Capítulo 25
—Tu informe tiene cada cabo suelto cubierto, confía en los datos —dice Eleanor cuando entran en la sala donde se celebra la evaluación del seminario de Julia.
La profesora la mira y asiente, conteniendo las ganas de darle las gracias por el apoyo porque no puede entrar en esa sala sintiéndose débil, y si le da las gracias a Eleanor, ella la mirará fijamente con esos ojos verdes tan intensos y todo lo que ha preparado para defender su seminario se evaporará de su cabeza.
—Profesora Bernet, tiene veinte minutos.
Patricia Hale lo dice sin levantar la vista de los papeles que tiene delante, como si el tiempo de Julia ya hubiera empezado a correr antes de que ella terminara de sentarse.
Están en la sala de reuniones pequeña del rectorado, la misma donde Eleanor presidió durante años y que ahora tiene el membrete nuevo de Hale en las carpetas y una planta diferente en el rincón.
Julia deja su informe sobre la mesa con una calma que ha ensayado esta mañana frente al espejo porque no pensaba llegar aquí con las manos temblando, pero le está costando.
Son seis personas alrededor de la mesa, con Hale en la cabecera, Vancy a su derecha, Méndez —para disgusto de Julia y de la propia Eleanor— y dos personas más del área de planificación académica que Julia no conoce muy bien.
Y, por último, está Eleanor sentada al lado de Julia, con el bolígrafo en la mano y la expresión completamente neutra.
—El seminario de pensamiento crítico legal lleva casi un año en funcionamiento —empieza Julia, abriendo el informe—.
Les voy a presentar tres bloques que demuestran su viabilidad: impacto en el alumnado, comparativa con programas equivalentes en otras universidades y proyección de continuidad según los criterios del plan estratégico.
Hale ha dejado lo que hacía y la escucha con atención, medio girada hacia Julia con una expresión que Eleanor no consigue descifrar porque la mujer es tan buena como ella ocultando sus emociones.
Julia habla durante casi doce minutos sin que nadie la interrumpa más que ella misma para dar sorbos de agua cuando la boca se le seca —que es bastante a menudo—.
Habla de los datos de continuidad en posgrado, los testimonios de cuatro alumnos del primer semestre que Julia ha seleccionado entre todos los demás, los números de Boston que Nora le pasó con el programa equivalente y su trayectoria en cuatro años, el marco metodológico de Columbia sobre impacto diferido y la bibliografía de Eleanor construyendo el puente entre los datos y el criterio específico de Hale sobre coste-beneficio medible.
Todo encaja a la perfección y Julia lo sabe mientras habla con una seguridad que forma parte de su defensa y que no finge.
Cuando termina, Hale hace una pausa de tres segundos mientras piensa.
—Los datos de continuidad en posgrado son convincentes —dice la rectora—, pero son datos diferidos, profesora Bernet. El plan estratégico requiere métricas de impacto en el semestre en curso. ¿Cómo responde a eso?
Julia ya tenía la página marcada con un post-it , ha anticipado todas las preguntas que creía que podrían hacerle y ha preparado las respuestas.
—El artículo de Ferrante del año pasado, que está en el anexo tres, establece que evaluar programas de pensamiento crítico con métricas de impacto inmediato produce falsos negativos sistemáticos.
No es un problema del programa, es un problema del instrumento de medición —Julia hace una pausa para coger aire y mira a Eleanor de reojo porque esto lo sabe gracias a ella—.
Lo que sí tengo del semestre en curso son los datos de participación voluntaria en actividades extracurriculares relacionadas con el seminario.
La tasa es del sesenta y cuatro por ciento, que está diecisiete puntos por encima de la media del departamento.
Hale anota algo en su libreta y Méndez levanta la mano.
—El problema de la participación voluntaria como métrica es que depende de la implicación personal del docente —dice, ajustándose las gafas como cada vez que habla, como si se le bajaran un poco cada vez que mueve la mandíbula—.
Si la profesora Bernet deja de estar disponible por cualquier razón, ¿qué garantiza la continuidad del programa?
Julia le dedica una mirada fulminante, igual que la de Eleanor.
—El diseño curricular del seminario está documentado en el anexo cinco —responde Julia—.
Incluye metodología, criterios de evaluación y materiales de desarrollo que permiten que cualquier docente formado en el área pueda implementarlo.
La dependencia del docente fundador es inherente a cualquier programa en sus primeros años.
No es una debilidad del diseño, es una fase.
Méndez se recuesta en la silla, sin saber qué responder, y Hale mira a Julia durante un momento antes de mirar a Eleanor.
—Profesora Morley, dada su experiencia en gestión de programas académicos, ¿tiene algo que añadir?
Todos se giran hacia ella menos Julia, que tiene los ojos clavados en el informe que ha preparado mientras espera su respuesta, con el pulso acelerado por el simple hecho de haber escuchado a Hale dirigirse a ella.
—La profesora Bernet ha cubierto todos los puntos relevantes que demuestran la viabilidad del programa —dice Eleanor—. Yo no tengo nada que añadir.
Julia la mira sin poder evitarlo. Es apenas un segundo el tiempo que tarda en encontrar los ojos verdes de Eleanor a su lado y ver en ellos exactamente lo que necesitaba ver: que Eleanor podría haber añadido cosas, tiene criterio y experiencia de sobra en el asunto y conoce los engranajes de esta institución mejor que nadie en esta sala, pero ha elegido no usarlos y quedarse a un lado.
No porque no pueda sino porque no es su momento, porque confía en Julia y se lo acaba de demostrar otra vez, dejando que se defienda ella sola.
Julia aparta la mirada y la dirige hacia Hale.
—¿Alguna pregunta más? —dice la rectora, paseando la mirada sobre todos los presentes.
Hale cierra la carpeta al ver que nadie habla.
—Bien. Tomaré una decisión en las próximas semanas —dice poniéndose en pie—. El informe es completo. Le haré llegar la resolución por escrito, profesora Bernet.
No ha dicho que lo aprueba, pero tampoco es el no que Julia llevaba semanas temiendo en la parte más pesimista de su cabeza, y el hecho de que Vancy asienta y le sonría cuando pasa por su lado, la hace confiarse un poco más, porque, aunque el hombre no supo apoyarla en su momento, sí que lo hizo después, defendiendo su seminario e invitando a Eleanor a que la ayudara con su experiencia.
La reunión se disuelve entre el ruido de las sillas al moverse y Julia recoge sus papeles con las manos sin temblar, porque los nervios parecen haber abandonado su cuerpo hace minutos.
Sale al pasillo y ve a Eleanor caminando unos cuantos metros por delante de ella, y Julia no contiene el impulso de acelerar el paso y colocarse justo detrás.
—Eleanor, espera.
Eleanor se detiene en seco, aturdida por cómo la voz de Julia le ha entrado por los oídos y le ha vibrado por todo el cuerpo. Se gira despacio y la ve frente a ella, mirándola con esos ojos color miel que brillan con la misma intensidad que Eleanor recuerda.
—Gracias por apoyarme —dice Julia.
No añade nada más, pero se lo dice mirándola, y Eleanor no consigue localizar esa capa de frialdad que Julia ha mantenido con ella durante casi cuatro meses.
Por primera vez, siente que la está mirando como antes y las rodillas le flaquean, pero Eleanor se mantiene entera, sin mostrar que le tiemblan hasta las pestañas ahora mismo porque no quiere hacerse ilusiones.
—No tienes que agradecerme nada —dice Eleanor—. Es tu trabajo, Julia, y es brillante.
A Eleanor le gustaría haber añadido que es tan brillante como la propia Julia, pero eso se lo calla para no meter la pata, porque de verdad quiere recuperarla y está dispuesta a cualquier cosa por hacerlo.
Julia la sigue mirando mientras asiente, consciente de que esa distancia entre ellas está empezando a desaparecer, y entonces la asalta el recuerdo de la pared del baño, de ella cogiendo a Eleanor por las solapas de la camisa y de ese gemido ronco que soltó y que lleva instalado en su cabeza desde hace semanas.
Piensa en el artículo con las notas de su letra apretada en los márgenes, en las veces que Eleanor la ha saludado y no ha intentado agobiarla desde que ella se lo pidió, y piensa en hace un momento dentro de esa sala, cuando ha dicho que no tenía nada que añadir y Julia ha sentido que no había muestra de apoyo más grande que esa.
Durante esos segundos, Eleanor permanece completamente paralizada frente a ella, sin saber por dónde saldrá Julia porque tiene derecho a seguir enfadada con ella hasta el fin de los días y, aunque le ha dado las gracias, también puede decirle que eso no cambia nada de lo que le dijo en su apartamento, que la siga dejando en paz.
—Que tengas un buen día —dice de repente, y le da un apretón en el brazo antes de continuar su camino por el pasillo.
Eleanor contiene la respiración y se pone la mano en el mismo sitio que Julia acaba de tocar, sintiéndose más perdida que nunca porque no sabe en qué punto están ahora mismo, pero sí sabe que no es el de antes. La distancia se ha reducido.