correcta.
Eleanor contiene la respiración.
—Entonces, ¿no hace falta que siga viniendo? —pregunta, desconcertada.
—Eso tiene que decidirlo usted. Tendrá días malos —explica Lamond—.
Su patrón de huida seguirá intentando activarse porque los patrones no desaparecen, solo se gestionan.
Habrá momentos en los que su instinto de salir corriendo será más fuerte que todo lo demás, y habrá otros en que no lo gestione bien del todo, pero todo eso forma parte del proceso.
—Lo sé —dice Eleanor.
—Lo que ha hecho en estos meses, regresar, quedarse, soportar la incomodidad y elegir la vulnerabilidad cuando el instinto le decía que huyera… —Lamond la mira fijamente—. Es lo más valiente que he visto hacer a un paciente en mucho tiempo.
Eleanor se tensa y traga saliva cuando nota que le pican los ojos por la emoción, porque para otros puede parecer fácil desde fuera todo lo que ha hecho, pero se ha esforzado mucho para llegar hasta aquí, y escucharlo de boca de alguien es reconfortante de un modo que le cuesta gestionar.
—Puede llorar aquí, señora Morley —dice Lamond con suavidad—. Siempre ha podido.
Eleanor se pasa los dedos por los ojos y esboza una sonrisa seca y corta.
—Lo sé, pero ya me conoce —la exrectora se encoge de hombros y vuelve a tragar saliva con dificultad.
Lamond sonríe y asiente.
—La conozco, sí, y respondiendo a su pregunta sobre si debe seguir o no con la terapia, lo que le propongo es que no deje de venir, al menos durante un tiempo, pero sí podemos espaciar las sesiones; quizá una vez al mes es suficiente en lugar de dos.
O llámeme solo cuando tenga alguno de esos momentos de miedo.
—Me parece bien.
—Pues hemos terminado por hoy —las dos mujeres se levantan al mismo tiempo—. La felicito, Eleanor. Ha hecho un buen trabajo.
—Gracias.
Cuando Eleanor sale a la calle, se sube a su coche y coge el teléfono en lugar de irse a dar un paseo o quedarse con las manos en el volante y la mirada perdida en algún sitio durante varios minutos.
Ahora abre la conversación con Julia para hablar con ella, pero antes de escribir la primera letra, cambia de opinión y la llama, porque le apetece escuchar su voz.
—Hola —responde Julia al segundo tono.
—¿Cenas conmigo esta noche? —pregunta Eleanor, todavía con ese nudo de emoción en la garganta que le ha provocado Lamond al reconocer su avance.
—Claro, ¿estás bien? —pregunta Julia, que tiene una capacidad asombrosa para detectar los cambios en el tono de su voz.
—Sí, solo he tenido una sesión un poco intensa con Lamond, pero nada preocupante.
—Está bien, cocinas tú y me lo cuentas.
Eleanor sonríe.
—¿Por qué tengo que cocinar yo?
—Porque me gusta mirarte mientras lo haces —Eleanor arquea una ceja, sin dejar de sonreír—. Pones la misma expresión concentrada que cuando lees artículos en el periódico por las mañanas.
—De acuerdo —cede Eleanor—. ¿A las ocho?
—Allí estaré —dice Julia antes de colgar.
Eleanor se queda un momento con el teléfono en la mano y el pulso acelerado, porque Julia le provoca ese efecto: hace que su corazón lata desbocado cuando la escucha o la tiene cerca, y todo eso va acompañado de un cosquilleo por el pecho que a veces la deja sin aliento, necesitando unos segundos para recuperarse.