Capítulo 22
E leanor se detiene delante de los casilleros del claustro, leyendo todos los nombres hasta que encuentra el de Julia y, cuando lo encuentra, se queda mirándolo un momento hasta que se decide a dejar el sobre dentro.
Julia le dijo que la dejara en paz y Eleanor la respeta, pero Vancy también le pidió que la ayudara con la defensa del seminario y eso piensa seguir haciéndolo hasta que alguien le diga lo contrario.
Ha encontrado un artículo que refuerza uno de los argumentos, pero Eleanor no va a decirle cuál porque sabe que Julia lo sabrá en cuanto lo lea y, señalárselo sería un insulto a su inteligencia.
Así que simplemente ha escrito: “Creo que te servirá para el informe de Hale” en el exterior del sobre y no ha puesto nada más, a pesar de que, en otro tiempo, habrían debatido este artículo durante más de una hora y echa mucho de menos esos momentos con Julia, al igual que todos los demás.
Una vez lo ha dejado, se da la vuelta y camina con rapidez hacia la sala donde tienen la reunión de departamento.
Eleanor va con el tiempo justo, algo que la pone nerviosa, así que acelera el paso mientras comprueba otra vez la hora en su reloj de pulsera, y justo cuando tiene la mirada sobre las agujas, una puerta se abre y Julia sale al pasillo sin que Eleanor tenga forma humana de detenerse a tiempo y evitar el choque contra su lado derecho.
Las dos se detienen en seco y Eleanor deja de respirar cuando huele el perfume de Julia.
El tiempo parece haberse detenido unos segundos en los cuales ambas se han quedado completamente inmóviles, con la mano de Eleanor cerrada sobre el brazo de Julia, que no sabe en qué momento ha cogido por miedo a que se desestabilizara y se cayera.
A Julia le zumban los oídos y le arde todo el cuerpo.
Lo primero que le viene a la cabeza mientras permanece muy quieta —con la mirada fija en la pared de enfrente y el aliento de Eleanor contra su oído, es el momento del baño— cuando también chocaron en la puerta.
La tentación de girarse y besar a Eleanor es tan fuerte que a Julia le tiembla el labio inferior cuando la mira de soslayo.
—Tienes que empezar a mirar por donde caminas, Eleanor —susurra, y la cabeza de la exrectora se mueve muy despacio, asintiendo.
—Lo sé, lo siento —susurra también, sin apartarse de ella porque está congelada, como si Julia tuviera una fuerza de gravedad tan potente que ella solo puede orbitar a su lado.
Julia se gira, apenas unos centímetros, pero lo suficiente para que sus caras estén tan cerca que Eleanor también recuerda la escena del baño y su boca se abre ligeramente sin que pueda controlarse, mientras sus ojos verdes se desvían hacia los labios de Julia, que siente una sacudida de excitación y de deseo que le tensa todo el cuerpo.
—Te dije que no volvería a pasar —susurra Julia, dando un paso atrás.
—Lo recuerdo.
Eleanor no se mueve y Julia, que logra recomponerse, levanta una ceja.
—¿Me devuelves el brazo? —pregunta, señalando con la mirada la mano de Eleanor sobre su jersey.
Ella tarda un momento en reaccionar, hasta que la suelta y también retrocede un par de pasos.
—Claro, lo siento —se disculpa de nuevo.
Julia asiente sin decir nada y se da la vuelta para dirigirse a la sala donde se celebra la reunión, con Eleanor siguiéndola a un par de metros por detrás.
Son las últimas en entrar y, después de saludar y disculparse por un retraso que realmente no han tenido, lo único que puede hacer Eleanor es seguir a Julia con la vista cuando la profesora va a sentarse en la silla vacía que hay al lado de Nora Walsh, quien responde al saludo de Julia con una sonrisa amplia que hace que el estómago de Eleanor se retuerza.
La reunión empieza debatiendo varios puntos hasta que, en el cuarto, aparece el seminario de Julia bajo el epígrafe de programas en evaluación, y el profesor Méndez, que tiene la costumbre de hablar mucho para no decir nada que importe —lo que irrita bastante a Eleanor— levanta la mano antes de que Vancy termine de leer el título.
—El problema con ese tipo de seminarios —dice Méndez, subiéndose las gafas con el dedo—, es que el impacto es difícil de cuantificar. Los criterios de Hale son claros en ese sentido: si no puedes medirlo, no puedes defenderlo.
Julia tiene el bolígrafo sobre el cuaderno, la espalda recta y esos ojos color miel que desestabilizan a Eleanor clavados en el profesor.
—Los datos de continuidad en posgrado son perfectamente cuantificables —responde Julia, con una calma que sorprende a Eleanor, porque, a pesar de que el seminario no es suyo, le molesta que Méndez apoye a la rectora Hale y, si fuera ella, probablemente habría cerrado la boca de ese hombre con un comentario mordaz.
—Sí, pero son datos diferidos, y Hale quiere impacto inmediato, retención del semestre en curso, ese tipo de cosas —sigue el profesor.
—El artículo de Ferrante del año pasado —interviene Eleanor, sin levantar la voz porque se recuerda que esto no va de ella—, establece precisamente que los programas de pensamiento crítico tienen un período de impacto diferido de entre dieciocho y treinta y seis meses, y que evaluarlos con criterios de impacto inmediato produce falsos negativos sistemáticamente.
Es un error metodológico, no un problema del programa.
Méndez y Vancy la miran. Julia no, pero Eleanor ve que el bolígrafo con el que estaba escribiendo en un cuaderno ha dejado de moverse.
—En todo caso —sigue Eleanor, recogiendo los papeles que tiene delante—, eso es algo que la documentación del informe puede aclarar. Hay suficiente bibliografía para sustentarlo.
Su respuesta es tan contundente que Méndez ya no dice nada más, y pasan al punto cinco hasta que la reunión al fin termina y Eleanor se marcha la primera para no tener que ver de nuevo a Julia riéndose con Nora.
Al día siguiente, Eleanor entra en la sala de profesores a la misma hora que Julia, aunque esta vez no chocan porque se ven antes y la exrectora se detiene en la entrada para dejarla pasar.
—Buenos días —saluda Eleanor.
—Buenos días —dice Julia, y va directamente hacia la máquina de café.
Es a lo que ha venido también Eleanor y le encantaría aprovechar el momento para acercarse y establecer cualquier conversación académica que le permita escuchar la voz de la que fue su amante para algo más que un saludo, pero se queda cerca de la mesa y espera a que Julia termine y recoja su vaso, porque desde aquella noche en el apartamento de la profesora de ojos color miel, Eleanor lleva dos semanas haciendo lo que Julia le pidió: dejarla en paz, aunque manteniéndose presente porque quiere dejarle claro que está ahí y que esta vez no piensa abandonarla.
Julia se gira con el café en la mano y no puede evitar que su mirada vaya directamente al cuerpo de la exrectora, empezando por sus zapatos, subiendo por sus piernas desnudas hasta las rodillas y pasando por su falda y la camisa hasta que llega a su rostro y a su pelo, recogido en un moño bajo en lugar de uno alto como hacía cuando era rectora, y a Julia le molesta que también le quede bien, que sus ojos le parezcan más verdes y sus labios más apetitosos que nunca.
La echa de menos en todos los sentidos, física y mentalmente, y ahora, en lugar de sentir rabia hacia Eleanor, la siente hacia sí misma por pensar a todas horas en pasar página y decirle que quiere volver a lo que tenían antes.
—Hasta luego —dice cuando pasa por su lado, desviando la mirada hacia su vaso por miedo a que Eleanor lea en su expresión cuánto la desea.
—Adiós, Julia —murmura Eleanor, y Julia cruza el umbral de la puerta sintiendo que una oleada de deseo le atraviesa todo el cuerpo antes de que pueda detenerla.
Suspira y camina a paso rápido por el pasillo para ir a su casillero por si tiene algo pendiente. Su pulso todavía no ha vuelto a la normalidad cuando saca el único sobre que hay y reconoce la letra de Eleanor en la parte delantera.
—Joder —susurra como si esa expresión la persiguiera cada vez que piensa en Eleanor Morley.
Se guarda el sobre en el bolso y va directamente a su despacho para leerlo.
El artículo es largo y le lleva casi tres cuartos de hora terminarlo, porque también se entretiene en leer todas las notas que Eleanor tiene costumbre de dejar en los márgenes para señalar lo que le parece más importante, lo que quiere volver a repasar o lo que quiere contrastar con más información.
Julia sonríe, porque son notas que sabe que no van dirigidas a ella, que Eleanor las ha dejado ahí porque no ha podido evitarlo, y la recuerda haciendo eso mismo en su casa, sentada en el sofá con las piernas cruzadas —elegante incluso en pijama— mientras leía un artículo del periódico con un bolígrafo en la mano y dejaba anotaciones en todas partes hasta que Julia se acercó, despeinada, descalza, vestida solo con bragas y camiseta.
Deja el artículo sobre su mesa y se recuesta en su silla mientras piensa en todas las cosas que está notando últimamente.
Eleanor no la miró cuando respondió el comentario de Méndez sobre su seminario, y no lo hizo porque no buscaba agradarle, simplemente defendió algo en lo que creía, porque Julia sabe que Eleanor la apoya de verdad, no solo porque Vancy le pidiera que la ayudara.
La protegió sin esperar a que Julia le diera las gracias ni buscara su mirada más tarde o antes de marcharse, hizo lo que tenía que hacer y ya está.
También piensa en ese momento cuando chocaron en el pasillo, en la mirada de Eleanor sobre su boca y en la tensión que había en su cuerpo debido al ejercicio de contención que estaba haciendo.
Julia esperaba que aprovechara el encuentro para pedirle otra oportunidad de hablar, pero Eleanor no lo hizo, respetó lo que Julia le pidió y no ha tratado de acercarse con excusas desde entonces.
Y ahora piensa en que esta versión de Eleanor no es la misma de hace casi tres meses cuando volvió.
En aquel momento parecía desorientada, huidiza y sin saber exactamente cómo comportarse o qué hacer, tanteando a Julia como podía o aprovechando cualquier oportunidad para intentar hablar con ella de lo que pasó.
La Eleanor de ahora sí que parece saber lo que tiene que hacer, vuelve a caminar con esa seguridad que la caracteriza y, aunque se mantiene alejada, Julia la nota más cercana que nunca porque está segura de que, si la hubiera besado en mitad del pasillo como sintió la tentación de hacer, Eleanor no se habría apartado, no habría huido de quién es y de lo que quiere, como si por fin se hubiera aceptado del todo como profesora, como mujer enamorada y como lesbiana.
Cuando esa tarde sale del edificio tras acabar la jornada, Julia se detiene en la entrada, pensando que el destino intenta joderla y le pone a esa mujer en todas partes.
Eleanor está al final del camino que lleva al aparcamiento, caminando sola con el abrigo en una mano y el bolso en la otra.
No va con prisas como solía ir siempre, tampoco está mirando el teléfono o hablando por él, solo camina como alguien que está donde quiere y no tiene prisa por llegar a ningún sitio porque nadie la espera.
A Julia se le tensa el estómago cuando comprende, de algún modo que no puede explicar, que Eleanor está aquí para quedarse, que esta vez no se irá a ninguna parte y que será la mujer que ella necesita si se lo permite.