Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

S on las cinco y cuarto de la tarde cuando a Julia le llega el correo de Hale.

Lo lee dos veces en su móvil, de pie junto a su mesa con el bolso colgado al hombro porque estaba a punto de salir.

Una frase y media para decirle que la documentación presentada cumple los criterios del plan estratégico y que el seminario de pensamiento crítico legal queda aprobado para el curso siguiente.

Julia quiere saltar de alegría y siente cómo ese nudo tenso que tenía instalado en el pecho por culpa de este tema se afloja de golpe, haciéndole sentir cosquillas.

Nerviosa por la euforia, deja el móvil sobre la mesa y de inmediato vuelve a cogerlo.

Piensa en llamar a Nora para contárselo y poder compartir esto con alguien; después piensa también en Grace y en Natalie, y en un montón de cosas sin sentido durante los siguientes treinta segundos, pero lo que piensa por encima de todo y no puede sacárselo de la cabeza a pesar de que lo intenta es que la persona a quien más le apetece decírselo es a Eleanor.

Eso le molesta, y Julia se guarda el móvil y sale del despacho para dirigirse al aparcamiento.

Desbloquea el coche, abre la puerta y, cuando está a punto de subirse, la ve.

Eleanor está tres filas más allá, de espaldas, abriendo la puerta trasera de su vehículo para dejar el bolso y el maletín.

Lleva un traje chaqueta y el pelo recogido en un moño suelto, y no ha visto a Julia porque está mirando hacia el otro lado.

La profesora debería subirse al coche y marcharse, pero se queda quieta y espera mientras la sigue mirando.

Eleanor cierra el maletero, rodea el coche, abre la puerta del conductor y se sienta.

Julia ve encenderse las luces traseras. Y entonces, como si su cuerpo actuara sin obedecer a su cerebro, se sube a su coche, arranca y sale del aparcamiento dos coches por detrás de Eleanor.

Durante cuatro minutos y tres semáforos, Julia conduce detrás del coche de Eleanor diciéndose que en el siguiente cruce va a girar en la dirección contraria, pero nunca lo hace.

Eleanor la ve en el retrovisor en el segundo semáforo.

Al principio no está segura porque tienen un coche entre las dos, pero su corazón ya está desbocado y toda su atención puesta en ese coche gris hasta que el que las separa se desvía.

Cuando Eleanor se detiene en el siguiente semáforo, reconoce a Julia a través del cristal y, aun así, también mira la matrícula para asegurarse, porque Eleanor la tiene memorizada, igual que su número de teléfono, su fecha de nacimiento y la dirección de su apartamento, al que podría llegar con los ojos cerrados.

Aprieta el volante con fuerza y mira al frente; el semáforo sigue en rojo y vuelve a mirar por el retrovisor para confirmarse de que no está alucinando: Julia sigue ahí, con las dos manos en el volante y la mirada fija en su coche.

Eleanor no puede decir con seguridad que Julia la sigue, aunque la lleve detrás y esté conduciendo en dirección contraria a su apartamento, pero la sola idea de que sea así la pone tan nerviosa que casi se salta el siguiente semáforo.

Durante el resto del trayecto, la exrectora conduce con la mitad de la atención en la carretera y la otra mitad en el retrovisor, donde el vehículo gris de Julia sigue apareciendo en cada recta.

Cuando al fin gira hacia su calle, la profesora también lo hace, y ella apenas puede respirar de la tensión que siente en el estómago.

Estaciona frente a su casa y sale del coche mientras Julia termina de aparcar detrás de ella y sale del suyo, y empieza a caminar muy despacio hasta la entrada para dejar que la profesora de ojos color miel la alcance.

—¿Puedo pasar? —pregunta Julia cuando llega a su lado.

Eleanor, aturdida, asiente.

—Claro.

La exrectora busca las llaves en el bolso con extrema concentración, y Julia sonríe sin que la vea cuando se da cuenta de cómo le tiemblan las manos mientras intenta introducir la llave en la cerradura, fallando en el primer intento y en el segundo, hasta que al tercero lo logra y abre la puerta.

Julia siente una oleada profunda de nostalgia cuando entra.

Todo está exactamente igual que como lo recordaba, y el olor al ambientador que siempre utiliza Eleanor casi la hace llorar de emoción cuando siente que está retrocediendo en el tiempo, a todos esos momentos perfectos que vivió aquí con ella.

—Siéntate, o lo que tú prefieras —dice Eleanor, dejando su bolso—. ¿Quieres algo de beber?

—Agua está bien.

Eleanor asiente y va directamente a la cocina, aliviada de que Julia le haya pedido algo, porque tiene la boca seca y necesita beber.

Regresa un minuto después y deja el vaso en la mesa baja frente al sofá, donde Julia la espera sentada.

Eleanor se sienta a su lado, aunque dejando un poco de espacio entre las dos.

—Estoy lista para escucharte —dice Julia.

Eleanor la mira y no dice nada durante unos segundos, porque todavía está procesando que ella esté en su casa y necesita tiempo para que su mente se ordene.

—Tuve miedo —dice Eleanor al fin—. De lo que sentía por ti y de lo que eso significaba para mí.

—¿Y qué significaba?

Eleanor se mira las manos como cuando estaba en la consulta de la doctora Lamond.

—Que te necesitaba —confiesa, y la mira—.

Y que no sabía cómo hacer eso sin el cargo.

Cuando era rectora, sabía quién era en cualquier sala.

Tenía un lugar claro y una función específica.

Contigo era la primera vez en treinta años que no necesitaba nada de eso para sentir que merecía estar donde estaba —hace una pausa—.

Y eso me aterraba más que cualquier otra cosa.

Julia escucha sin interrumpir.

—Crecí creyendo que el amor se gana siendo excepcional —sigue Eleanor, explicando algo que aprendió hace poco y que todavía no tiene asimilado del todo—.

Mi padre no conocía otra forma. Y cuando el cargo desapareció, la parte de mí que él construyó dijo que ya no tenía nada que ofrecerte.

Que eras demasiado brillante y joven, y que antes o después ibas a darte cuenta.

—¿Y por eso dejaste de comunicarte conmigo?

—Sí —admite Eleanor—. Me fui porque necesitaba un mes conmigo misma, y no volví porque el silencio me parecía más fácil que llamarte y no saber qué decirte cuando me preguntaras quién era yo sin ese despacho.

Julia mira el vaso de agua.

—Podrías haberme preguntado a mí —dice Julia—. Yo te habría respondido.

—Lo sé —dice Eleanor—. Ahora lo sé, pero entonces no, y el miedo me dejó paralizada.

—¿Me sigues queriendo? —pregunta Julia sin rodeos, mordiéndose los labios mientras espera que la respuesta sea positiva.

—Claro que te quiero —Eleanor no duda—. Estos meses sin ti han sido los peores de mi vida, y sé que eso no justifica lo que te hice, pero volver y verte todos los días es un regalo y una tortura al mismo tiempo —hace una pausa para beber—.

Nora Walsh me parece la persona más irritantemente encantadora del mundo, y cada vez que os veo juntas quiero morirme.

Julia levanta las cejas ante el último comentario, que Eleanor ha soltado con una sinceridad abrumadora, y de pronto se ríe.

Es una risa corta, involuntaria, que le sale antes de que pueda detenerla, y Eleanor la mira con las mejillas rojas, algo que Julia no recuerda haber visto antes y le parece encantador en una mujer como ella.

—¿Es esa tu manera de decirme que estás celosa?

—Muy celosa —asiente Eleanor, sin apartar sus ojos verdes de Julia.

La distancia entre ellas parece haber cambiado sin que ninguna se haya movido.

Julia levanta la mano y le pone la palma en la mejilla a Eleanor, despacio, dándole tiempo a apartarse, aunque sabe que no va a hacerlo.

La exrectora no se mueve; está congelada con los ojos fijos en los de Julia y los labios entreabiertos.

Julia se inclina un poco más y la besa. Lo hace despacio, con la mano todavía en su mejilla, sin que se parezca en nada a ese beso espontáneo y furioso que le dio en el baño.

En este momento es muy consciente de lo que está haciendo porque no es un acto impulsivo, y se convierte en algo más húmedo cuando Eleanor reacciona tras unos segundos de parálisis.

Julia siente la boca de Eleanor abriéndose bajo la suya y la invade un calor por todo el cuerpo que no había sentido desde hacía demasiado, algo que es una mezcla de alivio y deseo, la nostalgia de los meses anteriores a su viaje y el recuerdo amargo de los meses de silencio.

Eleanor le pone una mano en la cintura porque necesita tocarla; lo hace con firmeza y la profesora siente que le cosquillea toda la zona que cubre, pero sabe lo que vendrá después si no la detiene, y Julia necesita que esto sea más lento, así que rompe el beso y se separa un poco, aunque no ha quitado la mano de su cara.

—Todavía no, Eleanor —susurra, y suspira de forma temblorosa.

La mano de Eleanor no se aparta de inmediato; lo hace un par de segundos después porque le cuesta horrores alejarse de ella, pero está dispuesta a cualquier cosa para que Julia se sienta cómoda, así que afloja los dedos y retira la mano.

—De acuerdo —dice en voz baja, y Julia se aparta un poco más y le sonríe.

Se levantan del sofá al mismo tiempo, como si ambas supieran que es el momento de que Julia se marche sin necesidad de decirlo. Eleanor la acompaña hasta la puerta y la abre cuando Julia coge su bolso, pero antes de cruzar el umbral, la profesora se gira.

—Hale ha aprobado el seminario —dice, y levanta las cejas sin poder evitar que su sonrisa se tuerza mostrando su satisfacción.

Eleanor suelta un suspiro por la nariz y acaba sonriendo del mismo modo que Julia, mientras contiene las ganas de dar un paso y abrazarla.

—No esperaba menos. Lo contrario habría puesto en entredicho su capacidad como rectora —dice Eleanor.

Julia suelta una carcajada que hace que su cuerpo entero tiemble, y Eleanor siente que esta es la risa de la verdadera Julia, la que le sale de dentro cuando se divierte o es feliz, la que hasta ahora solo podía arrancarle Nora mientras ella miraba; pero ella también lo ha conseguido, y quiere darse un cabezazo contra la pared de pura felicidad cuando se da cuenta de que ya no va en desventaja con Nora, sino que se ha puesto un paso por delante.

—Buenas noches, Eleanor —dice Julia, todavía divertida por la respuesta de la mujer, tan típica de ella, que tanto echaba de menos.

—Buenas noches, Julia.

Eleanor cierra la puerta y Julia camina hasta su coche y apoya la frente en el volante cuando se sienta, sintiendo el calor de los labios de Eleanor sobre los suyos y estremecida cuando recuerda la sensación de su lengua dentro de la boca.

La exrectora se sienta en el sofá, con las manos en el regazo mientras se las mira durante un momento, como si no las reconociera del todo porque todavía le tiemblan.

Todavía no.

Eleanor piensa en ello y sonríe, porque no es un no, y eso significa que Julia todavía la quiere.