Capítulo 16
E leanor entra en la sala de profesores con la cabeza a punto de estallarle.
No suele venir mucho por aquí, pero hoy el profesor Harkins ha dejado su táper de arroz medio abierto en el despacho, impregnándolo todo con ese aroma a comida rancia mientras escucha un podcast a un volumen que la está perturbando hasta el punto de estar perdiendo los nervios, así que ha decidido salir de allí —dejando la puerta abierta para que se ventile— y estirar un poco las piernas para ver si se despeja.
Ahora ha entrado en la sala, pero no con la intención de quedarse, sino para sacarse un café de la máquina y buscar algún sitio tranquilo donde el recuerdo del beso de Julia pueda seguir asaltándola sin que las manos empiecen a temblarle y la garganta se le seque.
No se lo puede quitar de la cabeza, la imagen se repite en su mente como si quisiera castigarla, dejando que su único pensamiento sea Julia acorralando su cuerpo contra la pared del baño.
Lo recuerda a todas horas y en los momentos menos oportunos, como su clase de esta mañana a primera hora, donde un alumno le ha preguntado algo sobre jurisdicción y Eleanor ha necesitado tres segundos de más para poder responder porque tenía el sonido de su propio gemido alojado en algún punto detrás de las costillas, golpeándola con fuerza.
También pensaba en ello mientras trataba de corregir unos exámenes, y lo está pensando ahora cuando recuerda las palabras de Julia antes de salir.
No sé qué me ha pasado. Lo siento. No volverá a repetirse.
Aunque lo que más la trastorna no es el beso en sí —que también— es lo que pasó antes, ese momento en el que Julia entró en el baño como un caballo desbocado y chocó contra ella.
Sus ojos se engancharon y el corazón de Eleanor dio un vuelco y empezó a latir con tanta fuerza que por un momento pensó que se iba a quedar sorda.
Fue entonces cuando vio el cambio en la mirada de Julia, un gesto apenas perceptible en sus ojos, pero Eleanor la conoce lo suficiente como para saber cuándo su cuerpo va por delante de su mente, y en ese baño el cuerpo de Julia tomó una decisión que su mente tardó casi dos minutos en cancelar.
Lo que significa que debajo de toda esa rabia que Eleanor percibe en ella, hay algo que no ha desaparecido: el deseo.
Al menos, eso lo conserva intacto, al parecer.
—¿Eleanor Morley? —escucha mientras coge su café.
Se gira y se encuentra de frente con una mujer de melena pelirroja, los ojos oscuros y una sonrisa enorme.
Eleanor no necesita que le diga quién es, la reconoce de inmediato, como la profesora pelirroja, Nora Walsh.
La recuerda en la cafetería haciendo reír a Julia, también en la reunión del claustro llevándosela con ella antes de que Eleanor tuviera oportunidad de hablarle, y ahora la tiene justo delante.
—La misma —responde con tono seco y afilado, como si tuviera delante al enemigo y se estuviera preparando para la guerra.
—Soy Nora Walsh —se presenta, tendiéndole la mano—. Derecho internacional. No he tenido oportunidad de conocerte antes, pero he oído hablar mucho de ti.
Eleanor levanta una ceja de forma exagerada.
—¿En qué términos? —pregunta como si estuviera negociando un contrato.
Nora se ríe, emite un sonido corto y contagioso con la capacidad de hacer reír a todo el mundo al escucharla, pero Eleanor no es como los demás, ella no se contagia, sino que permanece rígida como una tabla frente a la mujer.
—Buenos, claro —Nora se acerca a la máquina de café y pulsa un botón—.
Leí tu artículo sobre el control de convencionalidad en sistemas federales cuando estaba en Boston.
Lo usé en un seminario de posgrado —hace una pausa mientras el vaso cae—.
La parte sobre la jerarquía normativa y los tratados internacionales es la mejor síntesis que he leído sobre el tema.
Eleanor la mira, sorprendida. No esperaba que dijera algo así, de hecho, pensaba que la iba a saludar de forma genérica y hacer algún comentario absurdo para intentar caerle bien, pero no una referencia específica a un artículo que Eleanor publicó hace ocho años en una revista de circulación más bien limitada y que requiere haberlo leído de verdad para saber de qué parte habla.
—Es un artículo antiguo —dice Eleanor.
—Los buenos no caducan —Nora coge su vaso—. Aunque supongo que ahora reformularías algo a la luz de la jurisprudencia del Tribunal Interamericano de los últimos cinco años.
—Dos cosas concretas —dice Eleanor, antes de poder decidir si quiere seguir hablando con esta mujer.
Nora levanta las cejas y la mira fijamente.
—¿Cuáles?
Eleanor abre la boca, pero no logra articular palabra porque en ese momento entra Julia en la sala.
No las ve de inmediato puesto que va mirando el teléfono, y Eleanor tiene aproximadamente dos segundos para observarla antes de que alce la mirada: lleva el pelo recogido en una coleta, la chaqueta verde oliva que Eleanor recuerda porque la llevaba puesta la noche que se quedaron hasta las dos de la mañana discutiendo sobre el caso Gelman y acabaron con Julia a horcajadas sobre sus muslos, vestida solo con esa chaqueta.
Julia guarda el teléfono y levanta la vista; a la primera que ve es a Nora y después, con un retraso de menos de un segundo que Eleanor calcula con una precisión que no le enorgullece, a Eleanor.
La expresión de Julia no cambia de forma visible. Eso es lo que Eleanor lleva semanas intentando entender: no los cambios visibles, sino los que no lo son, la leve tensión en la mandíbula y el ritmo diferente de sus pasos durante los dos metros que separan la puerta de la zona donde están ellas.
—Julia —dice Nora con naturalidad.
—Nora —Julia se detiene junto a las dos, nerviosa e irritada al mismo tiempo porque ella también piensa demasiado en el beso—. ¿Ya os conocéis?
—Acabo de presentarme —responde Nora, y señala a Eleanor con el vaso—. Estábamos discutiendo sobre un artículo de Eleanor. Deberías leerlo si no lo has hecho, hay una parte sobre jerarquía normativa que es directamente aplicable a lo que defendiste en el claustro.
Julia mira a Eleanor durante un segundo, y Eleanor le aguanta la mirada mientras piensa en el baño, en el gemido y en la chaqueta verde oliva.
—Lo conozco —dice Julia, con una voz completamente neutra mientras aparta la vista de Eleanor.
—Un café solo a esta hora, ¿no? —pregunta Nora, que ya está apretando el botón de la máquina antes de que Julia responda.
Eleanor aprieta la mandíbula, incómoda y molesta —o debería decir celosa— porque que Nora sepa exactamente cómo toma el café Julia antes de comer solo significa que han pasado juntas más tiempo del que Eleanor es capaz de concebir entre dos amigas.
—Tengo que revisar unas cosas antes de las doce —dice Julia, mirando a ambas con la misma expresión neutra—. Hasta luego.
Sale de la sala y Eleanor se queda mirando el café que tiene en la mano y todavía no ha probado.
—Es brillante —dice Nora, siguiendo con la vista a Julia hasta que desaparece por la puerta—. Una de las mejores profesoras que he visto en mucho tiempo.
—Sí —confirma Eleanor.
Nora mira a Eleanor durante un par de segundos y después mira la puerta por la que acaba de salir Julia. Ha notado la incomodidad de su amiga, y sabiendo que la persona que dejó a Julia vuelve a estar en el trabajo, no necesita mucho más para atar cabos.
—Me alegra haberte conocido por fin. Seguro que coincidimos más —dice a modo de despedida.
Se va hacia una de las mesas donde hay otros dos profesores, y Eleanor se queda de pie con el café y la imagen de Julia cogiendo el que Nora le ha preparado como si fuera algo natural que hacen cada día.
Decide volver al despacho porque prefiere soportar a Harkins que quedarse en esa sala con la pelirroja, pero cuando entra el profesor ya no está y Eleanor se deja caer en su silla suspirando.
Está irritada porque Nora Walsh es una amenaza tal y como sospechaba, y le frustra que le haya caído bien.
Nora es simpática e inteligente, pero también sabe cómo toma Julia el café y la mira de un modo que Eleanor ha reconocido de inmediato: no la mira como a una amiga, la mira como alguien a quien desea, lo que no consigue determinar es si ese deseo es mutuo.
Debería odiarla con todas sus fuerzas, pero Eleanor no puede, al igual que tampoco puede reducirla a una simple amenaza que puede quitarse de encima como a una mosca molesta, porque Nora parece una mujer decente, a la altura de Julia, y está ahí, disponible y sin equipaje, todo lo que Eleanor no supo ser cuando tuvo la oportunidad de ser eso para Julia.
Piensa en el baño otra vez, en Julia cogiéndola por las solapas de la blazer, en su mirada furiosa y en sus labios hinchados tras el beso.
Julia la besó con rabia, pero la besó, y Eleanor se agarra a eso, aunque Julia dijera que no iba a repetirse, lo cual puede significar que considera que tiene el suficiente control como para que no vuelva a suceder o, como prefiere pensar Eleanor, que teme lo que podría pasar si ocurre de nuevo, pero Eleanor lleva dos días pensando en cuál de las dos lecturas es la correcta, y no puede preguntarlo porque Julia no la quiere cerca.
Intenta ponerse a corregir los exámenes, pero entonces piensa en Nora sacando el café para Julia y tiene que apartarlos porque la cabeza va a explotarle.
De pronto, le viene a la mente la reunión de claustro, cuando Julia hablaba y Eleanor la miraba desde el fondo de la sala.
Hubo un momento en que Julia buscó algo en los papeles que tenía delante y ladeó la cabeza con un gesto muy concreto que Eleanor sabe que solo hace cuando está pensando, y entonces salió en defensa de su proyecto y Eleanor se sintió muy orgullosa de ella.
Lleva treinta años siendo la persona más inteligente de cualquier sala en la que entra, y Julia es la única con quien eso no es cierto, y durante los meses que estuvieron juntas esa fue una de las cosas más gratificantes que Eleanor ha sentido en su vida adulta.
Abre el cajón y saca un frasco de analgésicos porque le empieza a doler la cabeza de tanto pensar y necesita apagar su cerebro para reiniciarse, pero nunca encuentra el momento de dejar de ver a Julia frente a ella en ese baño.