Capítulo 26
—Cuénteme —dice Lamond cuando Eleanor todavía no ha terminado de acomodarse frente a ella.
La exrectora se echa hacia atrás en el sillón, pegando la espalda al fondo al mismo tiempo que pone ambas manos en los reposabrazos y cruza una pierna sobre otra mientras la doctora la observa y piensa que están yendo por el camino correcto, porque la mujer que volvía a sentarse en el borde con la espalda recta como una vara cuando regresó de su viaje ha conseguido relajarse.
—Hay avances —dice Eleanor—. Pequeños, pero los hay.
Lamond no dice nada, solo la mira con ese silencio que Eleanor ya sabe que significa que debe continuar, pero que la irrita de todos modos.
—En la reunión de evaluación del seminario de Julia, Hale me preguntó si tenía algo que añadir.
Podría haber hablado durante diez minutos para aclararle varias cosas a esa mujer que Julia no dijo por educación —Eleanor esboza una pequeña sonrisa torcida—.
Conozco los datos en los que se basa todo, sé cómo le gustan a Hale las cosas porque es bastante predecible, y sé exactamente qué teclas tocar para conseguir lo que necesito, pero no dije nada.
—¿Por qué?
—Porque no era mi momento. Era el de Julia, y ella estaba perfectamente capacitada para defenderse, no me necesitaba.
—¿Y cómo fue eso de quedarse callada? —pregunta Lamond.
—Difícil —admite Eleanor, sin adornarlo—. Mi instinto era intervenir. Organizar, dirigir y asegurarme de que todo iba como se esperaba y que Julia salía de esa reunión con el programa aprobado, pero me contuve.
—¿Y el resultado cuál fue?
—Julia defendió sola su programa. Y era mejor así —Eleanor cruza las piernas hacia el otro lado—.
Después, en el pasillo, me dio las gracias.
Me miró… —se detiene un momento para buscar la palabra—, de verdad, sin ese destello de rabia que siempre había en sus ojos desde que volví. Y me apretó el brazo antes de irse.
Eleanor se siente estúpida al comentar esto último porque le parece algo infantil, pero para ella fue muy importante ese gesto, y se toca el brazo donde Julia apoyó su mano sin darse cuenta mientras Lamond anota algo.
—¿Cómo recibió usted ese gesto?
Eleanor suspira con brusquedad.
—Con más dificultad de la que me gustaría admitir —reconoce tras detenerse a pensarlo—.
Porque quería hacer algo con ello, quiero decir, aprovechar el momento para intentar hablar con ella, invitarla a un café o cualquier cosa que me permitiera pasar un poco de tiempo con Julia para tratar de arreglar este desastre, pero tampoco lo hice.
Lamond asiente, complacida.
—¿Qué hizo?
A Eleanor le apetece echar la cabeza hacia atrás, apoyarla contra el respaldo y mirar al techo durante un rato, pero no puede porque se ha hecho un moño bajo y no quiere despeinarse.
—Le dije que no tenía que agradecerme nada. Que su trabajo era brillante, y dejé que se fuera.
Lamond deja el bolígrafo sobre el cuaderno.
—Eso es consistencia, Eleanor. No solo se está esforzando por respetar a Julia y darle el espacio que necesita, sino que está aprendiendo que no tiene que controlarlo todo.
—Sí, supongo —dice Eleanor, y hace una mueca con los labios mientras mira hacia la ventana.
—¿Qué le preocupa? —pregunta Lamond, que no deja de observarla.
—Nora Walsh —suelta Eleanor sin mirarla todavía.
Lamond busca el nombre en las notas que ha ido tomando durante las últimas sesiones y lo subraya cuando lo encuentra.
—La amiga de Julia. ¿Qué pasa con ella?
Eleanor mira la planta que hay en el alféizar de la ventana un momento antes de seguir.
—Me pone muy nerviosa verla con Julia.
La doctora levanta una ceja sin poder evitarlo.
—¿Siente celos de Nora Walsh?
—Sí —admite Eleanor, clavando sus ojos verdes en Lamond—.
Sé que son celos irracionales. Nora es su amiga y no hay nada confirmado entre ellas, pero la veo en la sala de profesores preparándole el café sin que Julia se lo pida, y la escucho reírse con ella, y sé que esa mujer está ahí, disponible, atractiva, simpática y sin aparentes problemas emocionales, y yo me quedo con esa imagen durante horas. Es agotador.
—¿Qué cree que representan esos celos exactamente?
Eleanor resopla.
—¿Eso no tendría que decírmelo usted?
—Se lo diría, pero quiero que me lo diga usted a mí, porque sé que sabe perfectamente lo que significan.
El pecho de Eleanor se eleva cuando coge aire y lo suelta con velocidad por la nariz. A veces esta mujer la saca de quicio con sus silencios y sus preguntas incómodas.
—Significa que podría perderla del todo —dice al fin—. Que alguien mejor puede darle lo que yo no supe concederle.
—¿Mejor en qué sentido?
—Una relación tranquila, sin sobresaltos —Eleanor hace un gesto con la mano—. No creo que Nora Walsh sea de las que desaparecen, y sabe cómo le gusta el café a Julia —añade, porque eso la tiene muy preocupada—. Seguro que esa mujer no necesita veinte sesiones de terapia para entender por qué huye.
—¿Y eso la convierte en mejor opción para Julia que usted? —pregunta Lamond.
—La convierte en una opción más cómoda.
—No le he preguntado eso.
La exrectora la mira.
—No lo sé —Eleanor vuelve a resoplar, preguntándose una vez más por qué le paga a esta mujer—. Eso es lo que me aterra, que no sé si puede ser mejor para ella que yo.
Lamond coge el bolígrafo de nuevo.
—Eleanor, ¿y si en lugar de concentrarse en lo que Nora Walsh puede o no puede darle a Julia, se concentrara en ser la persona que realmente quiere ser para ella? —Hace una pausa—. No tiene que ser mejor que nadie y tampoco tiene que ser excepcional, solo ser suficiente para Julia.
Eleanor abre la boca y la cierra.
—Suficiente me parece una palabra muy mediocre —espeta con el ceño fruncido.
Lamond se muerde los labios para no reírse.
—¿Por qué?
—Porque suficiente es el mínimo.
—¿Eso piensa usted, o eso le enseñaron a pensar? —dispara la doctora.
Eleanor no responde de inmediato.
—Para mi padre la palabra suficiente era algo así como el límite antes del fracaso. Excepcional era lo único aceptable —explica Eleanor, con la mirada perdida.
—¿Y usted piensa que Julia se enamoró de la mujer excepcional?
—Julia se enamoró de… —Eleanor se detiene.
Lamond espera, lista para anotar.
—Julia se enamoró de la rectora —dice Eleanor—. De alguien con un cargo, con autoridad, con…
—¿Está segura de eso? —la interrumpe.
Eleanor frunce el ceño, y Lamond toma notas porque acaba de encontrar otro de los miedos de Eleanor y un motivo más por el que huyó: el miedo a que Julia se desencantara cuando se diera cuenta al fin de que Eleanor ya no era esa persona con poder que dirigía una universidad desde su silla detrás de una mesa.
—¿No debería estarlo? —pregunta Eleanor, desconcertada.
—Cuénteme cómo la miraba Julia cuando usted era vulnerable —dice Lamond—. No cuando presidía las reuniones, sino en otros contextos, en casa, en la cama o simplemente cuando mantenían una conversación.
Eleanor tiene la mirada fija en un punto entre la mesa y la pared.
—Como si fuera lo más importante que había visto —dice, casi susurrando—. Como si fuera algo que quería proteger, no algo que la decepcionaba.
—¿Y cree que la rectora necesitaba que la protegieran?
—No —Eleanor la mira—. La rectora nunca temblaba.
—Entonces Julia no se enamoró de la rectora —sentencia Lamond.
Se quedan un segundo en silencio mientras Eleanor asume la información.
—Su padre le enseñó que el amor se gana siendo excepcional —dice Lamond—.
Y usted se ha pasado la vida siendo excepcional para no tener que descubrir lo que pasa si no lo es.
Si es solo Eleanor —Lamond hace una pausa para dejar que sus palabras calen bien en la exrectora—.
El problema es que Julia ya conoce a la mujer que solo es Eleanor, y se enamoró de ella, no de una presencia autoritaria en un despacho.
Eleanor se mira las manos, asintiendo.
—¿Y si ser suficiente no basta? ¿Y si Julia necesita a alguien que no salga corriendo, y yo soy precisamente alguien que lo hace?
—¿Ha salido corriendo en los últimos tres meses? —pregunta Lamond.
Eleanor la mira.
—No.
—¿Ha querido hacerlo?
La pausa es más larga esta vez.
—Sí. Varias veces —admite Eleanor.
—¿Y?
—Y no lo he hecho —responde, recordando la conversación que tuvo con Grace.
—Eso —dice Lamond—, es exactamente la diferencia entre la persona que era y la que quiere ser en realidad. Su instinto nunca desaparecerá, pero ya no la gobierna; ahora es usted la que decide, y ha decidido quedarse.
Eleanor no responde y Lamond no dice nada, dejando de nuevo ese espacio incómodo para que Eleanor lo rellene.
—Julia no se enamoró de la rectora —dice por fin.
Lamond niega despacio con la cabeza.
—No.
Eleanor se vuelve a mirar las manos.
—Se enamoró de mí.
Se hace un breve silencio.
—Y yo salí corriendo —remata ella misma, aturdida.
Lamond no dice nada y Eleanor levanta la mirada y la clava de nuevo en la planta sobre el alféizar.
—¿Sabe? —dice, con la mirada desenfocada—. Llevo toda la vida pensando que ser excepcional era lo que me hacía merecedora de las cosas. Del cargo, del respeto… De que alguien se quedara conmigo por todo eso.
—¿Y ahora?
Eleanor tarda un momento en responder.
—Ahora pienso que Julia se quedó precisamente cuando yo dejé de ser excepcional —hace otra pausa—. Y que yo me fui justo en ese momento.
Lamond anota algo en el cuaderno y después lo cierra, que es la señal que Eleanor ha aprendido a identificar como el final de la sesión.
—Nos vemos la semana que viene, Eleanor, pero quiero que piense en todo lo que hemos avanzado hoy —dice Lamond.
Eleanor se pone de pie mientras asiente, y la mujer la acompaña hasta la puerta y la mira como si esperara que dijera algo antes de salir.
—Suficiente —murmura Eleanor—. Voy a tener que acostumbrarme a esa palabra.
—Tómese su tiempo —dice Lamond.