Capítulo 31
—He pasado por aquí alguna vez —dice Julia, mirando el interior de la cafetería cuando acceden a ella—. Nunca había entrado.
—Yo tampoco —dice Eleanor.
Se sientan en una mesa del fondo, la que tiene la pared a un lado con una ventana enorme, y la camarera les da una carta que ninguna de las dos mira porque ya saben lo que quieren.
—Dos cafés solos —dice Eleanor.
Julia entorna la mirada.
—¿No me preguntas cómo lo quiero? —dice con sorna.
—Sé cómo lo quieres —espeta Eleanor, apretando la mandíbula.
Julia sonríe y se recuesta en la silla.
Los cafés llegan enseguida, pero ninguna toca el suyo y hay un momento de silencio que no es incómodo, sino del tipo que existe cuando dos personas tienen mucho que decir y están decidiendo por dónde empezar.
—Cuéntame algo del viaje —pide Julia—. No los motivos por los que te fuiste y no volviste, eso ya lo sé —aclara, porque necesita que Eleanor entienda que no está aquí para pedirle que siga justificándose—. Cuéntame algo que recuerdes.
Eleanor mira su taza durante varios segundos.
—Venecia —dice al fin—. Fui en octubre. Ya hacía frío y había poca gente, y los canales me parecieron preciosos al atardecer. Estuve dos días paseando por allí por la tarde hasta que me sentaba en algún bar sin hacer nada más que mirar.
—¿Y? —pregunta Julia, que se da cuenta de que quiere conocer cada detalle del viaje de Eleanor.
—Y pensé que habrías querido recorrer los canales en barca —dice Eleanor, sorprendiéndola—. Que habrías insistido en hacer el recorrido turístico, aunque a mí me pareciera excesivo, y que al final habrías tenido razón.
—¿No recorriste los canales? —pregunta Julia.
—No.
Julia parpadea, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque a mí subirme en una barca no me llama la atención, pero lo habría hecho si hubieras estado allí —responde Eleanor.
Julia no dice nada mientras asimila lo que le dice, y Eleanor se siente por un momento como en las sesiones donde Lamond se queda callada a propósito.
—En Londres encontré una librería de segunda mano cerca del hotel donde me alojaba. Tenían una primera edición de Atwood, estaba en buen estado y me acordé de ti —Eleanor coge la taza por fin—. Lo tuve en la mano durante diez minutos hasta que lo compré.
—¿Para mí? —Julia levanta las cejas.
—Claro.
—¿Por qué no me has dado ese libro entonces?
—Porque no sabía si tenía derecho a hacerlo y me daba miedo que lo tirases a la basura por despecho; me costó veinte libras.
Julia asiente y mira hacia la ventana un momento.
—Cuando volviste no tenías derecho a nada, pero ahora quizá sí —dice al fin.
Eleanor sonríe y toma un sorbo de café.
—Cuéntame más —pide Julia.
La exrectora se toma unos segundos más para pensar.
—Las noches eran lo peor —dice de pronto—. Me acostumbraba a los hoteles, al ruido diferente y a las almohadas, pero había un lado de la cama que siempre estaba vacío y me costaba mucho conciliar el sueño sabiendo que a lo mejor se quedaría así para siempre.
A Julia le entran ganas de cogerla por las solapas de la camisa y zarandearla cuando comprende que Eleanor no hizo otra cosa que pensar en ella durante todo ese viaje, sin atreverse a llamarla y contarle lo que de verdad le preocupaba, pero también la conoce y entiende que, en ese momento, ni siquiera ella era capaz de identificar la razón de su miedo, así que no podía decirle nada.
Julia da un sorbo al café, lo deja sobre la mesa y mira a Eleanor.
—Las primeras semanas —empieza a explicar—, me levantaba y miraba el teléfono antes de hacer nada.
Apenas podía abrir los ojos y encendía la pantalla para ver si había algo —hace una pausa cuando ve que Eleanor coge una servilleta de papel y empieza a doblarla en varias partes, nerviosa—.
No había nada nunca, pero seguí haciéndolo durante semanas porque supongo que esperaba que en algún momento te pronunciases.
La exrectora no dice nada porque no hay nada que pueda decirle que repare el daño que le hizo su silencio.
—Nora comenzó a estar más presente, o yo la empecé a ver más —sigue Julia—. No me curó ni me hizo olvidarte, pero me recordó que podía estar bien. Que podía reírme, tomar cervezas, hablar de trabajo y no estar pensando en ti cada minuto.
—Me alegro de que estuviera a tu lado —dice Eleanor.
—Lo sé —dice Julia, mirando su taza—. Lo que quiero que entiendas es que no quiero volver a esperar, Eleanor. No puedo ni quiero volver a pasar por lo mismo.
Eleanor la mira a los ojos.
—No voy a hacerte esperar —asegura convencida—. Estoy aquí y no pienso desaparecer, Julia, te lo prometo.
Julia la mira fijamente, perdiéndose en esos ojos verdes que a veces logran sacarla de quicio y otras —como ahora— la calman de un modo que le cuesta comprender.
—Lo sé —dice al fin, con la voz casi convertida en un susurro—. Por eso estoy aquí.
Se quedan allí durante casi dos horas y en ningún momento se menciona el trabajo o algo que no tenga que ver con ellas.
Hablan de cosas que llevan tiempo sin poder decirse, de lo que fueron esos meses de viaje para Eleanor más allá de la huida y de lo que fue ese mismo tiempo para Julia más allá del dolor.
Después Eleanor le cuenta que en Berlín asistió a una conferencia sobre derecho constitucional comparado y que por primera vez en años escuchó a otros académicos sin estar pensando en cómo podía usar lo que decían para su trabajo, simplemente lo disfrutó.
Julia le cuenta que cuando Hale amenazó su seminario, hubo una tarde en que estuvo a punto de mandarlo todo a la mierda y buscar algo en el sector privado, y que fue pensar en sus alumnos lo que la hizo no hacerlo.
Mientras hablaba, Julia ha girado un poco la silla y tiene los codos sobre la mesa, y en algún momento ha cruzado los brazos sobre la madera y está más cerca de Eleanor de lo que estaba hace veinte minutos.
La exrectora habla de algo, de una tarde en Chicago con lluvia y un museo que estaba cerrado y, mientras sigue explicando, extiende la mano sobre la mesa sin ser consciente de ello y sus dedos rozan los de Julia.
Las dos se quedan quietas. No es como el roce involuntario del despacho que hizo que las dos se apartaran como si la mano de la otra fuera una piraña a punto de morderla.
Es un roce que no les molesta y que Julia mira durante un segundo antes de volver a enfocar a Eleanor sin que ninguna retire la mano.
—¿Qué decías del museo? —pregunta Julia.
Eleanor parpadea y levanta la mirada, tratando de no suspirar de placer ante la corriente que se expande por su cuerpo con el roce de Julia.
—Estaba cerrado —confirma Eleanor, sin mover la mano.
Julia tampoco mueve la suya y Eleanor sigue hablando del museo, de lo que hizo en lugar de visitarlo, que fue sentarse en los escalones de la entrada y quedarse allí una hora sin hacer nada. Mientras explica, sus ojos no se apartan de Julia porque le resulta imposible no mirarla.
La profesora levanta la mano libre y le aparta un mechón de pelo de la cara a Eleanor.
Lo hace despacio, rozándole la sien con las uñas antes de arrastrar el mechón detrás de la oreja.
Eleanor deja de hablar en mitad de una frase y las dos se quedan quietas mientras la distancia entre ellas se reduce, hasta que Julia se inclina sobre la mesa, le pone una mano detrás de la nuca y la besa.
Es un beso corto, pero potente, cuyo chasquido resuena en la cafetería y deja a Eleanor ligeramente inclinada hacia delante, con los ojos muy abiertos y una sonrisa estúpida en la cara.
—Perdona —dice Julia, mirando a un lado y a otro—. Me he olvidado de que no quieres que te vean todavía.
—Eso era antes; ahora me da igual —sentencia Eleanor.
Julia levanta las cejas y su comisura izquierda empieza a levantarse con una sonrisa torcida.
—¿Te da igual? —pregunta para confirmar.
—Bueno, tampoco me gustaría que nos detuvieran por escándalo público, pero no me importa que me vean contigo si es lo que preguntas, ni besándome ni de la mano ni como te apetezca que estemos.
—Vaya —dice Julia, realmente impresionada.
—Ya… —Eleanor coge la servilleta otra vez, la desdobla y comienza a doblarla.
Julia se ríe sin poder evitarlo, porque las mejillas de Eleanor están rojas y está casi segura de que nunca la ha visto así antes de que regresara del viaje, y esta es la segunda vez desde entonces.
Cuando pagan, caminan hacia el aparcamiento sin hablar, una pegada a la otra mientras Julia piensa que el único sitio donde había caminado junto a Eleanor era la playa, y la sensación de poder estar con ella en cualquier parte hace que le burbujee algo por el pecho.
Se paran junto al coche de Julia que, casualmente, está frente al de Eleanor en medio de ese aparcamiento que está casi vacío.
—No sé cómo hacer esto despacio —dice Julia de pronto.
Eleanor respira con brusquedad antes de responder.
—No tenemos que hacerlo despacio —asegura convencida—. Solo tenemos que hacerlo bien; yo tengo que hacerlo bien.
Julia asiente de forma lenta y Eleanor da un paso hacia ella porque siente que la profesora de ojos color ámbar ya no necesita mantener la distancia con ella.
—¿Te puedo besar yo ahora? —pregunta, y a Julia se le escapa un suspiro entrecortado cuando afirma moviendo la cabeza.
El beso es una mezcla entre la fogosidad del baño y la ternura del sofá, y Julia siente que se deshace cuando nota la lengua de Eleanor entrando despacio en su boca.
El beso sabe a ese miedo que la exrectora ha aprendido a no obedecer y a la rabia de Julia, que se ha disipado y se ha convertido solo en necesidad.
Pone una mano en el centro del pecho de Eleanor porque quiere sentir sus latidos y, cuando se separa, tiene los ojos húmedos y brillantes.
Eleanor la mira, le pasa los pulgares por debajo de los ojos y se inclina y la besa muy cerca de la oreja.
—Lo siento muchísimo —susurra, y Julia se estremece—. Creo que nunca podré decírtelo lo suficiente.
La profesora se sorbe los mocos y Eleanor vuelve a pasarle los dedos para limpiar un par de lágrimas que acaban de caer.
—Te he perdonado, así que no quiero que vuelvas a disculparte —dice Julia, cogiéndole una de las manos.
—¿Y qué quieres entonces? —pregunta Eleanor, sin dejar de mirarla.
—Ir a tu casa, ¿crees que sería posible?
La respuesta de Eleanor es sacar las llaves del coche y desbloquearlo de inmediato.