Capítulo 33
J ulia huele el café en cuanto se despierta, incluso antes de levantar los párpados.
Se queda un momento quieta, con los ojos cerrados y la almohada de Eleanor bajo la cabeza, escuchando los sonidos de la casa.
Agua corriendo en la cocina, un cajón abriéndose y todo ese ruido que Eleanor siempre hace cuando prepara café a primera hora, aunque intente no hacerlo.
Abre los ojos y mira la hora; todavía es temprano, así que tiene tiempo de sobra para disfrutar del desayuno y charlar un rato con ella antes de que ambas tengan que irse a la universidad.
Cuando entra en la cocina —vestida solo con las bragas y la camiseta porque así es como le gusta estar por las mañanas— encuentra a Eleanor con la bata de seda y el pelo alborotado, y Julia considera que esa es una de las versiones de Eleanor Morley que nadie más que ella necesita conocer.
Suspira y entra, sintiéndose como si los ocho meses no hubieran pasado y esta fuera una mañana cualquiera de las que tenían antes, cuando se quedaba a dormir en esta casa.
Solo que no es una mañana como las demás: esta es la primera de su verdadera relación, porque Julia sabe que ahora todo es diferente, que Eleanor se reconoce como una mujer que ama a otra mujer y ya no necesita esconderse.
—Hola —dice, y Eleanor se gira con esa elegancia suya que sigue manteniendo incluso con la bata.
—Buenos días, ¿café? —pregunta Eleanor.
—Doble si puede ser —responde Julia, acercándose despacio hasta que le pone una mano en la cintura y le besa la mejilla.
Después se pega a ella, la rodea con los brazos y hunde la cara en su cuello mientras aspira con fuerza.
—Me encanta el olor a sexo, ¿te lo he dicho alguna vez? —susurra, y Eleanor abre mucho los ojos, pero después sonríe.
—Es un dato que tendré en cuenta —contesta, con ese lado suyo analítico que necesita organizar la información para entenderla del todo—. Siéntate mientras preparo unas tostadas; tenemos tiempo para desayunar, ducharnos y salir, nos hemos levantado muy pronto.
—Tú más. ¿Has dormido bien? —pregunta Julia mientras se sienta en una silla y coge la taza de café que Eleanor le acaba de poner delante.
Eleanor la mira, se inclina y le besa la cabeza.
—He dormido mejor que nunca —susurra, y se dobla un poco más para darle un beso en el cuello.
Cuando se incorpora, arruga la nariz y mueve la cabeza.
—Sí que olemos a sexo —confirma espantada.
Julia se ríe y después coge la taza y sopla antes de beber.
—¿Cómo lo gestionamos? —pregunta la profesora al cabo de un momento.
Eleanor se gira y se apoya en la encimera con su taza y expresión desconcertada.
—En la universidad —aclara Julia—, porque no me quiero esconder más, Eleanor. Quiero decir, que tampoco pretendo proclamarlo, pero…
—Lo sé, tranquila.
Se gira cuando la tostadora salta y vuelve a meter el pan para tostarlo un poco más.
—Lo primero es dar parte al consejo —dice la exrectora—. Es lo que corresponde dado el vínculo profesional, después de las modificaciones que ha hecho Hale.
—¿Y después?
—Hacemos lo que has dicho. No vamos a proclamarlo, pero tampoco me esconderé si te acercas y me das un beso en el pasillo —sin pretenderlo, Eleanor se ahueca la bata porque se siente sofocada.
Julia la mira. Sabe que para Eleanor es difícil aunque esté dispuesta a hacerlo, porque para ella no es solo un tema de aceptación, sino de intimidad.
A Eleanor no le gusta airear nada que tenga que ver con su vida privada, pero Julia necesita esto: saber que si la besa no se esconderá, que no seguirá ocultándola como si solo fuera un secreto.
—¿Quieres que te bese en un pasillo? —pregunta, medio en broma, medio en serio.
—Me devoraste en el baño; no veo por qué no puedes hacer algo un poco menos intenso en un pasillo.
La risa de Julia contagia a Eleanor, y la profesora se levanta y se acerca de nuevo a ella.
—Entonces, solo por aclarar, si alguien pregunta… —dice Julia.
—Si alguien pregunta, respondemos. Si no pregunta, no es asunto suyo —responde con ese tono seco que a Julia tanto le gusta.
—De acuerdo —dice, y olfatea el aire frunciendo el ceño—. Las tostadas, Eleanor.
—Mierda —masculla la exrectora, haciéndolas saltar para ver que están quemadas.
—Deja, pondré otras —dice Julia, y justo en ese momento suena el timbre.
Eleanor frunce el ceño mirando hacia la puerta y después cierra los ojos un segundo.
—Grace —dice, abriéndolos de golpe.
Julia la mira, sin entender.
—Habíamos quedado para desayunar y lo he olvidado por completo —confiesa Eleanor.
Desde el último paseo por la playa que dieron juntas, Grace se pasa por su casa antes de irse al trabajo para desayunar con ella los días que entra más tarde en el bufete, y hoy es uno de ellos.
—¿Quieres que me esconda? —pregunta Julia, dudando por un momento al ver la expresión de terror de la exrectora.
Eleanor la mira con el ceño fruncido, como si Julia acabara de decir algo en un idioma que ella no habla.
—No digas tonterías.
Julia sonríe.
—Pero —sigue Eleanor, levantando una ceja—, la ropa que tienes aquí sigue estando en el mismo sitio. Haz el favor de ponerte al menos unos pantalones.
Julia baja la mirada, se mira las bragas y la camiseta y vuelve a subir los ojos hacia Eleanor.
—Voy —dice, y sale corriendo.
Eleanor va hacia la puerta y la abre, atusándose el pelo con la mano para intentar no parecer una leona.
—Hola, mamá —dice Grace, mirándola de arriba abajo porque su madre siempre le abre la puerta vestida con un traje, peinada y lista para salir.
—Hola, Grace, pasa.
Eleanor se hace a un lado y, cuando Grace se acerca a ella para besarle la mejilla, recuerda lo que ha dicho Julia sobre el olor a sexo y se aparta casi de un salto.
—¿Qué te pasa? —pregunta Grace, desconcertada.
—Bésame cuando me haya duchado, por favor.
Su hija frunce el ceño, sin entender, y abre la boca para decirle que es su hija, que no la va a besar con asco porque todavía no se haya duchado, pero entonces ve que Julia cruza el fondo de la entrada, vestida con un pantalón de chándal y una camiseta, descalza y con el pelo recogido de cualquier manera, mientras levanta una mano desde lejos para saludarla.
—Hola, Grace.
—Hola, Jul… —Grace se detiene cuando su cerebro —todavía un poco adormecido— empieza a procesar.
Entonces mira a Julia otra vez y después a su madre, y cuando al fin entiende, suelta un grito de alegría que sobresalta a Eleanor.
—Por Dios, Grace —murmura Eleanor, cerrando la puerta.
Su hija da un paso hacia su madre con los brazos abiertos y después se detiene en seco porque recuerda lo que Eleanor acaba de decir sobre la ducha, y se queda a medio metro con los brazos en el aire y una sonrisa que le ocupa toda la cara.
—¿Habéis arreglado lo vuestro? —pregunta en voz baja, con los ojos todavía muy abiertos.
—Eso parece —dice Eleanor, pasándose la mano por el cuello con cierto nerviosismo.
Grace se pone seria de golpe. No porque esté enfadada, sino porque necesita decir algo y no quiere que su madre piense que habla en broma.
—No la pierdas otra vez, mamá —susurra—. Por favor.
Eleanor la mira y asiente, poniéndole una mano en el hombro para hacerle un gesto hacia la cocina.
—No lo haré. Te lo aseguro.
—Bien —responde Grace, y la seriedad desaparece tan rápido como ha llegado—. Ahora voy a necesitar mucho café.
Julia tiene la jarra en la mano cuando entran en la cocina.
—¿Quieres? —pregunta como si la hubiera escuchado.
—Dios, sí —dice Grace, sentándose en la silla donde estaba Julia antes—. Y tostadas, si hay, porque me parece que voy a necesitar comer algo mientras proceso todo esto.
—Hay tostadas —confirma su madre, poniendo más pan en la tostadora y cruzándose de brazos a su lado para vigilar que no vuelvan a quemarse.
—¿Os habéis lavado las manos al menos? —pregunta Grace de repente.
Eleanor se pone completamente rígida, y Julia suelta una carcajada de esas que tanto le gustan a la exrectora y asiente mientras le sirve el café.
—Sí, Grace, manos y bocas limpias —responde Julia, y Eleanor las mira horrorizada desde el otro lado de la cocina.
Está preparada para salir del armario, pero no para que su hija y su novia hablen de sexo de forma tan abierta delante de ella.
—Podéis dejar de hablar cuando queráis —murmura, cogiendo un plato para poner las tostadas.
—Podemos, mamá —responde Grace, divertida—, pero no creo que dejemos de hacerlo si te pones tan roja. Parece que te va a explotar la cara, ¿te encuentras bien?
Julia no puede dejar de reír, y Eleanor resopla como un búfalo mientras pone más pan en la tostadora.
—Creo que está bien —comenta Julia con sorna.
Grace levanta su taza a modo de brindis y Julia choca la suya mientras Eleanor pone los ojos en blanco.
Después de despedirse de Grace y de darse una ducha, Eleanor y Julia caminan por el campus en dirección al edificio de la facultad de Derecho. Lo hacen muy cerca una de la otra, pero sin rozarse, porque lo único necesario para que alguien piense que están juntas es que vea cómo se miran.
En la entrada del edificio, Thompson está con otros dos profesores, y Eleanor lo ve antes de que él las vea a ellas y, en lugar de separarse, pasa una mano por la espalda baja de Julia antes de atravesar la puerta.
Thompson las mira, desconcertado, y Eleanor se pregunta cuánto tardará este hombre en ir a hablar con Hale de lo que ha visto.
—¿Quieres que vayamos a hablar con Hale ahora? —pregunta Julia, divertida por el gesto de Eleanor.
—Tengo una clase en cinco minutos; vamos a las once, que las dos estamos libres.
—De acuerdo —Julia sonríe, porque le gusta que Eleanor se sepa de memoria sus horarios.
La profesora desaparece por el pasillo y Eleanor camina hacia su despacho con el mismo paso tranquilo de siempre, y si alguien la mira esta mañana verá lo que ve cualquier otro día: a Eleanor Morley yendo a trabajar.
Lo que no verán es que Eleanor lleva el libro de Atwood en la bolsa, que ha cogido esta mañana de donde lo tenía guardado desde enero, y que esta tarde, si Julia tiene un momento libre, piensa dárselo por fin.