Capítulo 20
A Eleanor le resulta imposible quedarse en su casa.
Es sábado por la mañana y ya ha corregido los exámenes del grupo de las once y tiene preparado el material para la semana siguiente.
Antes, cuando era rectora y tenía un cargo que gestionar, las horas le pasaban tan deprisa que cuando se quería dar cuenta era de noche, pero ahora, con demasiado tiempo libre y sin saber todavía cómo estar presente en la vida de Julia sin agobiarla, no sabe en qué invertirlo.
Al final, tras media hora sentada en su sofá mientras intenta no pensar en nada, decide que va a comenzar a retomar los hábitos que tenía antes de irse, como la lectura y los paseos por la playa.
Empieza por lo segundo, se pone ropa cómoda y sale de su casa.
Irá a una cafetería a tomarse un café con calma y después caminará hasta la playa a dar un paseo.
Eleanor no tiene una cafetería favorita porque no es una mujer que saliera mucho de su casa cuando no estaba trabajando, así que camina y descarta las que encuentra por varios motivos: demasiada gente dentro, escaparate sucio o con productos que no llaman la atención, entrada tipo taberna o un cartel que considera hortera.
Tarda más de veinte minutos en encontrar una que le llama la atención y, cuando entra, frunce el ceño sorprendido porque, de las tres personas que hacen cola para pedir, una es Natalie Dumont.
Por un momento, duda sobre si debe quedarse o salir antes de que la vea, no porque no quiera verla, sino porque ser amable y socializar es algo que la Eleanor del pasado no hubiera hecho; habría huido con toda seguridad y se hubiera refugiado en su cueva, pero ella ya no es esa Eleanor, ha venido para quedarse y para demostrarle a Julia y a su hija que no va a volver a fallarles, y eso incluye también a Natalie.
—Dumont… —dice Eleanor, colocándose justo detrás de ella en la cola.
Natalie se gira de inmediato, levantando las cejas con sorpresa.
—Señora Morley…
La exrectora se coloca a su lado y paga su café y el de Natalie antes de que ambas, sin haberlo propuesto de algún modo, acaben sentadas en una de las mesas en un silencio que no es incómodo, lo cual es bastante desconcertante para Eleanor.
Natalie no solo es la pareja de su hija, sino la jefa de un departamento que ella supervisó durante años y la persona que estuvo a punto de perder su puesto de trabajo cuando Eleanor decidió que la relación de Grace con ella era un problema para la institución que representaba.
Tienen la suficiente historia complicada como para que este silencio al menos sea tenso, pero no lo es, porque Natalie no le guarda rencor y ella la respeta demasiado.
—¿Cómo le va? —pregunta Natalie.
Eleanor quiere reírse de la pregunta, porque su vida es tan caótica ahora mismo que no sabría cómo responder.
—No es mi mejor momento, pero me estoy adaptando —responde pensativa, mientras remueve su café—. Había olvidado lo mucho que disfrutaba dando clases, provocando a los alumnos para hacerlos pensar y conseguir que alguno destaque, así que, tampoco me quejo.
—Me alegro. ¿Y con Julia? —pregunta a bocajarro.
Los labios de Eleanor se convierten en una línea recta y apretada mientras mira a Natalie, pensando si sabe algo que ella desconoce, pero decide no preguntar y responder.
—No muy bien, básicamente me ha dicho que quiere que la deje en paz —responde mientras sigue removiendo el café en lugar de beberlo.
—Lo siento, y también siento seguir preguntando, pero ¿lo va a hacer? ¿La va a dejar en paz?
Eleanor levanta la vista y la mira a los ojos.
—Buena pregunta, Dumont, pero no se trata de lo que yo quiero, sino de respetar lo que quiere ella.
—Julia está enfadada, Eleanor —suelta Natalie—, y muy dolida, pero de ahí a no querer saber nada de usted, no sé…
Natalie se encoge de hombros. No se quiere entrometer, pero sabe a través de Grace cómo está Julia, y también sabe que sigue enamorada de la mujer que tiene delante.
—Lo sé —dice Eleanor—, y no pretendo apartarme sin más, quiero pelear por ella, pero no a mi manera sino a la suya.
—¿Y qué manera es esa? —pregunta Natalie, descolocada.
—Sigo yendo a terapia —empieza a explicar, sorprendida de estar hablando de esto con su nuera—.
Mi terapeuta dice que debo dejar de utilizar las palabras y empezar a utilizar los hechos, lo cual significa que debo demostrarle a Julia que no voy a desaparecer otra vez y que esperaré lo que haga falta sin exigir nada a cambio.
Es fácil de decir —Eleanor da un sorbo, el primero—, pero difícil de hacer, utilizar las palabras es lo único que sé hacer bien.
—Creo que hay muchas cosas que sabe hacer bien, es solo que se ha equivocado en esta —opina Natalie—. Decidió mal y Julia pagó las consecuencias, y con ello su relación con ella se ha quedado en un punto donde creo que ninguna de las dos sabe qué es.
—El miedo no debería paralizarme como lo hizo, tengo una edad —dice Eleanor mientras asiente, conforme a todo lo que Natalie ha dicho.
La jefa del departamento de ayuda al alumno esboza una sonrisa amable.
—Cada persona percibe y gestiona el miedo de una forma diferente. Cuando usted le dijo a Grace que quería que rompiera su relación conmigo —Eleanor se tensa, avergonzada de haberlo pensado siquiera—, y ella me lo contó, tuve exactamente un minuto para decidir lo que hacía.
Eleanor la mira con interés.
—El miedo también me invadió en ese momento, se lo aseguro, porque quería a Grace y también quería mi trabajo, y tenía que decidir en cuestión de segundos qué era lo que me importaba más. Si era mi trabajo, tenía que aceptar perder a Grace, y si era Grace, perdía mi trabajo.
—Te puse en una situación realmente difícil —la tutea Eleanor, cansada de formalismos.
—Mucho, y supongo que lo fácil era aceptar sus condiciones —Natalie sigue con formalismos, porque no se imagina hablando con esta mujer de otro modo—, quedarme con la seguridad de mi trabajo y pasar página, pero quería más a Grace de lo que amo mi puesto.
—Y te presentaste en mi despacho y te atreviste a plantarme cara —completa Eleanor, con un intento de sonrisa.
—Sí, y no fue fácil, usted da bastante miedo cuando se lo propone.
Eleanor suelta una risa corta y niega con la cabeza.
—Lo sé.
—Pero era lo que debía hacer —Natalie aparta su taza vacía—.
Yo no sabía utilizar las palabras como usted, pero iba a perder algo que no quería perder y eso era más fuerte que cualquier debate sobre lo que era prudente o tenía sentido.
Eso es lo que hace —dice señalándola—, pensar siempre en si es correcto, en si está bien o está mal, y no piensa en lo que de verdad quiere.
Eleanor se queda callada unos segundos y después asiente.
—Si algún día te cansas de tu trabajo, podrías dedicarte a la terapia. Cuando la doctora Lamond se jubile, necesitaré a alguien.
Natalie se ríe y Eleanor se recuesta en la silla.
—Ojalá yo hubiera hecho lo mismo con Julia, pensar en lo que yo quería antes de dejar que el miedo por todo lo demás me nublara el juicio.
—A veces el miedo a perder a alguien te empuja a hacer exactamente lo que asegura que acabes perdiéndola —dice Natalie—. Usted se asustó y decidió mal, pero eso no la convierte en una mala persona, Eleanor, ni en alguien que no pueda intentar arreglar lo que rompió.
—Eso dice mi terapeuta.
Natalie asiente.
—¿Sabe lo que me ayudó a mí cuando estaba muerta de miedo frente a la puerta de su despacho?
—¿Qué? —pregunta Eleanor, realmente intrigada.
—Decidí que pelear por Grace no significaba que no tuviera miedo —explica Natalie—, significaba tenerlo y aun así hacerlo porque no quería perderla.
Eleanor llega a la conclusión de que Natalie le está diciendo exactamente lo mismo que le dijo la doctora Lamond. Consistencia. Hechos pequeños, sostenidos en el tiempo.
La misma verdad dicha de dos maneras diferentes por dos mujeres distintas, y Eleanor piensa que quizá cuando algo llega por dos caminos que no tienen nada que ver el uno con el otro, es porque es verdad.
—¿Cómo lo sabías? —pregunta Eleanor—. Que valía la pena. Que el miedo no era una señal de que era mala idea sino de que era importante.
Natalie la mira con una expresión que Eleanor no termina de descifrar, algo entre la ternura y esa sinceridad directa que su nuera tiene y que Eleanor ha aprendido a distinguir de la condescendencia, porque no se le parece en nada.
—No lo sabía —dice Natalie—. No creo que nadie lo sepa. Uno decide que quiere intentarlo y después descubre si valió la pena. A mí me salió bien, me quedé con Grace y recuperé mi puesto, pero a cambio de que usted perdiera el suyo.
—No me arrepiento de la decisión que tomé renunciando a mi cargo, Dumont —dice Eleanor, y es sincera, porque echa de menos su puesto y se siente perdida sin él —aunque cada vez menos— pero era lo que debía hacer, lo mínimo que le debía a su hija era no fallarle de nuevo, y se siente orgullosa de que al menos eso supiera hacerlo bien.
—Entonces, no se arrepienta tampoco de intentar recuperar a Julia. Dele el espacio que necesite y haga lo que tenga que hacer, pero no tire la toalla. A Julia también le debe eso. Le ha fallado una vez, demuéstrele que no volverá a hacerlo.
Eleanor se frota las manos sobre las piernas, nerviosa.
—Lo estoy intentando —dice, y Natalie reconoce la misma determinación en los ojos verdes de Eleanor que la que tienen los de Grace.
—Siga haciéndolo —dice antes de levantarse—. Tengo que irme, pero me ha gustado hablar con usted.
—A mí también contigo, Dumont —reconoce Eleanor—. Dile a Grace que le llamaré esta noche, y mañana, si no tenéis otro plan, podéis venir a casa a comer.
—Claro, se lo digo —dice Natalie—. Cuídese, Eleanor.
Natalie le da un apretón en el hombro antes de salir y Eleanor se queda sentada, mirando las dos tazas vacías mientras piensa en lo fácil que ha sido estar aquí con Natalie, tomando un café y charlando, algo que nunca se permitió hacer con Julia y que ahora desea con todas sus fuerzas, al igual que pasear con ella por la playa.