Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

E leanor camina por la playa con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta fina que se ha puesto.

Son las nueve de la mañana del domingo, y a esta hora todavía hay poca gente y caminar es agradable y logra lo más importante: despejarle la mente.

Hoy no ha venido sola, Grace camina a su lado con un café en cada mano que ha comprado antes de unirse a ella.

—Gracias —dice Eleanor cuando coge el suyo.

—De nada, mamá.

Caminan durante un rato en silencio sin que este resulte nada incómodo, muy lejos del que había entre ellas cuando su hija la recogió en el aeropuerto hace tres meses.

Desde entonces, han quedado varias veces las dos solas, algunas paseando por aquí y otras con Grace visitando a su madre en su casa al salir del bufete en el que trabaja.

Eleanor se lo ha ido contando todo durante estas últimas semanas, así que Grace está al corriente de sus sesiones con la doctora Lamond y los avances que hace.

También de la sesión de trabajo que tuvo en el despacho de Julia y su labio tembloroso, de esa misma noche cuando la exrectora fue a su apartamento y Julia vomitó todo lo que tenía que decirle y de los encuentros breves que han tenido después y que Eleanor no sabe cómo definir, aunque nunca le ha contado que se besaron en el baño.

—¿Cómo estás hoy? —pregunta Grace.

—Bien —dice su madre, mirándola de reojo—. Mejor que la semana pasada.

Grace asiente y bebe de su café.

—¿Algún avance con Julia?

Eleanor suspira y se encoge de hombros, mirando sus pies descalzos y llenos de arena y después hacia delante.

—No, no lo creo.

—¿No lo crees? —Grace sonríe y levanta las cejas.

Su madre hace las cosas bien o las hace mal, pero nunca se queda en el medio.

—Ya te he dicho que me esfuerzo por respetar su espacio, me pidió que no la molestara y eso es lo que hago.

—Lo sé, pero ¿cómo llevas eso? —insiste Grace.

Su madre se encoge de hombros otra vez, resignada.

—Lo llevo. Pensé que me costaría más hacerlo, pero quiero respetarla. Lo que no llevo bien es no saber si servirá para algo o ya la he perdido del todo y todavía no me he enterado —reconoce Eleanor.

Grace siente que el estómago se le retuerce, una especie de punzada de ansiedad al mirar a su madre porque sabe que, aunque se lo ha buscado ella, está sufriendo, y a Grace le duele verla así y no saber cómo ayudarla.

—Yo tampoco lo sé, mamá. Te dije que hablo con ella, pero sé que hay ciertas cosas que se guarda, supongo que porque soy tu hija y no debe fiarse del todo de que te acabe contando lo que me dice.

—No debí desaparecer —dice Eleanor de pronto, negando con la cabeza mientras siguen caminando—. Debí esforzarme más en buscar otra manera de gestionar el terror que sentía, no se merecía lo que hice, y tú tampoco.

Grace se detiene y le pone una mano en el brazo para que Eleanor haga lo mismo.

—No fue la mejor idea que tuviste, mamá, eso seguro —Grace suspira y se rasca la cabeza, sin saber muy bien cómo decir esto—, pero te entiendo.

Eleanor levanta las cejas y se alegra de haberse detenido, porque de haber seguido caminando, seguro que habría trastabillado al escuchar a su hija.

—¿Lo entiendes? —pregunta desconcertada, y ahora es Grace la que hace un gesto con los hombros e inclina la cabeza para seguir con el paseo.

—Sí, lo hago, y esto no se lo he contado ni siquiera a Shelby —admite para sorpresa de su madre—, pero ¿sabes qué fue lo primero que pensé cuando me dijiste que querías que dejara a Natalie?

—¿Qué? —pregunta realmente intrigada.

—Pensé en aceptar tus exigencias —reconoce Grace—. Mi primer instinto fue ese, aceptar y desaparecer.

Eleanor parpadea sorprendida.

—Ya lo había hecho antes cuando conocí a Natalie la primera vez —sigue contando su hija—. Me asustó mucho lo que sentí y no quise pensar más, así que seguí con mi idea de dejar la universidad tras la muerte de papá y desaparecí. Por eso te entiendo, porque en eso por lo visto me parezco mucho a ti.

—Pero tú no lo hiciste, no huiste cuando te pedí que la dejaras. ¿Qué fue lo que cambió esa vez? —pregunta no solo con la curiosidad de una madre, sino la de una mujer que hasta ahora no ha encontrado a nadie que se ponga en su lugar.

—Natalie y su determinación, supongo —sonríe Grace—.

Cuando la llamé y se lo conté, esperaba que ella se asustara incluso más que yo, porque adoraba su trabajo y pasó meses muriéndose de ansiedad ante la idea de que nos descubrieran, pero lo único que me dijo fue que me fuera a casa y la esperara allí, que ella se encargaba —la abogada se pasa la mano por el brazo, porque se le ha erizado el vello al recordar aquel momento—.

No me dijo que me fuera a mi apartamento, mamá, me dijo que me fuera al suyo, a lo que ella ya consideraba de las dos.

Eleanor asiente mientras la escucha, completamente centrada en su hija.

—Y por una vez, decidí hacerle caso en lugar de huir. Me fui de tu casa a su apartamento y cuando volvió me contó la conversación que había tenido contigo —Grace se detiene para beber un poco de café y Eleanor quiere arrancarle el vaso de las manos y decirle que beba después de contárselo todo.

—¿Y? —pregunta, ansiosa.

—No lo sé, supongo que entendí que, si ella era capaz de arriesgar su puesto por mí, yo no podía ser menos. Y que, si iba a querer a alguien, y te aseguro que entonces ya la quería mucho, tenía que aprender a quedarme, aunque a veces sintiera miedo y ganas de salir corriendo.

—Y te quedaste —sonríe Eleanor, orgullosa de ella.

—Sí, lo hice —Grace también sonríe—. Y no he vuelto a sentir esa necesidad de huir desde entonces, o si la siento, sé lo que significa y que no tengo que obedecerla.

Eleanor da un sorbo a su café, mirando primero hacia el mar y después hacia su hija.

—Eres más valiente que yo.

—No lo soy, mamá. Sé lo angustioso que es sentir terror ante lo que más deseas y salir corriendo. Lo hice durante muchos años con Natalie antes de atreverme a volver. Así que, aunque me enfadé cuando desapareciste, en el fondo te entendía. Solo que no te lo había dicho hasta ahora.

—Gracias por hacerlo —dice Eleanor, y le pasa un brazo sobre los hombros.

Grace se deja hacer y caminan así durante un rato, con el brazo de Eleanor sobre los hombros de su hija y los cafés en la mano, y Eleanor piensa que hay cosas que se pierden durante años, pero que cuando vuelven todo es mucho mejor.

—Tú me enseñaste muchas cosas —dice Grace—. Como a no firmar nada sin leerlo dos veces y a no dejar que nadie me pase por encima, pero quedarte no fue una de ellas, mamá —Grace no habla con rencor—. Eso lo aprendí sola y me costó mucho. Ahora te toca a ti.

Eleanor aprieta los labios hasta convertirlos en una línea fina y recta.

—Lo sé —dice mirándola—. El problema es que no sé cómo demostrarle a Julia que puede confiar en mí. Que esta vez no voy a desaparecer.

Grace duda un momento antes de responder.

—No creo que tengas que demostrárselo —dice, apurando el último sorbo de su vaso—. Solo necesitas que sepa que estás presente y que la sigues queriendo.

—Lo segundo creo que lo sabe —murmura Eleanor.

—Entonces ten paciencia —Grace le pasa una mano por detrás de la cintura—. Ella se vio obligada a tenerla cuando tú no estabas. No es tan descabellado pedirte lo mismo.

Eleanor asiente y mira de nuevo hacia el agua durante unos cuantos pasos, centrada en el sonido y en todo lo que Grace le ha contado.

Nunca se imaginó que su hija se sintiera de ese modo y, aunque no se alegra de que haya heredado uno de los peores defectos que tiene ella, siente que esto las ha unido un poco más.

—¿Conoces a Nora Walsh? —pregunta al cabo de un rato.

Grace la mira de reojo.

—No —responde, entornando la mirada con esos ojos verdes idénticos a los de su madre—, pero Julia me ha hablado mucho de ella, son muy amigas.

Eleanor aprieta los dientes hasta que casi le crujen y el brazo sobre los hombros de Grace ejerce un poco más de presión sin que Eleanor sea consciente. Su hija se ríe. Una carcajada corta y divertida que se diluye con el viento de la playa mientras Eleanor la mira con expresión irritada.

—¿De qué te ríes?

—¿Estás celosa de Nora? —pregunta Grace.

Eleanor mira hacia delante mientras piensa qué responder.

—Tal vez —murmura sin parpadear.

Grace se ríe de nuevo, y esta vez Eleanor no puede evitar que algo en la comisura derecha de su boca también tire hacia arriba.

—Si te sirve de algo, Julia sigue enamorada de ti, pero haces bien en preocuparte, ahora está vulnerable, y ya sabes que en esos momentos una puede ser débil… —bromea Grace.

—No me estás ayudando —protesta Eleanor, sintiendo que el corazón se le acelera.

Grace se aprieta contra su cuerpo y su madre le besa la cabeza mientras siguen caminando y ella intenta recordar cuándo fue la última vez que caminó así con su hija.

Y se estremece cuando se da cuenta de que probablemente nunca lo han hecho porque Grace era muy de su padre, y ella nunca encontró la manera de acercarse a ella con la misma facilidad con la que lo hacía él. Hasta ahora.