Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

—Tienes mala cara —dice Axel, uno de sus alumnos, cuando Julia entra en el aula el lunes.

—Gracias, Axel —dice ella, dejando unos papeles sobre la mesa—. Siempre es un placer.

Él se encoge de hombros con la despreocupación de los alumnos de veinte años que todavía no han aprendido que hay comentarios que es mejor guardarse, y Julia no se molesta porque en el fondo sabe que Axel tiene razón: no ha dormido bien en todo el fin de semana y se le nota en las ojeras.

No es que le pase algo malo; lo que le pasa se llama Eleanor Morley y las ganas que tiene de despertarse junto a ella.

Esta mañana ha salido de su apartamento con tiempo.

No suele hacerlo —salvo cuando se quedaba a dormir con Eleanor y ella la despertaba demasiado temprano porque se ponía nerviosa con los retrasos— porque ella funciona mejor cuando no tiene mucho margen, ya que eso la obliga a no entretenerse, pero esta mañana se ha despertado antes de que sonara el despertador y, después de veinte minutos mirando el techo, ha decidido que quedarse en la cama no iba a resolver nada.

Ha llegado al campus temprano, cuando había poca gente y la brisa de finales de abril resultaba incluso agradable.

Iba caminando mientras pensaba en sus cosas cuando —como empieza a ser costumbre— la ha visto.

Eleanor estaba cruzando el paseo central con el bolso colgado al hombro y el maletín en la mano, y Julia se ha detenido en seco porque no podía mirar donde ponía los pies y a la exrectora al mismo tiempo.

No era la Eleanor de enero. La de enero caminaba con esa tensión de quien está en un sitio donde no sabe si tiene derecho a estar, con los hombros ligeramente subidos y la mirada clavada al frente con demasiada concentración, como si mirar a los lados fuera un lujo que no se podía permitir.

Tenía la misma tensión que cuando era rectora, pero al revés: en lugar de la rigidez del poder era la rigidez de quien lo ha perdido y todavía no sabe cómo moverse sin él.

Esta Eleanor de ahora camina diferente. Los hombros relajados, el paso tranquilo, sin prisa y sin la sensación de que tiene que llegar a algún sitio antes de que alguien se dé cuenta de que está ahí.

La ha visto parar un momento para saludar a un alumno que se ha cruzado con ella y decir algo que Julia no ha podido escuchar, pero el alumno se ha reído y Julia ha levantado las cejas, también divertida, porque sabía que Eleanor no había hecho un chiste, pero probablemente había dicho algo con ese humor ácido que a ella tanto le gusta.

Eleanor no la ha visto a ella y Julia la ha seguido con la mirada hasta que ha desaparecido en el interior del edificio.

Eleanor se ha quedado. No solo físicamente —que también— sino de la otra manera, la que a Julia le importa.

Ha dejado de caminar como alguien que espera a que le digan que tiene derecho a estar aquí.

Camina por el campus como alguien que ha decidido que este es su sitio, no porque tenga un cargo que lo justifique sino porque lo ha elegido ella.

Lleva semanas observando a esa mujer, esperando una señal que le indique que Eleanor volverá a fallarle, pero Eleanor no le ha dado ninguna.

Ha estado ahí todos los días, sin hacer ningún drama y sin expectativas, y Julia ha llegado a un punto en el que empieza a sentirse cobarde por estar esperando a que Eleanor falle.

“No tienes que decidir nada ahora. Solo tienes que saber si estás dispuesta a perdonarla”.

Piensa en las palabras de Grace y se da cuenta de que ya la ha perdonado.

No lo decidió en un momento concreto ni hubo un instante en el que algo encajara como si fuera una pieza de un rompecabezas que le faltaba.

Fue pasando despacio, con los gestos de Eleanor dejándole cosas en el casillero en lugar de aprovechar la excusa para ir a su despacho, quedándose callada en la reunión cuando podría haber hablado, y Julia se da cuenta de que toda esa rabia que sentía ya no está.

Una parte se esfumó cuando le dijo a Eleanor todo lo que tenía que decirle, y la otra, hace una semana, cuando Eleanor le explicó sus motivos y fue sincera con ella, abriéndose en canal para hablarle de sus miedos.

Lo que ha visto en estos meses es a una mujer aprendiendo —con torpeza y con miedo— a ser diferente. No una mujer perfecta, sino Eleanor intentándolo, sin garantías, con las manos temblándole cuando abre la puerta de su casa junto a Julia o aceptando que no pueden tener más que aquel beso.

Eso es lo que Julia necesitaba ver: que Eleanor no ha dejado de tener miedo, pero sí ha aprendido a no obedecerlo.

La profesora ha sonreído al ser consciente de todo eso y ha reanudado la marcha para entrar en el edificio y subir a su despacho antes de la clase.

Ha dejado el bolso en un cajón y se ha sentado, mirando al techo mientras seguía pensando en todo.

Se ha trasladado al mes de enero, cuando Eleanor volvió y Julia se prometió que no iba a romperse, que iba a mantener la distancia, que dos meses de silencio eran dos meses diciéndole «no me importas lo suficiente» y eso no se borra con bibliografía ni con saludos en la sala de profesores.

Lo pensó y lo creyó, y sigue siendo verdad.

Pero también es verdad que Julia lleva semanas pensando en Eleanor con una frecuencia que ya no puede justificar con la rabia.

Pensaba en el beso del baño, en sus propias manos en las solapas de Eleanor y en ese gemido ronco que lleva meses instalado en algún sitio dentro de su pecho.

Pensaba en el sofá de Eleanor y en cómo la mujer aflojó los dedos en su cintura cuando Julia dijo que todavía no podía avanzar, sin presionar y sin alejarse, aceptando esperar.

Pensaba también en la playa y en la foto que tiene en el teléfono con Eleanor sujetando los zapatos en la mano mientras miraba el agua.

Julia ha cogido su teléfono y no ha dudado, porque ella no es una mujer que dé vueltas a las cosas que no lo necesitan.

Es una persona que analiza, decide y actúa, y lleva semanas dándole vueltas a algo que en realidad ya ha decidido, y el único motivo por el que no ha actuado es el miedo, que es exactamente lo que le ha reprochado a Eleanor durante meses.

Eso le parece suficientemente irónico como para que sea la señal que necesitaba, así que ha entrado en el chat de Eleanor, cuyos últimos mensajes solo hablan de temas laborales como el informe de Hale, y Julia ha decidido que era hora de hablar de otras cosas.

Julia Bernet

¿Tienes un rato esta tarde para tomar un café?

Lo ha leído una sola vez y lo ha enviado sin dudar. Después ha dejado el teléfono sobre la mesa y se ha dispuesto a abrir el portátil para acceder al material de su siguiente clase, pero antes de lograrlo su móvil ha vibrado.

Eleanor Morley

Por supuesto.

Julia sonríe cuando lee las dos palabras y sigue con su tarea antes de levantarse y dirigirse hacia el aula.