Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

—Mierda —masculla Julia cuando termina de leer el correo que le ha llegado hace un par de minutos.

Es una comunicación oficial firmada por la secretaría del rectorado con el membrete nuevo que a Julia todavía le cuesta mirar sin irritarse.

Es un párrafo y medio para explicarle que el seminario de pensamiento crítico legal ha sido incluido en la lista de programas en evaluación.

Plazo para presentar documentación de impacto: primero de marzo.

Básicamente, dice que si la documentación que aporte no justifica la continuidad del programa según los criterios establecidos en el plan estratégico del semestre, el seminario será suspendido a partir del curso siguiente.

Julia lee el párrafo y medio dos veces más antes de cerrarlo y abre el programa del seminario, que tiene en el escritorio porque trabaja en él cada semana desde que lo creó. Lo mira durante unos segundos y lo cierra después de soltar un bufido de exasperación.

Se levanta, coge el abrigo del respaldo de la silla y sale al pasillo porque el despacho de repente tiene el tamaño de una caja de zapatos y Julia necesita moverse o la rabia la consumirá.

Camina hasta el fondo del pasillo y vuelve.

Lo hace hasta tres veces mientras el profesor del despacho de enfrente la mira con una expresión desconcertada, y Julia le sostiene la mirada hasta que él baja los ojos a su pantalla.

Vuelve a su despacho y se sienta, tan enfadada que no puede centrarse.

El seminario lo creó ella, sin apoyo, sin presupuesto asignado desde el principio porque Eleanor necesitaba que estuviera terminado antes de aprobarlo.

Fueron muchos meses de trabajo, de convencer a colegas, de demostrar que había demanda y de construir un programa que no existía porque nadie había considerado que hacía falta.

Es su proyecto, lleva su firma en cada decisión de diseño, y la rectora Hale lo ha metido en una lista de bajo impacto medible con la misma tranquilidad con la que se elimina una línea de un presupuesto.

Julia abre el portátil y empieza a escribir la respuesta a la comunicación oficial, pero se detiene cuando a mitad del tercer párrafo, le llega un correo de Eleanor y su pulso se acelera por el simple hecho de leer su nombre.

Lo ve en la esquina de la pantalla y algo se le tensa en el cuello antes de abrirlo.

El asunto dice Documentación — Seminario de Pensamiento Crítico y el cuerpo del correo es de tres párrafos: el primero, una explicación breve de que ha visto la comunicación del rectorado a través de los canales del departamento; el segundo, una lista de referencias bibliográficas con anotaciones sobre cuál es relevante para según qué argumento; y el tercero, un ofrecimiento a compartir datos de programas similares de otras universidades que Eleanor menciona haber consultado durante su etapa como rectora.

No hay nada personal en el correo. Ninguna referencia a lo que hay entre ellas —o lo que no hay— ni ningún tono que no sea el de una compañera informada ofreciendo recursos a otra.

Julia lo lee una vez y siente rabia, porque no necesita que Eleanor la rescate.

Tampoco que Eleanor aparezca con su experiencia, sus contactos y su conocimiento de los engranajes de esta universidad para resolverle el problema, porque Julia ha estado resolviendo sus propios problemas durante los dos meses en que Eleanor decidió que el silencio era una opción válida para ellas.

Cierra el correo, furiosa, pero lo abre de nuevo sin poder evitar la curiosidad y lee la bibliografía que Eleanor ha adjuntado.

Cada referencia está anotada con una precisión que no es genérica, que demuestra que Eleanor ha leído el programa del seminario con atención, que ha identificado los argumentos que Julia va a necesitar defender y ha buscado la munición específica para cada uno.

No es el gesto de quien quiere hacer algo para recuperarla y ha encontrado una excusa, es el gesto de quien conoce el trabajo de Julia lo suficiente como para saber exactamente qué le falta.

A Julia le quema la garganta y le pican los ojos porque está demasiado abrumada.

Abre el teléfono y le escribe a Nora: ¿Cerveza esta tarde?

Lo envía antes de pensar en lo que hace, porque necesita soltar su frustración con alguien y esa persona no puede ser Eleanor, la única con la que le apetece hacerlo.

Después abre el portátil, va al correo de Eleanor y escribe: Gracias por la documentación.

La revisaré. Lo envía sin leerlo otra vez porque si lo hace va a añadir algo que no debe o va a borrarlo todo e ignorarla por completo.

A las doce y cuarto, Julia camina hacia el baño del pasillo con la rabia todavía instalada en el pecho y la sensación de que lleva horas conteniendo algo que ni siquiera puede definir.

Necesita refrescarse y que el agua fría le despeje la mente, porque los tres cafés que se ha tomado desde que ha recibido el correo no lo han conseguido.

El baño está al fondo y Julia empuja la puerta con más fuerza de la necesaria.

El impacto es inmediato: su cuerpo contra otro cuerpo al que arrolla y empuja hacia el interior antes de conseguir frenar su ímpetu.

La puerta se cierra a su espalda y a Julia se le escapa el aire de los pulmones cuando se da cuenta de que está a escasos centímetros de los labios de Eleanor.

El espacio entre ellas es tan reducido que puede respirar el mismo aire que la exrectora mientras Eleanor la mira con esos ojos verdes que Julia siente que la están atravesando.

Todo sucede muy deprisa sin que Julia pueda controlarlo.

Sus ojos color miel escanean el baño en cuestión de un segundo hasta que se da cuenta de que está vacío, y no logra detener el impulso de su cuerpo cuando coge a Eleanor por las solapas de la blazer con las dos manos, la empuja contra la pared y la besa sin ningún tipo de cuidado, dejando salir parte de la rabia acumulada; todo eso que lleva por dentro desde que Eleanor volvió y que ahora se ha juntado con ese correo que ha llegado esta mañana.

La ansiedad la consume y esos meses de silencio a los que ahora debe añadir la presencia constante de Eleanor en su vida, son algo con lo que Julia no sabe qué hacer, y lo suelta todo contra la boca de la persona culpable sin darle tiempo a reaccionar.

Impulsada por algo que no controla, mete una pierna entre las de Eleanor y presiona con fuerza, y Eleanor suelta un jadeo contra su boca que tiene una mezcla de excitación y asombro, y Julia siente que ese sonido le entra por la garganta, le baja por el pecho y se instala entre las piernas.

Eleanor no la aparta y tampoco la detiene como habría hecho en el pasado, asustada por si alguien entra y la descubre con la boca de Julia pegada a la suya y su pierna apretando contra su sexo hasta marearla.

Hace un año la habría apartado de inmediato, pero ahora no hace nada porque piensa que Julia ha acumulado suficientes silencios como para hacer lo que su cuerpo necesite, y ella no tiene derecho a impedirlo.

La profesora nota que los dedos de una mano de Eleanor le rozan la cadera sin llegar a agarrarla, como si tuviera miedo de hacer algo que no debe, pero que desea hacer.

Frustrada y llena de ansiedad, Julia intensifica el beso, dejando que su lengua se pierda en esa boca que tanto anhelaba mientras presiona de nuevo con el muslo.

Eleanor suelta un gemido ronco que no logra detener, y ese sonido envía una descarga por todo el cuerpo de Julia que la deja sin aliento, pero también es lo que la devuelve a la realidad y la hace detenerse y apartarse mientras mira a la mujer frente a ella.

Eleanor tiene la espalda contra la pared y los ojos muy abiertos, con sus iris de color verde completamente oscurecidos por las pupilas dilatadas, y el pecho le sube y le baja a toda prisa mientras intenta recuperar el aliento.

Julia se pasa las manos por el pelo y da otro paso atrás como si temiera que el magnetismo que desprende Eleanor pudiera atraparla de nuevo.

—No sé qué me ha pasado —dice, sintiendo que va a escupir el corazón por la boca y que ahora tiene más ansiedad que antes—. Lo siento, no volverá a repetirse.

Eleanor la mira sin moverse y asiente, incapaz de articular una palabra porque sabe que se trabará si lo hace.

Julia sale del baño y avanza por el pasillo con las manos temblándole.

No es un temblor provocado por los nervios, sino uno más profundo que le viene de dentro y que la tiene vibrando de la cabeza a los pies.

Entra en su despacho y cierra la puerta, pegando la espalda a la madera y clavando la mirada en el techo.

Está húmeda, completamente mojada por un beso que apenas ha durado un minuto en el baño de la Facultad de Derecho.

Un beso provocado por la rabia, la desesperación y los dos meses de silencio que la han llevado a coger a Eleanor por las solapas y a presionar su muslo contra ella porque necesitaba escuchar sus jadeos casi tanto como respirar.

Piensa en la reacción de Eleanor y se sorprende cuando se da cuenta de que no la ha apartado, tampoco se ha quejado ni le ha reprochado su actitud descontrolada en un sitio público donde perfectamente podría haber entrado cualquier alumna o profesora y haberlas descubierto.

Julia camina hasta su silla, la aparta de la mesa y se sienta, apoyando los codos en las rodillas.

Está mareada y muy enfadada, y siente una rabia sorda dirigida hacia ella misma, no por haber besado a Eleanor, sino por lo que ha sentido al hacerlo.

La facilidad con la que su lengua ha reconocido esa boca, la forma en que el cuerpo de Eleanor ha respondido —aunque se haya quedado quieta— y el sonido que ha hecho la exrectora cuando Julia la ha provocado con su pierna y que ahora tiene grabado a fuego en algún sitio detrás del esternón que parece que ha llegado para quedarse.

No se ha podido controlar; lleva semanas manteniendo esa distancia que no tiene intención de romper y en cinco minutos de rabia todo se ha venido abajo.

Nora ya está en la barra cuando Julia llega por la tarde y agradece que ya tenga pedidas dos cervezas, porque en cuanto se sienta, coge la suya y se bebe la mitad de un solo trago.

—¿Estás bien? —pregunta Nora, con las cejas levantadas por la reacción de su amiga.

Julia da otro trago antes de responder, negando con la cabeza.

—Venga, cuéntame —dice Nora con suavidad.

Julia da un nuevo trago antes de hablar y le cuenta lo del seminario: la comunicación oficial, el plazo de marzo, los criterios de Hale y la sensación de que todos los meses de trabajo pueden desaparecer en un documento de párrafo y medio.

Mientras habla, Nora la escucha con atención, sin interrumpir, con los ojos fijos en Julia y su cerveza en la mano, sin beber.

Cuando Julia termina, Nora se queda pensativa unos segundos.

—Tengo datos de un programa equivalente en Boston —dice por fin—.

Lo implementaron hace cuatro años con resistencia institucional similar y ahora es uno de los tres programas más citados de la facultad.

Me parece que los números de continuidad en posgrado son exactamente el tipo de argumento que necesitas.

Julia la mira y levanta las cejas.

—¿Los tienes accesibles?

—Te los paso mañana —Nora da un trago—. Y conozco a alguien en Columbia que hizo una investigación sobre impacto diferido de programas de pensamiento crítico. No es exactamente tu área, pero el marco metodológico te puede servir para estructurar el argumento.

Julia siente un alivio extraño, como si parte de su ansiedad se disipara, aunque la rabia y el temblor que tiene por el cuerpo desde que ha besado a Eleanor no han desaparecido.

—Gracias, Nora.

—Para eso están las amigas —Nora deja la cerveza sobre la barra—. ¿Eso es lo que te tiene así? Porque estás perfectamente capacitada para defender el seminario, Julia, así que intenta relajarte.

De repente, Julia piensa en Eleanor contra la pared, en sus propias manos en las solapas y en ese sonido gutural saliendo de su garganta.

Necesita hablar de ello porque quizá la ayude a calmar el temblor de su cuerpo, pero decide no hacerlo por respeto a Eleanor y a la propia Nora, que la mira de un modo que Julia tiene claro que no es solo de amiga.

—Ey… —dice Nora, dándole un toque en el brazo para animarla.

Julia fuerza una sonrisa y levanta la mano para pedir otras dos cervezas.

Dos horas después, llega a su casa y lo primero que hace es sentarse y abrir el portátil para leer con detenimiento la bibliografía que le ha enviado Eleanor.

Tarda alrededor de veinte minutos porque hay doce entradas y Eleanor ha comentado cada una de ellas.

Hay una anotación en concreto junto al tercer artículo que dice que ese argumento responde de forma directa al criterio de impacto de Hale, que mire la página treinta y cuatro.

Julia abre el enlace, va a esa página del artículo y lo lee.

Eleanor tiene razón, responde exactamente a ese criterio, y Julia concluye que Eleanor ha leído el plan estratégico de Hale, después ha leído el programa completo del seminario de Julia y al final ha construido algo parecido a un puente entre los dos.

Julia cierra el correo, apoya la espalda en el sofá y mira el techo.

—Joder, Eleanor —susurra sin fuerza.

Es la segunda vez que lo dice en voz alta, pero el tono es diferente al de la primera; tiene menos furia y más de otra cosa que Julia no quiere admitir.

Cierra el portátil y se pasa los dedos por debajo de los ojos, tratando de impedir que las lágrimas que se están formando en ellos acaben cayendo, pero no lo logra.