Epílogo
L a mesa golpea el tabique y Eleanor abre los ojos de par en par, apoyando una mano en la madera del escritorio donde está sentada y la otra plana contra la pared para intentar amortiguar el golpe.
—Nos van a escuchar —jadea sofocada, porque están en un hotel y ella siempre ha sido muy discreta con estas cosas en lugares así.
Julia la mira, agarrada a su cintura mientras se mueve despacio contra ella, con un ritmo tan lento y perfecto que Eleanor está temblando como una hoja.
—Me da igual —dice Julia, torciendo una sonrisa algo chulesca—, pero si te estresa, puedo parar.
Eleanor la mira y niega con la cabeza con vehemencia.
—No quiero que pares —dice jadeando.
Julia ejerce más presión y Eleanor suelta un gemido ronco cuando la nota clavarse hasta el fondo con el arnés, sintiendo una corriente que le sube desde donde Julia la llena hasta la garganta, expandiéndose por su pecho y bajando por los muslos hasta los pies que tiene apoyados en la cadera de la profesora.
El escritorio vuelve a moverse y Eleanor aprieta la mano contra la pared con más fuerza, aunque ahora mismo no le importa el ruido, porque desde que Julia la ha sentado aquí, Eleanor se está limitando a tratar de sobrevivir a todo el placer que siente.
—¿Voy bien? —pregunta Julia a pesar de que ya lo sabe, y su voz tiene un tono oscuro que acelera más a Eleanor.
—Sí. No pares —susurra la exrectora.
Julia no se detiene, sigue moviéndose dentro de ella con ese ritmo que siempre empieza muy despacio y que después se vuelve más fuerte y rápido, porque eso es lo que le gusta a Eleanor: que la intensidad de los movimientos aumente de forma progresiva mientras ella permanece ahí, mirando cómo esa mujer de la que está terriblemente enamorada le da lo que necesita sin apenas cansarse.
Cuando está al borde del orgasmo, aparta las manos de la pared y la mesa y rodea el cuello de Julia por detrás.
—¿Qué haces? —pregunta, con los ojos desorbitados por la sorpresa cuando Julia sale de ella de repente.
La profesora no contesta, la levanta de la mesa y se gira para tumbarla en la cama, que está justo detrás.
Eleanor cae sobre ella y, antes de que pueda asimilar el cambio, Julia está encima penetrándola de nuevo.
Eleanor gime con fuerza, un aullido ronco que no puede detener y que la mujer de mirada color miel absorbe con un beso para después taparle la boca con la mano.
Al sentir esa presión sobre sus labios y el burbujeo en el vientre, la corriente que lleva acumulándose un rato entre sus piernas la atraviesa por completo sin que pueda detenerla.
Eleanor se corre con la mano de Julia en la boca y la mirada dorada de la profesora sobre sus ojos muy abiertos.
Cuando deja de temblar por los espasmos, Julia se mueve, se quita el arnés y se tumba encima de ella, apoyada con los codos en el colchón y la cabeza levantada para mirarla.
—Hola —sonríe Julia.
Eleanor asiente con la cabeza con suavidad, porque todavía está demasiado sobrepasada por las sensaciones como para vocalizar un saludo.
Julia le pasa los dedos de una mano por la frente para apartarle varios mechones y se queda mirándola fijamente, trazando círculos con el dedo de la otra mano sobre el hombro de Eleanor.
—¿Qué? —pregunta Eleanor ante la intensidad de su mirada, pasando los dedos por la mejilla de Julia.
—Quiero vivir contigo —suelta de sopetón.
Eleanor la mira y levanta las cejas.
—Sé que es tu espacio —sigue Julia—, que te gusta tener tus momentos a solas, pero creo que puede…
—Vale —la corta Eleanor.
Julia levanta un poco la cabeza.
—¿Qué?
—Que vale —repite Eleanor.
La mirada de Julia se entorna, como si no estuviera segura de que Eleanor la haya entendido.
—¿Te parece bien? —pregunta, con una sonrisa que empieza a dibujarse en sus labios sin que pueda detenerla.
—Sí, me parece bien —confirma Eleanor, y la hace girar hasta que ambas quedan tumbadas de lado, mirándose de frente—. ¿Cuánto tiempo llevas pensándolo?
—No lo sé, tal vez un par de meses.
—Yo lo estoy pensando desde hace al menos tres.
Julia levanta las cejas, sorprendida.
—¿En serio? ¿Tres meses? ¿Por qué no me has dicho nada?
—Porque no quería que te sintieras presionada, o que te asustaras —explica Eleanor—. Quería que lo hiciéramos a tu ritmo. Es lo mínimo después de lo que te hice.
Julia se incorpora un poco y frunce el ceño.
—Deja de pedir perdón por eso de una vez, Eleanor.
—Es que…
—Te perdoné —la corta Julia—. Ambas hemos pasado página. Y somos dos, Eleanor; las dos tenemos derecho a decir lo que sentimos, aunque la otra no esté preparada para escucharlo. No tienes que callarte para protegerme.
Eleanor se muerde los labios.
—Tienes razón —dice al fin.
—Lo sé.
—Entonces te diré que quiero que vengas a vivir conmigo —dice, y Julia suelta una carcajada corta y espontánea, de las que le mueven el cuerpo entero y que Eleanor tanto disfruta.
—Eso ya lo había entendido —dice divertida.
—Solo quería dejarlo claro.
Julia apoya la cabeza en su pecho y Eleanor le pone el brazo alrededor del cuello, y así permanecen un rato hasta que empiezan a tener frío y se van otra vez a la ducha, porque era de ahí de donde Eleanor estaba saliendo cuando se ha encontrado a Julia en la puerta del baño, desnuda como la dejó anoche, pero con el arnés puesto.
Salen del hotel y llegan hasta el mercado navideño de esa zona de Chicago, el motivo por el que ayer cogieron un avión para hacer esta escapada de tres días.
Caminan entre los puestos con los abrigos puestos y el frío de diciembre congelándoles las mejillas, cogidas de la mano mientras se detienen en todos los que les llaman la atención y agradecen en silencio que no esté nevando.
—¿Qué es eso? —pregunta Julia, señalando unos vasos de algo oscuro y humeante.
—Creo que es vino caliente —dice Eleanor—, lo probé en Alemania durante el viaje.
—¿Y?
Eleanor se encoge de hombros.
—No se convertirá en mi bebida favorita, eso seguro, pero reconozco que con el frío sienta bien.
—Quiero probarlo.
—De acuerdo —dice Eleanor, y se acerca al puesto y pide dos vasos.
Le entrega uno a Julia y la mira, pensando que el reflejo del vino en sus ojos hace que parezcan oro líquido.
Julia bebe, y su expresión cambia de forma progresiva hasta que deja el vaso en la barra y mira a la exrectora con los ojos ligeramente entornados.
—Está asqueroso —dice, y Eleanor se ríe y se bebe el suyo de un solo trago.
—Al menos ahora puedes decir que lo has probado.
Eleanor deja el vaso junto al de Julia en la barra del puesto y le dice al hombre que estaba delicioso mientras escucha la risa de Julia detrás de ella. La exrectora se gira y la mira, y piensa que esa es la risa que quería escuchar en los hoteles de Venecia, Londres o Berlín.
Se acerca a Julia, le pone una mano en la mejilla y le da un beso corto en los labios, porque hace meses que Eleanor se deshizo de sus propios prejuicios, y ahora es una mujer que se siente completamente libre y besa a Julia cuando le apetece, haya quien haya delante.
—¿Cuándo quieres que me mude contigo? —pregunta Julia sonriendo.
—Cuando tú quieras. Tienes una llave de mi casa; solo tienes que usarla una vez más y quedarte dentro, es fácil.
Julia se ríe y asiente.
—Muy bien, empezaré a organizar mis cosas cuando volvamos y buscaré alguna empresa de mudanzas.
—Estupendo.
Eleanor le pasa un brazo sobre los hombros y siguen su paseo entre los puestos hasta que llegan a una plaza más abierta, donde hay un enorme árbol de Navidad con las luces encendidas —tan grande que impresiona— y ambas se detienen frente a él para mirarlo.
—Feliz Navidad —susurra Julia contra su oído, y Eleanor siente la corriente atravesarle todo el cuerpo.
Se gira para mirarla y ve que Julia tiene las mejillas rojas por el frío, el pelo un poco revuelto por el viento y el reflejo de las luces del árbol en esos ojos que tanto le gustan y, mientras la observa, piensa que le resultaría muy difícil describir todo lo que siente por ella porque, cuando lo intenta, se abruma y le entra ansiedad ante la idea de perderla.
—Feliz Navidad, cariño —responde, apretándola contra ella para besarle la sien y continuar el recorrido.