Capítulo 23
O cho meses antes.
Julia se despierta con el sol dándole en la cara y el lado izquierdo de la cama vacío.
Estira el brazo hacia donde debería estar Eleanor y encuentra la almohada fría, lo que significa que ya lleva un rato levantada.
Se queda un momento mirando el techo del dormitorio de Eleanor, que es blanco y no tiene ni una sola grieta, pero que a Julia le reconforta porque la hace sentirse tan en su casa como si de verdad estuviera en la suya.
Sonríe y piensa en la ausencia de ruido; en casa de Eleanor Morley siempre reina el silencio porque nunca enciende la tele, salvo que Julia insista en que vean una película.
Se sienta en la cama. Es sábado por la mañana y no tiene nada que hacer hasta las siete de la tarde, cuando Grace y Natalie vendrán para cenar, lo cual significa que tiene todo el día para hacer lo que quiera —al igual que Eleanor— aunque ella tiene una relación con el tiempo libre desde que no es rectora en la que todavía está desorientada, a pesar de que tiene la rutina de pasear por la playa.
Julia se levanta en camiseta y bragas, descalza, y sale de la habitación persiguiendo el olor del café recién hecho que la guía hacia la cocina. La cafetera todavía está caliente cuando se sirve la taza y después se dirige hacia el salón, deteniéndose bajo el umbral de la puerta.
Eleanor está en el sofá con las piernas cruzadas y el periódico desplegado sobre ellas, con un pijama verde claro que Julia le regaló el mes pasado porque todos los de Eleanor eran demasiado oscuros y este hace juego con sus ojos.
Lleva puestas las gafas de leer, unas de montura fina que suele tener en la mesilla y que Julia le ha visto puestas pocas veces porque Eleanor solo las utiliza cuando piensa que nadie la mira.
Tiene un bolígrafo en la mano y está subrayando algo en el margen con una expresión tan concentrada, que parece que se haya olvidado de que fuera de esta casa, el mundo sigue avanzando.
Julia se permite observarla durante unos segundos, con el café en la mano, mientras piensa que hay muy pocas versiones de Eleanor Morley que no haya visto, y esta es la más sexy de todas: con las gafas puestas, despeinada, en pijama y en una postura completamente relajada, sin esa capa de autoridad que siempre se empeña en mostrar a los demás. El corazón se le acelera y sonríe.
—Buenos días —saluda Julia.
Eleanor levanta la mirada por encima del periódico y sus ojos verdes, amplificados ligeramente por las gafas, la encuentran en el umbral de la puerta y la recorren con un deseo que no se molesta en disimular.
Mira la camiseta, las bragas, los pies descalzos y el café en las manos, y no baja el periódico.
Julia empieza a caminar hacia ella. Lo hace despacio porque no tiene ningún tipo de prisa y le gusta ver los cambios en la cara de Eleanor cuando Julia se mueve por su casa como si también fuera suya, algo que al principio le costó asimilar.
Cuando llega al sofá, le quita el periódico de las manos. Después le quita el bolígrafo, lo deja todo en la mesilla junto con su café y se sienta a horcajadas sobre ella.
Eleanor la mira desde abajo con toda su atención centrada en ella.
—¿Qué leías? —pregunta Julia.
—Un artículo sobre la reforma del sistema de nombramiento de jueces federales —responde Eleanor, intentando sonar tranquila a pesar de tener a Julia encima de sus muslos en ropa interior a las nueve de la mañana.
—¿Y?
—Y el argumento central tiene dos problemas metodológicos que el autor ignora a propósito porque resolverlos complicaría sus conclusiones —Eleanor hace una pausa—. Lo cual es intelectualmente hipócrita, aunque académicamente conveniente.
Julia apoya las manos en los hombros de Eleanor.
—¿Cuáles son los dos problemas?
Eleanor levanta una ceja.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Te estoy preguntando, ¿no? —dice Julia, torciendo una sonrisa.
Eleanor la mira durante un segundo mientras decide si Julia es sincera o solo pregunta por cortesía. Concluye que parece lo primero a pesar de que está moviendo los pulgares por el cuello de Eleanor, tratando de desconcentrarla.
—El primero es que toma como punto de partida que el sistema actual es neutral, cuando hay suficientes pruebas empíricas de que no lo es —sus manos se han posado en las caderas de Julia—.
El segundo es que propone el escrutinio parlamentario como solución sin considerar que, en un sistema polarizado, ese escrutinio reproduce exactamente los sesgos que dice querer corregir.
—O sea, que la solución tiene el mismo problema que el problema —dice Julia.
—Exactamente.
—¿Y él no lo ve? —Julia levanta ambas cejas.
—Lo ve —dice Eleanor—. Por eso ignora la prueba que lo demostraría. Es más fácil ignorarla que reescribir el argumento.
Julia inclina la cabeza.
—Qué poca sinceridad.
—Muy poca —los pulgares de Eleanor se mueven sobre los huesos de las caderas de Julia—. Aunque es un error común. Es más cómodo construir un argumento que encontrar la realidad y defender el que se ajusta a ella.
—¿Tú haces lo segundo?
—Lo intento —dice Eleanor—. No siempre lo consigo.
Julia la mira. Eleanor todavía tiene las gafas puestas y el pelo recogido en lo que queda de un moño.
La luz que le da desde la ventana hace que sus ojos verdes adquieran una tonalidad que no consigue describir, aunque se lo proponga.
La primera vez que se lo dijo a Eleanor, ella la miró incrédula, pero sonrió cuando Julia trataba de buscar algo con lo que comparar el tono de sus ojos y no lo encontraba.
Julia baja las manos desde los hombros de Eleanor hasta el primer botón del pijama y lo desabrocha.
Eleanor no dice nada, pero su pecho se empieza a mover más despacio, como si estuviera regulando la respiración para que no se note lo mucho que se está acelerando.
—Entonces el argumento del artículo es absurdo —dice Julia, abriendo el segundo botón.
—En esencia, sí —la voz de Eleanor baja medio tono—. Asume su propia conclusión como premisa, lo cual invalida…
Tercer botón.
—Lo cual invalida el razonamiento completo —completa Julia.
—Sí —Eleanor traga saliva—. Aunque hay una parte del análisis histórico que es sólida. Los datos sobre la evolución del proceso de confirmación desde los años setenta son…
Cuarto botón, y Julia le abre el pijama del todo, observando la piel de su cuello, la de su clavícula y los pechos de Eleanor, poniendo una mano plana sobre su esternón que hace que la exrectora ya no pueda controlar su respiración.
—¿Desde los años setenta? —sigue Julia, pero su mirada ya se ha oscurecido.
—Desde los años setenta —confirma Eleanor, y Julia siente que la voz se le escapa por los pulgares que se mueven en sus caderas y le atraviesan todo el cuerpo—. El promedio de días de confirmación era de…
Julia se quita la camiseta. Se la saca por la cabeza y la deja caer al lado del sofá, volviendo a apoyar la mano sobre el pecho de Eleanor mientras la exrectora trata de recordar lo que estaba diciendo.
—¿Decías? —pregunta Julia.
Eleanor la mira. Lo hace de esa manera que tiene, con esa atención completa que siempre tiene para Julia, y la profesora siente que la piel se le eriza en la clavícula, el pecho y el vientre mientras los ojos de Eleanor pasan por todos esos sitios.
—Hablabas de la confirmación… —dice Julia, con la voz entrecortada.
Eleanor no responde. Se quita las gafas, las deja en la mesilla con un cuidado que no corresponde al ritmo de lo que está pasando y, cuando vuelve a mirar a Julia su expresión ha cambiado, ya no es la de una mujer que analizaba un artículo, es la de la mujer que ha decidido que no tiene ninguna razón para seguir hablando cuando lo que quiere hacer es dejar de contenerse.
Le pone una mano en la nuca y la baja hacia ella para besarla. El beso es de los que le dejan claro a Julia que Eleanor no tiene ningún tipo de prisa, y lo entiende a la primera porque lleva meses aprendiendo de cada gesto y expresión de esta mujer.
—Me encanta que me beses así —susurra contra su boca y, cuando mueve las caderas sobre ella buscando presión, Eleanor hace un sonido bajo contra su boca que atraviesa su pecho y le aterriza entre las piernas.
—Pareces necesitada —murmura Eleanor con las pupilas dilatadas.
Julia se ríe, un sonido corto y seco como si el aire se le hubiera escapado de los pulmones, pero su risa se interrumpe y se convierte en un jadeo cuando Eleanor la besa entre el cuello y el hombro.
Las manos de la exrectora empiezan a subir por sus costados y Julia arquea la espalda, poniéndoselo muy fácil para atrapar un pezón con la boca.
Julia gime con fuerza, sorprendida por lo extremadamente excitada que se siente con tan solo un beso y un par de caricias, y vuelve a gemir cuando nota la mano de Eleanor moverse por la cara interna de sus muslos, después sobre la tela de sus bragas y, por último, contra su humedad cuando Eleanor las aparta hacia un lado.
—¿Quieres esto o prefieres mi boca? —pregunta, y el aire de su aliento choca contra el pecho derecho de Julia, haciendo que se tense por completo.
—Tu boca estaba bien donde estaba —jadea, poniendo una mano en su nuca para atraerla hacia su pecho.
Eleanor obedece y se mete el pezón en la boca mientras dos de sus dedos se deslizan dentro de Julia, y ella suelta un gemido ahogado que hace que Eleanor meta un tercero al notarla tan receptiva.
—¿Bien? —pregunta, y Julia no responde, solo coloca las manos sobre los hombros de Eleanor, la empuja ligeramente hacia atrás y la mira a los ojos mientras empieza a moverse sobre sus dedos.
A Eleanor hay muchas cosas que le daban pudor al principio —como tocarse delante de Julia— pero la imagen de la profesora a horcajadas en sus piernas cabalgando sobre sus dedos, la tiene con el vientre vibrando de necesidad.
—Venga… —la anima Julia jadeante cuando la ve dudar, y Eleanor decide no pensar más, se lleva una mano entre las piernas, la mete por dentro del pijama y debajo de las bragas, y empieza a masturbarse hasta que sus jadeos se acompasan con los de Julia y las dos llegan al orgasmo casi al mismo tiempo.
—Eleanor… —jadea Julia cuando la primera oleada la atraviesa por completo.
—Estoy aquí —susurra sin dejar de mirarla, justo antes de que el estallido de placer se la lleve por delante y Julia se abrace a ella para gemir contra su cuello mientras el cuerpo entero le tiembla.
Minutos después, siguen en la misma posición. Con Julia abrazada al cuerpo de Eleanor y los dedos todavía dentro de ella porque a la exrectora le gusta quedarse ahí y sentir como los espasmos de Julia disminuyen hasta que solo queda el calor.
—El artículo —dice Julia, echándose hacia atrás para mirarla.
—¿Qué pasa con el artículo? —pregunta, y retira los dedos muy despacio, observando la expresión de Julia cuando lo hace porque ese pequeño gemido que mezcla un poco de dolor y placer, siempre le eriza el vello de la nuca.
—Que no me has dicho qué venía después.
Eleanor tarda un momento en responder y Julia sonríe ante su aturdimiento.
—Mil novecientos noventa y uno.
—¿Y qué pasó en el noventa y uno?
—Thomas —dice Eleanor—. Clarence Thomas. El proceso de confirmación duró ciento siete días y cambió la naturaleza del escrutinio para siempre. El artículo lo menciona en una nota al pie, lo cual es otra forma de ignorar la prueba que le incomoda.
Julia le aparta varios mechones de pelo de la cara y los arrastra hasta detrás de su oreja.
—Deberías escribir la respuesta.
—Probablemente —dice Eleanor, entrelazando sus dedos con los de Julia.
La profesora ladea la cabeza ligeramente y la observa. Sin las gafas, con el moño completamente deshecho y la mirada de la verdadera Eleanor Morley, la que solo se permite ser delante de ella y de su hija.
—Podrías escribirla tú —dice Eleanor.
Julia sonríe.
—Me lo pensaré. ¿Quieres ir a pasear a la playa? —propone, porque es la primera cosa que Eleanor se atreve a hacer con ella fuera de las cuatro paredes de su casa, y Julia sabe que detrás de la primera, siempre viene la segunda, y ella no tiene prisa.
—Claro, pero deja que me dé una ducha antes.
—¿Estoy invitada a esa ducha?
A Eleanor le encantaría tener la fuerza para levantarse del sofá con Julia encima y llevarla hasta el baño, pero se recuerda que tiene una edad y que ciertos sobreesfuerzos pueden costarle una lesión, así que le da una palmada en el trasero y acepta la mano que Julia le ofrece para ayudarla a levantarse del sofá.