Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

—Pase, señora Morley —dice la doctora Lamond—. Llega pronto, tendrá que esperar cinco minutos.

—No importa —dice Eleanor—. Gracias por recibirme.

Amanda asiente y le pide que espere en el salón mientras ella termina la consulta que está atendiendo.

Eleanor se queda mirándolo todo: los sofás de cuero, el mueble tipo librería, dos sillones frente al ventanal y una mesa con cuatro sillas.

No hay televisor por ninguna parte, pero a la exrectora no le llama la atención.

Ella está centrada en lo suyo, en los nervios que la devoran desde anoche y no la han dejado dormir y en la vergüenza que ha sentido cuando ha llamado a Lamond esta mañana para pedirle el favor de que le hiciera un hueco.

Al menos no ha tenido que rogar como se temía —porque estaba dispuesta a hacerlo— Lamond le ha dicho que se pasara a última hora, y Eleanor está tan ansiosa que ha llegado antes.

Parpadea varias veces y entorna la mirada.

Los ojos le pican por la falta de sueño.

Eleanor se acostó a las once y media y se ha levantado a las seis con el mismo pensamiento con el que se había tumbado, la voz de Julia diciendo «quiero que me dejes en paz».

Una frase que retumba en su cabeza y no la deja respirar con normalidad.

—Podría haberse sentado, señora Morley —dice Lamond cuando termina y va a buscarla, aunque no le ha sorprendido encontrar a Eleanor donde la ha dejado: de pie junto a la entrada del salón, con los brazos cruzados y la mirada en el cristal.

—Estoy bien de pie —responde, siguiéndola hasta el despacho.

Ahí sí que se sienta en el sillón de siempre, y empieza a maldecir a Lamond mentalmente cuando la mujer se queda frente a ella y no le habla, solo la mira con la libreta en el regazo y el bolígrafo entre los dedos.

—¿No va a decir nada? —pregunta Eleanor al cabo de cinco segundos, porque hoy es incapaz de soportar por mucho más tiempo esos silencios estúpidos que la doctora utiliza para que ella se sienta incómoda y empiece a hablar de cualquier cosa.

La doctora está cumpliendo con su objetivo porque Eleanor ya no sabe hacia dónde mirar y no deja de moverse por los nervios, pero no sabe por dónde comenzar.

—Es usted la que me ha pedido una cita urgente, Eleanor. ¿Quiere contarme qué ha pasado? —la ayuda Lamond.

—No sé cómo comenzar —dice Eleanor, frotándose las manos sobre la falda.

—¿Tiene que ver con Julia? —tantea la doctora.

Eleanor asiente y, de repente, empieza a soltarlo todo sin pensarlo.

Primero le habla del momento en el baño sin describirlo, solo diciéndole que Julia la besó y eso la dejó muy confundida —se ahorra decir que también la dejó muy necesitada—, y después pasa a todo lo que sucedió ayer, que fue lo que Eleanor puede describir como un día muy intenso, de los que te dejan sin energía.

Le habla de lo que Vancy le pidió y de la reunión con Julia en su despacho. De cómo le temblaba la barbilla y la tristeza que percibió en ella.

—¿Cómo se sintió en ese momento? Cuando vio que Julia reprimía el llanto.

Eleanor la enfoca y frunce el ceño.

—Como si me estuvieran arrancando las costillas del cuerpo, más o menos —responde, molesta porque la haya interrumpido.

Lamond asiente, y entonces Eleanor le cuenta que se pasó toda la tarde en su casa dando vueltas de un sitio para otro, pensando en lo que había pasado y en que no podía permitir que la situación se siguiera prolongando.

Aunque Julia no quisiera hablar con ella, era evidente que sufría, así que al fin se armó de valor y se presentó en su casa.

—Entonces, ¿pudo hablar con ella?

—No, no me dejó, pero ella sí que habló, me dijo todo lo que sintió en esas semanas —dice Eleanor, cuyas manos han comenzado a temblar.

—Cuéntemelo desde el principio —pide Lamond, porque necesita el contexto para entender el motivo por el que su paciente está tan angustiada.

Eleanor obedece. Le habla del timbre y del miedo que tenía a que Julia ni siquiera le abriera la puerta.

Le cuenta que la profesora estaba en pijama cuando entró y que, durante una fracción de segundo, ella se teletransportó a muchas de las noches que Julia se quedaba en su casa el fin de semana y se pasaba todo el día en pijama porque no iban a salir a ningún sitio —gracias a Eleanor— y decía que no tenía sentido vestirse.

Le cuenta todo lo que Julia dijo con una precisión sorprendente porque ella lo memoriza todo y recuerda cada una de las palabras que salieron de su boca. Eleanor prácticamente narra la conversación, con la mirada fija en la libreta que sostiene la doctora, donde no para de anotar con el bolígrafo.

—¿Qué le dijo usted? —pregunta Lamond cuando Eleanor termina y se queda en silencio.

—Que tenía razón en todo. No tenía sentido decir nada más, no era lo que Julia necesitaba anoche.

—¿Qué cree que necesitaba entonces?

—Mi atención. No quería mis explicaciones, quería que supiera cómo se había sentido, eso es lo que creí que necesitaba, así que la escuché.

Lamond hace un asentimiento breve con la cabeza y anota algo.

—Si tuviera que definir el estado de Julia con una sola palabra, ¿cuál elegiría?

Los ojos verdes de Eleanor se vuelven acuosos de repente, porque ni siquiera necesita tiempo para buscar esa palabra, la tiene muy clara desde el principio.

—Destrozada —dice, con la voz entrecortada.

—¿Qué más?

Eleanor la mira como si le hubieran salido dos cabezas.

—¿Qué más puede haber aparte de eso? —pregunta irritada.

—Usted lleva más de un año viniendo a esta consulta —dice Lamond—. Sabe perfectamente que destrozada no es una respuesta completa, solo es un punto de partida.

Eleanor mira hacia la puerta como ha hecho muchas veces en esta consulta, sobre todo al principio, cuando dudaba entre quedarse o levantarse y marcharse.

—Aliviada —dice al fin, sin mirar a la doctora.

—¿Aliviada por qué?

—¿Me está tratando a mí o a Julia? —espeta Eleanor.

—A usted, sin duda. ¿Puede responder? —Lamond se acomoda y la mira fijamente, muy lejos de sentirse amedrentada por su impertinencia.

—Aliviada porque lo dijo todo, tuvo la oportunidad de no seguir guardando todo eso. Estaba tan enfadada que no pudo contenerse —Eleanor se queda pensativa—, y sinceramente, prefiero eso a la indiferencia.

—¿Por qué?

Eleanor suspira tratando de calmar sus nervios porque hay veces que la doctora logra sacarla de quicio.

—Porque la indiferencia significa que ya no le importa lo que ha pasado —Eleanor cruza una pierna sobre otra y acomoda la espalda en el sillón—. La rabia de Julia significa que todavía queda algo.

Lamond asiente.

—¿Por qué fue usted a su casa?

Eleanor suspira y se muerde los labios después. Esta es otra de las técnicas de Lamond, preguntar lo que parece evidente para que la respuesta sea real y no supuesta. La obliga a verbalizar cada movimiento que hace.

—Porque después de lo que pasó en el despacho no podía quedarme quieta, llevaba horas con la imagen de su barbilla temblando y no podía ignorarla. Quizá hace un año no habría hecho nada, pero no quería ser esa Eleanor.

Lamond escribe algo y después levanta la mirada.

—Eleanor, ¿usted qué quiere?

—¿De Julia? —pregunta sin entender.

—No —Lamond niega con la cabeza—. No pregunto qué quiere de Julia, ni qué debería querer, ni qué sería lo razonable dadas las circunstancias. ¿Qué quiere usted?

La mirada de Eleanor se desvía de nuevo hacia la puerta mientras Lamond observa cada uno de sus movimientos y sus reacciones.

—No piense, Eleanor —dice Lamond—. Solo dígalo. ¿Qué quiere?

—Quiero a Julia —Lamond abre la boca, pero Eleanor sigue—. Quiero que me deje quererla, y quiero quedarme.

La frase sale de la boca de Eleanor con una sinceridad que la deja sin aliento cuando descubre que eso es lo único que quiere. Lamond no dice nada, pero Eleanor no va a rellenar el silencio otra vez porque tiene la garganta estrangulada.

—Es la primera vez en más de un año de sesiones que me dice lo que quiere sin añadir inmediatamente el motivo por el que no puede tenerlo, por qué no lo merece o por qué es más correcto no quererlo.

Eleanor no sabe qué responder.

—¿Qué piensa hacer con eso? —sigue Lamond.

—No lo sé. Julia me dijo que quería que la dejara en paz, así que tengo que respetarla, no puedo aparecer en su puerta otra vez —dice aturdida, sintiendo que no puede hacer nada para arreglar lo que está roto, lo que ella rompió.

—No, no debe ir —dice Lamond, tapando el bolígrafo—, pero hay algo que me gustaría que considerara —Eleanor la mira con interés—.

Usted lleva toda su vida profesional usando las palabras como herramienta principal.

Las utiliza para convencer, para dirigir y para controlar la dirección de las conversaciones. En eso, es usted brillante.

Eleanor se considera una mujer inteligente por encima de la media, pero ahora mismo no entiende nada.

—¿Qué ha utilizado con Julia hasta ahora?

La mente de Eleanor necesita un solo segundo para encontrar la respuesta.

—Palabras.

—Exacto. Correos, un intento de conversación en el despacho y la visita de anoche. Todo son palabras o gestos que las sustituyen, y Julia lo sabe, y me temo que ella también es una mujer brillante que tiene muy claro lo que usted hace con las palabras.

—¿Y qué hago entonces?

—Es posible que Julia no necesite más palabras de su parte, señora Morley —Lamond deja el bolígrafo—. Necesita otra cosa, algo que Eleanor Morley no ha sabido dar hasta ahora.

Eleanor levanta una ceja, entre escéptica e interesada.

—Consistencia —dice Lamond—. Hechos pequeños, pero sostenidos en el tiempo, sin expectativa de recompensa inmediata. Creo que Julia no necesita una explicación perfecta, necesita que usted esté ahí todos los días sin pedir nada a cambio y sin desaparecer cuando no recibe nada o tiene miedo.

Eleanor se mira las manos y después a la doctora.

—¿Y si eso no es suficiente? ¿Y si hago todo eso y Julia ha decidido que el daño es demasiado grande como para perdonarme?

—Puede pasar, pero a lo mejor no pasa.

Se hace un silencio que a Eleanor no le gusta, porque Lamond no ha respondido su pregunta, y ella entiende que no puede hacerlo porque esa respuesta no existe todavía, conseguirla, dependerá de su actitud y de lo que Julia decida.

—Tendrá días malos, Eleanor —le advierte Lamond—.

Habrá momentos en que su instinto de protegerse será más fuerte que todo lo demás y querrá huir.

Lo que cambia ahora, y esta es su herramienta más poderosa, es que usted ya sabe que ese instinto existe y de dónde viene. Puede reconocerlo antes de obedecerlo.

—Eso no garantiza nada.

—No —Lamond no intenta suavizarlo—, pero es la diferencia entre la persona que se fue en septiembre y la persona que fue a la puerta de Julia anoche.

Cinco minutos más tarde, Eleanor sale de la consulta de Lamond y camina hasta su coche mientras piensa en toda la sesión de hoy.

Quiero a Julia. Quiero que me deje quererla y quiero quedarme.

Lo repite en silencio como un mantra, no porque necesite memorizarlo sino porque es la primera vez en mucho tiempo que está segura de lo que quiere.

No sabe si Julia la perdonará. No sabe si esos hechos pequeños y sostenidos de los que habla Lamond llegarán a tiempo o si Nora Walsh está tejiendo una red alrededor de Julia lo bastante sólida como para que Eleanor no encuentre un hueco para entrar.

No sabe si el daño que le hizo tiene el tamaño que Julia le dijo anoche o si es más grande todavía, de esos daños que se descubren con el tiempo y que cuando se ven por completo ya no tienen reparación.

No sabe ninguna de esas cosas, pero sí sabe lo que quiere. Y sabe que esta vez no va a huir de ello.