Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

—¿Tiene un momento? —pregunta Eleanor, asomándose a la puerta abierta del despacho de Vancy.

Él levanta la mirada de los documentos que estaba leyendo y se yergue cuando ve a Eleanor.

—Claro, señora Morley, adelante.

Eleanor entra, cierra la puerta con cuidado y se acerca un par de pasos hasta la mesa.

—Acabo de leer su correo sobre el informe del seminario de la profesora Bernet —dice sin sentarse, a pesar de que él le señala una silla con la mano—. Donde pide que me coordine con ella.

—Sí, acabo de enviarlo, ¿hay algún problema? —pregunta Vancy, incómodo ante la idea de haber dado una orden a Eleanor Morley.

—Ninguno, pero me preguntaba si es imprescindible que sea yo quien se encargue de esa parte. ¿No hay nadie más que pueda proporcionarle a Bernet la información que necesita?

Vancy entrelaza las manos sobre la mesa y se muerde los labios antes de responder.

—En realidad, no con la misma precisión con la que usted lo haría —dice, mirando a Eleanor como si no la comprendiera—.

La profesora Bernet debe presentar a la rectora Hale la documentación antes del primero de abril y buena parte de esos datos que necesita pertenecen a la gestión institucional de su etapa como rectora.

Eleanor guarda silencio y asiente, y Vancy continúa ante su falta de respuesta.

—Historial presupuestario comparado, métricas de programas similares aprobados en los últimos cinco años… —hace un pequeño gesto con la mano como si tuviera la documentación delante—. Ese tipo de información no está accesible para ella de forma directa, pero sí para usted.

Eleanor ya lo sabe, pero esperaba poder ayudar a Julia de una forma menos directa.

—Se le podría proporcionar acceso.

—Con tiempo, quizá, pero usted ya generó esos datos durante su mandato —Vancy piensa muy bien lo que va a decir—. Sería un desperdicio no aprovechar ese conocimiento.

Eleanor no responde y Vancy la observa un segundo antes de seguir hablando.

—Además, pensé que trabajar juntas facilitaría el proceso. Usted conoce la estructura institucional y la profesora Bernet puede centrarse en el enfoque académico del seminario.

La exrectora asiente, consciente de que Vancy está tratando de ayudar a Julia a su manera, ofreciendo todos esos datos que sabe que son útiles para defender su programa, el problema es que él tampoco tiene acceso y Eleanor sí porque sigue conservando toda la información de sus gestiones como rectora en su portátil.

—Lo entiendo —dice Eleanor—, pero sigo preguntándome si es necesario que la coordinación recaiga en mí, quizá podría trasladar esos datos a...

—Consideré que era la opción más eficiente para todos. Y, si no me equivoco, también la más natural —la interrumpe Vancy por primera vez desde que se conocen.

Eleanor levanta la vista y después frunce el ceño.

—¿Natural?

—Pensaba que usted y Julia se llevaban bien —dice Vancy con tranquilidad—, pero si es un problema…

—No lo es.

Esta vez es Eleanor la que lo interrumpe.

—No hay ningún problema —añade, disimulando su nerviosismo—. Si considera que es lo más adecuado, me ocuparé de ello.

Vancy asiente, aliviado.

—Se lo agradezco, señora Morley —dice, todavía incapaz de llamarla profesora—. La profesora Bernet también lo hará, estoy seguro.

Eleanor quiere reírse ante su comentario, pero, en lugar de eso, hace un gesto con la cabeza para despedirse y se marcha, convencida de que Julia no le va a agradecer nada, y desde luego que no va a hacerlo, porque Julia ha leído el correo y lo primero que ha sentido ha sido rabia.

La misma que tiene bajo la piel desde hace meses, amenazando con explotar en cualquier momento, pero Julia ha contenido el impulso de contestar el correo de Vancy para decirle que no necesita ayuda externa, que tiene recursos suficientes porque cuenta con la documentación que Eleanor le envió, con la que también le entregó Nora y con la que ella ha conseguido por su cuenta.

Aun así, no envía el correo porque sabe que Eleanor conoce los puntos débiles de los argumentos institucionales mejor que cualquier otra persona viva, puesto que los construyó ella misma durante años.

Responde que el miércoles a las cuatro le viene bien.

El día llega y Eleanor acaba de entrar en el despacho de Julia. Ha dudado sobre si debía o no cerrar la puerta, pero finalmente lo ha hecho sin preguntar a pesar de que el despacho no es suyo, porque quiere y necesita esa privacidad con ella.

—He traído el historial presupuestario de los últimos seis años —dice Eleanor, abriendo una carpeta que deja sobre la mesa—.

Y los datos comparados de cuatro programas similares que aprobé entre dos mil veinte y dos mil veintitrés.

Pueden servir como marco de referencia para el argumento de Hale sobre coste-beneficio.

—Gracias —dice Julia, sin apartar la vista de su pantalla—. Yo ya tengo estructurada la primera parte del informe. Puedes echar un vistazo al borrador mientras reviso lo que has traído.

Eleanor asiente y clava la mirada en la pantalla del portátil cuando Julia lo gira hacia ella, tratando de alejar la imagen del baño de su cabeza.

Durante los siguientes cuarenta minutos, se sumergen en el trabajo y hablan de datos con la misma tranquilidad que cuando hablaban de casos en el despacho de Eleanor o en su casa.

Julia llegaba con un problema y ella lo desmontaba y lo reconstruía mientras la profesora tomaba notas a una velocidad que a Eleanor le parecía fascinante.

Ahora hacen lo mismo, solo que Julia intenta por todos los medios no mirar esos ojos verdes que siempre la han vuelto loca ni prestar demasiada atención a sus manos —con las que le hacía cosas que le encantaban— o imaginar su boca en sitios que a Julia le cortan la respiración cuando lo recuerda, o pensar en su melena suelta, algo que solía pedirle que se dejara más a menudo porque siempre ha pensado que suavizaba mucho las facciones de Eleanor, convirtiéndola en más mujer y menos rectora.

—Aquí podrías añadir los datos que tienes de los programas de Boston —dice Eleanor, señalando la pantalla con el dedo justo en el momento que Julia intenta girarla un poco.

Es ahí cuando se rozan, un gesto involuntario de ambas, el dedo de Eleanor sobre la muñeca de Julia, y las dos se retiran como si algo fuera a morderlas, dejando un silencio incómodo que dura unos segundos antes de que Julia logre centrarse y romperlo.

—El tercer párrafo —dice Julia, con la voz un poco ronca.

—Sí —responde Eleanor.

Julia se levanta de golpe y se tira del cuello de la camisa, abriéndose otro botón porque siente que se está asfixiando.

—Necesito agua —dice, y camina hacia la pequeña nevera que tiene en el rincón.

Eleanor no dice nada, y se obliga a mirar la pantalla en lugar de a Julia mientras camina.

Se lo prohíbe a sí misma con la misma autoridad que prohibía ciertos actos cuando era rectora, porque si mira va a pensar cosas que no le convienen mientras está encerrada con Julia en un despacho tan pequeño.

Mira la pantalla y lee el cuarto párrafo del borrador de Julia, que está bien construido, pero le falta el dato de continuidad en posgrado que Eleanor tiene en la carpeta, y lo anota en su cuaderno con un bolígrafo que coge de la mesa de Julia.

—¿Quieres? —pregunta Julia desde el rincón, con una botella de agua en la mano.

—No, gracias —responde Eleanor, aunque tiene la garganta completamente seca.

Julia le planta la botella delante con un gesto un poco brusco que sobresalta a Eleanor, y después vuelve a sentarse sin decir una palabra al respecto.

Siguen trabajando y Eleanor habla del criterio que piensa que Hale va a usar para evaluar el impacto externo mientras Julia escucha, hace preguntas y Eleanor responde, y hay un momento, durante veinte minutos seguidos, en que las dos están completamente metidas en el trabajo otra vez, pero donde a Julia la mesa le parece cada vez más pequeña y la distancia con Eleanor tan corta que se maldice porque la tentación de volver a besarla está ahí de nuevo, oprimiéndole las costillas.

Sabe que no puede besarla de nuevo, porque está enfadada y tan llena de rabia ahora mismo que seguro que le mordería el labio hasta hacerle sangre, así que se centra en la pantalla intentando que no se note el temblor que tiene en las manos o las ganas que tiene de gritar.

—¿Estás bien? —pregunta Eleanor de repente.

Julia levanta la vista al escucharla y la exrectora logra ver lo que hay debajo de esa capa de indiferencia que Julia ha tratado de mostrar desde que ella ha vuelto.

Ve el dolor, sin filtros y sin la rabia que siempre lo cubre o la frialdad con la que Julia suele responderle.

Es el dolor de una persona que quiere a otra y no entiende por qué esa persona decidió abandonarla con su silencio.

Eleanor nunca ha sentido una sensación como la de ahora, como si algo estuviera detrás de sus costillas tirando hacia los lados, desgarrándole el pecho por completo.

—Si me dejas, puedo explicarte…

Eleanor se detiene cuando ve que la barbilla de Julia está temblando. Dura apenas unos segundos porque la profesora lo controla apretando la mandíbula, pero Eleanor no necesita más para saber cómo se siente y lo que trata de contener, porque la conoce, tuvo muchos meses para aprender a leerla.

—Julia…

Julia mueve la cabeza para negar porque tiene la garganta estrangulada y ahora no puede hablar, pero tampoco va a llorar delante de ella, y Eleanor lo sabe porque Julia endereza la espalda, aparta la mirada de sus ojos y la enfoca en algún punto de la mesa, como si necesitara un lugar neutro donde mirar mientras recupera el control de su cuerpo.

—Creo que ya hemos tenido suficiente por hoy —dice Julia al cabo de unos segundos, con la voz entre ronca y quebrada, pero negándose a romperse delante de Eleanor porque considera que esta mujer no tiene derecho a verla así de vulnerable, no después de lo que le hizo.

—Julia, por favor —susurra Eleanor, sintiendo que una corriente fría le atraviesa todo el cuerpo—. Tendremos que hablar en algún momento.

La profesora levanta la mirada al escucharla. Tiene los ojos húmedos, con ese brillo acuoso de alguien que está al límite, y señala la puerta con la mirada.

—Vete, Eleanor.

Eleanor asiente, recoge sus cosas y se pone en pie despacio, arañando los segundos para ver si Julia cambia de opinión y la deja explicarse o abrazarla para consolarla, aunque no la perdone, pero Julia ha vuelto a clavar la mirada sobre la mesa y tiene las manos planas apoyadas a cada lado de su portátil mientras espera, por lo que Eleanor entiende que la profesora no puede en este momento, así que abre la puerta y sale.

Se queda en el pasillo con el corazón latiendo a una velocidad que Eleanor no recuerda haber experimentado antes.

Respira despacio para calmarse, y agradece que el pasillo está vacío a esta hora y nadie la puede ver apoyada contra la pared, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada.

Ahora no piensa en el beso del baño, ahora piensa en la barbilla de Julia temblando y en sus ojos acuosos, y tiene ganas de arrancarse la piel a tiras por haber actuado como lo hizo, haciendo daño a la única persona de la que se ha enamorado de verdad.

Julia tiene los codos en la mesa y la cabeza entre las manos.

También respira despacio, porque se niega a llorar del mismo modo que se negó a hacerlo cuando Eleanor estaba sentada frente a ella.

La exrectora la miraba de una forma que Julia ha llegado a odiar, porque Eleanor sigue teniendo esa forma de posar sus ojos verdes sobre ella que hace que Julia sienta que es la única persona en el mundo.

Durante una hora, ha logrado ignorarlo, pero una vez que se han rozado, la mente traicionera de Julia la ha asaltado con ese montón de recuerdos de la vida que habían comenzado a construir de forma lenta y cautelosa.

Era una vida que le gustaba, que hacía que Julia no sintiera ninguna prisa para mostrarse públicamente con Eleanor porque estaba convencida de que ese momento llegaría, de que la exrectora seguiría dando pasos en la dirección correcta, hasta que se detuvo en seco y dejó a Julia completamente sola en el camino.