Capítulo 18
E l timbre de su apartamento suena y Julia levanta la cabeza para mirar a la puerta como si pudiera ver a través de ella.
Son las nueve y veinte de la noche y no espera a nadie.
Nora le ha escrito esta tarde preguntando si quería cenar con ella, pero Julia, después de la mañana que ha tenido en el despacho con Eleanor, necesita quedarse en su casa para recomponerse.
Está en el sofá, con el portátil sobre las piernas y los pies sobre la mesa baja, introduciendo los datos que Eleanor ha ido anotando en una hoja porque creía que podían incluirse. Se levanta, camina descalza hasta la entrada y pulsa el botón del interfono.
—¿Quién es? —pregunta Julia, reprimiendo un bostezo.
Se hace un silencio que se alarga y ella frunce el ceño, hasta que alguien responde y Julia siente que su sangre comienza a calentarse.
—Soy Eleanor.
Lo dice sin más, seca como es ella, con ese tono autoritario que siempre le abre puertas, y esta vez no va a ser menos, porque el dedo de Julia se mueve para pulsar el botón que desbloquea la puerta antes de que ella pueda decidir si quiere abrirle.
Da un paso atrás y se mira el cuerpo. Está en pijama, con un pantalón fino de color negro y una camiseta de manga corta con el logo de la universidad donde estudió, y el pelo recogido en una cola medio deshecha después de pasar la tarde en el sofá.
Escucha los pasos de Eleanor en el pasillo de su planta y aprieta la mandíbula porque podría reconocerlos en cualquier parte, ese andar seguro que hace que sus tacones resuenen con fuerza allá por donde pasa.
Julia espera a que Eleanor toque el timbre de su puerta para abrir, como si no haberla esperado en el descansillo fuera una muestra de poder que necesita saber que tiene.
—Hola —dice Eleanor cuando Julia abre—. ¿Puedo pasar?
La profesora permanece unos segundos boquiabierta mientras la mira, porque la mujer que pregunta con ese tono dócil no tiene nada que ver con la imagen que proyecta.
Eleanor lleva uno de sus trajes debajo del abrigo, uno oscuro con la camisa de color verde claro a juego con sus ojos, y un moño suelto que no se parece en nada a aquellos que le tensaban la cara y afilaban su mirada, pero tampoco es la melena cayendo por sus hombros sin más, y Julia está descolocada porque no sabe con cuál de las tres versiones quedarse, porque todas le gustan.
Se hace a un lado sin decir nada y cierra la puerta cuando Eleanor accede a su apartamento.
—Sé que no debería estar aquí —dice la exrectora, antes de que Julia pueda procesar su presencia y la mezcla de emociones que siente ahora mismo por culpa de esta mujer, esa mezcla que va desde la frustración hasta la rabia y con la que Julia siente que ya no puede más.
—Entonces, ¿por qué has venido? —pregunta Julia, cruzándose de brazos.
Eleanor la mira fijamente, haciendo un ruido extraño con las llaves del coche porque las lleva en la mano y está abriendo y cerrando la llave, haciendo que salga del mando para volver a guardarla de inmediato, y Julia tiene ganas de quitárselas y lanzarlas por la ventana.
—Porque necesito hablar contigo. Sé que antes no estabas lista para escucharme, pero Julia…
—Pero nada, Eleanor —la corta de forma abrupta.
Eleanor cierra la boca y la mira fijamente.
Durante un segundo, Julia ha dudado entre escucharla o pedirle que se fuera, pero Eleanor está en su apartamento a estas horas de la noche y ella tiene demasiado nítido el recuerdo de esta tarde en el despacho; con el dedo de Eleanor rozando su mano y su barbilla temblando porque no quería que ella la viera llorar, y algo se le rompe por dentro y Julia explota.
—Te esperé —dice, tratando de controlar la furia en su tono.
A pesar de los nervios y la ansiedad que siente, la voz no le tiembla. Le sale fría y afilada como un cuchillo, más propia de Eleanor que de ella.
—Me lo prometiste, Eleanor. No con palabras, nunca me dijiste que volverías en septiembre y me llamarías cada día, pero sí con todo lo demás, con los meses anteriores y esa forma tuya de mirarme como si no existiera nadie más, y yo te creí —Julia hace una pausa para coger aire, porque siente que se ahoga—.
Me dijiste que necesitabas otro mes y no me preocupé, confié en ti, pero entonces las llamadas comenzaron a espaciarse hasta desaparecer.
Eleanor deja de mover la llave y se la guarda en el bolsillo, quedándose completamente inmóvil, con la mirada fija en Julia y toda su atención en lo que dice.
—Las primeras semanas me inventaba excusas que justificaran lo que hacías —Julia exhala una sonrisa amarga—.
Me decía que necesitabas tiempo, que estabas procesando tus cosas a tu manera, que eras Eleanor Morley y que así eras tú, y que había que darte espacio.
Me lo decía cada vez que miraba el maldito móvil y no había nada.
Eleanor no se mueve y le cuesta respirar, pero por nada del mundo piensa interrumpir a Julia porque lo mínimo que puede concederle es dejar que se desahogue y escucharla hasta el final.
—Después dejé de inventarme excusas porque hubo un momento en el que ya no me las creía —Julia se abraza el cuerpo porque tiene la piel de gallina a pesar de que por dentro está ardiendo—.
Y empecé a sentir rabia, Eleanor. Rabia de verdad, no esa que se va después de unas horas de mal humor y una noche de sueño, sino la que se queda, va creciendo cada día, y te despierta a las tres de la mañana porque has extendido el brazo hacia el lado derecho de la cama y no hay nadie.
Por un momento, Julia se detiene y el silencio de los coches en la calle es lo único que se escucha de fondo, eso y el latido del corazón de Eleanor, que resuena como un tambor en los oídos de la exrectora.
—Hubo mañanas en las que me miraba en el espejo y pensaba que había sido un experimento —la voz de Julia sigue helada, y ahora la barbilla que está temblando es la de Eleanor—.
La profesora joven con la que la gran rectora descubrió que le gustaban las mujeres, y una vez descubierto, ya no le hacía falta porque el papel que yo jugaba en tu vida había terminado.
—No digas eso, Julia… —la voz de Eleanor sale estrangulada.
—Cállate, tengo derecho a decir lo que quiera, así que no hables.
Julia la atraviesa con esa mirada color miel que no tiene nada dulce ahora mismo.
—Me da igual por qué decidiste no volver —dice, con una lentitud que hace que Eleanor sienta que cada una de las palabras que salen de su boca la va aplastando poco a poco—.
Seguro que tenías tus razones, y a lo mejor eran buenas, o puede que no y que Lamond te lo explique algún día, si es que sigues yendo.
No me importa, Eleanor, porque fueran las razones que fueran, el resultado es el mismo: dos meses de silencio son dos meses de decirme que no te importo lo suficiente. Ese fue el mensaje que recibí.
Eleanor tiene los ojos acuosos y comienzan a picarle, pero, al igual que Julia, ella tampoco quiere llorar, solo que ella no quiere porque siente que, si lo hace, cargará a Julia con una losa más que no merece, así que se obliga a tragar saliva para deshacer el nudo que tiene en la garganta.
—No quiero tus explicaciones, Eleanor —sigue Julia, cogiendo aire cada pocos segundos porque se le escapa el aliento con cada palabra que sale de su boca—.
No quiero los correos con bibliografía ni los pretextos académicos o que te presentes en mi despacho —hace una pausa para coger aire de nuevo, está tan sofocada por los nervios que le arden las orejas y nota que el corazón le late en el párpado derecho—. Quiero que me dejes en paz.
Las últimas palabras caen sobre Eleanor como un cubo de agua helada.
Sigue de pie en el mismo sitio, con el abrigo puesto y la mirada sobre la mujer que tiene delante.
Julia espera que Eleanor abra la boca y trate de imponer sus excusas con esa lógica suya que la mayoría de las veces es indiscutible, o que intente convertir lo que sea que siente en algo que pueda manejar.
Lleva semanas esperándola, esa versión de Eleanor que desmonta las cosas para que dejen de doler, pero eso no llega.
Eleanor abre la boca una vez, la cierra y vuelve a abrirla.
—Tienes razón —dice al cabo de unos segundos, y Julia levanta la mirada, dejando que la sorpresa se abra un hueco entre toda su rabia—.
No voy a pedirte que me perdones porque no me lo merezco, y no voy a obligarte a escuchar mis razones si eso es lo que quieres, porque tampoco son importantes, el resultado es el mismo independientemente de mis motivos.
Eleanor se detiene y se pasa la mano por el cuello, porque tiene un nudo ahí que no desaparece y le está costando mucho hablar sin que la voz se le quiebre.
—Solo necesito dejarte claro que no fue porque no me importaras —Eleanor exhala e inhala con brusquedad—. Fue porque me importabas demasiado y no supe qué hacer con eso. No voy a buscar ninguna excusa que suene mejor, es lo que pasó, y sé que no basta, Julia.
El silencio que sigue a esas palabras es demoledor, pero no se parece a ninguno de los que ha habido antes entre ellas. No tiene la frialdad de los pasillos cuando se cruzan, ni la rabia contenida de Julia ni la tensión que hubo en el baño.
Eleanor saca las llaves del bolsillo y camina hasta la puerta.
—Buenas noches, Julia.
Julia no responde, y tampoco la detiene, solo se queda de pie en medio de su salón, descalza, escuchando sus pasos en el pasillo y después el movimiento del ascensor.
Cuando ya no escucha nada, Julia camina hasta el sofá y se sienta en el centro, recogiendo las piernas para abrazárselas con los brazos, y entonces rompe a llorar.
El llanto no tiene nada que ver con el de las semanas anteriores, ese que iba cargado de rabia —aunque la rabia sigue ahí, o parte de ella— tampoco es de tristeza, es otro tipo de sentimiento o emoción que Julia tarda un rato en identificar mientras las lágrimas le caen por la cara sin que se moleste en recogerlas.
Lo que siente es alivio. Lleva meses con todo eso guardado dentro de ella, asentado en ese espacio entre el pecho y la garganta que no la dejaba respirar, y sin poder decírselo a nadie que no fueran Grace o Natalie porque ellas son las únicas que saben lo que tenía con Eleanor.
Y esta noche lo ha soltado todo, cada uno de los pensamientos que tuvo, incluso el que más vergüenza le daba porque implicaba admitir cuánto la esperó, hasta qué punto confió en ella y lo mucho que le costó dejar de hacerlo.
Y lo que la ha sorprendido es que Eleanor no la ha interrumpido, no ha tratado de abrazarla o convencerla con alguna de sus razones.
Se ha quedado ahí, escuchando cada palabra sin intervenir, dejando que sacara todo lo que llevaba, y después… Después le ha dado la razón.
Julia se pasa la mano por los ojos. La furia sigue ahí y el dolor también.
Nada de lo que ha pasado esta noche deshace esos dos meses de silencio ni las mañanas frente al espejo preguntándose qué había hecho mal, pero Eleanor le ha dicho que le importaba demasiado, y esas palabras se han grabado a fuego en su cerebro, aunque ella quiere borrarlas, porque, a pesar de que todavía no son suficiente, Julia le ha creído.