Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

—¿Quieres algo de beber? —pregunta Eleanor cuando entran.

—No —responde Julia, dejando el bolso en la entrada.

Eleanor deja las llaves en el cuenco de siempre y se gira.

Julia está a un metro de ella y las dos se miran en silencio mientras la profesora deja que parte de los recuerdos que tiene en esta casa la sigan invadiendo.

Ninguna de las dos se mueve al principio; sin embargo, se miran fijamente porque son muy conscientes de lo que va a pasar si alguna se atreve a dar el paso.

No es algo visible desde fuera, pero Eleanor está temblando por dentro porque tiene a Julia ahí, mirándola con esos ojos color miel y una diminuta sonrisa en los labios, y la ha echado tanto de menos durante los últimos meses que siente que se va a desmayar antes de hacer nada.

Julia no puede ver su temblor, pero sabe cómo se siente Eleanor por la forma en que la mira, como si toda su seguridad se hubiera evaporado y sintiera que no tiene derecho a lo que está a punto de pasar.

Da un par de pasos y la coge por la cintura.

—Hola —dice en voz baja.

—Hola —responde Eleanor, con ese tono que tiene cuando algo la ha desbordado y está usando toda su energía para no mostrarlo.

Julia le pone las manos en el pecho con las palmas planas sobre la camisa, y Eleanor cierra los ojos un segundo como si el contacto fuera demasiado para soportarlo y a la vez insuficiente para lo que necesita.

—Estás temblando —constata Julia, porque ahora sí que puede notarlo contra sus palmas.

—Lo sé.

—La primera vez también temblabas, ¿te acuerdas?

Eleanor traga saliva.

—Sí, lo recuerdo —confirma, parpadeando nerviosa.

Julia la mira con esa expresión suya que la exrectora lleva meses recordando, la que ya no es esa máscara de indiferencia que construyó con tanto esmero. Ahora solo es ella mirándola de frente con esos ojos color miel que Eleanor conoce de memoria.

—Me gusta que tiembles —susurra Julia, justo antes de besarla.

La profesora le pone las manos en la cara mientras siente que la boca de Eleanor se abre para recibirla sin prisa. La exrectora la sujeta por la cintura y la aprieta contra ella mientras comienzan a caminar despacio hacia la habitación.

Eleanor empieza a desabrocharle los botones de la camisa con sus labios pegados a esa boca de la que sabe que no se va a cansar nunca, pero está tan nerviosa que sus dedos temblorosos no son todo lo ágiles que a ella le gustaría y se estresa.

—Jodido botón —masculla cuando se le queda enganchado con un hilo, y Julia sonríe contra su cuello antes de besarla bajo la oreja.

—Tranquila —susurra la profesora.

—Estar tranquila no es algo que se me dé muy bien —admite Eleanor, y Julia vuelve a sonreír.

—Deja que lo haga yo.

Eleanor obedece y da un paso hacia atrás, y Julia desabrocha todos los botones de su camisa para quitársela y tirarla encima del tocador.

Se queda quieta un momento porque Eleanor está recorriendo su torso como si necesitara memorizarlo de nuevo, y después de unos segundos, la coge de la mano y se acerca a la cama.

Julia pone una mano en su hombro cuando Eleanor se sienta y la tumba despacio; la cubre con su cuerpo, apoya los codos en el colchón y las dos se quedan mirándose mientras escuchan sus respiraciones cada vez más aceleradas.

—¿Cuánto tiempo llevamos sin hacer esto? —pregunta Julia mientras pasa los dedos por la mejilla de Eleanor con una calma que desespera a la exrectora.

—Demasiado —asegura por no poner un número, pero ambas tienen claro que son ocho meses, justo el mismo tiempo que estuvieron juntas antes de que Eleanor se fuera.

Julia baja la cabeza y la besa en el cuello, despacio, rozándola con los labios mientras Eleanor cierra los ojos y siente el recorrido de esa boca como si fuera la primera vez.

Las manos de Julia le desabrochan la camisa con una precisión que contrasta con la lentitud de sus labios, botón a botón, sin prisa, y Eleanor contiene la respiración cuando la camisa se abre.

La profesora se incorpora un momento y la observa del mismo modo que Eleanor la miraba antes a ella, porque necesita asegurarse de que es real, de que está ahí sin intención de salir corriendo.

Eleanor levanta el brazo y coloca la palma de su mano en la mejilla de Julia para después arrastrarla hacia su nuca y atraerla hasta su boca.

El beso es húmedo y ansioso, y Julia lo rompe tras unos segundos y comienza a repartir varios más por la barbilla y el cuello de la exrectora.

Cuando llega a sus pechos, Eleanor suelta un suspiro desesperado que no logra contener, y Julia se mete un pezón en la boca como si ese sonido fuera lo que necesitaba para soltarse del todo.

Sus manos se mueven por todas partes, acariciando y quitando la ropa que le molesta, incluida la suya.

—Julia… —jadea Eleanor, pero cuando la profesora aparta la boca de su estómago y levanta la cabeza para mirarla, ve que Eleanor no le está pidiendo nada, solo la mira como si no terminara de creerse lo que pasa.

—Estoy aquí —susurra y le sonríe, para después seguir con la exploración de ese cuerpo que conoce de memoria.

Le pasa los dedos por el costado ejerciendo la presión justa que sabe que hará que Eleanor tense la espalda, y después sigue dejando besos por su cuerpo mientras desciende y el temblor de la mujer que tiene debajo se hace más visible.

—Espera… —dice Eleanor cuando Julia llega hasta su sexo y pasa la lengua plana por su abertura—, quiero decir, Dios mío… —añade, poniendo una mano en el hombro de Julia con la intención de llevarla hasta su nuca.

Julia levanta la mirada un segundo, la observa y sonríe con la boca pegada a su sexo, y Eleanor tiene que esforzarse mucho para no derretirse demasiado rápido porque la mirada de deseo de Julia le ha provocado dos explosiones de placer que han hecho que retuerza la sábana con la mano libre.

—¿Sigo? —pregunta Julia juguetona, pasando un dedo por su entrada.

—Por favor —jadea Eleanor, elevando las caderas contra su boca.

Julia no la tortura más y empieza a devorarla pasando la lengua de todas las maneras que sabe que vuelven loca a Eleanor, sorbiendo, chupando y penetrándola con dos dedos cuando siente que está a punto.

Los gemidos roncos de Eleanor empiezan a llenar la habitación, y Julia responde aumentando la presión y la velocidad hasta que Eleanor se corre con la fuerza de un maremoto; Julia no se detiene hasta que los espasmos contra su boca empiezan a disminuir.

—Hola —dice Julia de nuevo cuando sube por su cuerpo.

Eleanor suelta el aire por la nariz y carraspea para aclararse la garganta, que se le ha quedado reseca de tanto gemir y jadear.

—Hola —sonríe, pasando las dos manos por el rostro de Julia para besarla, e inmediatamente baja una de ellas a su cadera y la gira para intercambiar sus posiciones.

Ahora es Eleanor la que va despacio, tomándose su tiempo para explorar cada curva del cuerpo de Julia. La toca con las manos y la boca, que persigue cada caricia para dejar besos y pequeños mordiscos que hacen que Julia se tense de necesidad bajo ella.

—Prométeme que no volverás a dejarme —suelta Julia cuando los dedos de Eleanor se deslizan dentro de ella y su cuerpo se arquea.

Eleanor detiene el movimiento un segundo y apoya el codo del brazo libre al lado de la cabeza de Julia, apartándole el pelo de la frente mientras la mira con una devoción que ni siquiera ella sabía que sentía.

—Te lo juro, cariño —susurra Eleanor, y le besa un párpado mientras sus dedos siguen dentro de Julia sin moverse—, seré la mujer que necesitas, no la cobarde que te quiere tanto que se asusta.

Le besa el otro párpado y Julia asiente con la mirada húmeda, y Eleanor la besa mientras empieza a mover la mano que tiene entre sus piernas.

Cuando Julia se corre lo hace con la espalda arqueada, la mano de Eleanor en su pelo y varios sonidos que son la mezcla de sus gemidos y sus sollozos, porque Julia empieza a llorar en medio del orgasmo y, con ello, se libera de los restos de ese dolor que la ha perseguido durante meses.

Eleanor se tumba a su lado y la abraza con fuerza, con una mano en su espalda y la otra en su pelo mientras el agua salada también se derrama por su cara, aunque ella llora en silencio.

—¿Estás llorando? —pregunta Julia cuando se calma lo suficiente para poder hablar.

—No —responde Eleanor, y Julia suelta una risa corta y le da un beso en el cuello.

Dejan pasar unos minutos que ambas necesitan para tranquilizarse y Eleanor se tumba bocarriba, con la mano de Julia sobre su pecho.

—¿En qué estás pensando? —pregunta la profesora con cierta timidez, como si temiera que lo que mantiene a la exrectora tan callada y con la mirada clavada en el techo fuera algo que no puede o no quiere compartir con ella.

—En que lo que te he dicho antes es cierto —empieza Eleanor—. Te quiero de una forma que a veces me asusta.

—¿Por qué te da miedo?

—Porque nunca he querido a nadie de esta manera y no sé cómo se gestiona todo esto. No tengo experiencia previa.

Julia se ríe y levanta un poco la cabeza para besarle la mandíbula.

—No tienes que hacer nada diferente, solo estar aquí, conmigo.

—Pues acostúmbrate —dice Eleanor—, porque no pienso ir a ningún sitio.

Julia se incorpora un poco y la mira en la penumbra de la habitación. Eleanor no puede ver bien su expresión porque no hay suficiente luz para que quede definida, pero sí puede ver el brillo de sus ojos.

—Del uno al diez, ¿cuánto me quieres? —pregunta Julia de repente.

Eleanor levanta una ceja y después entorna la mirada.

—¿Es una pregunta trampa?

Julia suelta el aire de su risa por la nariz.

—No. Solo quiero saberlo.

—¿Y por qué siento que responda lo que responda no acertaré? —tantea Eleanor, pasando las uñas por la espalda de Julia muy despacio, lo que provoca un escalofrío en la profesora que la hace suspirar.

—Porque eres una controladora a la que no le gusta la incertidumbre —dice Julia—. Venga, responde.

—No creo que existan números suficientes para que pueda calificarlo —dice Eleanor.

Los labios de Julia se curvan y asiente complacida.

Eleanor no dice nada más, porque la profesora se acaba de sentar a horcajadas sobre su pierna apoyando las manos a ambos lados de su cabeza mientras empieza a frotarse contra su muslo, y la mente de Eleanor se apaga y solo puede centrarse en ese sonido bajo que escapa de la boca de Julia y en el latigazo de deseo que acaba de sentir entre las piernas.

Tiempo después, se quedan dormidas sin siquiera levantarse para cenar y, cuando Julia estira el brazo hacia el otro lado como hace todas las noches, suspira y no se despierta, porque el calor que tanto necesitaba vuelve a estar ahí.